La idea de volver Tres
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Tres

«[Homúnculo]. Está en la naturaleza de las cosas:

a lo natural apenas le basta el universo,

lo artificial exige espacio cerrado».

GOETHE

Cada tarde, con el orujo en la mano, me quedo mirando la «nueva» Casona desde el patio de mi casa.

Allí estuvo siempre, sí, más de trescientos años aguantando inviernos, bodas y desgracias…

Fue la casa que heredó mi Maruca, hasta que decidió venderla.

Esa casa tenía sabor, con su alero viejo y su portalón, que crujía como el hueso de mi cadera.

Ahora, con la reconstrucción, no puedo decir que no sea pintona, pero brilla demasiado, como una muela de oro puesta en la boca de un anciano: reluce, pero no vale para masticar.

Yo la miro y me pregunto si sigue siendo la misma o si es solo el recuerdo de otra cosa.

Porque ya se sabe: no todo lo que brilla en el bosque es oro, ni todo lo dulce es para comer.

Y aun así, aunque no se le queden a uno esas cosas más insípidas, le pueden cambiar la vida, como cuando se mira de frente al sol… o a la verdad.

¿Por qué será que hay cosas que, por más que se miren, nunca se terminan de entender del todo?

Uno puede pasarse la vida observando el río correr, tratar de descifrar lo que dice el agua al golpear las piedras, cada gota juntándose con las demás, pero nunca estará seguro de si es un simple sonido relajante o si hay algo más hablando desde el fondo.

Hay cosas que se revelan solo a medias. Y así son también ciertas personas: se presentan ante nosotros como si fueran claras, pero no, son esquivas, la imagen de algo que nunca se alcanza a entender del todo, y nosotros, pobres diablos, nos pasamos la vida persiguiéndolas, creyendo que si conseguimos atraparlas habremos ganado algo.

De joven uno se confunde mucho en esto de juzgar a la gente que se cree conocer, sobre todo cuando se trata de una moza.

Y no es por torpeza, sino por ansia. Porque cuando se te enciende la sangre y el mundo se te queda grande, cualquier moza que te mire dos veces ya parece que te está llamando.

A mí me pasó una vez, y no era amor lo que sentí, sino calenturas.

Era esa fiebre de querer conquistar algo grande, aunque no sepas muy bien el qué.

Y entonces, claro, viene el error: pensar que una mirada furtiva o una risa que se te clava como una barda es señal de que eso es lo que andabas buscando, cuando en realidad no sabías lo que buscabas.

Déjenme que les ponga un ejemplo de por aquí: ¿cuántas veces se nos metió por los ojos una ijana ?

La ijana , según contaban las leyendas montañesas, era una mujer guapa que se escurría como el humo y que tenía el poder de embrujar al mozo con solo una mirada.

Pero la verdad es que la ijana no era solo un ser de cuento: era el deseo puesto en cuerpo de mujer.

El deseo cuando se viste de moza espabilada, de talle firme y paso ágil.

Había mozas que parecían esas hadas de verdad: te saludaban con una risa de esas que te calentaban más que el orujo, y tú ya no sabías si responder o echar a correr.

Bajaban por la linde de las vargas con las juntillas bien prietas y las albarcas marcando el paso como si vinieran de una romería, aunque no fuera fiesta, y bastaba que te miraran de reojo o que se arreglaran el pañuelo con gesto coqueto para que a uno se le olvidara hasta quién era.

Pero no era amor lo que prometían; era que nosotros, los mozucus sin experiencia en las cosas del querer, confundíamos los hechizos con las ganas.

Yo me recuerdo de una en particular, no diré su nombre todavía, pero tenía esa maldad que te sacaba del paso, y un día me engañó y me desvió del amor de mi vida con uno de sus embrujos.

Por eso, cuando el Uco-uco nos trajo a la Mefis hace tres años por Navidad, con ese andar entre desafiante y sumiso, pensé: «¿Será esta como la que a mí me descarriló?

¿Será que las ijanas también existen al otro lado del charco?

». Pero no era así, eso lo supe pronto. La Mefis traía otras magias, sí, pero no eran de las que revolvían al mozu la sangre; sus hechizos eran peores, más peligrosos, como si no viniera a hacerte perder la cabeza, sino a ponerte delante un espejo.

Aun así, parecía que ese Uco-uco que había venido a presentarnos a su señora esposa se había vuelto majara.

Tanto que se nos había casado y ni él sabía por qué.

Ni por qué ni con quién. Perdido andaba.

Perdido anduvo siempre, pero entonces no se le notaba tanto, y eso me preocupó.

Qué aires se traía, qué importancias se daba.

Que decía que había comprado la Casona, la casa solariega de su abuelo, el Marquesón, para reconstruirla y eso…

¿Acaso se creía que por haber pegado un braguetazo iba a recuperar la honra de su casa?

