La huésped que murió dos veces en el Portal 7 Capítulo 9 — Una devolución con testigos #2
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Capítulo 9 — Una devolución con testigos #2

Sergio veía el interior.

No desde la calle.

No a través del escaparate cubierto.

Desde algún lugar superior o lateral.

—La tengo delante —dijo Marta.

—Abre el candado.

—No tengo la combinación.

—Sí la tienes.

—La cambió Irene.

—Cero, siete, uno, nueve.

Marta introdujo los números.

El candado se abrió.

—Levanta la tapa —ordenó Sergio.

Ella obedeció.

—Saca la ropa.

—No voy a vaciarla.

—Entonces no habrá intercambio.

—¿Dónde está el cuaderno?

—En un lugar donde todavía puede convertirse en humo.

Aranda señaló a Marta que continuara.

—Necesito verlo.

—Primero la segunda mitad.

—No está aquí.

La línea permaneció en silencio durante dos segundos.

—Mientes peor con tu propia voz —dijo Sergio.

—No tengo las palabras.

—Las leíste.

—La policía se quedó con la carta.

—Pero tú las recuerdas.

Marta no respondió.

Sergio continuó:

—Siempre recordabas frases. Era lo único que hacías mejor que Irene.

Clara vio cómo Marta apretaba el auricular.

—¿La golpeaste por eso? —preguntó—. ¿Porque recordaba demasiado?

Aranda la miró con dureza.

No estaba en el guion.

—No fui allí para matarla.

—Pero la mataste.

—Abre el compartimento.

—Dime dónde está el cuaderno.

—Abre el compartimento.

Marta levantó el forro.

El falso dispositivo apareció dentro.

—Sácalo.

—No es el verdadero.

—Ya lo sé.

La respuesta llegó demasiado rápido.

Aranda alzó la cabeza.

Sergio no solo estaba mirando.

Sabía qué habían retirado.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Marta.

—Porque Irene nunca habría utilizado una tarjeta sin marca.

—¿Qué marca?

—Una raya blanca junto al conector.

Marta miró a Aranda.

La unidad original estaba en comisaría.

Aquella característica no se había hecho pública.

—La raya que tú dibujaste —dijo ella.

—La raya que impedía confundirla con nuestras copias.

—Nuestras.

—Las de la editorial.

—Sigues diciendo “nuestras” cuando quieres decir “tuyas”.

Del fondo del Portal 7 llegó un golpe.

Metal.

Luego otro.

Aranda habló por radio en voz baja.

Los agentes de la escalera no respondieron.

Solo estática.

Clara miró hacia la puerta lateral.

La luz de la cocina parpadeó.

Marta seguía con el teléfono junto al oído.

—¿Qué has hecho? —preguntó.

—Nada que no supieras que haría.

Las luces se apagaron.

No descendieron poco a poco.

Desaparecieron.

El Café Aurora quedó completamente negro.

La cafetera emitió un chasquido al perder corriente.

Alguien tropezó en la cocina.

Una voz gritó:

—¡Movimiento en el patio!

Después llegó el sonido de algo descargándose con violencia.

Un siseo.

Un agente tosió.

La puerta del almacén se abrió de golpe.

Clara retrocedió.

Una nube blanca entró desde la cocina.

Polvo de extintor.

Le quemó los ojos y la garganta.

—¡Al suelo! —gritó Aranda.

Marta soltó el teléfono.

El auricular golpeó la barra.

Clara oyó pasos.

No hacia la puerta principal.

Desde la cocina.

Una figura apareció dentro de la nube.

Casco negro.

Chaqueta oscura.

No azul.

Sergio había aprendido que las pistas también podían cambiarse de ropa.

Uno de los agentes intentó sujetarlo. Sergio le golpeó el brazo con el extintor y lo empujó contra la pared.

No se detuvo.

Entró en el salón.

La única luz provenía de la calle, filtrada por la franja del panel de madera.

Clara distinguió la forma de Marta junto a la barra.

Y la de Sergio detrás.

—No se mueva —ordenó Aranda.

