La huésped que murió dos veces en el Portal 7 Capítulo 8 — Lo que escondía la maleta roja #3
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Capítulo 8 — Lo que escondía la maleta roja #3

El vídeo mostraba a Irene y Marta en una habitación pequeña años atrás. Una calefacción portátil iluminaba el fondo. Ambas discutían sobre el primer artículo de Alicia.

No había nada criminal.

Solo dos mujeres jóvenes intentando decidir qué nombre colocar sobre un texto.

—No necesitamos verlo ahora —dijo Marta.

Aranda cerró el vídeo.

Los documentos eran balances antiguos.

Pagos de la revista.

Primeros contratos.

Correos en los que Sergio proponía registrar Alicia Montoro como marca de Horizonte Abierto.

Y un acuerdo firmado por Irene y Marta.

En una de las cláusulas aparecía escrito:

La editorial podrá designar nuevos colaboradores para garantizar la continuidad de la identidad autoral.

—Podía sustituirlas —dijo Clara.

Marta asintió.

—Eso era lo que Irene descubrió.

—Sergio no necesitaba que Alicia siguiera siendo ustedes.

—Solo necesitaba que siguiera produciendo dinero.

Aranda recorrió los documentos.

—Esto prueba el control de la marca. No el homicidio.

—La grabación lo coloca en el apartamento —dijo Marta.

—Coloca una voz compatible con la suya.

—Y ahora tiene el cuaderno.

—Probablemente.

—Robó el faro.

—Tenemos una chaqueta, una motocicleta y órdenes falsas. Todavía debemos unirlas a él.

Clara observó las doce palabras escritas en la tarjeta.

Mitad de una clave.

La otra mitad dentro del cuaderno negro.

Sergio podía destruir el original.

Pero no abrir el archivo completo.

La policía tenía la copia.

Pero tampoco podía abrirla.

Era un empate construido por una mujer muerta.

—¿Qué ocurre si nadie consigue la clave completa? —preguntó.

—Podrían tardar meses en romper el cifrado —dijo el técnico—. Quizá más. Depende de cómo se haya creado.

—¿Y los documentos abiertos?

—Son suficientes para investigar las asesorías, pero no necesariamente para identificar todos los pagos ni demostrar quién operaba cada cuenta.

—Sergio sigue necesitando esta mitad —dijo Clara.

Aranda la miró.

—Y nosotros la suya.

—La del cuaderno.

—Sí.

Lucía cruzó los brazos.

—No estarán considerando negociar con un sospechoso de homicidio.

—No —respondió Aranda.

Clara conocía aquel tono.

—Todavía.

—Tampoco.

El teléfono de Irene, situado dentro de una bolsa transparente sobre otra mesa, vibró.

Todos se volvieron.

El aparato se encontraba en modo avión, pero el equipo técnico lo había conectado temporalmente a una red controlada para descargar los archivos.

Una notificación apareció en la pantalla.

Mensaje recibido a través de una cuenta cifrada.

Remitente:

A. M.

Alicia Montoro.

El técnico aisló la conexión.

—No lo abran en el teléfono —dijo—. Lo veremos desde el sistema.

El mensaje contenía una fotografía.

El cuaderno negro aparecía abierto sobre una mesa.

En la página izquierda se veía una lista de cantidades.

En la derecha, seis palabras escritas a mano.

La primera mitad de la clave.

Junto al cuaderno había un reloj digital.

La fotografía había sido tomada tres minutos antes.

Debajo, una frase:

TENÉIS LO QUE ME FALTA. YO TENGO LO QUE NECESITÁIS.

Aranda pidió rastrear el origen.

El sistema utilizaba varios servidores intermedios.

No habría una ubicación inmediata.

Llegó un segundo mensaje.

A LAS DIEZ. CAFÉ AURORA.

Clara levantó la vista.

—No.

Un tercer mensaje apareció.

LA MALETA ROJA SObrE LA BARRA. MARTA ENTRARÁ SOLA.

Lucía se puso de pie.

—Mi clienta no va a ninguna parte.

Marta no se movió.

—Sergio cree que sigo teniendo acceso a la maleta.

—Sabe que está en manos de la policía —dijo Aranda.

—Sabe que yo podría pedir verla.

—No puede.

Llegó otra fotografía.

Esta vez mostraba el Café Aurora desde el otro lado de la calle.

El escaparate cubierto por madera.

La puerta principal.

Pilar saliendo con una bolsa de basura.

La imagen también era reciente.

Tomada pocos minutos antes.

Clara sintió que el estómago se cerraba.

—Está en Valleverde.

—O tiene a alguien allí —dijo Aranda.

—No actúa solo —murmuró Marta.

—Eso todavía no lo sabemos.

El siguiente mensaje eliminó la duda sobre el lugar desde donde vigilaban.

Era una fotografía tomada desde arriba.

El tejado del Portal 7.

La ventana lateral del café.

Migas, tumbado sobre una silla visible a través del pequeño cristal de la cocina.

Clara se acercó demasiado a la pantalla.

—¿Cuándo fue tomada?

El técnico revisó los datos.

—Hace menos de cinco minutos.

Aranda ya estaba llamando a los agentes apostados junto al edificio.

—Revisen todas las azoteas. Nadie entra al café. Saquen a las personas por la puerta principal y mantengan la zona sin alarma visible.

Clara cogió el bolso.

—Voy con usted.

—No.

—Migas está ahí.

—Hay agentes.

—Los mismos que no han visto a quien tomó la fotografía.

—Clara.

—No voy a esperar aquí mientras alguien utiliza a mi gato para demostrar que puede entrar en mi casa.

—No ha entrado.

—Todavía.

El último mensaje llegó antes de que Aranda pudiera responder.

SI A LAS DIEZ NO VEO LA MALETA, QUEMO EL CUADERNO.

Después apareció una línea nueva:

Y ALICIA MUERE DEFINITIVAMENTE.

Marta se levantó.

—Voy.

Lucía la sujetó por el brazo.

—No.

—Necesitamos el cuaderno.

—La policía necesita el cuaderno. Usted necesita no ponerse delante de un hombre que quizá mató a Irene.