Cuatro
Aquel día había quedado a comer con Bill, que salía muy esporádicamente de Connecticut para venir a Manhattan coincidiendo con alguna reunión importante en el banco —del que ya solo formaba parte del advisory board —.
Mi padre no era un tipo cariñoso, tanto es así que nunca le llamé papá, ni daddy , ni nada por el estilo… Bill a secas.
—¡Suéltame, que puedo solo! —Retiró con brusquedad mi mano. Su tono era bronco, como de costumbre.
Le solté y volvió a caer como un peso muerto sobre el asiento. Entonces me miró frustrado y aceptó mi ayuda, aunque a regañadientes.
—¿Quién te recomendó este antro? —le dije.
—¿No te gusta?
—Parece un prostíbulo para gente con pasta —contesté, vacilón.
Me siguió la broma aspirando sonriente mientras se abrochaba el botón de su blazer cruzada, al tiempo que se encajaba bien las hombreras, levantando con hidalguía la barbilla.
Mi padre tenía una melena plateada de esas que terminan con leves rizos en la nuca, marcada por grandes entradas, aunque desde que le conocía nunca habían ido ganando terreno.
La tez mostraba su hándicap de golf y tenía rasgos de seductor, además de los de vividor, de alguien que ha pasado buena parte de su vida descorchando botellas de champán, acompañado por mujeres tan hermosas como fugaces.
Le soltó veinte dólares al aparcacoches y me guio hacia la entrada, donde ya nos esperaba el maître .
Ya dentro, una guapísima camarera rubia de ojos color azul y labios gruesos nos pidió que la siguiéramos.
Al entrar en el ascensor me avergoncé de mirarle el escote, pero no lo pude evitar, ni ella pareció molestarse al cazarme haciéndolo.
Salimos en la tercera planta y atravesamos un gran salón donde había un par de mesas vacías y otra con seis u ocho personas bebiendo unos chupitos de vodka.
Hacían mucho ruido, ellos tenían acento eslavo y ellas, de largas piernas y vestidos sugerentes, parecían escorts .
Bill no les quitaba el ojo de encima, como tratando de medir cuánto dinero tendrían en sus cuentas corrientes, pues cuando uno lleva toda su vida siendo un banquero privado y tiene el olfato de mi padre, sin duda es capaz de cuantificar una cuenta corriente con solo una mirada.
La camarera extendió el brazo indicándonos nuestra mesa, « this way, please ». Me miró de arriba abajo, creo que se fijó en mí, quizá le gusté… En Nueva York estas cosas son así: si quieren algo contigo, te miran sin disimulo y te piden tu teléfono para cenar o tomar una copa.
— My name is Pam. Would you like to start with the Martini New Club while you are looking at your menu? —me dijo sonriendo.
— Two whiskies. Scotch —contestó Bill mientras ella me clavaba sus enormes ojos azules. Nada más voltearse, mi padre torció el rostro para mirarle descaradamente el trasero.
—Mirarle el culo así a una camarera te puede llevar a la cárcel hoy en día, Bill —lo reconvine con cierta guasa.
—Ella te lo ha mirado a ti, no hay nada de lo que preocuparse. —Se encogió de hombros—. Le gustas, a ver si no la cagas como de costumbre.
Luego dio un vistazo atento al comedor en el que estábamos. Se le notaba molesto, le hubiera gustado que todos los comensales estuvieran en una sola sala para pasarse la cena analizando el quién es quién.
—¿Necesitas dinero, Adrián? —Solía pronunciar mi nombre con un marcado acento americano, algo como Eidrian.
Sin duda era una pregunta muy de Bill. La pregunta que él pensaba que me interesaba.
Y no, no se equivocaba, porque así era… Él había hecho que nuestra relación padre e hijo fuese meramente transaccional, y aliviaba su culpa dándome pasta.
¿Por qué un padre le ofrece pasta a su hijo de cuarenta años?
Muy sencillo: a él le sobraba después de una vida de éxito en el lucrativo mundo de la banca de inversión, y a mí me faltaba en el ruinoso mundo de la academia al que me había dedicado.
Esa imagen que proyectaba tan vinculada al éxito profesional le hacía parecer una figura muy segura de sí misma, un tipo duro, sí, con ese aire sarcástico que uno asocia a los que llevan años sobreviviendo a negociaciones sin escrúpulos y a cenas caras.
