Ocho
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Cuando uno mira una foto, no mira solo una imagen, mira un recuerdo.
Y con él, algo se activa en las neuronas, como una corriente eléctrica o un chispazo químico que trae de vuelta una época en la que uno fue feliz, o sufrió, o simplemente vivió con intensidad.
No tengo muchas fotos de Nueva York en la Casona, apenas un par, pero hay una que conservo con cierta ternura, como si fuera más que un recuerdo, como si fuera una señal o una advertencia.
No es que esté en un sitio muy destacado, a decir verdad no sé por qué acabó en el cuarto de baño, pero el hecho de tenerla ahí hace que la vea varias veces al día.
Supongo que eso tiene algo de castigo pero también algo de consuelo, porque Nueva York, para mí, dejó hace tiempo de ser solo una ciudad para convertirse en un interrogante.
Sí, una etapa que aún no sé si fue el cierre o el comienzo de algo.
Esa foto de Nueva York —que hice de las escaleras del portal del edificio de mi piso en el Downtown— me transportó a cuando quedé con Memphis por primera vez.
No fue mucho tiempo después de nuestro primer intercambio por Instagram —no había pasado ni un mes de nuestra recién estrenada amistad digital—.
Un día, tras varios intercambios de likes y de comentarios mutuos, empezamos a escribirnos en privado.
Utilizaba cualquier excusa para interactuar con ella, como por ejemplo, responder a sus stories sobre recomendaciones de libros con comentarios innecesariamente eruditos, como si supiera más de lo que realmente sé, y ella, en vez de ponerme en mi sitio, celebraba mi arrogancia pidiéndome más recomendaciones, alimentando así mi ego sin querer.
Hasta que, por fin, casi por impulso, le pregunté: «¿Quieres que nos tomemos una cerveza? ». Y me dijo que sí.
Nueva York es una ciudad llena de color.
Cierto es que el gris es soberano, pero tiene sus matices: plomizos son los rascacielos y plateada la arquitectura contemporánea, gris el acero de los puentes o el ocre de las aceras, y nebuloso el humo de sus alcantarillas o la contaminación en suspensión en el cielo, que se refleja en el gris cobalto del Hudson.
Aunque también hay otros colores, como el amarillo de los taxis que te asaltan en cada esquina, o el verde de los parques que rompen con el frenético ritmo de la ciudad —sobre todo entre la Cincuenta y Nueve y la Ciento Diez—.
Multicolores son los diodos de Times Square o los grafitis que se revelan aleatoriamente; y de rosa, de ese singular rosado —casi morado—, se tiñe el cielo en sus amaneceres y atardeceres.
Nueva York es todo color en las caras de sus gentes, no solo por el arcoíris de sus pieles multirraciales, sino en lo profundo de sus rostros: una paleta de pasión, ambición, alegría y, también, por qué no decirlo, de soledad.
Y yo era un hombre feliz que podía ver todos aquellos colores.
Iba a quedar con una chica que me gustaba, aunque fuera una mujer completamente fuera de mi alcance, que sabía que tenía un novio —rico y poderoso—, y aun con todo, aun contra todo, yo ese día era capaz de ver cada tonalidad, cada pigmento de la ciudad. Estaba eufórico.
Habíamos quedado en el Indochine a las seis. Era un lugar perfecto para tomar una copa, pero también por si nos diera por acabar cenando, para lo cual me aseguré de tener una mesa reservada allí mismo. Quería tenerlo todo controlado e hice bien, porque todo salió como imaginé. Bueno, no todo.
Me sorprendió que ella ya estuviese esperando en la barra cinco minutos antes de la hora acordada.
Digo que me sorprendió porque estaba convencido de que se haría de rogar, de que me dejaría colgado, incluso.
Pero, claro, aquello no era una cita por muchas ilusiones que yo me hiciera, ni Memphis era una tía convencional, por lo que no había ningún ritual al que jugar.
Me paré unos instantes a observarla desde la ventana antes de entrar al restaurante.
Su rostro parecía algo contrariado. Llevaba una camisa con un escote de vértigo y unos vaqueros muy ajustados.
Cuando entré parecía plenamente imbuida en su cuenta de Slack y ni siquiera se inmutó, hasta que le di un pequeño toque en el hombro.
Me miró con cierta sorpresa, como saliendo de su ensimismamiento, mientras yo me lanzaba a darle dos besos the Spanish way a pesar de que ella había desplegado su brazo para darme un buen apretón.
—Hola. —Respiré y le clavé una pretenciosa mirada en la que me reconocí ridículo.
—Hola, Adrian. —Sonrió natural, aunque apenas un par de segundos después desvió sus ojos hacia el móvil de nuevo.
El barman interrumpió nuestro saludo y, con él, mis primeros nervios. Se lo agradecí.
— How can I help you? —preguntó.
— Dry martini —respondió ella anticipándose, muy segura. Yo pedí otro.
Después, empezamos a hablar. Arrancó preguntando por mi padre, pues fue gracias a él que nos habíamos conocido.
«Le llamo Bill», aclaré, y eso debió de intimidarla, por si se estaba metiendo en asuntos familiares espinosos.
