La idea de volver Seis
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Seis

Starry, starry night… Paint your palette blue and grey…

Suena Vincent , de Don McLean, en el tocadiscos que me regaló mamá el día que inauguramos la Casona.

Es curioso cómo ciertos objetos —los vinilos, por ejemplo— acaban volviendo.

En plena era de Spotify, resulta que ahora se venden más vinilos que nunca, y yo, que de adolescente me sabía de memoria la colección de mi madre, puedo ahora volver a ellos.

La echo de menos. Esta canción, en particular, era su favorita —o al menos era la que cantaba cuando creía que no la oíamos—.

Para mí Vincent se convirtió en una especie de himno que no solo me conectaba con ella, sino también con recuerdos que no sé bien por qué siguen ahí, con personas que ya no están.

De pronto, al oírla sonar, me vi transportado sin previo aviso a una mañana de resaca en mi piso del Soho, apenas cuatro años atrás.

La noche anterior había terminado con demasiados chupitos después de la cena en la que acabé con Bill en el privado de Brad Rogers, el día que vi a Memphis por primera vez.

A la mañana siguiente de aquella cena me desperté con un fuerte dolor de cabeza.

Un rayo de sol encontró el único resquicio libre de la cortina y fue a darme directamente a los ojos.

A mi lado, una mujer bellísima dormía aún de espaldas, enredada en las sábanas, pero no, no era Memphis, eso no ocurrió tan deprisa.

La noche anterior, al salir del reservado de Brad Rogers, con más chupitos de los que me gustaría, me crucé con Pam.

No hablamos demasiado… Y sin embargo, al despertar, mientras ella dormía con el rostro girado hacia la ventana y una pierna fuera de la sábana, algo me resultó inquietantemente familiar.

Fue la canción la que me llevó al recuerdo, pero lo extraño es que su rostro también me sonaba, me recordaba a alguien.

El caso es que aquel día me levanté resacoso intentando que Pam descansara.

Encontré mis pantalones en la mesilla de noche, me los puse y me fui a hacerme un café a la cocina.

Luego traté de atar los cabos de la noche anterior: no me acordaba de nada.

Lo habíamos pasado bien con Memphis y Brad Rogers, la verdad, aunque la resaca era enorme.

Recuerdo que, en algún momento de la noche, Memphis y yo nos hicimos a un lado:

—Anda, ¿hablas español? —le pregunté.

—Sí. Mi madre es española, aunque he nacido y vivido siempre en Estados Unidos.

La chica me atraía, aunque también recuerdo pensar que era un poco marisabidilla: todo lo preguntaba, todo lo sabía, todo lo cuestionaba.

Con ese tono de voz tan repelente que parecía que recitaba las preguntas y las respuestas de memoria como si fuera un robot.

Además, no se me podía escapar que también era un poco trepa.

¿Qué hacía una tía tan joven, tan guapa, con un señor entrado en años como Brad Rogers?

La respuesta fácil era la más decepcionante: él tenía una boyante cuenta corriente y demasiado poder, sin duda motivos de peso.

Lo que me pasaba con Memphis es que, a pesar de que todavía era joven, parecía ya haberlo conseguido todo, y eso genera cierto rechazo: Memphis Uri (Austin, 1982) —rezaba su perfil de LinkedIn, que leí resacoso— era una tecnóloga con un doctorado en la universidad de Berkeley en California y profesora permanente en excedencia del MIT.

Memphis era también chief researcher de la empresa OmunAI…

Un perfil profesional así la dejaba fuera del alcance de un tipo como yo.

Ella pertenecía a gente como Brad Rogers, tipos que eran capaces de atender sus carísimos caprichos y, sobre todo, de saciar esa relación tan perversa que seguro que tendría con el poder.

Fue esa curiosidad la que me hizo bucear en sus redes sociales.

A primera vista Memphis parecía reservada, alguien a quien imaginaba alejada de la exposición social, pero bastaron unos minutos para darme cuenta de que su presencia en las redes era la de una figura magnética dentro del mundillo tecnológico.

La red estaba plagada de sus conferencias y entrevistas donde se discutía sobre el impacto de la inteligencia artificial.

En algunas, explicaba avances en large language models (LLM) , y en otros su discurso se desviaba hacia terrenos más filosóficos: cómo la tecnología estaba trasformando la percepción del ser humano sobre sí mismo, cómo nos acercaba a la idea de que vivimos en una simulación, y hasta qué punto redefiniríamos los límites de la identidad.

