Capítulo 10 — La huésped que murió dos veces
La huésped que murió dos veces
La memoria de Alicia Montoro permaneció atrapada dentro de una tubería durante nueve horas, diecisiete minutos y una discusión extraordinaria de la comunidad de propietarios.
La discusión comenzó a las ocho de la mañana.
A esa hora, Sergio Beltrán estaba detenido, Marta Cuenca dormía bajo protección policial y el Café Aurora seguía cerrado, con polvo de extintor sobre las mesas, una maleta abierta detrás de la barra y una sábana colgando de la lámpara como consecuencia de hechos que nadie había conseguido explicar completamente.
Migas dormía encima de la caja registradora.
Clara Medina lo observó durante varios segundos.
—No mereces estar tan tranquilo.
El gato abrió un ojo.
—Casi pierdes la prueba principal.
Migas cerró el ojo.
—Y casi te caes del tejado.
La cola golpeó la madera una vez.
—No fue heroísmo. Fue desobediencia con buena publicidad.
Migas empezó a ronronear.
Clara apoyó las manos sobre la barra.
El café parecía haber sobrevivido a una tormenta producida exclusivamente en el interior. Una silla rota. Dos tazas en el suelo. Polvo blanco sobre las botellas. La puerta lateral abierta. La madera del escaparate desplazada por el golpe de la maleta.
La cafetera, sin embargo, seguía intacta.
Clara le pasó una mano por el metal.
—Al menos alguien respetó los límites.
La máquina estaba fría.
Aquello resultaba más inquietante que cualquier cadáver.
A las ocho y tres, Ramiro apareció por la puerta lateral con una carpeta, tres presupuestos de fontanería y la expresión de un hombre dispuesto a transformar una emergencia criminal en procedimiento administrativo.
—No podemos abrir la pared sin autorización de la propietaria.
—La propietaria de la pared es la comunidad.
—La superficie interior pertenece al espacio privativo.
—¿De quién?
—De Doña Amparo.
Desde el hall llegó la voz de la anciana:
—La pared es mía hasta que hay que pagarla. Entonces es de todos.
Ramiro cerró los ojos.
—Eso no es jurídicamente exacto.
Doña Amparo entró apoyada en el bastón.
—A mi edad, la exactitud jurídica pierde contra la humedad.
Pilar apareció detrás de ella con una bolsa de churros.
—He traído desayuno.
—Estamos cerrados —dijo Clara.
—No vengo como clienta.
—Eso es peor.
Pilar dejó la bolsa sobre una mesa y contempló el estado del local.
—Parece que una nube explotó dentro.
—Fue un extintor.
—Entonces una nube con certificado.
Migas levantó la cabeza al oler los churros.
—Ni uno —dijo Clara.
El gato bajó de la caja registradora.
—Migas.
Caminó hacia Pilar.
—No lo mires.
Pilar protegió la bolsa contra el pecho.
—Ha salvado varias vidas.
—Ha arrojado una memoria a una tubería.
—Los héroes tienen contradicciones.
Ramiro abrió la carpeta.
—El atasco está probablemente entre la planta tercera y la bajante del patio. Para acceder hay dos opciones.
—Romper la pared —dijo Doña Amparo.
—Abrir una cata de inspección.
—Romper la pared con vocabulario.
—O desmontar la sección de tubería desde el patio.
Clara miró hacia la cocina.
La pequeña ventana había sido rota por segunda vez en menos de veinticuatro horas. Detrás, en el patio interior, descendía una tubería gris cubierta de pintura descascarillada y reparaciones de distintas décadas.
—¿Cuál es más rápido?
—La pared.
—Entonces la pared.
—Necesitamos aprobar el gasto.
Pilar tomó un churro.
—Tenemos una prueba de asesinato atrapada dentro.
—Precisamente por eso el seguro puede no cubrirlo.
Clara se volvió hacia Ramiro.
—¿Qué parte de “prueba de asesinato” te lleva a pensar primero en el seguro?