Una pequeña hoja metálica brilló cerca del cuello de Marta.

Un cúter.

Sergio la sujetó por el hombro.

—Si encienden una linterna, la corto.

Nadie se movió.

Marta respiraba deprisa.

—Siempre fuiste teatral —dijo.

—Tú me enseñaste que la gente solo recuerda lo que tiene una buena escena.

—Yo escribía escenas. No escondía cadáveres.

El cúter se acercó un poco más a su piel.

—Dame las palabras.

—No las tengo.

—Las recuerdas.

—No.

—Las has leído.

—También leí tu contrato. Conseguí olvidarlo.

Aranda habló desde la oscuridad.

—Sergio Beltrán, suelte el arma.

—Inspector.

La voz sonó tranquila.

Demasiado tranquila.

—Por fin una presentación oficial.

—El local está rodeado.

—También lo estaba el faro.

—No tiene salida.

—Entré.

—Salir es otra cosa.

Sergio tiró de Marta hacia la puerta lateral.

—Abra.

—Está cerrada —dijo Marta.

—La llave.

—No la tengo.

Clara recordó que la había dejado en el cajón bajo la caja registradora.

Sergio también miró hacia allí.

Había estado dentro del café la noche anterior.

Había registrado la cocina.

Había visto dónde guardaban las cosas.

—Clara —dijo.

Ella permaneció inmóvil dentro del almacén.

—Sé que está ahí.

Aranda intervino:

—No responda.

—No necesito que responda. Necesito que abra la puerta.

Clara salió lentamente.

El polvo blanco flotaba en el aire como niebla.

Podía ver el perfil de Sergio.

Rostro estrecho.

Cabello oscuro pegado a la frente.

No llevaba casco ahora. Lo había dejado en la cocina.

Era el hombre de las entrevistas.

La sonrisa ensayada había desaparecido.

—La llave —dijo.

—Está debajo de la caja.

—Cójala.

—Si me acerco, Aranda lo detendrá.

—Si no se acerca, Marta aprenderá cuánto tarda una herida en arruinar un jersey.

Marta soltó una risa breve.

—Siempre odiabas mis jerséis.

—Tú odiabas todo lo que no habías elegido.

—Te elegimos a ti.

La frase golpeó más que un insulto.

Sergio apretó la mandíbula.

Clara caminó hacia la barra.

Aranda permanecía oculto detrás de una columna.

Ella no sabía exactamente dónde.

No quería saberlo.

Sergio observaba sus manos.

Clara abrió el cajón.

Sacó la llave.

Migas saltó desde encima de la nevera.

Nadie lo había visto entrar.

Cayó sobre la barra entre las tres maletas.

Sergio giró la cabeza.

—Quite al gato.

—No acepta instrucciones durante situaciones de crisis.

Migas olfateó la maleta auténtica.

Después caminó hacia Marta.

—Clara.

—Estoy intentándolo.

Extendió la mano.

Migas retrocedió.

Sergio movió el cúter.

El reflejo alcanzó los ojos del gato.

Migas bufó.

—No —dijo Clara.

El gato saltó.

No hacia Sergio.

Hacia la manga con la que sujetaba a Marta.

Las uñas se clavaron en el tejido.

Sergio maldijo y sacudió el brazo.

Marta se dejó caer.

Aranda salió de la sombra.

Sergio empujó una de las maletas con el pie.

La roja falsa golpeó las piernas del inspector.

El cúter pasó cerca de su rostro.

Sergio corrió hacia la puerta lateral.

Clara lanzó la llave.

No hacia él.

Hacia Marta.

Ella la atrapó en el suelo.

Sergio golpeó la puerta con el hombro.

Cerrada.

Se volvió.

Aranda ya se levantaba.

Sergio tomó la maleta auténtica de la barra y la lanzó contra el escaparate de madera.

El panel se soltó parcialmente.

Entró aire frío desde la calle.

—¡No se mueva! —gritó un agente desde la cocina.

Sergio empujó a Marta contra Aranda.

Después saltó sobre la pequeña puerta abatible de la barra y corrió hacia la escalera interior que llevaba al piso superior del café.

