Cinco
«[Wagner]. Nos reiremos del azar en el futuro,
y un cerebro que sabrá pensar,
también se convertirá en un pensador».
GOETHE
Yo me crie con las enseñanzas antiguas, haciendo caso de las costumbres y las tradiciones.
Gracias a esa sabiduría aprendí a temer lo que no se ve, a respetar lo que habita en lo espeso, y así, poco a poco, fui entendiendo un mundo que es más grande y más hondo de lo que se nos muestra a simple vista.
Por eso me preocupan los mozos de hoy, los mozos como el Uco-uco, porque están enganchados a otros saberes y pasan de los cuentos de los viejos.
A ellos lo único que les importa es lo que diga el cacharro ese que llevan en la mano como si fuera la palabra del mismo Dios, como si con invocar esa pantalla ya supieran qué hacer: qué comer, qué pensar, cómo quererse…
Siguen lo que les dice ese aparato casi devotamente, sin rechistar, como ovejas al son del cencerro, solo que el cencerro ahora se llama influencer —que ya me dirá usted qué oficio es ese—.
Hoy el saber es una moda pasajera, un capricho: ayer se lamentaban por una guerra y hoy ya se les olvidó; ayer lloraban por el planeta y hoy no desaprovechan la oportunidad de coger un avión; ayer decían que no se podía mentir y hoy comparten embustes digitales alegremente.
Y así andan, como moscones en agosto que no saben dónde posarse, pero cuando les hablas de lo antiguo, de lo que aprendieron los de antes para enseñárnoslo a nosotros, te miran con soberbia, como si fueras un dinosaurio que no ha entendido que este mundo ha cambiado y ya nada puedes aportar tú —ni tú ni todas las generaciones anteriores a ti—.
Pero qué sabré yo, si tan solo soy un quesero que aún cree que la leche no sale del tetrabrik.
Miren, la sabiduría no llega de golpe, sino que se va metiendo en los huesos, como el morriñar .
A veces miro atrás y me acuerdo de aquel crío que un día fui, corriendo detrás de mis vacas por las brañas , con las piernas llenas de arañazos y la cabeza llena de cuentos.
Yo no era como los niños de ahora, eso seguro.
A mí me gustaba aprender, acercarme a los que sabían mucho para ver si algo de ellos se me pegaba.
Porque había que llevarlo con orgullo: a mí me parió una cueva y eso, tarde o temprano, vendría a buscarme.
Había dos figuras muy sabias de cuando yo fui mozuco : Tío Nelo, conocido en el lugar como «el Autillo», y Tío Toño, apodado «el Moñigo».
Ambos eran pasiegos. Tío Nelo, el Autillo, era alto, seco y con la piel tostada como una castaña.
Sus ojos eran grandes y saltones como los de un cárabo, siempre pícaros, como si esperaran descubrir algún secreto oculto, y tenía la nariz afilada como un gurizo .
En cambio, Tío Toño, el Moñigo, era chato, enjuto y fofo.
Sus pómulos eran rosados y se posaban sobre unos labios menudos y apretados.
Tío Nelo, el Autillo, habitaba en la Cabañona, ubicada en la parte alta del pueblo , mirando hacia el Pisgu, mientras que Tío Toño, el Moñigo, vivía en el extremo opuesto, cerca de la Fuente’l Dujo.
A pesar de la distancia que separaba sus casas, no se les veía separados jamás, ni siquiera cuando se recogían.
Yo entonces —hace más de medio siglo, todavía un críu — no vivía fijo en ninguna parte, andaba moviendo mis vacas en busca de los mejores pastos y me encontraba al dúo a menudo en las camberas , con lo que acabé por compartir una relación especial con ellos.
Lo mío me costó ganarme el respeto y la simpatía de estos dos pasiegos, ya lo creo, pues no se prodigaban con nadie más que consigo mismos.
Acabé por visitarlos con frecuencia, no solo por su carácter misterioso, que me producía una gran curiosidad, sino también porque valoraba las historias y la sabiduría que ambos ancianos compartían.
A su vez, Tío Nelo, el Autillo, y Tío Toño, el Moñigo, veían en mí una chispa de juventud, una esperanza que los llenaba de orgullo y les recordaba a su propia mocedad.
Eran hombres de trapicheos. Ricos —los colchones mullidos de tanto billete—, pero tan humildes que nadie lo hubiera dicho.
Entre otras cosas organizaban las cacerías de los pisaverdes , esos descendientes de indianos que codiciaban tener un oso pardo de alfombra, o el cráneo de un rebeco en la pared, o un lobo, qué sé yo…
También eran escoteros , de la tradición contrabandista pasiega que venía desde Carlos V, aunque eso a mí no me lo dijeron jamás, que se las daban de honrados , pero yo lo sabía, porque a mí no se me escapa nada. De ahí les venía tanto billete…
Yo de mozu andaba muy solo. Mi madre, que en paz descanse, murió casi recién parido yo, y me cuidó mi güelu hasta que también se me fue siendo niño .