Pero lo cierto es que, a pesar de esa impostada frivolidad, en casa nunca faltó nada —salvando la distancia que nos separaba—.
Su carrera lo alejó de nosotros, sí, pero también fue la columna invisible que sostuvo a la familia.
Cuando pasó lo de Pecu, algo en él se quebró.
No se le vio llorar en público, no era su estilo, pero se volvió translúcido, adelgazó hasta parecer otra persona.
Luego se recompuso —o aprendió a sostenerse, que no es lo mismo—.
Aun así, ya nada era igual entre nosotros: durante años, cada vez que hablábamos, encontraba la manera de llevar la conversación hacia mi hermano, no con nostalgia, sino como un automatismo, como si invocarle fuera la única forma que tenía de ordenar su propio duelo.
A mí, que nunca me gustó hablar del tema, aquello me incomodaba.
Y así fue como, sin querer, empezamos a hablar cada vez menos…
Hasta que casi se hizo el silencio entre nosotros.
Un silencio que me hizo enfadarme con él, probablemente de forma injusta.
Pero Bill era una persona inteligente y manipuladora, con lo que encontró en el dinero la forma de volver a conectar conmigo, y no porque a mí me interesara demasiado, sino porque él sabía cómo lograr que mis ambiciones, que eran más intelectuales que económicas, se materializaran haciendo buen uso de su pequeña fortuna.
Yo era muy buen estudiante y estaba intentando obtener una plaza en alguna universidad inglesa para estudiar mi carrera, quizá Oxford o Cambridge, pero si conseguía que me aceptaran en una de esas catedrales del saber, era consciente de que no conseguiría financiar mi vida y mis estudios allí.
Por eso, cuando Bill me propuso pagarlo todo, me resultó violento que él, con el que había perdido la química, usara la pasta para recuperarme.
Al principio me negué en redondo hasta que mamá, muy enfadada cuando se lo conté, me sentó y me lo dejó muy claro: «No juzgues a tu padre, Adrián, no tienes ni idea».
—La verdad es que sí, me he vuelto a quedar sin pasta, Bill.
—Tuve que admitir—. Mi sueldo de la universidad no me da para pagar el piso del Soho que te empeñaste en que alquilara, aunque me pille tan lejos del campus —contesté como si estuviera pidiéndole algo que me debía, con un tono moderadamente exigente.
—Si dejaras de perder el tiempo con esas historias a las que te dedicas, y quisieras tener una carrera en finanzas, yo te ayudaría a ganar mucho dinero. Pero esa es una batalla perdida… Anna te hará una transferencia el lunes.
Después, miró hacia la puerta. Se le iluminaron los ojos al reconocer a un hombre que entraba.
Era Brad Rogers, el excéntrico multimillonario cofundador y CTO de OmunAI, una de las empresas de inteligencia artificial más influyentes del momento.
Era de esos personajes imposibles de ignorar, siempre rodeado de esa aura; entre visionario y farsante.
Su estilo extravagante y su tono grandilocuente lo habían convertido en una figura habitual en los pódcast más polémicos del sector tecnológico, donde tenía gran éxito por sus comentarios disparatados.
—¡Brad! Viejo zorro, ¿qué haces tú por aquí? Seguro que con alguna chica joven y guapa. —Mi padre le dio un pellizco en la mejilla mientras se descojonaba.
—Hola, Bill, pues estoy aquí con mi novia. —Hablaba como si fuera un joven que estuviera por fin madurando después de años de juerga. Entonces me miró—. Este debe ser tu hijo, ¿no? Tú padre me ha dicho que trabajas en Columbia. Yo soy un donor de tu universidad… ¿Lo sabías?
Sin duda era un hombre arrogante. Asentí, mientras me levantaba para darle la mano.
—Encantado, señor Rogers.
—¿Por qué no os venís a mi reservado? Así te presento a mi novia, Bill, siempre y cuando no le tires los tejos, que nos conocemos.
Ambos se rieron como si les faltara el aire, una risa muy sonora al tiempo que ridículamente forzada.
Yo hice una mueca cuando Brad Rogers me miró para que me riera con ellos, como un código que tenían y al que me invitaba a sumarme, y aunque lo intenté (juju, jeje), no me salió nada natural.
