La idea de volver Dos
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Dos

Me llamo Adrián Miller.

Que mi apellido no lleve a engaño: soy de Suso, un pueblo perdido en las montañas de Cantabria.

Hoy parece otra casa. Parece otra vida.

Aquel día, hace tres años, aterricé con Memphis en Santander para presentársela a mi familia. Alquilamos un coche en el aeropuerto. Al llegar al pueblo aparcamos como si no tuviéramos prisa, y eso que ya daban las diez de la noche. No había un alma en las calles. Era Nochebuena.

Memphis ya no era mi novia, aunque todavía no pensaba en ella como mi señora esposa.

Caminaba por la calle con unas zapatillas que eran la última sensación en Nueva York, con gruesas suelas noventeras que parecían desentonar al pisar las losas nevadas de este pueblo cántabro.

Memphis era pequeña y fibrosa, de formas suaves, contenidas, con un pecho firme, como si en su cuerpo todo estuviera en tensión, siempre alerta.

Llevaba un abrigo de tejidos técnicos que parecía más propio de una expedición que de una cena de Navidad con sus suegros, a los que todavía no conocía.

La boina que le cubría el cabello y una enorme bufanda de lana le ocultaban el rostro, escondiendo unos enormes ojos verdes de color intenso que brillaban como si estuvieran retroiluminados, como si no fueran los de una mujer, sino los ojos hipnóticos de una víbora.

Tras el breve paseo, llegamos a un portón de madera con tachuelas de hierro. A su frente se alzaba el tronco de un tejo milenario como una escultura. Nos abrió mi tío Susín.

—No te esperábamos tan tarde…

Tío Susín era un cascarrabias que de niño me imponía, tanto por su carácter áspero como por su aspecto: cejas grandes, gesto torcido, piel pálida, y manos pequeñas y frías.

Además, parecía que caminaba con una incomodidad constante en el trasero.

Siempre fue un solitario; de esos que prefieren los gatos antes que a las personas, aunque tampoco es que le gustaran los gatos.

Tuvo la suerte de que mamá siempre lo protegió.

—Hola, tío —le sonreí. Me giré hacia Memphis—. Este es mi tío Susín, el hermano de mi madre.

Memphis saludó haciendo un leve gesto con la cabeza, como si la invadiera un respeto que yo le había contagiado.

—Hola, hija. ¿Me dejas tu abrigo?

Ella se lo quitó y se lo entregó sin decir palabra.

Entramos y el calor del interior nos envolvió con el olor de la leña y de lo que se cocinaba en el horno.

La casa era más grande de lo que aparentaba desde fuera, una mezcla entre austeridad y nobleza; vigas de madera, muebles antiguos y piedra arenisca.

—¡Adrián, qué ilusión!

—¡Mamá!

Mi madre me abrazó con esa fuerza que solo las madres parecen poder dosificar: lo justo para que duela un poco y al mismo tiempo parezca que lo hacen con cariño.

Llevaba como siempre demasiado maquillaje, como si quisiera corregir el paso del tiempo a brochazos, pero bastó sentir su cuerpo contra el mío para que todo eso dejara de importarme.

Debajo de su perfume —uno dulce, algo rancio, de esos que duran más de lo que deberían—, estaba su olor, su olor de madre.

Ese aroma que un hijo no sabría describir si se lo preguntan, pero que reconocería a kilómetros.

Me quedé un segundo más de lo necesario en el abrazo, con la cara apoyada en su hombro, como si pudiera absorber todo un año de distancia.

Mientras la tenía entre mis brazos fijé mi mirada en la foto del dintel de la chimenea, una de mamá y de su marido, al que siempre llamé Tío Fausto, el día que se casaron.

Ella salía radiante, con un vestido blanco sin adornos y el pelo recogido, apenas sujeto con unas horquillas que dejaban caer un par de mechones sobre la frente.

Sus ojos verdes, más tirando a miel que a azul, parecían mirar más allá del objetivo.

Tenía una belleza serena, casi callada. Él, a su lado, posaba con gesto tranquilo, la chaqueta abierta y la corbata ligeramente desencajada.

Era un hombre atractivo, de facciones duras y mirada firme bajo un tupido entrecejo.

Transmitía una mezcla extraña de seguridad y melancolía.

Juntos daban la impresión de una pareja que, sin ser perfecta, parecía tener un pacto misterioso: el de quererse.

—¡Uco-uco! —exclamó Tío Fausto al verme—, por fin te dejas ver por el pueblo… Ven a darme un abrazo, hijo.

