La idea de volver Siete
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Siete

«[Mefistófeles]. Gris, querido amigo, es toda teoría, pero es verde el árbol dorado de la vida».

GOETHE

Ay la memoria, qué perra.

Es como cuando no siegas los praos a tiempo, que pronto se te llena todo de maleza y los brotes buenos se pierden entre tanto enredo.

Ya me lo decía mi güelu y a él el suyo: a los recuerdos no hay que andar dándoles muchas vueltas, que al final se desparraman, como si les pasaras el rastrillo sin cuidado.

Es mejor que salgan solos porque la cabeza es como una cambera vieja, con tramos bien hechos y otros llenos de piedras y barro.

Pero lo importante siempre se queda ahí, aunque sea escondido entre los ramillucos .

Porque es así, la memoria es un lujo, claro, pero también es una trampa.

Lo malo es que, a veces, las cosas feas echan raíces más hondas que las bonitas y hay que andar arrancándolas, que si no, te estropean el huertuco .

Antes la nube era un aviso: si venía negra, tocaba meter las ovejas, tapar la leña y ponerse bajo techo.

Era una señal, no un almacén. Pero ahora la nueva «nube» se usa para guardar recuerdos…

, como si la memoria fuera cosa de pastores eléctricos.

Y claro, luego van por ahí olvidando un cumpleaños, un nombre, y hasta la cara de alguien que se quiere, porque si no les pita el cacharro, no se acuerdan ni de sí mismos.

Nosotros llevábamos la memoria en la cabeza y en el pecho, ellos la llevan en el bolsillo…

y aun así, la pierden. Esta nube nueva no trae agua, ni refugio del sol, ni frescor…

Solo trae olvido, disfrazado de modernidad.

Y hablando de la memoria…, me viene a la mía mi señora, la Maruca.

Ahora que me ha dejado solo en este mundo, no dejo de pensar en ella.

Pasó algún tiempo desde aquella primera vez que la vi fastidiándole el rececho al marqués de la Sierragorda, su padre.

Entonces ambos éramos mozos, aunque yo ya me había sacado el carnet de conducir.

Qué recuerdos… Poco a poco fui haciéndome un hueco en su corazón, que por aquel entonces era de escarcha.

Cuando venía a Suso con su padre se las arreglaba para fingir que no le interesaba verme, pero al final, por una cosa o por otra, siempre acababa rondando donde yo andaba.

Bien es cierto que yo también me dejaba notar —ya lo creo que sí—, tanto que cuando ella pisaba el pueblo a mis vacas las tenía medio olvidadas, salvo que le diera por venir conmigo al sel .

Recuerdo una tarde de esas de por aquí, con el peso de las nubes —las de toda la vida— escupiendo un discreto calabobos y las montañas tapadas por la niebla.

Habían pasado ya un par de años desde que la conocí.

Un día la invité para enseñarle los corrales donde tenía el ganado y donde hacía mis quesucos .

Me había engalanado con mi mejor camisa —la única que no tenía sietes— y con un chaleco de lana que había heredado de Tío Nelo, el Autillo.

El barro de mis botas trepaba por los costados de la suela, pero el brillo del betún resistía como si no quisiera ceder, como si peleara por mantener el orgullo galante.

La recuerdo llegar abrazada a sí misma como si el frío del valle la atravesara.

Llevaba el pelo recogido en un moño y un abrigo azul que resaltaba unos magnéticos ojos verdes.

Me paré a observar sus ojos porque recuerdo que —entonces— pensé que no eran humanos, parecían más bien los ojos de una bruja —una de las buenas—, una anjana de esas de los cuentos de por aquí.

Ahora, cincuenta años después, sé que aquello no era un simple pensamiento.

—Nunca he visto nada igual —dijo coqueta contemplando el valle.

—¿El qué? —pregunté inocente.

—El paisaje, bobo, que estás tan acostumbrado a mirarlo que ya no lo ves. Es un paisaje callado, ¿no te parece?

¿Callado? Y yo qué iba a saber… Si por entonces no era más que un mozu que recién había cumplido dieciocho.

