Capítulo 10 — La huésped que murió dos veces #3
—Durante nueve años escribimos bajo un nombre que no pertenecía a ninguna de las dos —dijo—. A veces ese nombre dijo verdades que importaban. Otras veces hizo daño. Después permitió que otras personas hicieran daño en nuestro lugar.
Miró hacia Clara.
—No sé qué textos eran completamente míos ni cuáles eran completamente de Irene. Quizá ese fue el primer error: creer que podíamos dividir el trabajo sin dividir también la responsabilidad.
Marta sostenía la fotografía de la estación.
Antes de Alicia.
—Irene quería que la verdad incluyera nuestros nombres, incluso cuando nos avergonzara. Yo todavía no sé si soy tan valiente. Pero voy a intentar no volver a desaparecer para sentirme a salvo.
No hubo aplausos.
A Clara le pareció correcto.
Algunas palabras necesitaban silencio para terminar de existir.
Un mes después, Investigación Abierta publicó un extenso reportaje firmado por Marta Cuenca y Elena Casado.
El título era:
Quién mató a Alicia Montoro
Debajo aparecía una aclaración:
La historia de dos escritoras, una identidad compartida y una industria construida sobre el miedo a la reputación.
Marta incluyó los pagos que había recibido.
Explicó su renuncia.
Contó por qué fingió ser Irene aquella mañana.
Describió el cortado con canela.
No mencionó que Clara le había dicho que la canela estropeaba el café.
Clara consideró aquello una omisión profesional grave.
El reportaje tuvo miles de lecturas.
Horizonte Abierto anunció que cooperaría con las autoridades y que Sergio había actuado sin conocimiento del resto de la empresa.
Nadie pareció creerlo completamente.
Varios medios dejaron de utilizar el nombre Alicia Montoro.
Otros lo mantuvieron en los titulares porque una persona inexistente seguía atrayendo más lectores que las dos mujeres reales.
Marta no intentó impedirlo.
—Los nombres no mueren cuando dejamos de usarlos —dijo una tarde en el Café Aurora—. Solo pierden autoridad.
Había vuelto para despedirse antes de regresar a Madrid.
Estaba sentada junto a la ventana nueva.
Pidió un cortado con canela.
Clara lo colocó delante de ella.
—¿Segura?
—Sí.
—El manual dice café solo.
—El manual puede irse al infierno.
—No aparece entre las opciones de reciclaje.
Marta sonrió.
Migas ocupó la silla contigua.
—Le caes bien —dijo Clara.
—Intentó abrir mi maleta.
—Esa es una forma de intimidad.
Marta bebió un sorbo.
—Está mejor que el primero.
—El primero también estaba bueno.
—El primero lo bebí mientras ocultaba un cadáver.
—Eso afecta la percepción.
—Deberías incluirlo en las reseñas: ambiente dependiente de la situación penal.
Clara se apoyó en la barra.
—¿Seguirá escribiendo?
Marta miró el café.
—Sí.
—¿Como crítica?
—No lo sé. Quizá sobre todo lo que ocurrió. Quizá sobre Irene. Quizá sobre cómo se fabrica una voz y después se olvida que había personas detrás.
—¿Firmará con su nombre?
—Eso intento.
—Mateo Cendral suena libre.
Marta levantó la vista.
—¿Quién?
Clara parpadeó.
—Nadie.
Migas maulló.
—No me mires así —le dijo.
Marta no preguntó más.
Sacó un pequeño paquete del bolso y lo dejó sobre la barra.
—Esto era de Irene.
Clara no lo tocó.
—¿Qué es?
—Un libro.
—¿Por qué me lo da?
—Porque está lleno de anotaciones sobre el Café Aurora.
Clara abrió el papel.
Era una guía de Valleverde.
En varias páginas había comentarios escritos con la letra de Irene.
Café correcto. Dueña observadora.
Más adelante:
El gato entiende que una maleta contiene más verdad que su propietaria.
Y, en la última página:
Volver después de que todo termine. Probar la tarta de almendra.
Clara cerró la guía.
—No llegó a probarla.
—No.
—La había preparado aquella semana.
—Lo sé. Marta me lo contó.
Clara miró hacia la vitrina.
Había una tarta de almendra recién hecha.
—¿Quiere un trozo?
Marta negó.
—No me gusta la almendra.
—Finalmente una diferencia útil.
Marta pagó el café.
Dejó exactamente el importe correcto.
—Esta vez no hay soborno —dijo.
—Está mejorando.
Se levantó.
Migas bajó de la silla y la acompañó hasta la puerta.
—No puede llevárselo —dijo Clara.
—No pensaba hacerlo.
El gato se frotó contra la pierna de Marta.
Ella se agachó y le rascó la cabeza.
—Cuida las pruebas.
Migas cerró los ojos.
—No le des responsabilidades —advirtió Clara—. Las interpreta libremente.
Marta salió.
Cruzó la calle sin gafas oscuras.
No miró hacia los tejados.
Clara permaneció junto a la puerta hasta que desapareció por la esquina.