—¡Arriba! —gritó Clara.

—Quédese aquí —ordenó Aranda.

Sergio desapareció por los escalones.

Migas corrió detrás.

—¡Migas!

Clara lo siguió.

—¡Clara! —gritó Aranda.

No se detuvo.

La escalera era estrecha y oscura.

Conocía cada peldaño.

El tercero crujía.

El séptimo estaba ligeramente hundido.

El undécimo obligaba a inclinar el cuerpo porque el techo descendía.

Sergio no lo sabía.

Golpeó la cabeza.

El ruido fue seco.

Clara lo oyó maldecir.

Migas pasó entre sus piernas.

—Quieto.

El gato subió.

Sergio llegó al pasillo de la vivienda.

Intentó abrir la puerta de la habitación de Clara.

Estaba cerrada.

Golpeó una vez.

Dentro, algo cayó.

—La ventana —pensó Clara.

Migas había salido.

Sergio giró hacia la escalera secundaria que conectaba con el tercer piso del Portal 7, una puerta antigua que la tía de Clara utilizaba décadas atrás para llevar bandejas a los vecinos.

Clara casi nunca la abría.

Sergio sí.

Llevaba una llave.

—¿De dónde la sacó? —preguntó ella.

Él se volvió.

Tenía sangre en la frente por el golpe contra el techo.

—Las comunidades guardan demasiadas copias.

Abrió.

Desapareció en el corredor.

Aranda llegó detrás de Clara.

—He dicho que se quedara abajo.

—Y yo no prometí obedecer.

—¿Dónde lleva?

—Al tercer piso.

—¿Salida?

—La escalera comunitaria. El lavadero. El tejado.

Aranda habló por radio.

Solo recibió estática.

—Ha interferido las comunicaciones dentro del edificio.

—¿Puede hacer eso?

—Lo está haciendo.

Clara cruzó la puerta.

El pasillo del tercer piso estaba vacío.

La puerta de Doña Amparo se abrió unos centímetros.

—¿Ya terminó? —preguntó la anciana.

—Cierre —dijeron Clara y Aranda al mismo tiempo.

—¿Quién era?

—Doña Amparo.

—Ya sé quién soy.

Sergio apareció al final del corredor.

Llevaba algo negro bajo el brazo.

El cuaderno.

Lo había escondido previamente en el edificio.

No había venido solo por la segunda mitad.

Había traído su moneda de cambio.

—¡Deténgase! —gritó Aranda.

Sergio abrió la puerta de la escalera.

Subió.

Doña Amparo asomó otra vez.

—Cojea.

Clara se detuvo.

—¿Qué?

—El hombre. Cojea de la pierna izquierda.

No era Tomás.

La cojera no era permanente.

Sergio se había golpeado al entrar o durante la huida.

Pero había sido suficiente para que Celia lo describiera de forma equivocada.

Una nueva coincidencia utilizada como disfraz.

—Cierre la puerta —repitió Clara.

—Ya iba.

No la cerró.

Aranda subió delante.

Clara lo siguió.

—No debería venir.

—Migas está arriba.

—El gato puede cuidarse.

—Eso es exactamente lo que él piensa.

En el segundo piso de la escalera, encontraron la puerta del lavadero abierta.

La cerradura había sido forzada desde dentro.

El viento entraba por el acceso a la azotea.

Aranda se detuvo antes de cruzar.

—Permanezca detrás de mí.

Clara no respondió.

Afuera, la noche estaba más fría de lo que esperaba.

Las luces del puerto brillaban a lo lejos. El mar no se veía, pero se oía como una respiración profunda detrás de los edificios.

Las tejas estaban húmedas.

Las antenas se movían con el viento.

La ropa olvidada en el tendedero golpeaba los cables.

Sergio se encontraba junto al muro que separaba el Portal 7 de la Pensión Miramar.

Marta estaba con él.

Clara no había visto cuándo subió.

Después descubriría que Marta había seguido otra escalera.

En aquel momento solo vio el brazo de Sergio alrededor de su cuello.

El cúter había vuelto a aparecer.