La huésped que murió dos veces en el Portal 7 Capítulo 8 — Lo que escondía la maleta roja #2
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Capítulo 8 — Lo que escondía la maleta roja #2

—Pensé que, si yo salía, Alicia se derrumbaría. Irene no podía escribir al ritmo que Sergio exigía. Sergio no podía imitar nuestra voz durante mucho tiempo. Creí que los obligaría a terminar.

—Pero siguieron publicando.

—Sí.

—¿Quién escribía?

—Sergio contrató colaboradores. Yo no sabía quiénes. Algunas columnas parecían Alicia. Otras no.

—¿Irene lo sabía?

—Lo descubrió después.

—Y la responsabilizó a usted.

Marta asintió.

—Tenía razón.

Lucía se inclinó hacia ella.

—No necesita responder más sobre su relación personal.

—Sí necesito —dijo Marta—. Llevo demasiado tiempo necesitando.

El técnico había llegado al fondo visible de la maleta.

El revestimiento parecía plano.

Nuria se acercó.

—La costura marcada está en el lateral, pero el corte continúa por debajo.

Con una herramienta fina, levantó apenas una esquina del tejido.

—Aquí.

El técnico separó el forro con cuidado.

Debajo había una lámina rígida de plástico.

No formaba parte de la estructura.

La retiraron.

Apareció un compartimento de menos de dos centímetros de profundidad.

Dentro había un sobre marrón, una pequeña unidad de almacenamiento plateada y otro estuche de plástico rojo, semejante al que Migas había sacado de la costura.

—Dos cápsulas —dijo Clara.

Marta se levantó.

La agente apoyó una mano sobre su hombro.

—No voy a tocar nada.

—Siéntese.

Marta obedeció.

Aranda indicó al técnico que fotografiara el compartimento antes de retirar los objetos.

En el sobre marrón estaba escrito:

PARA MARTA. SOLO SI IRENE NO PUEDE ENTREGÁRSELO.

Marta se quedó inmóvil.

—Es su letra —dijo.

—¿Autoriza que lo abramos? —preguntó Lucía.

—Sí.

—Puede pedir leerlo primero en privado.

—No.

Lucía la observó.

—Marta.

—Si lo leo sola, quizá vuelva a elegir qué parte contar.

Aranda abrió el sobre.

Dentro había una carta de tres páginas y una tarjeta de papel con doce palabras escritas en dos columnas.

El inspector empezó por la carta.

—Léala —pidió Marta.

—Puede hacerlo usted.

—No.

Clara observó la forma en que Marta mantenía las manos bajo la mesa para que nadie viera que temblaban.

Aranda leyó:

—“Marta: si has encontrado esto, significa que no pude darte la maleta o que ocurrió exactamente lo que dijiste que ocurriría si seguía adelante.”

Marta bajó la cabeza.

—Continúe.

—“No sé si vendrás. No sé si después de los doce mil euros todavía somos capaces de confiar una en la otra. Pero Sergio no puede quedarse con todo porque nosotras fuimos cobardes en momentos diferentes.”

Aranda hizo una pausa.

—Siga —dijo Marta.

—“Yo permití que Alicia creciera porque necesitaba creer que nuestro trabajo importaba más que nuestros nombres. Tú aceptaste salir porque necesitabas creer que podías salvarte sin destruirme. Las dos nos equivocamos.”

Clara miró la fotografía de la estación.

Antes de Alicia.

—“Las pruebas están divididas. El cuaderno contiene la contabilidad original y la primera mitad de la clave. En la maleta está la copia digital y la segunda mitad. Ninguna sirve completamente sin la otra. Lo hice así porque ya no confío en la policía, en la editorial, en Tomás ni en nosotras cuando tenemos miedo.”

Aranda dejó de leer.

—¿Primera mitad de qué clave?

Marta señaló la unidad plateada.

—Del archivo cifrado.

—¿Puede abrirlo con las palabras de esa tarjeta?

