Capítulo 9 — Una devolución con testigos
Una devolución con testigos
A las nueve y treinta y cuatro de la noche, el Café Aurora contenía tres maletas rojas, siete policías escondidos y ninguna persona capaz de fingir que aquello seguía siendo una cafetería.
Las mesas habían sido apartadas hacia las paredes. Las luces permanecían encendidas, pero solo las necesarias para que el local pareciera cerrado y no abandonado. Sobre la barra, entre el azucarero y la caja registradora, descansaba la maleta de Irene.
Las otras dos estaban en el suelo.
Una pertenecía a una agente que había tenido que vaciarla en comisaría.
La tercera había sido comprada aquella misma tarde en una tienda de equipajes de Valleverde, cuyo propietario prometió no comentar la venta y tardó once minutos en contársela a su cuñado.
Las tres eran rojas.
Ninguna era idéntica.
—Las personas que dicen que todas las maletas rojas son iguales nunca han tenido que reconocer una como prueba de homicidio —dijo Clara.
Aranda revisaba por tercera vez la puerta lateral que comunicaba el café con el Portal 7.
—No necesitamos que sean idénticas.
—Sergio conoce la reparación.
—Precisamente.
La maleta auténtica conservaba la costura lateral abierta y pegada de nuevo, la cinta negra alrededor del centro y una pequeña abrasión junto a una rueda.
Dentro no quedaba nada importante.
La unidad de almacenamiento, la carta de Irene, las doce palabras de la clave y el manual de Alicia estaban bajo custodia policial.
En el compartimento secreto habían colocado una caja metálica vacía y una tarjeta de memoria inutilizada.
—Cuando vea que es una trampa, se marchará —dijo Clara.
—Cuando vea que es una trampa, ya estará dentro.
—Eso supone que entre.
—Entrará.
—Hace dos días que consigue que otros hagan casi todo por él.
Aranda la miró.
—Mató personalmente a Irene.
—Todavía dice “presuntamente” cuando habla con los demás.
—Con usted pierdo precisión institucional.
Clara observó la puerta de la cocina.
La pequeña ventana rota había sido reparada con una tabla provisional. El cristal nuevo no llegaría hasta la semana siguiente, suponiendo que el Café Aurora sobreviviera a la actual.
Dos agentes se encontraban en la cocina, fuera de la vista desde el local.
Otro esperaba dentro del almacén.
Dos más vigilaban la escalera del Portal 7.
Una pareja ocupaba una habitación de la Pensión Miramar, con acceso a la terraza desde la que Marta había cruzado al ático.
En la calle no había coches policiales.
Los agentes que vigilaban desde el exterior llevaban ropa de paisano.
Valleverde parecía tranquila.
Eso significaba que todos estaban mirando desde detrás de alguna cortina.
—¿Dónde está Migas? —preguntó Aranda.
—Arriba.
—¿Encerrado?
—La palabra es fuerte.
—¿Puede salir?
—La respuesta también sería fuerte.
El inspector cerró los ojos.
—Clara.
—Lo dejé en mi habitación con agua, comida y la puerta cerrada.
—¿Y las ventanas?
—Cerradas.
—¿Conductos?
—No vivo en una prisión diseñada para gatos.
—A veces parece lo contrario.
Marta Cuenca esperaba dentro de una furgoneta estacionada a dos calles del Portal 7. Entraría poco antes de las diez, como Sergio había exigido.
No llevaría la segunda mitad de la clave.
No llevaría ningún dispositivo.
Tampoco llevaría protección visible.
La abogada Lucía Otero había protestado durante casi dos horas.
Aranda había protestado durante tres.
Marta había terminado la discusión con una frase sencilla:
—Si no entro yo, sabrá que no tenemos intención de negociar.
Lucía respondió:
—No tenemos intención de negociar.
—Él no necesita saberlo antes de entrar.
La lógica no tranquilizó a nadie.
A las nueve y cuarenta, Ramiro llamó desde su apartamento.
—Hay un ruido en el ascensor.
Aranda respondió en voz baja.
—No use el ascensor.
—No pensaba hacerlo. Solo informaba.
—Permanezca dentro.
—La puerta está cerrada con llave.
—No la abra.
—Eso suele implicar que permanezca cerrada.
Aranda cortó la llamada.
Clara acomodó una de las tazas nuevas sobre la barra.
—¿Necesita poner café?
—Necesito que parezca mi cafetería.
—Está cerrada.
—Mi cafetería cerrada también tiene tazas.
—No prepare nada caliente.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que utilice una cafetera como arma.
—Eso ocurrió una vez en una imaginación ajena y ya me ha perseguido todo el día.
Aranda miró la máquina.
—La cafetera permanece apagada.
—Lleva encendida desde esta mañana.
—Apáguela.
—Tarda veinte minutos en calentarse.
—Clara.
—Bien.
Pulsó el interruptor.
La máquina dejó escapar un suspiro largo, como si desaprobara la operación.
—Ahora parece muerta —dijo Clara.
—Es una cafetera.
—Para usted.
A las nueve y cuarenta y seis, Pilar llamó.
Clara vio su nombre en la pantalla y no respondió.
Pilar llamó otra vez.
Después envió un mensaje.
Doña Amparo dice que hay alguien en el tejado.
Clara mostró el teléfono a Aranda.
El inspector escribió:
¿Qué tejado?
La respuesta llegó inmediatamente.
El de siempre.
Aranda marcó el número.
Pilar atendió al primer tono.
—¿Dónde está Doña Amparo?
—En su apartamento.
—¿Qué ha visto?
—No ha visto. Ha oído.
—¿Qué?
—Pasos.
—¿En la azotea?
—Encima de su habitación.
—Su habitación no está debajo de la azotea.
—Eso le dije.