Para mí, aquellas eran solo un puñado de montañas y poco más.

Maruca giró la cabeza un poco, pero no lo suficiente como para encontrarse conmigo.

Yo le sonreí. Una sonrisa torpe, cargada de una emoción que no sabía ocultar.

Di un paso hacia ella, apartando sus ojos de las vistas.

—Callado sí, pero no vacío —respondí con gesto grave—. Aquí siempre hay vida. Mira, ¿ves esas vacas allá, en la colina? Esas son mías también. Les pongo nombre, ¿sabes?

Ella arqueó una ceja al fin, mirándome directamente, aunque con una mueca que no pude descifrar del todo.

—¿Les pones nombre? —preguntó choteándose.

—Claro, como a las personas. Aquella de la mancha blanca en el hocico se llama Careta. Y la rubia que está un poco más allá, esa es la Rubia.

Soltó una carcajada muy vulgar para una señorita como ella.

Tenía una risa nasal y ronca que terminaba con un ruido parecido al de un chon .

Primero empezaba con carcajadas normales, pero pronto su risa resonaba como un gruñido entrecortado que hacía que yo me riese también, no por el chiste, que no acababa de entender, sino por la forma en que ella lo disfrutaba.

—¿Y qué más haces, Fausto? Además de ponerles nombre a las vacas.

Me decidí a impresionarla.

—Hago quesucos .

—¿Y son ricos?

—Sí. ¿Quieres probar?

—Claro. A mí me encanta el queso.

—Y a mí… a mí me gustas tú.

Aquello lo dije sin pensar, me salió del alma. Noté además que lo había dicho con una tranquilidad muy inquietante. Ella se quedó pasmada, isculuría —que decimos por aquí—, como si la hubieran dejado sin aire.

—¿Cómo?

—Lo que oyes. Que estás como un queso.

Entonces le volvió la risa y se retorció agarrándose el estómago con los ojos entrecerrados y esos oink-oink incontrolables que se le escapaban como si de verdad fuera un chon .

Luego dejó de reírse y se me quedó mirando.

Ya sin cachondeo y con una media sonrisa.

Y no sé qué fue, si mi declaración acelerada, sus risas o ese silencio que se hizo…

, pero el aire, de repente, cambió. El establo olía a heno húmedo, y yo sentí que se me aceleraba el pecho.

—¿Siempre dices esas cosas a las chicas?

Yo negué sintiendo como el calor me arrebolaba las mejillas.

—No siempre. A veces me callo…

—¿Y ahora?

—Ahora no me callo —dije—. Porque si me mandas a paseo, al menos me llevo el gusto de habértelo soltado.

Maruca me miró un momento. Luego echó un vistazo alrededor, como asegurándose de que nadie nos miraba —aunque no había más testigos que las vacas—, y se acercó un poco más, muy poco, pero yo empecé a sentir su aliento limpio en mi boca.

—¿Y si no te mando a paseo? —susurró.

Juro que en ese instante no supe qué hacer. Miré a mi alrededor…

—No sé si este es un sitio muy romántico para una señorita como tú.

—¿Y tú qué sabes lo que a mí me parece romántico?

No contesté. Ella desvió la mirada hacia las vacas que tenía yo estabuladas.

Luego vio el barreño. Me pidió que la enseñara a ordeñar y yo me acerqué la banqueta para colocarme bajo la grupa de la vaca.

Entonces acaricié con mimo las ubres de la Tomasa mientras fijaba la mirada en Maruca.

Su rostro había borrado la mueca vacilona, ya no se reía tanto de mí, más bien parecía contrariada.

El color de sus mejillas cambió, como si un rubor le subiera por el cuello avivado por un fuego que acababa por enrojecerle la cara. Metí la cabeza bien abajo.

—Ordeñar es un acto íntimo entre el ganadero y sus vacas —bromeé, pero al voltearme ella me miraba excitada—. Las ubres hay que acariciarlas. ¿Ves?, así. Nada de pellizcos.

