Capítulo 8 — Lo que escondía la maleta roja #4
—Si no voy, lo destruirá.
Aranda guardó el teléfono.
—No va a destruirlo.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque el cuaderno es su única moneda de cambio.
—Cuando comprenda que no puede conseguir la clave, lo quemará.
—Entonces no comprenderá eso.
Clara miró al inspector.
—¿Qué piensa hacer?
Aranda observó la maleta roja abierta sobre la mesa.
La ropa.
El manual de Alicia.
El compartimento secreto.
Las doce palabras de la clave.
—Le daremos lo que espera ver.
Lucía negó.
—No utilizará a mi clienta como cebo.
—No estará sola.
—El mensaje lo exige.
—Los mensajes de sospechosos no organizan operativos policiales.
Clara volvió a mirar la fotografía del café.
La imagen tomada desde el tejado.
El ángulo.
La distancia.
—No quiere entrar por la puerta —dijo.
Aranda la miró.
—¿Qué?
—La maleta sobre la barra no es para verla desde la calle. Desde fuera, el panel de madera tapa casi todo el interior.
—Entonces ¿desde dónde?
Clara señaló la ventana lateral visible en la fotografía.
—Desde el tejado puede bajar al patio. Desde el patio ve la cocina. Y desde la cocina puede llegar a la barra.
—Como anoche.
—Quiere que Marta entre por delante para que todos miren la puerta.
—Mientras él utiliza la ruta trasera —dijo Aranda.
—No viene a negociar.
Marta miró la maleta.
—Viene a abrirla.
—Y a destruir la copia —añadió Clara.
—La copia no estará dentro —dijo Aranda.
—Él no lo sabrá.
El inspector cerró lentamente la tapa de la maleta.
—Exacto.
Clara comprendió.
—Va a dejar que entre.
—Voy a dejar que lo intente.
Lucía dio un paso hacia él.
—Con Marta dentro del edificio.
—Marta no estará donde Sergio espera.
—¿Y Clara?
Aranda miró a Clara.
—Tampoco.
Clara cruzó los brazos.
—Eso aún no lo hemos discutido.
—No hay nada que discutir.
—Es mi cafetería.
—Precisamente.
—Conozco las puertas, las ventanas, el ruido de cada tabla y la forma en que la cafetera suena cuando alguien se apoya en la barra.
—La policía puede aprenderlo.
—Antes de las diez.
—Sí.
—No puede.
Aranda sostuvo su mirada.
—Usted no va a enfrentarse a un sospechoso de homicidio.
—No quiero enfrentarme. Quiero saber por dónde va a entrar.
—Ya lo sabemos.
—Creemos que lo sabemos.
El inspector no respondió.
Clara señaló la fotografía.
—Alguien tomó esa imagen desde el tejado mientras sus agentes vigilaban la calle.
Sergio conoce el edificio mejor de lo que ustedes creen porque todos le fueron entregando información.
Berta le contó lo del faro. Ramiro le dio formularios.
Celia le abrió la lavandería. Tomás dejó las llaves.
Marta le enseñó durante años cómo pensaba Alicia.
Marta bajó la mirada.
—Y yo —continuó Clara— llevo tres meses aprendiendo cómo cruje el Portal 7 cuando alguien sube por donde no debe.
Aranda cerró los ojos un instante.
—Se quedará en una zona protegida.
—Dentro del café.
—Lo decidiré cuando vea el lugar.
—Eso significa que sí.
—Significa que me estoy arrepintiendo de haber entrado en su cafetería la primera vez.
—Yo también. Pero entonces ya había un muerto.
El técnico volvió a guardar los objetos dentro de la maleta.
No la unidad plateada.
No la carta.
No las palabras de la clave.
Solo ropa, libros y una caja vacía colocada bajo el forro para mantener el peso.
Aranda pidió tres maletas rojas semejantes.
—¿Tres? —preguntó Clara.
—Si Sergio observa desde lejos, verá la que espera. Si entra, tendrá que escoger.
—Conoce la reparación.
—Entonces sabremos cuál busca.
—¿Y si no entra personalmente?
—Seguiremos a quien lo haga.
Marta miró el reloj.
Eran las cinco y treinta y siete.
Faltaban menos de cuatro horas y media.
—Sergio no confía en nadie —dijo—. Vendrá él.
—Eso dijo Irene —respondió Clara—. Que siempre quería que todo ocurriera sin parecer responsable.
—Esta vez no puede quedarse fuera.
Aranda tomó la maleta.
—Nos vamos al Portal 7.
Cuando salieron de la sala, Marta se detuvo junto a la fotografía de Irene y ella en la estación.
Antes de Alicia.
—¿Puedo quedármela? —preguntó.
Aranda miró a Lucía.
La abogada asintió.
El inspector entregó la fotografía después de que fuera registrada.
Marta la sostuvo con ambas manos.
—Irene odiaba esa maleta —dijo.
—¿La pequeña? —preguntó Clara.
—Todas. Decía que las maletas eran armarios con ruedas y que la gente siempre llevaba demasiado.
—En esta llevaba bastante.
Marta miró el equipaje rojo cerrado.
—Llevaba lo que no podía dejar en casa.
Clara pensó en el manual, las dos gafas, los dos perfumes y una identidad entera doblada entre ropa ajena.
—Esta noche tendrá que volver a abrirla —dijo.
—No.
Marta guardó la fotografía dentro del bolsillo.
—Esta noche Sergio creerá que puede abrirla.
Aranda caminó delante de ellas.
—Y habrá testigos.
Clara miró el reloj del pasillo.
Las cinco y cuarenta y dos.
A las diez, la maleta roja volvería a estar sobre la barra del Café Aurora.
Marta entraría por la puerta principal.
La policía vigilaría la calle.
Y, sobre los tejados del Portal 7, alguien buscaría una forma de llegar hasta la única mitad de la verdad que todavía no había conseguido destruir.