Pilar, que llevaba diez minutos fingiendo leer el periódico, levantó la voz.
—¿Volverá?
—No lo sé.
—Sí volverá.
—¿Por qué?
—Ha dejado una historia abierta.
—Ha publicado el reportaje.
—Las historias no terminan cuando se publican.
Doña Amparo terminó la tostada.
—Terminan cuando la gente deja de contarlas mal.
—Eso puede tardar siglos —dijo Clara.
—Por eso no conviene tener prisa.
Aquella noche, la comunidad del Portal 7 celebró otra reunión.
El único punto oficial era la reparación de la pared de Doña Amparo.
Duró una hora y cuarenta minutos.
Berta quería aprovechar para pintar todo el dormitorio.
Ramiro sostenía que el seguro solo cubría la zona abierta.
Pilar exigía que se conservara un pequeño fragmento sin pintar porque “formaba parte de la historia criminal del edificio”.
Doña Amparo solo quería que devolvieran la cómoda a su lugar.
—Mi marido lleva tres días mirando hacia la pared —dijo, señalando la fotografía—. Nunca le gustó.
La comunidad aprobó la reparación por unanimidad.
También aprobó limpiar la tubería completa, revisar las cerraduras del tejado y realizar un inventario actualizado de todas las llaves antiguas.
Cuando Ramiro mencionó la llave con la etiqueta de sótano, nadie supo qué decir.
—No corresponde a ninguna puerta actual —explicó—. He revisado los planos.
—¿Todos? —preguntó Pilar.
—Todos los que constan.
—Ahí está el problema.
—El edificio no tiene sótano.
Doña Amparo levantó la mano.
—Antes había uno.
Ramiro se quedó quieto.
—¿Cómo que antes?
—Antes de las obras.
—¿Qué obras?
—Las de los años setenta.
—No aparece ningún sótano en los planos.
—Entonces dibujaron mal.
—Doña Amparo, un espacio no desaparece porque se dibuje mal.
—Eso mismo decía Elena Salvatierra sobre el trastero.
Nuria dejó de mover la cucharilla.
Pilar se inclinó hacia la anciana.
—¿Dónde estaba la entrada?
Doña Amparo pensó.
—Detrás de la carbonera.
—No hay carbonera —dijo Ramiro.
—Ahora no.
—¿Dónde estaba?
La anciana señaló hacia el suelo.
—Debajo del café.
Clara miró sus pies.
Las baldosas hidráulicas del hall continuaban bajo la puerta lateral hasta una pequeña sección del Café Aurora. Su tía había colocado años antes un armario pesado contra la pared del almacén.
Clara nunca lo había movido.
No porque fuera especialmente importante.
Porque parecía formar parte de la arquitectura.
Migas, que permanecía debajo de la mesa, levantó la cabeza.
Caminó hacia la puerta lateral.
Entró en el café.
—No —dijo Clara.
El gato no se detuvo.
Todos lo siguieron.
—No estamos abriendo ningún sótano esta noche —advirtió Ramiro.
—No existe —respondió Pilar—. Así que no puedes prohibir que lo abramos.
Migas atravesó el Café Aurora.
Entró en el almacén.
Se detuvo frente al armario de madera.
Olfateó la parte inferior.
Después introdujo una pata en el pequeño espacio junto a la pared.
Algo sonó detrás.
Metal.
Un tintineo breve.
Clara encendió la luz.
En la madera lateral del armario había una cerradura que nunca había visto.
No estaba en la puerta.
Estaba en la pared.
Oculta bajo varias capas de pintura y parcialmente cubierta por una estantería.
Ramiro se acercó.
—Eso puede ser un antiguo registro de instalaciones.
—Con cerradura —dijo Pilar.
—Algunos registros tienen cerradura.
—¿Y escaleras?
—No sabemos que haya escaleras.
Migas arañó la madera.
Del otro lado llegó un sonido.
No parecía una tubería.
Tampoco una rata.
Tres golpes.
Dos rápidos.
Uno lento.
Doña Amparo sonrió.
—La casa llama así desde antes de que nacierais.
Clara miró la llave guardada dentro de la bolsa transparente que Aranda todavía no se había llevado.
Etiqueta amarilla.
Sótano.
Migas se sentó frente a la cerradura.
—No —dijo Clara.
El gato parpadeó.
—Acabamos de terminar un caso.
Migas volvió a arañar.
—El café necesita descansar.
Otro golpe llegó desde detrás del armario.
Pilar se acercó a Clara.
—Podría ser una tubería.
Doña Amparo negó.
—Las tuberías no llaman tres veces.
Clara tomó la llave.
La introdujo en la cerradura.
Encajó.
No giró todavía.
Miró a Migas.
El gato observaba la puerta oculta con los ojos muy abiertos.
—Ni se te ocurra entrar primero —dijo.
Migas levantó una pata.
Clara giró la llave.
Detrás del armario, algo antiguo despertó con un clic.
Y el Portal 7 volvió a abrir una puerta que, según todos los documentos, nunca había existido.