La idea de volver Veintinueve
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Veintinueve

«[Fausto]. Solo merece vida y libertad quien ha de conquistarla diariamente».

GOETHE

Cuando llegué a la Casona ya estaba el vino abierto.

El Uco-uco se levantó a recibirme con cara de circunstancia, debía de tener más tensión que un cable de la luz con eso de tenernos a Bill y a mi compartiendo mesa y mantel.

Me dio un abrazo y luego me invitó a saludar a su padre.

El americano se levantó al verme, tenía dos copas en la mano.

Nos dimos un apretón breve, como esos que se dan los hombres que desconfían, luego me preguntó:

—¿Un vino, Fausto? —Levantó la botella que había traído, una francesa con etiqueta elegante y tapón de cera.

—Hombre…, si hay que brindar, se brinda —contesté.

Nos sentamos los tres, como si fuéramos viejos amigos que se reúnen cada domingo, como si no hubiera pasado nada desde que Bill desapareció de aquí hace ya tantos años, o como si todo lo que hubiera pasado llevara todo este tiempo esperando el reencuentro.

Comimos un poco de queso, pan y unas anchoas de Santoña.

Nada del otro mundo, pero suficiente para que el vino entrara bien.

Y entraba bien, eso seguro, porque cuando lo probé me pareció pecado no repetir; casi en el primer sorbo me acabé la copa y Bill me sirvió una segunda.

—¡Es un Château Margaux, Fausto, no un clarete de los de las verbenas!

No tenía ni puta idea de lo que era un Cható Margó —ni si se escribía así—.

Bill siempre tuvo ese sarcasmo tan suyo…

Me eché a reír, y al reírme yo, el Uco-uco también aflojó un poco, que andaba el chico un pelín tieso.

Entonces le pregunté al americano cómo le iba la vida.

Lo hice sin segundas, y el tipo —que tenía esa costumbre de responder con franqueza— me habló de sus planes de rico, sin pudor ninguno, como quien cuenta lo que ha comido: que si el golf en no sé qué club de millonarios, que si los coches que se había comprado —ya ni sabía cuántos tenía—, que si las cenas con gente importante…

Lo dijo todo como si habláramos de lo que ha llovido este otoño.

Y, joder, tenía su guasa, porque aunque viniera de otro mundo, siempre tuvo ese arte para contarlo todo de una forma muy campechana.

Entonces, sin venir mucho a cuento, Bill se quedó mirando la copa y dijo:

—Por cierto: vi a Memphis el otro día… Estaba en Central Park, empujando el carrito del baby…

Looking good! Hasta parecía feliz, fíjate tú…

El cabrón de Brad Rogers quiso dejarla sin un duro cuando ella demostró en los tribunales que era el padre de su hijo, pero al final le tocó aflojar de lo lindo.

El Uco-uco no contestó al momento. Tragó saliva y luego se pasó la mano por la barbilla, un poco incómodo por hablar con su padre de Memphis, con todo lo que había ocurrido entre ellos. Después, se soltó.

—La veo bien, la verdad. Hablamos de vez en cuando, nos tenemos cariño a pesar de todo lo que pasó entre nosotros. Se ha mudado a Boston y se ha reincorporado a la universidad. También ha montado una start-up nueva de inteligencia artificial y hacen cosas chulas.

Yo me alegré. A mí es que la Mefis siempre me cayó bien.

Tenía sus rarezas, sí, y esa forma de hablar como si estuviera dando clase hasta cuando preguntaba la hora, pero también tenía algo que no se aprende: coraje.

Lo noté el día que bajó a la cueva, sola, con ese niño en la tripa y esa forma de revelarse ante un mundo nuevo que ella misma estaba construyendo.

No todos se atreven a mirar dentro, y ella miró. No sé lo que vio, pero salió distinta.

—Pues que se venga a Suso, que tenéis hijos de la edad y así se crían juntos.