La voz de Doña Amparo sonó al fondo:
—No he dicho encima. He dicho por la pared.
Aranda se frotó la frente.
—Póngala al teléfono.
—Dice que no quiere.
—Necesito hablar con ella.
—Dice que usted nunca escucha.
—Pilar.
Hubo un movimiento y después la voz de la anciana.
—Inspector.
—Doña Amparo, ¿qué ha oído?
—Alguien ha tocado la tubería.
—¿Qué tubería?
—La que baja desde el tejado hasta el patio.
—¿Cómo sabe que fue alguien?
—Porque las tuberías no llaman tres veces.
Aranda miró hacia la cocina.
—¿Tres golpes?
—Dos rápidos y uno lento.
—¿Cuándo?
—Hace diez minutos.
—¿Lo ha vuelto a oír?
—No.
—Permanezcan dentro del apartamento. No abran a nadie.
—Pilar quería bajar.
—No la deje.
—No necesito órdenes para eso.
La llamada terminó.
Aranda habló por radio con los agentes del tejado.
No habían visto a nadie.
La terraza de la pensión estaba vacía.
La puerta de la antigua lavandería permanecía cerrada y vigilada.
El muro entre los edificios no mostraba movimiento.
—Puede estar en otro tejado —dijo Clara.
—O Doña Amparo oyó una tubería.
—Doña Amparo puede confundir rostros, fechas y recetas. Los sonidos del edificio no.
—¿Desde cuándo es especialista en acústica?
—Desde que lleva setenta años escuchando a los vecinos sin que lo sepan.
A las nueve y cincuenta y dos, una agente entró por la puerta principal.
Llevaba un abrigo oscuro y el cabello cubierto por una gorra.
—La calle está limpia —dijo.
—No utilice esa expresión dentro del Portal 7 —respondió Clara.
La agente la miró.
—Significa que no hay movimiento.
—Aquí significa que alguien todavía no ha encontrado la suciedad.
Aranda señaló la barra.
—Revise la posición de las maletas.
La agente tomó fotografías.
La auténtica permanecía sobre la barra.
Una de las falsas estaba detrás de una mesa.
La otra, junto a la puerta lateral.
—¿Por qué tres? —preguntó Clara.
—Para obligarlo a acercarse.
—Reconocerá la verdadera desde lejos.
—Entonces tendrá que demostrar cuánto sabe.
—Ya ha demostrado que sabe falsificar su firma.
—Por eso quiero verlo tocar la costura correcta.
A las nueve y cincuenta y cinco, apagaron las luces del fondo.
Clara ocupó el pequeño almacén junto a la cocina. Desde allí podía ver una franja de la barra a través de la puerta entreabierta.
Aranda se colocó detrás de la puerta lateral.
No estaría visible desde el salón.
Marta entraría sola.
La policía aparecería cuando Sergio cruzara cualquiera de los accesos.
Aquello era el plan.
Clara había aprendido que los planes pertenecían a la misma familia que las actas: parecían ordenar la realidad hasta que alguien decidía no respetarlas.
A las nueve y cincuenta y siete, llamaron suavemente a la puerta principal.
Dos golpes.
Pausa.
Un tercero.
Clara sintió que el cuerpo se tensaba.
La agente abrió.
Marta entró.
Vestía pantalones negros, un jersey gris y el abrigo beige con el que había llegado a Valleverde. No llevaba gafas oscuras. El cabello estaba suelto.
Por primera vez desde que apareció en el Café Aurora, no intentaba parecerse a nadie.
La agente cerró detrás de ella.
Marta miró las tres maletas.
—Eso no estaba en el acuerdo.
Aranda habló desde la sombra.
—No hay ningún acuerdo.
—Sergio verá que son falsas.
—Solo dos.
Marta se acercó a la barra.
—Él conoce cada marca de la verdadera.
—También nosotros.
—Usted conocía su firma y la utilizó igualmente.
Aranda no respondió.
Marta colocó ambas manos sobre la superficie.
La taza blanca estaba frente a ella.
—¿Café? —preguntó Clara desde el almacén.
Marta giró la cabeza.
—Pensé que no estaría aquí.
—Yo también.
Aranda salió parcialmente de su escondite.
—No hable más de lo necesario.
—Solo ofrecí café.
—La máquina está apagada.
Marta miró hacia el almacén.
—Entonces era una oferta emocional.
—Las peores.
El reloj del Café Aurora marcó las diez.
No ocurrió nada.
No sonó el teléfono.
No se movió ninguna puerta.
No apareció ninguna figura sobre los tejados.
El silencio del local se hizo más pesado.
A las diez y un minuto, Marta miró hacia Aranda.
—Puede que no venga.
—Vendrá.
—Puede haber visto a los agentes.
—No los ha visto.
—Sergio vivía de conseguir información que la gente creía haber ocultado.
A las diez y dos, el teléfono fijo del café sonó.
Clara sintió el golpe en el pecho.
Una vez.
Dos.
Tres.
Marta no se movió.
Aranda señaló el aparato.
—Conteste.
Ella levantó el auricular.
—¿Sí?
La voz masculina se oyó a través del pequeño amplificador conectado a la línea.
—Llegas tarde.
Marta cerró los ojos.
Clara reconoció la voz.
La grabación.
Alicia no existiría sin mí.
Aranda hizo una señal al agente encargado del rastreo.
—Son las diez y dos —dijo Marta.
—Siempre fuiste peor que Irene con los horarios.
—Siempre fuiste peor que las dos con las despedidas.
Hubo una respiración al otro lado.
—Pon la maleta sobre la barra.
—Ya está.
—La verdadera.
Marta miró la auténtica.
—Hay tres.
—Solo una tiene la costura negra bajo la cinta.
Aranda sostuvo su mirada.