Ya por entonces Suso era un pueblo inhóspito y apenas tenía gente de mi edad, salvo en el estío, cuando venían los veraneantes.
Mi soledad la contrarrestaban los animales del monti y mis vacas, sobre todo mis vacas.
Y sí, tuve la fortuna de tropezarme con Tío Nelo, el Autillo, y con Tío Toño, el Moñigo, que ejercieron sobre mí gran influencia.
Diría que fueron mis maestros, pues yo a la escuela no se puede decir que fuera mucho —ni mucho ni poco, que no fui nunca—.
Ellos eran hombres de mucho saber, y de mucho compartir su saber, y conseguían saciar mi curiosidad al tiempo que me invitaban a hacerme más y más preguntas.
«La sapiencia no está en las escuelas, Faustuco , ni en las iglesias; se encuentra en la tierra, en las historias que te contamos los mayores y en cada rincón del valle», me decía Tío Nelo, el Autillo.
Y yo lo escuchaba…, pero también tenía a Tío Toño, el Moñigo, que sin contradecirle me pasaba libros a escondidas, como si fueran algo prohibido.
Y gracias a él aprendí poco a poco a juntar letras hasta que le cogí el gusto a devorar páginas.
Así fue como empecé a entender el mundo: el de aquí, de mi tierruca , el de allá fuera y, sobre todo, ese otro que no se ve pero que está…
, el mundo que solo entienden los que saben que hay verdades que no entran por los ojos, pues no todo lo real hace ruido ni se deja tocar.
Y así fue como me adentré en los inexpugnables laberintos del saber.
De entre los pisaverdes que la pareja llevaba de caza por el valle, uno de los de más relumbrón era el señor de Escandón, el marqués de la Sierragorda.
Era un hombre obeso al que había que subir en la Lola —la mula resabiada de Tío Toño, el Moñigo—, porque era incapaz de ascender las laderas pindias del monti .
La pobre Lola… Además de tambujo , el marqués de la Sierragorda era conocido por su pésima puntería, por eso solo se iba de caza con Tío Nelo, el Autillo, y con Tío Toño, el Moñigo, pues estos te ponían a los animales tan cerca que lo difícil era fallarlos.
El marqués de la Sierragorda solía instalarse en su casa solariega de Suso, la Casona.
Era una casa que su familia tenía desde que la construyó su antepasado, virrey del Perú.
Sí, esa… La que ahora reluce como los chorros del oro después de la reforma del Uco-uco, aunque muchos años después de que todo esto sucediera —qué viejo me siento—.
El Marquesón y su familia siempre habían vivido en Santander, pero se mudaron a Madrid porque según él haría mejores negocios allí, aunque era conocido que no era por eso, pues vivía de las rentas y pocos negocios inventaba.
La razón era que le vencía prodigarse en el circo social.
Además, decía que así sus hijos tendrían acceso a mejores colegios para hacer la PREU, que así se le conocía al curso de preparación para la universidad en España en la época de Franco.
Un día me pidió Tío Toño, el Moñigo, que le acompañara de caza.
No era extraño , pues yo conocía el monti casi como ellos y tenía varios años menos, con lo que subía que me las pelaba.
Tío Nelo, el Autillo, ese día estaba ausente, esas ausencias de las que evitaban darme explicaciones —ni yo las pedía—, pues todos sabíamos que andaba porteando alguna ilegalidad.
El caso es que me fui con Tío Toño, el Moñigo, a por el señor marqués, y resultó que el mondregote intentaba convencer a su hijo para que nos acompañara, un mozo chiquituco y enclenque.
Llevaba unas gafas grandes que descansaban muy precariamente sobre una nariz apretada y diminuta.
El chaval no quería venir ni a hostias , venga a llorar.
Entonces pasó algo que nunca olvidaré: se abrió el portón de madera de la casa, con esas tachuelas tan señoriales, y de ahí salió una moza muy enojada.
Tenía la piel nívea, los ojos verdes como aceitunas y mucho carácter.
Se acercó al tirillas, impertérrita, y culminó su atropellada aparición con un linternazu que casi lo esnuca .
Recuerdo aquella primera vez que la vi y todavía se me viene una extraña excitación.
—Deja de llorar, niñato —le dijo después, toda chula—. Ya le acompaño yo, que no te aguanto.
Su padre ni se inmutó. Estaba ya subido en la Lola de espaldas a la escena.
El niño sonrió ampliamente, agradecido por la enérgica aparición de su hermana y casi hasta por la colleja.
Ella le arrebató el zurrón y se lo puso de bandolera, lista para comenzar el repecho de Peña Sagra, que no era poca cosa.
El sol del alborear teñía de amarillo los praos .