El sonido metálico de la leche contra la pared de hojalata del barreño acalló mi explicación y el silencio se apoderó del establo. Entonces Maruca se agachó y puso su mano sobre la mía. Me recreé con su tacto: tenía una piel tersa, blanca, sedosa…

—Mira, cógela tú. No, así no, mujer. Es un movimiento repetitivo, pero no mecánico. Hay una cadencia. Es como un flujo natural.

Entonces fui yo quien posé mis manos sobre las suyas y la ayudé a coger el ritmo. Luego las aparté poco a poco, despacio, aprovechando cada momento del roce con su piel.

—Mira, Fausto, ¡puedo sola!

Ella estaba tan contenta mientras yo disimulaba el fuego que me subía por dentro. La animé a que dejara de ordeñar para que viera en qué se convertía esa leche después.

—¿Quieres ver ahora cómo se transforma en quesuco ?

Asintió. Nos fuimos al interior, donde tenía una mesa de trabajo de madera desgastada por los años y marcada con unas pequeñas hendiduras, recuerdos de cuchillos que dejaron su huella.

Sobre ella tenía una báscula de pesas de metal, cuchillas largas y curvas, y un cuenco de cobre que aún brillaba pese a que era de mi güelu antes de mí.

—¿Realmente utilizas estos trastos?

A un lado tenía la caldera metálica para calentar la leche.

Burbujeaba. Junto a ella, en un estante, estaban mis moldes, algunos llenos de cuajada que exudaban lentamente suero en un recipiente colocado justo debajo.

Miré el suelo de cemento cubierto aquí y allá por paja que mis botas arrastraban desde el establo contiguo.

Al fondo, un pequeño ventanuco con cristales empañados dejaba entrar un rayo de sol.

—¿Y esto qué es?

—Eso es el cuajo.

—Tiene una pinta malísima.

—Es una sustancia que se extrae de la mucosa del estómago de los rumiantes cuando están mamando.

—¿¡Qué!? ¡Pero qué asco!

Entonces el que se rio fui yo; la Maruca no podía esconder que en realidad era una pisaverde , una moza de ciudad.

—Así es, se usa para que la leche espese, para que se junte la parte buena… Lo que hace es deshacer la proteína y luego apelmazarla. Vamos, que sin eso no hay queso que valga.

Me miró y encogió los hombros. No entendió una palabra, pero le gustó verme tan seguro y conocedor de lo mío.

El borboteo de la leche se aceleró. Era el instante en el que había que añadir el cuajo, como algo alquímico, transformando el líquido en masa.

Corté la cuajada con un cuchillo largo y fino, los trozos eran firmes pero temblorosos, y desprendían un olor intenso: un aroma lechoso y terroso que se mezclaba con el humo de la chimenea.

Entonces, como por instinto, la traje hacia mí cogiéndola de la mano y la abracé por la espalda, mi barbilla en su cogote y sus manos apoyadas en la mesa, como acorralada.

Guie sus manos hacia la pasta y la empezamos a presionar juntos, como uno, entrelazando los dedos.

Ella se dejaba hacer. A medida que moldeábamos la pasta, el tacto de nuestras manos se volvía más y más íntimo; la textura lechosa se transformaba, escurriéndose entre nuestros dedos, los suyos suaves y los míos firmes, llenos de callos.

Me armé de valor. Deslicé mis manos por sus brazos hasta la cintura.

Luego acerqué mis labios a su oreja, bajando despacio hasta besarla en el cuello, suavemente, como si en realidad no quisiera que se enterara.

—Apuesto que esto lo haces con otras… —susurró.

No contesté.

Le di la vuelta y le acaricié la cara con mis manos empapadas.

Entonces la besé en los labios, saboreando la mezcla de la leche con su piel, ella apretándome contra sí.

Me desprendí de su abrigo azul y le arranqué la blusa, rompiendo todos los botones.

Luego froté sus pezones con fuerza, pellizcándolos, olvidándome de lo suave que, instantes antes, decía ser con otras ubres.

Parecíamos dos trogloditas, dos bestias ya extinguidas.

Caímos sobre un colchón de heno. Desnudos.

Ay, la memoria, qué perra.