Capítulo 9 — Una devolución con testigos #3
El cuaderno negro permanecía atrapado entre su cuerpo y el de Marta.
—Un paso más y lo tiro —dijo Sergio.
No quedó claro si hablaba de Marta o del cuaderno.
Aranda se detuvo.
—No conseguirá salir por la pensión. Hay agentes al otro lado.
—Sus agentes estaban también en la cocina.
—Y usted sigue rodeado.
—Rodeado es una palabra que solo sirve cuando todos pueden verse.
Clara buscó a Migas.
No estaba en la azotea.
Eso no la tranquilizó.
—Dame las palabras —ordenó Sergio a Marta.
—No las recuerdo.
—Doce palabras.
—Leí una vez la carta mientras una mujer muerta seguía teniendo más cosas que decirme que tú.
—Siempre recordabas todo.
—Recordaba lo que escribía.
—Entonces escríbelas otra vez.
Sacó del bolsillo un pequeño dispositivo. Una pantalla, un teclado reducido y un cable conectado a una memoria negra.
La del cuaderno.
Había preparado el acceso.
En la pantalla se veían seis espacios llenos y seis vacíos.
La primera mitad de la clave.
—Di la primera palabra —ordenó.
Marta miró a Clara.
—Estrella.
Sergio introdujo la palabra.
—Segunda.
—Torcida.
—No juegues conmigo.
—Era el nombre del primer hotel.
—Las palabras no son nombres. Son aleatorias.
—Entonces no puedo ayudarte.
El cúter presionó la piel.
Una línea roja apareció junto al cuello de Marta.
Clara sintió que algo se cerraba dentro del pecho.
—Ella no las sabe —dijo.
Sergio la miró.
—Usted estaba en la sala.
—Sí.
—Las oyó.
—No.
—Las vio sobre la mesa.
—Las vi boca abajo.
No era completamente cierto.
Había leído dos.
Quizá tres.
No podía reconstruir las doce.
—La policía las tiene —dijo Clara—. Aunque la mate, no conseguirá abrir nada.
—La policía tardará meses.
—Usted también.
—Tengo la primera mitad.
—Y un cuaderno que ya fotografiaron.
Sergio soltó una risa.
—Fotografiaron páginas. No las cuentas completas.
—La grabación lo coloca junto a Irene.
—Una voz coloca a alguien.
—Marta la reconoció.
—Marta firmó durante años como otra persona. Su reconocimiento tiene una relación complicada con la verdad.
Marta cerró los ojos.
—¿Eso vas a decir? —preguntó—. ¿Que no eras tú?
—Voy a decir que Irene me invitó.
—La seguiste.
—Tenía una reunión.
—Entraste por el tejado.
—Porque no quería que Berta anunciara mi presencia en letras doradas.
Clara casi sonrió.
No lo hizo.
—¿Y el faro? —preguntó Aranda.
Sergio ajustó el brazo alrededor de Marta.
—Fue un accidente.
—En la grabación le exige el teléfono.
—Irene cogió el faro.
—La base presenta dos impactos —dijo Aranda.
Clara lo miró.
No sabía si era verdad.
Sergio también.
Durante medio segundo, su expresión cambió.
—Uno contra ella —continuó el inspector—. Otro contra el suelo cuando intentó limpiar el arma.
—No sabe eso.
—Usted sí.
Sergio respiró con fuerza.
—Ella me golpeó primero.
—Con un objeto que estaba sobre la mesa y terminó detrás de su cuerpo.
—No quería matarla.
—Pero la escondió dentro del armario.
—Entré en pánico.
—Se llevó su teléfono.
—No me lo llevé.
—Intentó recuperarlo después.
Sergio miró hacia Clara.
—Marta lo cogió.
—Después de encontrar a Irene muerta —respondió Clara—. Usted no sabía que lo tenía hasta que la vio entrar en el café.
—Sabía que había vuelto.
—Porque vigilaba la maleta.
—Vigilaba lo que me pertenecía.
Marta abrió los ojos.
—Nada de aquello te pertenecía.
—Registré la marca.
—Una marca no escribe.
—Tampoco un cadáver.
La frase cayó sobre la azotea.
Hasta el viento pareció detenerse.