Era una comunicadora magnífica, con la pasión de quien no solo investiga sobre el futuro, sino que cree que puede cambiarlo.

Se me ocurrió entonces mandarle un mensaje directo a través de su cuenta de Instagram, que tenía el perfil abierto.

Consideré alternativas: «Hola, me encantó conoceros ayer».

Tenía que ser sencillo, sin compromiso de respuesta.

¿Debía usar el plural? Dudé. Después de cotillear un rato más lo que hacía, me llené de valor y me lancé, y aunque tan solo cambié dos letras, la intención sin duda se alteraba.

«Hola, me encantó conocerte ayer». Luego aguardé sin esperanza su respuesta mientras curioseaba la empresa donde trabajaba.

En aquellos días se hablaba mucho de la inteligencia artificial generativa, ya que OpenAI acababa de lanzar ChatGPT y la gente lo recibió deslumbrada y desconcertada a la par.

Yo mismo dudé sobre el uso que mis alumnos debían darle y acabé por prescribirla —había que asumir que la utilizarían en cualquier caso, con lo que era mejor que lo hicieran con mi beneplácito—.

Además, quedaba muy moderno abrazar este tipo de cambios.

OmunAI era su competencia directa, aunque con un twist : su objetivo era conversar y recrear los personajes con los que lo hacías, incluso los sitios donde tenías la conversación.

Así es, podías dialogar con personajes de cualquier ámbito: desde tomarte un café en la Casa Blanca con el presidente de Estados Unidos, hasta estar en el backstage del Madison Square Garden con Mick Jagger antes de un concierto.

También podías elegir personajes históricos como Napoleón o ficticios como Peter Pan.

Podía, incluso, ser alguien no tan conocido, una secretaria virtual, por ejemplo.

Prometían recrear a quien a uno se le antojara, donde y cuando deseara.

Sin duda, aquello me llamaba la atención y me decidí a probarlo, aunque tengo que reconocer que la primera impresión no fue buena: costaba 20 $ al mes y yo jamás pagaba por un servicio digital.

Apareció una figura graciosa, como un homúnculo digital, un personajillo diminuto y con voz de pito.

—¿Con quién quieres conversar hoy, Adrián? —me preguntó.

—Quiero hablar con Dios. —Si me ofrecían hablar con quien yo quisiera, no iba a escatimar en pretensiones.

— Solo soy una inteligencia artificial diseñada para ayudarte con preguntas, información y reflexiones sobre diversos temas, incluidos los de naturaleza espiritual.

Sin embargo, hablar con Dios es algo que generalmente se hace a través de la oración, la meditación o la reflexión, dependiendo de las creencias individuales.

¿Quieres que te ayude a formular una oración para hablar con Dios?

No me resigné. Mi resaca me hizo venirme arriba.

—No, no… Yo paso de oraciones. ¿Y con el diablo tampoco me dejas hablar? —respondí vacilón.

—Las conversaciones sobre temas espirituales o sobrenaturales, como hablar con el diablo, son cuestiones que muchas culturas y religiones abordan con seriedad y precaución.

Si tienes preguntas o inquietudes sobre el bien, el mal, o cómo lidiar con pensamientos oscuros, podemos explorar formas de afrontarlos de manera segura y positiva.

Estoy aquí para ayudarte a través de múltiples personajes a reflexionar sobre estos temas de manera constructiva.

¿Te gustaría hablar con alguien que te oriente?

—No. La verdad que no me estás siendo muy útil. Me gustaría poner una reclamación. ¿Puedo hablar con el señor Rogers, responsable de tecnología? —Ya me había negado dos veces, a la tercera por fin hablaría con el personaje que más me divertía de todos.

— Con mucho gusto. El señor Rogers te atenderá a continuación.

La aplicación me pidió entonces permiso para acceder a mi micrófono y a mi cámara del móvil, a lo que consentí curioso.

— Hola, soy Brad Rogers, CTO de OmunAI. ¿Cómo te puedo ayudar, Adrián?

La voz del avatar de Brad Rogers era idéntica; su tono, su forma de hablar… Me recosté dispuesto a disfrutar de aquello sin presión alguna.

—Hola, Brad, no me hables como si no me conocieras, que ayer nos pusimos hasta arriba de mezcal a tu costa. —Me descargaba de cierta tensión vacilarle, podía decirle lo que a Brad en persona jamás se me hubiera ocurrido.