—¡Tío Fausto! —me abracé a él—. Siento que hayamos llegado tarde.

—Nada. No pasa nada. Se os han quedado las alubias frías, pero te las caliento en un momento…

Aquel hombre, ya anciano, se parecía muy poco al de la foto.

Tío Fausto no era mi padre, pero durante muchos años fue lo más parecido que tuvimos mi hermano y yo, puesto que Bill, mi padre biológico, se marchó a Nueva York cuando se separó de mamá.

Llamarle «tío» era, en cierto modo, dejarlo entrar en casa hasta la cocina.

Su rostro, surcado de arrugas, trasmutó en aquel instante en una sonrisa que mostraba unos dientes grisáceos y gastados.

Quien no lo conociera ni siquiera hubiera advertido su alegría, pero aquella mueca reflejaba un estado de enorme felicidad.

Su cara, que fue afilada en otras épocas, estaba hinchada y pendía de ella una gran papada como consecuencia de una piel ya flácida, vencida por los años.

Sin embargo, su mirada irradiaba cierto anhelo de seductor, el probable brío del galán que un día fue, quizás, aunque para los allí presentes aquella pose resultaba inapreciable.

—¿Uco-uco…? — preguntó Memphis vacilona al escuchar a Tío Fausto llamarme por aquel curioso apodo que venía de mi diminutivo montañés, Adrianuco.

Le reí la gracia y luego la presenté ante la expectación de todos. Empecé por mi madre, que la contempló inquisitiva. Se dieron dos besos algo forzados, aunque con amplias sonrisas. Después Tío Fausto la saludó cortés. Nos sentamos.

—Cuéntanos, Adrián, que hace más de un año que no te dignabas a aparecer… —dijo mamá, dejando con cuidado su copa de vino sobre la mesa.

—Tienes razón. Han sido unos meses intensos —mentí.

—Anda, anda. No será para tanto… —Se rio con un atisbo de tristeza que no me pasó desapercibida.

—Entre las clases, los papers atrasados y alguna que otra conferencia, apenas he tenido tiempo para nada. Ha sido un año agotador, la verdad.

Intenté que no sonara a excusa, porque la realidad, la verdadera realidad, es que la razón fundamental de mi ausencia había sido el tiempo que invertí en la conquista de la mujer que acababa de presentarles.

A pesar de que ya entonces estábamos casados, Memphis y yo no llevábamos mucho tiempo saliendo, apenas un año.

Quizá por eso, la mirada de mamá estaba llena de suspicacia; no tenía mucha fe en mi criterio con las mujeres y Memphis no parecía darle mucha confianza; quizá pensaba que era demasiado para mí —«tiene muchas ambiciones», me decía—.

Lo que peor llevaba era su éxito: no había cumplido los cuarenta y ya era una investigadora reconocida, con un sueldo mareante.

Se podría decir que tenía una justificada desconfianza por el daño que pudiera hacerme.

Además, estaba el hecho, no menor, de que me ataba más a Estados Unidos y me alejaba más de ella.

—Cuéntanos, ¿a qué te dedicas? —Tío Susín corrigió un leve temblor en la garganta.

Tío Fausto interrumpió la respuesta de mi chica apareciendo con una enorme bandeja de barro que contenía un humeante cabrito al que acompañaba una guarnición de verduras. Acercó la bandeja a Memphis, que apenas había probado las alubias que había de primero, y solo se sirvió de lo verde.

—¿No tomas el cabritu ? Le criamos nosotros.

Memphis se mordió el labio y negó con la cabeza, como si la idea misma le produjera rechazo.

—Muchas gracias, pero no como carne. La proteína animal inflama el intestino y acidifica el organismo.

«Era de esperar…», alcancé a leer en la mente de mamá.

—¿Ya te ha enseñado Adrián el pueblo?  —preguntó ahorrándose la impertinencia.

Memphis soltó una risita.

—No nos ha dado tiempo ni a pasar por el hotel, aunque me ha contado cada detalle… Mañana daremos una vuelta.

Me miró nerviosa. Fue solo un segundo, pero en su mirada había algo que reconocí al instante: una súplica silenciosa.

Era eso que aparece cuando alguien te deja entrever que está fuera de lugar y espera que seas tú quien la meta dentro.

Era el momento de soltar la bomba. Carraspeé, levanté la vista y dije:

—Bueno, familia, queríamos daros una noticia… Memphis y yo nos hemos casado.