—La parte donde tendremos que explicar por qué destruimos un elemento común sin convocatoria previa.
Doña Amparo golpeó el suelo con el bastón.
—Convoco ahora.
—Usted no es presidenta.
—Soy la más vieja.
—No es un cargo comunitario.
—Debería.
Berta entró en aquel momento.
Llevaba gafas oscuras, un abrigo rojo y una carpeta aún más gruesa que la de Ramiro.
—Me opongo a cualquier obra antes de que se determine la responsabilidad económica.
Clara la miró.
—Buenos días, Berta.
—He dormido dos horas.
—Se nota que han sido intensas.
Berta colocó la carpeta sobre la mesa.
—El faro está destruido. El ático continúa precintado. La policía se llevó varios objetos que pertenecen al alojamiento. Y ahora quieren romper una pared comunitaria.
—La pared es de Doña Amparo —dijo Pilar.
—Cuando hay que pagar, es comunitaria —respondió Berta.
Doña Amparo sonrió.
—Ves, Ramiro. Aprende.
—No estaba validando su interpretación.
—Pero ha sido validada por repetición.
Ramiro se quitó las gafas.
—Necesitamos una votación.
—Voto que sí —dijo Doña Amparo.
—Yo también —añadió Pilar.
—Usted no es propietaria.
—Pero estoy muy implicada.
—Eso no concede voto.
Berta cruzó los brazos.
—Yo voto que no hasta que tengamos un presupuesto definitivo.
—La policía ya llamó a un fontanero —dijo Clara.
Todos la miraron.
—¿Cuándo?
—Anoche.
—¿Sin consultar a la comunidad? —preguntó Ramiro.
—Estaban ocupados deteniendo a un asesino sobre el tejado. La cortesía administrativa se retrasó.
La puerta principal recibió tres golpes.
Aranda esperaba fuera acompañado por dos agentes, un fontanero y Marta Cuenca.
Clara abrió.
—Pensé que Marta estaba protegida.
—Lo está —respondió el inspector—. Y será trasladada después de recuperar el dispositivo.
Marta llevaba el cabello recogido y una bufanda cubriendo el corte superficial del cuello. Tenía ojeras, pero parecía más presente que el día anterior.
No llevaba gafas oscuras.
Ni el abrigo verde.
—Buenos días —dijo.
Doña Amparo la observó.
—Sigue teniendo su propia cara.
—Estoy intentando acostumbrarme.
Pilar le ofreció la bolsa.
—¿Churro?
Lucía Otero, la abogada, apareció detrás de Marta.
—Mi clienta no comerá nada hasta que termine la diligencia.
Marta cogió un churro.
—Mi abogada todavía está aprendiendo mis límites.
Aranda entró.
Miró el polvo del extintor, la silla rota y a Migas sentado junto a los churros.
—¿Por qué el gato está suelto?
Clara señaló el local.
—Porque es su casa.
—Anoche también era su casa.
—Y nos salvó.
—Después arrojó una prueba a una tubería.
Migas mordió la punta de un churro antes de que Pilar pudiera apartarlo.
—La cadena de custodia no estaba adaptada a sus necesidades —dijo Clara.
El fontanero se llamaba Eusebio.
Tendría unos sesenta años, manos enormes y la serenidad de quien había visto suficientes tuberías para no dejarse impresionar por un asesinato.
Observó la bajante del patio.
Después la pared del apartamento de Doña Amparo.
Después a las once personas reunidas a su alrededor.
—¿Qué se ha caído?
—Una unidad de almacenamiento —dijo Aranda.
—Una memoria —aclaró Clara.
—Una cosa negra pequeña —añadió Pilar.
—Dentro de una tubería obstruida —dijo Ramiro.
—Que nadie quiso reparar —comentó Doña Amparo.
Berta se defendió:
—Quisimos esperar a reunir varios trabajos.
Eusebio miró la tubería.