— No soy Brad Rogers, solo una recreación suya hecha a través de inteligencia artificial.

—Ya, ya. Seguro que me estarás escuchando de una forma o de otra, pero me da igual. Quiero decirte que me parece que tu aplicación es un fracaso; si uno no puede hablar con quien realmente quiera, y ya me has negado dos veces, OmunAI es un timo.

— No sabes c ó mo siento que no te guste, Adrián. Puedes poner una reclamación en este instante para ayudarnos a mejorar. Yo mismo la puedo procesar si quieres.

El ruido de la ducha me distrajo de aquella divertida conversación y cerré la aplicación bloqueando mi teléfono.

Había pasado por lo menos una hora cotilleando la vida digital de Memphis y jugueteando con OmunAI.

En aquel momento por fin parecía que Pam, que había pasado la noche conmigo, se despertaba.

Pasaron algunos minutos hasta que escuché la puerta de mi habitación abrirse:

—Buenos días, Adrián, me he dado una ducha y te he cogido una sudadera, espero que no te importe.

Su voz estaba algo ronca, pero me gustó.

Recuerdo cómo me miró apoyada en la puerta con esa preciosa sonrisa.

Tenía el pelo mojado y suelto, y se había puesto una sudadera mía de Columbia University cuya cremallera estaba abierta hasta el escote.

Un pensamiento me invitó a quitarle la sudadera y hacerle el amor allí mismo, en el suelo.

—Claro que me importa que te hayas puesto esa sudadera…, quítatela… —me burlé.

—¿Eso quieres, corazón? —contestó irónica con su sensual acento venezolano—. Claro… Y ya que estamos, me quitas todo lo demás.

Se rio. Luego se reconvino.

—En serio… Me encantaría que pudiéramos volver a la cama, pero tengo que irme. —Se acercó al sofá donde estaba tumbado—. Tengo clase en veinte minutos, por suerte estoy aquí al lado.

—¿Qué estudias?

Se sacudió el pelo mojado y me sonrió.

—Arte dramático, en NYU.

—¿Una cerveza esta semana?

— Sure .

Se inclinó sobre mí y me dio un beso en los labios.

Reconocí en ella el olor de su colonia, y al hacerlo, de repente, caí en que ese olor ya lo conocía de antes…

Ya sabía a quién me recordaba esa chica: la reconocí en el contorno de su cara, en su piel pálida, en su pequeña nariz…

y en sus ojos, sobre todo en sus ojos azules.

Sin duda: era igual a Elena.

Y fue entonces cuando entendí por qué me había venido esa canción: porque Vincent , antes que nada, me llevaba a un recuerdo aún más antiguo.

Años antes, cuando tenía diecisiete, Elena me llevó en coche al instituto porque Pecu se había quedado dormido.

Ella era «la novia de siempre» de mi hermano, esa figura inalcanzable con la que uno aprende a no fantasear.

Pero ese día fue distinto: sonó Vincent en un CD y yo empecé a cantarla.

Ella se rio a carcajadas al verme desatado y optó por unirse.

Cuando acabamos nuestro karaoke particular empezamos a hablar, pero no como la chica mayor condescendiente con el hermano pequeño de su novio: me habló como a un igual, como si, de pronto, algo en mí le resultara digno de interés.

Me miró un segundo más de lo normal en un semáforo y yo sentí que algo se abría, algo minúsculo pero peligroso.

Así que tal vez no fue la canción lo que me llevó al recuerdo de aquella mañana con Pam en Nueva York.

Quizá fue al revés. Quizá fue que esa chica de una sola noche, por su parecido con Elena, me trajo de vuelta a la canción de Don McLean.

A veces la memoria es así: da un rodeo, disfraza un pensamiento de casualidad…

y te lleva justo donde no querías volver.

Pero aquel día en el Soho no fue eso lo único que pasó, porque cuando Pam salió por la puerta, una breve vibración del móvil me distrajo:

«Tiene una nueva notificación de M_URI», rezaba la pantalla de mi iPhone. Tardé apenas una décima de segundo en recordar quién era M_URI. Apreté la notificación ansioso, al teléfono le costó abrir el mensaje —ese dichoso wifi—.

«A nosotros también nos encantó conoceros anoche».

Me resultó decepcionante que utilizara el plural y que se ciñera a responder de forma tan escueta, aunque enseguida me di cuenta de que había solicitado seguirme. Por lo menos, no le había resultado tan insignificante.