La idea de volver Uno
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La idea de volver

La idea de volver

Por Diego del Alcazar

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Uno

GOETHE

Todos seremos perdonados.

Soy montañés. Tengo manos curtidas por la tierra.

Aquí, entre estas montañas y estos praos , he pasado mis días labrando los campos y cuidando de mis vacas, todas tudancas y frisonas.

Aunque humilde y sin estudios, siento dentro de mí un anhelo, una sed por saber y un deseo por entender los misterios de la vida.

La sabiduría que busco a veces está en los libros, pero sobre todo está en la tierra, en el cielo, en el rutar del viento y en el canto de los pájaros.

Ansío más, siempre más, pero mi ambición no es para grandezas ni para riquezas, sino para conocer y comprender el alma de los hombres como yo y los secretos de la naturaleza que me rodea.

Tengo buen olfato, no para el oro, sino para la verdad.

Y la busco desde aquí, desde mi humilde rincón del mundo.

Soy montañés. No solo me parió una cueva, sino que me enseñó a ordeñar, a segar al dalle y a mudar las vacas en verano donde las brañas más altas, y en invierno, cuando la nieve, a refugio donde los valles más bajos.

También me enseñó a refugiarme en los invernales , donde mi güelu también buscaba abrigo.

Chozas de piedra que son guardianas del ganado, guardianas de los pastores, pero, sobre todo, guardianas del tiempo.

La cueva que me parió me enseñó a ordeñar las vacas, y con esa leche fresca me enseñó también a transformarla en queso o mantequilla.

La cueva que me parió me armó con una azada para trabajar mis tierras, para arrancar de ellas la maíz o las alubias, y para arrumar el heno.

También me enseñó a llevarlas a belorta .

Así hemos vivido siempre. Los míos y yo.

Soy montañés. En las noches serenas, alrededor del llar , los paisanos compartimos historias y leyendas, recordamos a los nuestros y a los de más allá.

Yo creo en la Diosa, ya dije… Sí, creo en nuestra Diosa, la de los montañeses, la que dio origen a todo, la que con su solo tacto creó esta tierra, y la que con sus versos sembró árboles y también animales, rámilas en los montes y caelias en los mares, sembró colorines y tasugos.

Sembró hasta el cielo… Y sí, también las historias.

La Diosa sembró todas las historias y las leyendas de la tierruca.

La Diosa no tiene nombre, pasó tanto tiempo que a ella también se le olvidó su propio nombre, por eso le decimos la Diosa, sin más.

Soy montañés. Y los montañeses creemos en las leyendas del bosque.

Creemos que en él habitan seres mágicos.

Algunos dan miedo, otros no, pero son nuestros seres.

Que se anden con ojo los que caminen por un bosque de Cantabria, pues mil bestias los mirarán.

Bestias como el ojáncanu , que con su único ojo en el centro de la frente y sus largas barbas, se va camuflando con las cagigas , o con las alisas, o con los abedules incluso, y aparecen de repente en las camberas para asustar, o peor, para matar.

No se sabe dónde habitan, pues los bosques de la tierruca son tan espesos que no se pueden penetrar.

Pero los he visto, sí, yo los he visto entre los nogales.

Conmigo no se atreven porque me parió una cueva.

También hay anjanas . Hay trescientas anjanas solo en el Saja.

Brujas, sí, pero buenas. La tierruca está atestada de brujas.

En general tienen los cabellos largos y espesos y los ojos verdes, aunque las más especiales tienen un ojo verde y otro azul, pero esas no son tan buenas, con ellas nunca se sabe, son imprevisibles.

Soy montañés. Mi madre me puso Fausto y en el pueblo me llaman el Quesero.

Pues bien, la historia que voy a contar es la historia de una anjana y la de un ojáncanu — y también la de un trenti y un musgoso—.

Es la historia de toda la magia que construye la realidad de por aquí.

La historia que voy a contar es sobre algo hondo y escurridizo, algo que no se ve, pero que siempre está.

Algo que, sin que lo sepamos, nos lleva por un camino o por otro…

Así es. La historia que voy a contar es, aunque no lo crean, la historia de un código.

No se trata de uno de esos códigos hechos de símbolos o de letras, ni de esos que se aprenden en las escuelas, ni siquiera de los que se dictan en las leyes.

Nada de eso. Se trata más bien de uno de esos códigos verdaderos, de los que vienen arrastrados por las fuerzas antiguas.

Un código de los que acechan entre la pluya , entre las ramas de las hayas, entre las piedras cubiertas de musgos y la hiedra que se enrosca en los troncos como la mano de un muerto.

Un código que marca una realidad mágica.

Porque, aunque un código no es la realidad en sí mismo, es la forma que tenemos de entenderla, de contarla y de vivir dentro de ella.

¿Y qué será de esa realidad cuando no estemos?

Se esfumará… Y para que eso no pase, habrá que pactar con aquellos que puedan llevar la responsabilidad que les es trasmitida.

Porque todo, al final, forma parte de un gran pacto.

Un pacto que todos los hombres hacemos sobre cómo queremos seguir viviendo en los que vienen detrás.

No se trata de un pacto de esos que se sellan con tinta y rúbrica, sino de uno de los de verdad, de los que atan el alma con nudos que ni el tiempo puede deshacer, de los que encomiendan al destino la más alta de las misiones: la de seguir recorriendo las camberas viejas, la de cruzar los puertos y bajar por los senderos entre los escajos y las argumas .

La responsabilidad, en definitiva, de seguir el rastro de ese código invisible, mudo, que pronto será imposible de descifrar porque nadie lo podrá entender.

Nadie, salvo quien haya tropezado con la realidad que trataba de traducir.

Y por eso quiero contar esta historia: porque si alguien más llega un día a comprender lo que yo comprendí, tal vez estas palabras le sirvan de advertencia. O tal vez no.