La huésped que murió dos veces en el Portal 7 Capítulo 9 — Una devolución con testigos #4
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Capítulo 9 — Una devolución con testigos #4

Marta agarró la otra manga de Sergio.

—Siempre dijiste que Alicia no existiría sin ti —dijo.

Tiró.

—Vamos a comprobar qué queda de ti sin ella.

Entre los tres consiguieron subirlo.

Dos agentes aparecieron desde la terraza de la pensión.

Sujetaron a Sergio contra el suelo.

Le inmovilizaron los brazos.

Aranda le puso las esposas.

Sergio respiraba con la cara pegada a las tejas.

—Esto no prueba nada —dijo.

—Entró armado en una cafetería —respondió Aranda.

—Quería recuperar propiedad de la editorial.

—Tomó a una mujer como rehén.

—Ella colaboró.

Marta soltó una risa.

—Esa palabra también aparecía en nuestros contratos.

Sergio levantó la cabeza.

—Tú recibiste dinero.

—Sí.

—Firmaste.

—Sí.

—Mentiste.

—Sí.

Marta se acercó.

—La diferencia es que yo voy a decirlo.

Sergio la miró con odio.

—Sin Alicia no eres nadie.

Marta se agachó hasta quedar a su altura.

—Eso era lo que necesitabas que creyéramos.

Los agentes lo levantaron.

Mientras lo conducían hacia la pensión, Sergio se volvió hacia Aranda.

—No tienen la clave completa.

—Tenemos el cuaderno —dijo el inspector.

Todos miraron hacia el muro.

El cuaderno ya no estaba.

Solo quedaban algunas páginas abiertas sobre las tejas.

Una ráfaga de viento levantó una de ellas.

Clara corrió.

La atrapó antes de que cruzara el borde.

—¿Dónde está?

Aranda buscó alrededor.

Las páginas formaban una línea irregular hasta el canalón.

La cubierta negra se había separado.

La memoria oculta en la contraportada no estaba.

Marta se arrodilló.

—No.

Clara siguió las marcas.

Una página.

Otra.

El número 47.

El 51.

El 52.

Después nada.

Migas se encontraba junto al canalón.

Tenía algo negro entre los dientes.

—No te muevas.

El gato la miró.

—Migas.

Retrocedió.

—No.

El gato saltó al tejado inferior.

—Voy a matarlo —dijo Clara.

Migas empezó a caminar por las tejas con la memoria del cuaderno entre los dientes.

—No puede tragársela —dijo Aranda.

—No suele comerse las pruebas.

—También dijo que no podía salir de su habitación.

Clara avanzó hasta el muro.

—Migas. Jamón.

El gato se detuvo.

—Mucho jamón.

Migas giró.

La memoria negra seguía en su boca.

—Todo lo que quieras.

El gato caminó hacia ella.

Cuando estaba a menos de un metro, una sirena sonó en la calle.

Migas se asustó.

Saltó.

La memoria cayó.

Golpeó una teja.

Rebotó.

Desapareció dentro del canalón.

Nadie habló.

Clara miró a Aranda.

—Sigue en el edificio.

—Eso dijo de la maleta.

—El canalón baja al patio.

—¿Está conectado a la tubería que oyó Doña Amparo?

Ramiro apareció en la puerta de la azotea, sin aliento.

—Sí.

Todos se volvieron.

—¿Por qué está aquí? —preguntó Aranda.

—Oí gritos.

—Le dije que permaneciera dentro.

—Después oí una teja romperse.

—Eso no era una invitación.

Ramiro señaló el canalón.

—La tubería desemboca detrás de la cocina del café.

Clara respiró aliviada.

—Entonces podemos recuperarla.

—No exactamente.

—¿Qué significa?

—La tubería está obstruida desde hace meses.

—¿Con qué?

Ramiro se quitó las gafas.

—No lo sabemos. La comunidad aplazó la reparación.

Pilar apareció detrás.

—Fue Berta.

—No fui yo —gritó Berta desde la escalera.

—Dijiste que esperáramos a la próxima derrama.

—No quería pagar dos veces al fontanero.

Aranda se llevó una mano a la frente.

—Nadie toca la tubería hasta que llegue el equipo técnico.

—La memoria está dentro —dijo Marta.

—Precisamente.

—Puede mojarse.

—Está protegida.

—Puede caer al desagüe.

Ramiro negó.

—No llega al desagüe. Está atascada en algún punto entre el tercero y el café.

Doña Amparo asomó por debajo del brazo de Pilar.

—Junto a mi habitación.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Clara.

—Porque cuando llueve parece que alguien hierve sopa dentro de la pared.

Aranda miró hacia la escalera.

Después hacia Sergio, que ya desaparecía dentro de la pensión acompañado por los agentes.

La operación había terminado.

Sergio estaba detenido.

El cuaderno había sido recuperado casi por completo.

La primera mitad de la clave seguía escrita en sus páginas.

Pero la memoria que conectaba aquella mitad con el archivo cifrado permanecía atrapada dentro de una tubería comunitaria que nadie había reparado porque Berta no quería pagar dos veces.

Clara se sentó sobre el muro.

Marta permaneció a su lado, con una mano sobre el pequeño corte del cuello.

Migas se acercó.

Se sentó frente a ellas.

—No me mires —dijo Clara.

El gato parpadeó.

—Acabas de arrojar la prueba más importante dentro de una tubería.

Migas se lavó una pata.

Marta soltó una risa.

Al principio fue pequeña.

Después creció.

No era alegría.

Era agotamiento, miedo y el absurdo de haber sobrevivido a una mujer muerta, un editor homicida y un gato incapaz de respetar la cadena de custodia.

Clara empezó a reír también.

Aranda las miró desde la puerta.

—No entiendo qué resulta gracioso.

—Nada —respondió Clara.

—Exactamente —dijo Marta.

Abajo, la campana de la iglesia dio las once.

Sergio Beltrán ya no podía huir.

Pero Alicia Montoro todavía no había dicho su última palabra.

Estaba atrapada dentro de una pared del Portal 7, esperando que alguien decidiera, por fin, reparar una avería.