Me miró de soslayo. Seguramente pensó que no era tan dicharachero y divertido como Bill.
Seguimos a Rogers: cruzamos el comedor en el que estábamos y nos metimos en un pasillo forrado de un fieltro verde, como el que tienen los paños de las mesas de billar.
Había poca luz. Apareció de repente el maître , que se acercó sonriente para abrirnos la puerta de un agradable y retirado comedor privado.
Entonces la vi por primera vez.
Algo en ella me llamó la atención. Lo primero que me capturó fueron sus ojos.
También su pelo, moreno y rizado, que parecía medio desordenado, como si llevara años perfeccionando la manera más natural de parecer espontánea.
No era una belleza de revista, pero tenía un atractivo evidente.
Intuí enseguida que era rara, de esa clase de rareza que puede arrastrarte sin que te des cuenta.
Todos nos saludamos y nos sentamos. Empezamos hablando de chorradas hasta que Bill —qué sorpresa— introdujo un tema de lo más profundo, quién sabe si para hacerle la pelota a su amigo Brad Rogers o para impresionar a la chica… De lo que estoy seguro es que no lo hizo por mí.
—Volviendo a lo del otro día, Brad —dijo haciendo girar el whisky en el vaso—. Aquello que dijiste…, ¿lo de conectar el cerebro a internet?
Brad dejó su copa en la mesa con una calma que resultaba irritante.
—No es exactamente así. —Sonrió.
Memphis levantó una ceja.
—A Brad le encantá fantasear con estas cosas… —añadió riéndose—. Aunque cada vez suena menos a ciencia ficción.
—¿Y cómo se supone que funcionará? —pregunté.
Brad se encogió de hombros.
—Con nanorrobots. —No me miró, se le veía sobrado. Aquello me hizo reír, una risa incómoda, forzada, irónica.
—Fantástico. El alma conectada al wifi.
—No seas dramático —dijo él—. Solo será información.
—¿Información sobre qué?
—Sobre todo lo que nos pasa por la cabeza… —respondió—. También sobre lo que sentimos.
Aquello me molestó.
—«El corazón tiene razones que la razón no entiende» —dije casi para mí.
Brad frunció el ceño.
—¿Pascal?
Asentí, sorprendido de que hubiera cazado la cita al vuelo.
—¿Y qué haréis con las razones del corazón?
Brad apoyó los codos en la mesa.
—Procesarlas…, entenderlas…
—¿Y luego?
—Optimizarlas.
Memphis soltó una pequeña risa, como si intentara suavizar el ambiente.
—No creo que sea tan frío como está sonando en boca de Brad —dijo—. Solo sabremos más sobre nosotros mismos.
—No sé, tampoco hay que saber mucho más…
Ella me miró con curiosidad, casi con ternura.
—¿No te gustaría saber por qué eliges siempre a la persona equivocada?
Parecía intuir lo que en realidad me pasaba.
—¿Y si no es un error? —respondí.
Brad negó lentamente con la cabeza.
—El mundo está lleno de errores emocionales, Adrián.
Era un ser condescendiente. Me puse pedante.
—También de poesía.
—Y de divorcios… —Miró a Bill y ambos se rieron.
Memphis observaba la conversación en silencio, secretamente atraída por nuestro duelo.
—Quizá lo único que cambie —dijo al fin— es que veremos mejor los patrones, las cosas que nos hacen daño.
—¿Y la emoción, el riesgo? —pregunté.
Brad soltó una breve carcajada.
—La emoción está sobrevalorada.
—¿Quieres eliminar la emoción en el amor?
—Así es, especialmente en el amor.
Lo dijo con tanta seguridad que por un momento me quedé sin respuesta.
—¿Y si lo valioso fuera precisamente eso? —murmuré—. No saber.
Memphis inclinó la cabeza.
—No saber es una forma de sufrimiento —soltó.
Brad asintió y celebró su comentario levantando la copa hacia ella. Hubo un silencio corto tras el que Bill, que parecía aunsente de la conversación, también levantó su vaso.
—Si el algoritmo quiere elegir por mí la próxima vez que me enamore, adelante; está demostrado que no se me da muy bien.
Las risas rompieron la tensión mientras Memphis me clavaba sus ojos verdes.