Pero a mí, ni un músculo de la cara se me movió, todo sonrisas para la feliz pareja.

Había que andarse con mucho tiento y ganarse la confianza de los enamorados, y después tratar de ayudarlos, que ellos no sabían por dónde les entraba el aire.

A la Mefis se le notaba el orgullo, pero por dentro, en el fondo, era un interrogante.

Y cuando se despejó ese interrogante, fue como cuando un turbión te deja el campo inundado, sin saber ni por dónde empezar a achicar aguas.

¡Ay, madre! Si es que cuando vi al Uco-uco con la Mefis , al principio me dio una mala corazonada.

Ella tan lista, tan guapa, tan pisaverde , y con todo lo que sabía de tecnología, que parecía que tenía el mundo en la mano con solo darle a un botón.

Y él, pues ahí se le veía, jartu , que no quitaba el ojo de ella, como si estuviera hechizado.

Pero ya lo dije yo, el Uco-uco no sabía lo que quería porque a ella no la veía venir; tan segura de sí misma, pensando que lo tenía todo controlado, como si la cabeza y el corazón se manejaran como una de sus máquinas, con un solo clic.

Además, la chica era muy maja conmigo. No se me quita de la cabeza la conversación tras la cena, aquella primera vez que nos vimos:

—Fausto, ¿quieres que te ayude a recoger la mesa?

—No hace falta, mujer, ya lo hago yo.

—Qué va, así charlamos.

Y nada, la tipa empezó a darme palique… Que si qué bonito es todo por aquí… Que si qué suerte haber vivido siempre en este paraíso…

Sonreía mucho. Ella siempre sonreía provocadora, como guardándose un mensaje oculto que solo entendíamos ella y yo, solo que yo tampoco lo entendía. Después le pregunté por lo suyo, por lo que hacía, aunque en realidad no me iba a enterar de nada.

—Y tú qué, ¿haces robots?

Se rio.

—No te rías de mí, mujer —le decía—. Que yo sé de campo, pero de cosas modernas ni idea.

—Pues mira… —respondió con media sonrisa—. Es como tener una cabeza que ha leído millones de cosas y puede inventar respuestas nuevas con todo lo que va aprendiendo. Así te ayuda a entenderlo todo mejor.

—¿Todo? La única forma de entenderlo todo es vivirlo, y me da en la nariz que detrás de esas máquinas poca vida hay.

—Te sorprendería… —Se metió la mano en el bolsillo y sacó su móvil—. ¿Quieres probar?

—¡Qué dices, mujer! Si la Maruca me tiene que ayudar hasta para desbloquear el trasto este… —Señalé mi propio móvil.

—Dime algo que se te pase por la cabeza…

—Pocas cosas tengo yo en la cabeza.

Fue ella quien, pensando en algo que me interesaría, le preguntó al trasto sobre el precio de la leche de la cooperativa y cómo podía mejorar mis ingresos, y vaya si acertó en la respuesta.

No solo eso, sino que me sugirió cómo hacer para mejorar mi propia producción: dijo que vendiera las tudancas y que me centrara en la vaca frisona, que era más productiva.

Ese chiste ya me lo sabía yo, pero la jodía máquina lo acertó a la primera y cagando leches.

—Ahí va, la hostia, pues parece que hace magia tu aparatuco .

—¿Verdad? Si quieres te lo instalo y ya lo utilizas tú a tu aire.

—Qué dices, mujer. Yo no valgo para esto.

—Claro que vales. Le das a este botón donde pone OmunAI y le dices cualquier cosa que se te ocurra.

—Anda, anda. No me enredes. Vamos al salón, que nos esperan los demás. Esto no es para mí.

La moza llegaba sin duda con ese aire de forastera.

Aun así, se la veía que quería agradar a sus suegros, pero como que no sabía cuánto duraría por aquí.

Toda ella olía a nuevo, como un chubasquero que nunca ha visto turbión , o como unas zapatillas blancas, esas que ella misma lucía inmaculadas, aunque ya me dirá usted qué necesidad hay de calzarse nada blanco por aquí.

En fin. Pero lo raro no era eso… Lo raro era ella misma.

Guapa, sí, muy guapa, pero no de las que te dejan sin aliento.

Tenía otra clase de presencia, como si no estuviera del todo allí, o estuviera más que nadie.

La voz suave, pero con filo. Y los ojos…

Ay, los ojos. Qué verdes. Te miraba y parecía que te adivinaba el pensamiento, como si viniese de un tiempo anterior al nuestro, cuando los hombres aún no habían olvidado cómo hablar con los árboles.

Era algo hermoso, sí, pero daba miedo. Se me erizaba la carne, como cuando vas caminando por una cambera y te das cuenta de que la sombra que has visto entre las hayas no es la de un esquilo , sino la de algo mucho más raro. Y más antiguo.