La hierba andaba empapada por la ruciá y olía a tierra fresca, mientras que las montañas nos contemplaban quietucas , recortándose contra un cielo de amanecida.
Yo caminaba tranquilo al lado de la moza, que se me antojaba con muchos aires, como mirándome por encima del hombro, toda galla.
Tendría unos dieciséis, mi edad de entonces.
Cuando me ponía a su altura, sus pasos avanzaban ligeros sobre el suelo.
Vestía unos calzones delicados, más propios de la ciudad, y su pelo estaba peinado con maña, aunque se le escapaba algún fleco que ondeaba rebelde.
De cuando en cuando torcía el gesto, mirando con desprecio los cantos que salpicaban el camino o los tábanos que saltaban al paso de ambos.
En un momento dado intenté entablar conversación, divertido por su arrogancia.
—Mira —dije señalando el mar de arbustos que nos rodeaba—. ¿Sabes qué son? —Ni me miró—. Arándanos. Por aquí también les decimos ráspanos.
Me agaché y le ofrecí un puñado . La niña apenas giró la cabeza para mirarme, su nariz respingona inclinada hacia el cielo.
—No me gustan —murmuró, arrastrando las palabras con una mezcla de fastidio y arrogancia.
Me sonreí mientras pensaba que era una niñata, que le tendrían que haber dado dos bofetadas por antipática, pero por otro lado una extraña sensación me recorría, pues en el fondo me hacía gracia, a saber por qué. Lejos de callarme, cambié de tema.
—¿Ves esa ave allá arriba? Es un buitre negro. No todos los días los ves por aquí. Has tenido suerte…
—Poca suerte tengo de ver un pájaro tan feo.
Entonces solté una carcajada. Fue un estallido espontáneo que irrumpió sin previo aviso, tan fuerte que me hizo arrugar el rostro mientras sacudía los hombros.
Entonces me miró… Por fin. Al principio con desdén, pero enseguida se contagió de mi risa y no pudo evitar soltar una carcajada.
Me vio captar ese momento y alejó la mirada para recuperar su engreimiento, pero ya había conseguido robarle una sonrisa y ella lo sabía.
—Aquí cada planta, cada animal tiene una historia. Es como descubrir un libro que nadie más ha leído.
—No parece un libro muy interesante —bufó.
Volví a reírme y seguí el camino en silencio, más animado de lo que a ella le hubiera gustado tras aquel primer encuentro tan bronco.
La chica me divertía. Sabía que, aunque ella no quisiera escuchar, en lo profundo de su rostro había otras señales, que como con el paisaje, hablaban por sí mismas si se sabían interpretar.
Entonces Tío Toño, el Moñigo, hizo una señal con la mano y todos nos detuvimos.
Señaló a los riscos de Peña Sagra, donde pastaba una rebeca en una posición imposible, como pegada a un muro vertical.
Tras ella alerté a otras dos y un macho.
Todos se agacharon menos yo, que ayudé al Marquesón a bajarse de la Lola, operación que se ejecutó con una falta total de pericia, pegando tremendo lapiazu contra el bardal que había por el lado contrario al que intentaba bajarse.
Hizo mucho ruido, un milagro ver que la pelota de rebecos seguía allí mismo sin inmutarse.
Estarían a unos quinientos metros de nosotros y nos dispusimos a rececharlos.
Tío Toño, el Moñigo, iba delante, el marqués de la Sierragorda detrás seguido por su hija, y yo cerrando la fila.
El jadeo del Marquesón me quitó toda esperanza de que el lance se ejecutara con éxito, pero sorprendentemente conseguimos quedarnos a unos trescientos metros sin que ningún animal nos mirara.
El marqués entonces se sintió cómodo para tirar y Tío Toño, el Moñigo, me hizo una señal para que le sirviera de soporte.
Me acerqué y me arrodillé delante de él para que apoyara el rifle en mi hombro derecho.
Me tapé los oídos con las manos esperando el estruendo del disparo con cierto temor, pues notaba como el pulso del marqués de la Sierragorda temblaba en exceso.
—Voy a disparar —le escuché susurrar.
En ese momento, algo inesperado pasó.
—¡¡Cof, cof!!
La tos de la hija alertó a los rebecos, que salieron escopetados peñas arriba antes de que el Marquesón ejecutara su disparo.
Era una tos totalmente impostada, nada natural.
Todos nos volteamos a mirarla, sin dar crédito a lo que acababa de ocurrir.
El marqués parecía que iba a explotar, con la cara enrojecida por la ira…
—¡Pero, Maruca! ¡Serás boba! —alcanzó a decir mientras se quitaba la boina para pegarle un gorrazo.
—¡No he podido aguantar la tos, papá! No me riñas…
Me eché a reír mientras Tío Toño, el Moñigo, me miraba incrédulo.
Aquel fue mi primer encuentro con Maruca.