Marta dejó de temblar.
—Eso dijiste después de golpearla, ¿verdad?
Sergio no respondió.
—“Siempre habrá alguien capaz de escribir con esa voz.” Eso dijiste.
—No sabes lo que ocurrió.
—Lo sé mejor que tú. Irene todavía estaba hablando cuando decidiste que ya era sustituible.
Sergio presionó el cúter.
Aranda levantó una mano.
—Suelte el arma.
—Las palabras.
Marta respiró hondo.
—De acuerdo.
Clara la miró.
—No.
—Voy a dárselas.
—No las sabe.
Marta sostuvo su mirada.
Entonces Clara comprendió.
Marta no pensaba recordar.
Pensaba inventar.
—Primera —dijo Sergio.
—Memoria.
Introdujo la palabra.
—Segunda.
—Miedo.
—Tercera.
—Canela.
Sergio la miró.
—No estaba en la lista.
—Te dije que no la recordaba.
—Está mintiendo.
—Siempre pensaste que mentía cuando decía algo que no habías escrito tú.
Sergio apartó el dispositivo un segundo.
Marta movió el pie.
No hacia delante.
Hacia un lado.
Clara vio el tendedero.
La cuerda pasaba detrás de Sergio, unida a dos postes metálicos.
Varias sábanas blancas colgaban sobre la azotea.
Una comunidad podía olvidar recoger la ropa incluso durante una investigación por homicidio.
Clara miró a Marta.
Marta siguió desplazando el pie.
Muy despacio.
Sergio no lo notó.
—Vuelva a empezar —dijo.
—No puedo.
—Entonces la siguiente persona será Clara.
Clara vio movimiento detrás de una chimenea.
Dos ojos amarillos.
Migas.
El gato estaba sobre una cornisa, a la altura del cuaderno.
—No —susurró.
Sergio giró la cabeza.
Migas saltó.
Sus patas golpearon el hombro de Sergio.
El cúter se apartó del cuello de Marta.
Ella se dejó caer.
Clara agarró la cuerda del tendedero y tiró con ambas manos.
Las sábanas se soltaron de los ganchos.
Una ráfaga las lanzó contra Sergio.
Durante un segundo desapareció bajo la tela blanca.
Aranda avanzó.
Sergio salió de la sábana con el cúter en alto.
Retrocedió.
El talón pisó una teja manchada de grasa.
La misma ruta que había utilizado para robar el faro.
La pierna se deslizó.
El cuaderno escapó de su brazo.
Cayó sobre el muro.
Se abrió.
Las páginas se agitaron con el viento.
Sergio intentó agarrarlo.
Aranda llegó hasta él.
Ambos chocaron.
El cúter cayó sobre las tejas y empezó a deslizarse hacia el borde.
Marta se arrastró lejos.
Clara corrió hacia ella.
—¿Está herida?
—No.
—Tiene sangre.
—Es superficial.
Detrás, Sergio consiguió liberar un brazo.
Golpeó a Aranda.
El inspector retrocedió.
Sergio se lanzó hacia el muro de la pensión.
No intentaba escapar con el cuaderno.
Intentaba alcanzar el dispositivo.
La pantalla seguía encendida.
Migas estaba junto a él.
—¡Migas!
El gato golpeó el aparato con una pata.
Cayó al otro lado del muro.
Sergio saltó detrás.
Aranda lo sujetó por la chaqueta.
El tejido se rasgó.
Sergio quedó colgado sobre el borde, con medio cuerpo del lado de la Pensión Miramar.
Debajo no había una caída directa a la calle.
Había un tejado inclinado.
Después el patio.
Suficiente para matarlo.
—No me suelte —dijo.
Aranda apretó los dientes.
—Deje de moverse.
Sergio buscó apoyo con los pies.
Las tejas cedieron.
Una se rompió.
Clara se acercó.
—No.
—Necesito ayuda —dijo Aranda.
Marta se levantó.
Durante un instante miró a Sergio colgado.
El hombre que había construido Alicia.
El hombre que había matado a Irene.
El hombre que había pagado por su silencio.
Podía quedarse quieta.
Nadie habría podido acusarla de causar la caída.
No directamente.