—El chiste de Bill rozaba el mal gusto—.

Aunque vosotros tengáis un pasado un poco messy , aquí nadie viene limpio del todo…

, ¿eh, Fausto? —Ahora se rio con una carcajada vacilona—.

¡Vamos, que si nos hacen un background check en este pueblo, no queda ni el cura!

Tú con tus seres mitológicos, Adrián con sus demonios, y yo…

, bueno, yo tengo mis abogados, con eso vivo tranquilo.

—Se echó hacia atrás en la silla, divertido—.

Pero mira, aquí estamos, tomándonos un vino carísimo como si no hubiéramos roto un plato.

—No sé qué pensará Elena de esa idea tuya de traer a Memphis, Bill…

— Oh Lord! ¿Me vas a decir ahora que tu señora es celosa? —De nuevo Bill con su sarcasmo…

Yo le reí la gracia, pero por dentro me quedé pensando que había dicho una verdad como un templo: aquí ninguno venía limpio…, todos habíamos tenido lo nuestro, salvo, curiosamente, él. Sonó un claxon fuera.

—Ya están aquí —dijo el Uco-uco, levantándose con una sonrisa.

Salimos los tres, y allí, bajando por la cuesta, apareció un coche. El crío estaba sentado en las rodillas de su madre haciendo como que conducía, con esa cara de pillo que tenía. Tocó el claxon otra vez y se bajó riéndose.

Bill se quedó clavado. El niño era igual que el Uco-uco, pero con el carácter de Pecu. Vi como al americano le tembló la mano con la que sujetaba la copa vacía.

— My grandson —murmuró orgulloso.

El niño no le hizo ni caso y se me tiró a los brazos, como siempre.

— Güelu…

Me llamaba así, güelu .

Y entonces bajó ella, Elena, con esos ojos azules que lucía luminosos. Se acercó al Uco-uco y le dio un beso corto en los labios. Luego se volvió hacia Bill, que aún no reaccionaba.

—Papá…, ¿te acuerdas de Elena? —Empezaba, curiosamente, a sentirme cómodo llamándole así, «papá», y él no parecía quejarse tampoco.

Se dieron dos besos. Luego se le acercó el niño y le soltó un puñetazo en el muslo, como queriendo jugar con su «nuevo» abuelo Bill, a quien acababa de conocer.

— ¡Pecu! No se pega…, es tu abuelo Bill… —le regañó su madre.

—Y tú debes de ser el pequeño Pecu…, que tiene un buen left hook .

Cuando vi a ese crío corretear alrededor de su güelu , pensé que la vida tira palante sin pedir permiso.

¿Qué más daban ya las vueltas que hubieran dado sus padres, el Uco-uco y la Elena?

El chiquillo vino del amor, sí, pero bien podría haber venido de un tropiezo o de un calentón de una noche.

Y a pesar de eso, ahí estaba, con esos ojos y esa risa, ocupando su sitio como lo ocupa el musgo entre las piedras.

Cuando una criatura llega así, poca cuenta hay que echar de cómo empezó todo.

Y es que ya ven: hay cosas que parece que no se pueden explicar con palabras o con libros.

Cosas, por ejemplo, como el universo, que no hay dios que lo entienda por muchas fórmulas que se inventen; o la mar, que cuando la miramos desde la orilla creemos que la conocemos, pero basta que se encrespe un poco para recordarnos que ahí manda ella y no nosotros.

¿Y la vida? ¿Y la muerte? ¿Y lo que le pasa a uno por dentro cuando pierde a quien más quiere?

¿Con qué regla se mide eso? Ya se lo digo yo: no la hay.

Por eso siempre creí que uno tenía que dejar sitio a la magia, a la otra verdad, a la que se escucha en el rechinar de una puerta cuando ya no hay nadie en la cabaña, o en el aire que se enreda en el hayedo cuando cae el cegazón y sabes que estás solo.

