La huésped que murió dos veces en el Portal 7 Capítulo 10 — La huésped que murió dos veces #2
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Capítulo 10 — La huésped que murió dos veces #2

Cayeron dos botones, una llave pequeña y una segunda moneda.

Migas saltó de la cama.

Se acercó al recipiente.

—No —dijo Clara.

El gato olfateó la llave.

Tenía una etiqueta de plástico amarilla.

Las letras estaban casi borradas.

Doña Amparo ajustó las gafas.

—Eso pone “sótano”.

Ramiro se agachó.

—No tenemos sótano.

Pilar se acercó.

—El Portal 7 siempre tiene una cosa que Ramiro dice que no tenemos.

—No existe ningún sótano registrado.

—Entonces es un sótano sin papeles —dijo Clara.

Aranda cogió la llave con unas pinzas.

—Esto no está relacionado con la investigación actual.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Pilar.

—Porque lleva años dentro de una tubería.

—También el trastero llevaba años oculto y acabó con un muerto.

Clara miró la llave.

Pequeña.

Antigua.

Etiqueta amarilla.

Sótano.

Migas intentó tocarla.

—No empieces —le dijo.

Aranda guardó la pieza en otra bolsa.

—La registraremos y después se determinará a quién pertenece.

—No tenemos sótano —repitió Ramiro.

Doña Amparo se sentó sobre la cama.

—Tampoco teníamos una firma falsa, una puerta en el tejado ni una crítica de viajes con dos cuerpos.

—Las dos mujeres tenían cuerpos separados —dijo Ramiro.

Pilar lo miró.

—Gracias por salvar la precisión del momento.

Dos horas después, la unidad funcionó.

La policía instaló el equipo técnico en una sala privada del ayuntamiento porque la comisaría se había quedado pequeña para la cantidad de personas, documentos y versiones falsas relacionadas con Alicia Montoro.

La primera mitad de la clave estaba escrita dentro del cuaderno negro.

La segunda, en la tarjeta encontrada bajo el forro de la maleta.

La memoria recuperada de la tubería contenía el programa necesario para unirlas.

Marta introdujo las doce palabras bajo supervisión de Aranda, Lucía y dos especialistas.

No eran aleatorias.

Irene las había escogido.

Estrella. Torcida. Canela. Cedro. Lisboa. Invierno. Maleta. Espejo. Firma. Miedo. Nombre. Salida.

Clara las leyó desde detrás del cristal.

Cada palabra pertenecía a Alicia.

Y, al mismo tiempo, a alguna de las dos mujeres ocultas debajo.

La carpeta cifrada se abrió.

Había cuatrocientos setenta y dos archivos.

Grabaciones.

Contratos.

Facturas.

Capturas de conversaciones.

Listas de perfiles falsos utilizados para publicar críticas y amenazas.

Instrucciones de Sergio para presionar a propietarios de hoteles.

Mensajes donde ordenaba enviar comentarios negativos y después ofrecer servicios para eliminarlos.

Correos en los que discutía con Irene sobre la sustitución de sus textos.

Pagos realizados a Marta.

Pagos ocultos a intermediarios.

Y una grabación anterior al asesinato.

Sergio hablaba con Tomás Rueda en la oficina del Hotel Mirador.

—No vas a recuperar nada —decía Sergio—. Pagaste porque tenías miedo de lo que podía publicarse.

—Pagué porque me amenazaste.

—Te ofrecí tiempo.

—Y después publicaste igual.

—Porque dejaste de pagar.

Tomás golpeaba algo sobre la mesa.

—Tengo copias de tus cuentas.

—No tienes nada.

—Tengo nombres, cantidades y fechas.

—Entonces guárdalos bien. A la gente que intenta destruir reputaciones suelen terminar destruyéndosela primero.

Aquella conversación demostraba el chantaje.

No el asesinato.

Pero la carpeta contenía algo más.

Un mensaje enviado desde la cuenta personal de Sergio a Irene, la tarde en que ella llegó al Portal 7:

Si publicas una sola página, Alicia seguirá sin ti. Marta ya entendió cuánto cuesta salir. Tú todavía puedes elegir.

Irene había respondido:

Alicia termina mañana. Y tú vas a explicar quién cobró por mantenerla viva.

Después, Sergio compró combustible en una estación de servicio a quince kilómetros de Valleverde.

Las cámaras lo mostraban conduciendo su coche gris.

En el maletero llevaba el casco negro.

La policía encontró en el vehículo restos de grasa idéntica a la utilizada para abrir la base del faro, fibras de la chaqueta azul y herramientas compatibles con la manipulación de las cerraduras del Portal 7.

En el bolsillo lateral del maletero apareció una copia de la llave de la puerta antigua que conectaba la vivienda sobre el Café Aurora con la escalera comunitaria.

Ramiro tardó menos de una hora en descubrir que faltaba de una caja de llaves antiguas guardada en el archivo.

Sergio la había fotografiado durante una visita meses antes y mandado fabricar una copia.

En la manga de la chaqueta azul estaban las fibras del cuaderno.

En el faro, restos de sangre de Irene y una huella parcial de Sergio conservada en una hendidura que no había conseguido limpiar.

La voz de las grabaciones coincidía con la suya.

El historial de su teléfono lo situaba en Valleverde antes de la hora de la muerte.

Había apagado el aparato, pero una aplicación instalada en el coche había seguido registrando su ubicación.

La tecnología, pensó Clara, tenía un talento especial para traicionar a las personas que creían controlarla.