Cambiamos de tema hacia cosas más mundanas, como lo que hacíamos uno y otro; aunque fuera aburrido, hablar de trabajo era una magnífica forma de empezar a romper el hielo.
—¿Hasta dónde llegará la inteligencia artificial? —Era consciente de que se trataba de una pregunta manida, casi un cliché. Pero tenía curiosidad por ver cómo la resolvía.
—¿Hasta dónde? —Me miró como si le hubiera preguntado si el sol va a salir mañana—. Va a llegar a todas partes —dijo al fin—. Pero si te refieres a la inteligencia artificial general…, eso es otra cosa.
—Sí, me refiero a eso. La máquina que piensa por sí misma, sin esperar nuestras órdenes. ¿Cuándo llegará?
—2029 o 2030, dependiendo de si los humanos dejamos de estorbar —dijo sin ironía.
—¿Y qué pasa entonces? —bromeé—. ¿Cambia algo de verdad o seguimos igual que siempre?
—Bueno… Al principio todo parecerá igual, pero detrás de cada pantalla habrá algo que te conocerá cada vez mejor, algo que tomará decisiones autónomamente mientras tú duermes, que actuará mientras tú delegas. Y ahí empezará el verdadero cambio.
—¿Y te parece bien que una máquina tome decisiones por nosotros? —pregunté.
—Qué bobada —dijo desdeñosa—, ya lo hacen… No es tan dramático, es como cuando descubres que tus padres no son dioses, o que la Tierra no es el centro del universo… Al principio duele, pero después construyes otra realidad diferente.
—¿Y cuál sería esa realidad?
—Que ya no estamos solos, que hemos creado algo que puede continuar sin nosotros y que eso, en cierto modo, nos libera.
Me quedé en silencio relativamente asustado, aunque su voz no parecía profética. Tomó un sorbo lento de su martini.
—¿Sabes qué me asusta? —añadí—. Que tal vez estamos construyendo algo que no va a sustituirnos…, sino a olvidarnos.
No pareció querer profundizar en aquella reflexión que pensé que la impresionaría.
—¿Y tú qué opinas? ¿Ya la usas en tus investigaciones o en tus clases? —preguntó.
—Bueno, lo intento. Pero en general me parece que lo convierte todo en algo homogéneo y en cierto modo aburrido… —Pareció hacerle cierta gracia.
— Interesting …
—En el fondo, nuestro mundo no hace más que uniformizarse —continué—, igualarse por lo bajo.
La globalización y la tecnología nos han vuelto incrementalmente gregarios, todos iguales, pensando lo mismo como borricos, lo cual nos hace más vulgares.
De alguna forma se podría decir que la inteligencia artificial es el castigo que nos merecemos.
La miré entonces: esperaba una ceja levantada, un gesto irónico, cualquier signo de distancia…
Pero no. Me escuchaba con atención, me entendía y parecía procesarlo desde un lugar propio.
En ese momento supe que me gustaba, y no fue por cómo miraba el mundo, sino por cómo me miraba a mí.
Me reí algo forzado para ver cómo salir de aquello y conseguí que ella se riera conmigo.
—¡Anda! No estoy acostumbrada a que me digan que mi trabajo produce un castigo… —continuó entre las risas de ambos.
—Creo que me voy a tomar otra copa —dije algo avergonzado. Luego terminé de estropearlo todo con otra broma—. No ha sido mi mejor arranque en una primera cita…
Me arrepentí al instante. Yo sabía que aquello no era una cita, joder, si la había conocido cenando con su novio no hacía nada…
Pero me había traicionado mi subconsciente, estaba tan motivado con que hubiera accedido a verme, los dos solos, que me había hecho ilusiones totalmente infundadas.
La observé reaccionar sin corregirme. Se quedó mirando al suelo mientras su comisura del labio se levantó sutilmente.
Era una sonrisa levísima. Luego me miró.
—Qué gracioso eres. ¿Así que piensas que tú y yo estamos teniendo una cita?
—Eh… Bueno… —¿Cómo podía salir de aquel lío?—. Creo que te pediré otra copa a ti también.
Se volvió a reír.
Éxito. Me volteé hacia el camarero y le hice una señal con la mano: «Dos más». Luego fue ella quien cambió rápido de tema.
—¿Y tú? ¿A qué te dedicas?
—¿No lo sabes todavía?
—Sí. Eres profesor, escritor… Pero cuéntame más. ¿Qué escribes?
—Bueno, no se puede decir que escriba mucho todavía, me está costando arrancar. Pero quiero escribir un ensayo sobre Cabeza de Vaca.
—¿Y quién es ese?
—Un conquistador español del siglo XVI . —Frunció las cejas con cara de interés.
Reflexioné. Mis inicios con el libro fueron algo tormentosos, en aquellos días ni siquiera estaba seguro de que me gustara lo que hacía.
Lo pensaba a menudo: ¿por qué había invertido toda mi carrera profesional en algo tan vacío y sin sentido?
Sin duda me interesaba desde pequeño, pero quizá también quería demostrar algo a los demás, pura vanidad: tal vez elegí el mundo de la historia y el de la academia por apariencia, por cómo me vestía una toga de una universidad histórica como Cambridge, por ejemplo.