Clavé la mirada en los ojos de mamá, a la que parecía desencajársele la cara.

—Pero… ¿cómo es posible? ¿Cómo no me has dicho nada antes, hijo? —No podía creerse que se lo hubiera ocultado.

—Nada, Maruca, los mozucus de hoy en día van a su bola. Ven aquí, chaval. —Tío Fausto se acercó y me rodeó el cuello con un brazo—. ¡Enhorabuena!

Luego me levanté y me dirigí a mamá, que me estrujó a regañadientes, tratando de disimular su enfado. Con lágrimas en los ojos, tras soltarme, se acercó a Memphis, a la que también felicitó muy cordial.

—Enhorabuena, hija.

—Además, queríamos contaros otra cosa… —dije muy ceremoniosamente, como si la noticia anterior no lo eclipsara todo—. A Memphis y a mí nos gustaría pasar temporadas más largas en el pueblo.

Mamá saltó de alegría, ahora sí, feliz.

—¡Pero qué ilusión! —Se levantó.

—¿Y dónde pensáis instalaros? Aquí os podemos arreglar el chamizo de fuera.

Pobre Tío Fausto, su oferta era tan noble como ilusoria, aunque algo de retranca llevaría, porque de ingenuo no tenía un pelo.

—Pero qué dices, Fausto —increpó Tío Susín—. ¿Cómo van a vivir estos dos en un chamizo con la billetera que manejan?

—Bueno… —Tragué saliva, me daba vergüenza lo que me disponía a decir.

Entonces Memphis se anticipó, como si el anuncio de la boda le hubiera dado confianza.

—He comprado la Casona, Fausto.

—¿Así que eras tú? —intervino Tío Susín, que tenía un hilo de ahogo en la voz. Esa casa le traía a la memoria demasiados recuerdos.

—Así es —contestó Memphis orgullosa, poco sensible a lo que significaba todo aquello para mi familia.

Yo no tuve nada que ver con la idea de comprar la Casona, esa era la verdad.

Fue Memphis quien, entre idas y venidas, me la entregó como un regalo de boda un tiempo después de casarnos.

Nunca le conté por qué mi madre la vendió, ni todo lo que esa casa arrastraba para mi familia.

Pero ella creyó —con esa fe suya, tan pragmática— que devolverme aquel lugar era la mejor forma de regalarme mi infancia, mis recuerdos.

Y quizá, ahora que lo veo tres años después, lo fue, aunque también me devolviera todo lo que venía con ella.

Vi a mamá levantarse sin decir nada y volver con una botella de cava.

—¡Hay que celebrar!

—¿Y cuándo empezáis? Os vais a tener que dejar una pasta… —Tío Susín de nuevo, pesetero y cotilla.

—Pues mañana mismo vamos a entrevistar a una arquitecta para empezar cuanto antes. Se llama Elena Rubira, entiendo que la conocéis —contestó Memphis decidida.

Lo dijo casi sin mirarme. En el coche de camino me lo había soltado como una bomba, lo cual había provocado cierta tensión entre nosotros porque había sido una decisión que había tomado sin consultar, sabiendo lo que aquello significaba para mí, para mi familia, pues Elena era la novia de mi hermano Pecu cuando murió tras el accidente.

Supongo que, fuera buena o mala profesional, al contratarla para hacer la obra de la Casona, años después de que todo ocurriera, Memphis creía —sin saberlo— que estaba haciendo algo reparador, como si ciertas heridas pudieran curarse con la firma de un contrato y muy buenas intenciones.

Pero no, la pobre no sabía qué bestias podía estar desenterrando.

—Claro. Elena conoce muy bien la arquitectura de por aquí… y la Casona —contestó mamá, sorprendida y confusa. No tardé en entender que, detrás de su respuesta, lo que había era rechazo, o nostalgia.

Al terminar los postres todos pasamos al salón, salvo Tío Fausto, que sabiamente invitó a Memphis a que lo ayudara a recoger los platos mientras me apartaba de ella.

Quería un rato a solas con mi chica. Mientras tanto, yo me aparté a ponerme un gin-tonic .

Después de una buena media hora, por fin los vi bajar de la cocina, ambos sonrientes, como si estuvieran contándose confidencias.

Al llegar a la corta escalera que unía las dos alturas del salón, Memphis me miró. Esa mirada.

—Venga, Memphis —soltó mamá animada por el cava—. Contadme cómo os conocisteis y cómo mi Adrián, un humilde montañés, fue capaz de enamorar a una chica como tú.