—No. Solo es una parte.

—¿Quién tiene la otra?

—Quien tenga el cuaderno.

Sergio.

El hombre que había robado el faro.

Aranda continuó:

—“Hay una carpeta abierta con documentos suficientes para demostrar que Sergio utilizaba las asesorías para presionar negocios. El archivo cifrado contiene los audios completos, la contabilidad paralela y las conversaciones donde reconoce que creó perfiles falsos, reseñas y amenazas.”

Marta levantó los ojos.

—Entonces la tarjeta pequeña era solo el índice.

—Eso parece —dijo Aranda.

—¿Qué más dice?

—“También contiene los pagos que recibimos las dos.”

Marta volvió a bajar la mirada.

—Siga.

—“No eliminé tu nombre. Tampoco el mío. Si vamos a contar la verdad, no podemos empezar borrándonos de nuevo.”

Clara sintió que la frase ocupaba la sala.

Marta apretó los labios.

—Eso era lo que quería sacar de la maleta —dijo.

Aranda dobló apenas la carta.

—¿Las pruebas contra Sergio?

—También.

—¿Qué quería eliminar?

Lucía intervino:

—Mi clienta no está obligada a incriminarse sin conocer el contenido exacto.

—No necesito conocerlo —dijo Marta—. Sé lo que hice.

Miró a Clara.

—Cuando llegué al apartamento y encontré a Irene, pensé en llamar a la policía.

—Pero no lo hizo.

—No. Primero pensé en la maleta.

—Para proteger las pruebas.

—Para protegerme a mí.

El silencio no fue dramático.

Fue peor.

Fue claro.

—Sabía que Irene había guardado los balances —continuó Marta—. Sabía que aparecían los pagos que recibí después de salir. No todos eran los doce mil euros. Sergio siguió enviándome cantidades pequeñas durante meses.

—¿Por qué? —preguntó Aranda.

—Por no hablar.

—¿Cuánto?

—Cerca de cinco mil euros más.

—No lo mencionó.

—No.

—¿Qué figuraba como concepto?

—Derechos atrasados. Colaboraciones. Correcciones.

—¿Realizó esos trabajos?

—Algunos. Otros no.

—Entonces recibió dinero de las mismas cuentas utilizadas para las asesorías.

—Sí.

—Y cuando encontró a Irene muerta, pensó en destruir esa parte.

Marta no respondió enseguida.

—Pensé en encontrarla —dijo finalmente—. No sé qué habría hecho después.

—Eso no es una negación.

—No.

Clara observó a Marta.

La mujer había utilizado el abrigo de Irene, fingido ser Alicia y manipulado una escena.

Ahora admitía que parte de su urgencia no era justicia.

Era miedo.

No la convertía en asesina.

Pero la volvía menos cómoda.

Más verdadera.

—¿Por eso dejó la maleta en el café? —preguntó Clara—. ¿Porque no sabía si abrirla, entregarla o quemarla?

—Sí.

—Y dijo que necesitaba decidir qué versión de la verdad podía sobrevivir.

Marta asintió.

—No hablaba solo de Irene.

—Hablaba de usted.

—Sí.

Aranda retomó la carta.

—“Si decides borrar tu nombre, al menos lee primero la carpeta llamada La Estrella Torcida. Después haz lo que puedas soportar.”

Marta cerró los ojos.

—Era nuestro primer hotel.

—La contraseña que dio para el teléfono —dijo Clara.

—Sí.

—¿Qué ocurrió allí?

Marta respiró hondo.

—Nada extraordinario. El hotel era malo. La calefacción no funcionaba. Irene escribió notas. Yo redacté el artículo durante la noche. Lo publicaron con el nombre de Alicia porque el director decía que nuestros nombres no vendían.

—Y funcionó.

—Demasiado.

Aranda terminó la carta:

—“No te pido que me perdones. Te pido que no vuelvas a venderle tu silencio. Irene.”