Porque, si no fuera por lo inexplicable, ¿cómo íbamos a explicar lo que de verdad importa?

Y, sin embargo…, aun habiendo pasado mi vida convencido, hoy de repente dudo.

Dudo de si toda esa magia en la que he creído durante tantos tardíus no era más que una excusa para no volverme loco tratando de explicar lo inexplicable, dudo de si las imágenes que he visto en la cueva, o que he soñado, o que he oído, no eran más que historias que salían de mí mismo, como sale el vapor de una bosta fresca.

Lo empecé a pensar hace unos años, cuando la Mefis me soltó que su nube y mi cueva, al final, solo eran dos formas de soñar.

Puede que no hubiera magia, ni pacto, ni diosa, ni nada más que piedra, humedad y recuerdos…

Pero si así fuera, bendita la mentira que me sostuvo en pie.

Porque yo, sin esa otra realidad, no habría llegado a viejo.

Yo aprendí a amar esa ignorancia —a amar la humildad de nuestra impotencia ante las grandes cuestiones— el día que me di cuenta que tenía que ayudar a otros más necesitados que yo, otros que no encontraban consuelo, que no querían abrazar la incertidumbre de nuestra realidad.

Así fue como ayudé al Uco-uco, y en ese auxilio, de pronto descubrí que también estaba hablando con Pecu.

Ahora lo echamos de menos desde el mismo sitio, desde el mismo injusto cargo de conciencia, aunque, cuando uno está rodeado de quienes amaron al que falta, es como si pudieras seguir tocando un zarcillo de su existencia, como si la memoria no se cortara del todo.

En aquellas conversaciones creo que fui capaz de enseñarle que es mejor hablar con los vivos, con los que lloraron lo mismo que tú, antes que asomarse a esos espejos fríos que quieren imitar la voz de los muertos.

Que me perdonen, pero a mí esas máquinas que respiran humo azul me dan respeto, no hay consuelo allí dentro.

Al final, uno se pasa la vida entera tratando de entender de qué está hecha la realidad.

Si es cosa de magia, de destino, de azar o de pura necesidad.

Pero, después de tantas vueltas, yo ya no sé si la realidad es lo que vemos o lo que decidimos aceptar para no volvernos locos.

Lo que sí sé es que esa construcción con la que tratamos de entendernos —eso que cada cual cree ser— no es más que una figura que vamos tallando a golpes, con la piedra que nos dejaron otros: la familia, los miedos, los valores, las promesas que hicimos sin entenderlas del todo…

El «yo» no es una raíz, es un injerto. Una cosa prestada que uno intenta hacer suya, pactando a cada paso con verdades ajenas.

Por eso hay que volver de vez en cuando a la cueva.

No para encontrar respuestas, sino para ver con qué sombras nos hemos construido.

Porque a veces no es tanto descubrir quiénes somos, sino recordar qué parte de nosotros fue verdad antes de empezar a fingir.

Y es justo eso, lo que de verdad importa, lo que uno tarda media vida en aprender.

Como que tu tierra, por más lejos que te vayas, siempre te espera con la misma ternura; o que el perdón no hay que suplicarlo ni merecerlo, basta con ofrecerlo como se ofrece pan al que tiene hambre; o que el tiempo no se escapa, sino que deja poso, y que ese poso no te hace más viejo, sino más sabio; o que el amor no abrasa, solo abriga…

Y si todo esto sirve de algo, es para entender que la idea de volver no es la de desandar lo andado, sino la de reconocer, por fin, lo importante: que tenemos que reconectar con lo que siempre estuvo ahí, aunque uno se desviara o se olvidara.

No se trata de rehacer el camino, sino de reconocer —con lucidez y humildad— aquello que siempre importó y que ha resistido al paso del tiempo.

Y es que la idea de volver es un ejercicio de memoria: de recordar quién eres, de recordar de dónde vienes, de recordar qué amas…

Y, en definitiva, de recordar qué sostiene tu realidad.