—Está atascada desde hace tiempo.
Doña Amparo asintió.
—Suena como sopa.
—¿Qué clase de sopa?
—Lentejas.
El fontanero la observó.
—Eso es bastante preciso.
—Tengo experiencia.
Eusebio golpeó la pared con los nudillos.
Escuchó.
Golpeó un poco más abajo.
—El atasco está aquí.
La zona señalada se encontraba en el dormitorio de Doña Amparo, detrás de una cómoda cubierta por fotografías familiares, estampas religiosas y un pequeño jarrón con flores de plástico.
—Hay que mover esto —dijo.
Doña Amparo señaló una fotografía enmarcada.
—Cuidado con mi marido.
—¿Está dentro?
—En la fotografía.
—Ah.
—Dentro de otra cosa también, pero no aquí.
Clara ayudó a desplazar la cómoda.
La pared tenía una mancha de humedad con forma de país sin costa.
Ramiro examinó el yeso.
—Habrá que documentar el estado previo.
—Documenta deprisa —dijo Aranda.
—Las prisas generan responsabilidades.
—Los asesinos también.
Eusebio extendió una lona, tomó un martillo y abrió una pequeña sección de la pared.
El primer golpe hizo que Migas entrara en el dormitorio.
—Fuera —dijo Clara.
El gato se sentó sobre la cama de Doña Amparo.
—Puede quedarse —dijo la anciana—. Es el único que sabe qué buscamos.
—También es el responsable de que busquemos.
—Una cosa no impide la otra.
Eusebio retiró un trozo de yeso.
Apareció la tubería.
La cortó con una herramienta eléctrica.
Un olor a humedad, polvo y algo indefinible llenó la habitación.
—¿Eso es la sopa? —preguntó Pilar.
—No quiero saberlo —respondió Clara.
El fontanero introdujo una varilla.
Empujó.
Algo cayó dentro del recipiente colocado debajo.
No fue la memoria.
Fue una pinza de ropa.
Después apareció una hoja seca.
Una moneda de dos céntimos.
Un trozo de plástico.
Una pequeña figura de un pastor de belén.
Doña Amparo se inclinó.
—Ese pastor desapareció en 2018.
—¿Cómo llegó a la tubería? —preguntó Ramiro.
Todos miraron a Migas.
El gato se lavó una pata.
—No vivía aquí en 2018 —dijo Clara.
—Entonces hay otro —murmuró Pilar.
Eusebio volvió a empujar.
La obstrucción cedió con un sonido húmedo.
Dentro del recipiente cayó una masa de hojas, barro, una pelota de goma y la unidad negra.
Marta dejó de respirar.
Aranda levantó una mano.
—Nadie la toque.
El fontanero miró el objeto.
—¿Eso era todo?
—Eso era una parte importante —respondió el inspector.
—He sacado cosas más interesantes.
—¿De una tubería?
—De matrimonios.
Aranda se puso guantes.
Recogió la unidad.
La carcasa estaba húmeda, pero intacta.
Marta se acercó un paso.
Lucía la detuvo.
—Necesitamos comprobar si funciona —dijo Marta.
—Lo hará el equipo técnico —respondió Aranda.
—¿Cuánto tardará?
—Depende.
Clara, Berta y Marta hablaron al mismo tiempo:
—Odio esa palabra.
Por primera vez, Aranda sonrió.
Muy poco.
Lo suficiente para demostrar que sabía hacerlo.
—Dos horas, si el dispositivo no está dañado.
Eusebio contempló el agujero de la pared.
—¿Lo cierro?
Ramiro intervino:
—Necesitamos verificar primero que no exista otra incidencia.
Doña Amparo señaló la figura de belén.
—Y quiero saber qué más hay.
—No convertiremos una diligencia policial en limpieza de tuberías —dijo Aranda.
—Ya han abierto mi pared.
—La repararán.
—Entonces que aprovechen.
Eusebio introdujo otra vez la varilla.