Nadie habló durante unos segundos.

Marta se secó una lágrima con el dorso de la mano.

—No me dio tiempo a responderle.

Lucía le acercó un pañuelo.

—No tiene que hacerlo ahora.

—Ahora es el único momento que queda.

El técnico conectó la unidad plateada a un ordenador aislado.

Aparecieron tres carpetas.

LEER PRIMERO

ARCHIVO GENERAL

SI FALTA EL CUADERNO

La segunda estaba cifrada.

La tercera no.

Aranda autorizó abrirla.

Contenía fotografías de contratos, capturas de conversaciones y una grabación de audio realizada por Irene el mismo día en que llegó a Valleverde.

La fecha indicaba las cinco y cuarenta y ocho de la tarde.

Veinticuatro minutos antes de que el taxi se detuviera frente al Portal 7.

El archivo duraba tres minutos.

Aranda lo reprodujo.

La voz de Irene llenó la sala.

Más tranquila que en la grabación del asesinato.

Más cansada.

—“Marta, si escuchas esto sin mí, significa que Sergio llegó antes de lo previsto o que yo volví a confiar en alguien que no debía.”

Marta se cubrió la boca.

—“Tomás entregó el cuaderno. No lo hizo por justicia. Quiere recuperar el dinero y evitar que publiquemos lo de Laura Márquez. No se lo prometí.”

Celia.

Su hermana.

La trabajadora que nunca había recibido reparación.

—“Ramiro vio las cuentas. Nuria ayudó a esconderlas. Berta sabe que abrimos el faro, aunque no sabe qué pusimos dentro. Probablemente ya se lo contó a Sergio sin entenderlo.”

Clara imaginó a Berta hablando por teléfono.

Todo está listo.

El faro dio más trabajo de lo esperado.

Nuria tuvo que desmontarlo.

Una frase inocente convertida en coordenada.

—“La mitad de la clave está en el cuaderno. La otra, bajo el forro. No intentes reconstruirla sola. Si Sergio consigue una parte, necesitará la otra.”

La grabación crujió.

Irene respiró.

—“Hay algo más. Sergio no sabe que el archivo registra cada intento de apertura. Si prueba una clave equivocada conectado a internet, enviará la ubicación a Elena Casado.”

Aranda detuvo el audio.

—¿La periodista?

—Sí —dijo Marta.

—¿La copia que envió?

—Está cifrada. Elena no puede abrirla sin la clave completa.

—Pero puede recibir la ubicación de quien lo intente.

—Si Sergio conecta el cuaderno a algún dispositivo… —empezó Clara.

—El cuaderno es físico —dijo Aranda.

Marta negó.

—Dentro de la contraportada había una pequeña memoria. La primera mitad de la clave y un programa de acceso.

—¿Lo sabía?

—Lo sospechaba. Irene diseñó el sistema con Elena.

—Entonces Sergio puede intentar abrir el archivo desde la memoria del cuaderno.

—Sí.

Aranda reanudó la grabación.

—“No confíes en cualquier llamada de Sergio. No intercambies la maleta por el cuaderno. El original importa, pero las copias son suficientes si Elena recibe la clave.”

La voz de Irene se volvió más baja.

—“Y no vuelvas a ponerte el abrigo verde. Nunca te quedó bien.”

Marta soltó una risa que se rompió en mitad del sonido.

La grabación terminó.

Clara miró el abrigo de Irene, ahora guardado como prueba en otro lugar.

Una prenda que había mantenido viva a una mujer durante cuarenta minutos.

Y que también había permitido a la otra esconderse dentro de alguien que ya no podía protestar.

—¿Podemos abrir la carpeta La Estrella Torcida? —preguntó Marta.

El técnico lo intentó.

No pedía la clave completa.

Solo la contraseña que Marta ya había dado.

La carpeta contenía un vídeo de baja resolución, varios documentos y un archivo llamado:

NO FUE SOLO MIEDO.