Sergio admitió finalmente haber estado en el apartamento.

No admitió haber querido matar a Irene.

Dijo que discutieron.

Que ella levantó el faro.

Que intentó quitárselo.

Que el primer golpe fue accidental.

No explicó el segundo.

Tampoco explicó por qué arrastró el cuerpo hasta el armario, limpió la base, salió por el tejado y regresó después para robar las pruebas.

Su abogado lo llamó pánico.

Aranda lo llamó conducta posterior.

Pilar lo llamó cobardía con diccionario.

El juez decretó prisión provisional.

La investigación sobre Horizonte Abierto se extendió a Madrid, Toledo, Córdoba, Lisboa y otras ciudades donde Sergio había vendido asesorías reputacionales.

Tomás entregó sus copias.

Simón, de La Dársena, entregó los correos.

Marisa, de la Posada del Olivo, entregó la carpeta que su abogado le había recomendado guardar.

Berta entregó la factura que nunca había recibido, después de que la policía encontrara una copia preparada en el ordenador de Sergio.

Celia declaró sobre Laura.

La inspección laboral reabrió el caso.

No significaba que su hermana fuera a obtener inmediatamente todo lo que le debían.

Pero, por primera vez, la historia de su caída constaba en un expediente que no la trataba como visitante accidental.

—Los papeles tardan —dijo Clara cuando Celia se lo contó.

—A veces demasiado.

—Sí.

—Pero ahora existen.

Clara pensó en Elena Salvatierra.

En Irene.

En las personas que podían morir una vez en el cuerpo y muchas otras en los archivos.

—Eso ya cambia algo.

Celia miró hacia Migas, que dormía bajo una mesa.

—¿Ese gato siempre encuentra papeles?

—Solo los que no debería tocar.

—Quizá debería trabajar para el ayuntamiento.

—No soportaría el horario.

Dos semanas después, el Café Aurora volvió a tener escaparate.

El cristal nuevo era más grueso.

Berta insistió en que debía ser laminado, térmico y resistente a impactos porque “la reputación del edificio exigía seguridad”.

Ramiro consiguió que el seguro pagara una parte.

La otra fue repartida entre la comunidad después de una reunión que duró tres horas y terminó con Pilar sosteniendo que Sergio debía asumir también el coste de los cafés consumidos durante la investigación.

—Estaban relacionados con el delito —argumentó.

—No todos —dijo Ramiro.

—Todos los que tomó Aranda.

—El inspector casi nunca pagó —señaló Clara.

Aranda, que se encontraba en la barra, levantó la taza.

—He pagado siempre.

—La primera vez no.

—Había un cadáver.

—Eso no elimina la cuenta.

Sacó una libreta.

—La tengo anotada.

El inspector la miró.

—¿Guarda deudas desde el primer caso?

—Mi tía guardaba algunas durante treinta años.

—Eso explica muchas cosas del edificio.

—No del edificio. De la humanidad.

Migas saltó a la barra.

Aranda apartó la taza antes de que el gato pudiera meter la cabeza.

—Ha aprendido —dijo Clara.

—Trabajo con reincidentes.

El ático de Berta permaneció cerrado durante un mes.

Después de que la policía terminara de examinarlo, recibió una inspección municipal.

La instalación eléctrica necesitaba reparación.

La licencia permitía menos huéspedes de los anunciados.

La ventana que daba al tejado no tenía el cierre exigido.

Y el baño, según el informe, no cumplía las condiciones mínimas de accesibilidad.

—Es un edificio antiguo —protestó Berta durante la reunión comunitaria.

—La normativa también —respondió Ramiro.

—El espacio es reducido.

—Eso no cambia el ancho de una puerta.

—Podría anunciarlo como experiencia compacta.

—No puedes anunciarlo.

—Todavía.

Berta acabó retirando temporalmente el apartamento de las plataformas.

Dijo que se trataba de una decisión estratégica.

Pilar dijo que se trataba de una clausura con autoestima.

El faro de bronce regresó al taller de Nuria.

La base estaba rota, la superficie rayada y una parte de la torre deformada por los golpes.

—No sé si puede restaurarse completamente —dijo Nuria.

Berta pasó los dedos por una abolladura.

—Quiero conservarla.

Todos la miraron.

—¿El faro? —preguntó Clara.

—Sí.

—Fue utilizado para matar a una mujer.

—También guardó las pruebas.

—Eso no equilibra.

—No he dicho que equilibre.

Berta observó la pieza durante unos segundos.

—Pero forma parte de la historia del apartamento.

—No vas a volver a alquilarlo con el faro dentro —dijo Ramiro.

—No.

—¿Está segura?

—Sí.

—¿Puedo anotarlo?

—No abuses del momento.

Nuria decidió no borrar completamente las marcas.

Reparó la base, cerró el hueco y dejó visible una pequeña línea donde el metal había sido abierto.

—Las restauraciones no siempre deben fingir que nada ocurrió —explicó.

Clara pensó que aquello servía para más cosas que un faro.

Marta permaneció en Valleverde hasta el funeral de Irene.

La familia quiso una ceremonia pequeña.

Acudieron más personas de las previstas.

Propietarios de negocios.

Periodistas.

Antiguos colaboradores.

Lectores que solo conocían el nombre de Alicia Montoro.

Algunos llevaron ejemplares impresos de sus columnas.

Otros no sabían a cuál de las dos mujeres atribuir las frases que habían subrayado durante años.

Marta se situó junto al féretro.

No habló como Alicia.

Tampoco fingió que Irene había sido inocente de todo.