La huésped que murió dos veces en el Portal 7 Capítulo 8 — Lo que escondía la maleta roja
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Capítulo 8 — Lo que escondía la maleta roja

Lo que escondía la maleta roja

A Clara Medina nunca la habían llamado a una comisaría para reconocer una costura.

Había reconocido firmas, cadáveres, tazas, vecinos que fingían no conocerse y una vez, durante sus años en el registro civil, a un hombre que intentó casarse con el pasaporte de su hermano porque en la fotografía ambos llevaban bigote.

Pero una costura era nueva.

—No voy a reconocerla en una rueda de costuras —dijo al entrar en la sala de pruebas.

Aranda no levantó la vista de la carpeta que estaba leyendo.

—Nadie le ha pedido que haga eso.

—Entonces la frase “necesitamos que identifique la reparación lateral” sonaba más dramática por teléfono.

La maleta roja permanecía sobre una mesa metálica, dentro de una zona delimitada con cinta blanca. Dos agentes la habían recuperado del ascensor de servicio después de que un técnico, cuya identidad fue comprobada cuatro veces, desmontara una parte de la puerta.

La cabina no había sido manipulada.

El sistema se había detenido porque alguien había colocado una pieza magnética junto al sensor de cierre antes de que la maleta entrara en el ascensor.

Una maniobra sencilla.

Lo bastante sencilla para resultar inquietante.

La maleta no había salido de la comisaría, pero alguien había conseguido detenerla en un espacio sin cámaras durante diecinueve minutos.

—¿Pudo abrirla alguien dentro del ascensor? —preguntó Clara.

—No encontramos señales nuevas —respondió Aranda.

—¿Eso significa que no?

—Significa que no encontramos señales nuevas.

—Usted ha convertido la incertidumbre en una profesión.

—Y usted el café en una escena recurrente.

Nuria estaba junto a la mesa, con el cabello recogido y una pequeña lupa en la mano. Había sido convocada porque conocía materiales, reparaciones y la diferencia entre una costura original y una realizada con prisa.

Marta Cuenca se encontraba al otro lado del cristal, acompañada por una agente y una abogada de oficio llamada Lucía Otero, una mujer de cabello corto que hablaba poco y observaba a Aranda como si cada palabra pudiera convertirse en recurso.

Marta ya no llevaba la chaqueta beige.

Vestía un jersey prestado, pantalones oscuros y la expresión de quien había pasado la noche intentando recordar en qué momento exacto su vida dejó de pertenecerle.

—Antes de abrirla —dijo Lucía—, mi clienta quiere dejar constancia de que presta consentimiento para el registro porque parte de los efectos son suyos y parte pertenecían a Irene Valdés.

—Constará —respondió Aranda.

—También quiere dejar claro que el material profesional pertenece conjuntamente a ambas.

—Eso tendrá que determinarse.

—Pero constará.

—Constará que usted lo afirma.

Clara miró a Marta.

—Su abogada y Aranda podrían dirigir una comunidad de vecinos.

—No me castigue —dijo Lucía.

Marta no sonrió.

Aranda señaló el equipaje.

—Clara, ¿estaba la cinta negra en esa posición cuando la mujer la dejó en el café?

Clara se acercó sin cruzar la marca del suelo.

La cinta rodeaba el centro de la maleta. Había quedado ligeramente torcida hacia la derecha.

—No.

—¿Está segura?

—Cuando Marta la dejó, cubría casi toda la reparación. Ahora está un poco más arriba.

Marta levantó la vista.

—Yo la coloqué sobre la costura.

—¿Por qué? —preguntó Aranda.

—Para que Migas dejara de meter la pata.

—Eso no suele detenerlo —dijo Clara.

—No lo sabía entonces.

Nuria examinó la zona lateral.

—La reparación no es estructural.

—¿Qué significa? —preguntó Aranda.

—Que no arregla una rotura accidental. Alguien abrió el revestimiento con una cuchilla, introdujo algo y volvió a pegarlo.

—¿Cuándo?

—No puedo fechar una costura.

—Una pena —dijo Clara—. La rueda de reconocimiento habría sido excelente.

Nuria señaló el hilo negro.

—Pero esto se hizo hace poco. El pegamento todavía conserva elasticidad. Quizá una semana. Dos como máximo.

Marta apoyó ambas manos sobre el borde de la silla.

—Irene la preparó antes de viajar.

—¿La vio hacerlo? —preguntó Aranda.

—No.

—Entonces no lo sabe.

—Me dijo que había escondido una copia.

—No dijo dónde.

—No quería decirlo por teléfono.

Aranda hizo una señal al técnico de la policía científica.

Primero fotografiaron la maleta desde varios ángulos. Después retiraron la cinta negra, comprobaron el candado y pidieron a Marta la combinación.

—Cero, siete, uno, nueve —dijo.

Clara la miró.

—¿Qué significa?

Marta mantuvo los ojos sobre el equipaje.

—La fecha en que publicamos la primera columna de Alicia.

El técnico introdujo los números.

El candado se abrió.

Dentro había ropa doblada, dos libros, una bolsa de aseo, una carpeta de cartón y varios objetos envueltos en papel.

Nada pareció peligroso.

Eso, en el Portal 7, ya era una forma de sospecha.

El técnico retiró cada pieza, la fotografió y la colocó sobre una segunda mesa.

Una blusa blanca.

Dos pantalones negros.

Un jersey gris.

Ropa interior.

Un neceser azul.

Un par de zapatos planos.

Un segundo par de gafas oscuras idénticas a las que Irene había utilizado al llegar.

Clara las observó.

—Había dos.

Marta asintió.

—Siempre había dos.

El técnico abrió el neceser.

Dentro había maquillaje, horquillas, un frasco pequeño de perfume amaderado y otro con aroma cítrico.

Después apareció una libreta delgada.

En la portada se leía:

CONTINUIDAD A. M.

Aranda se puso guantes y la abrió.

La primera página contenía una lista.

Cabello: castaño, recogido bajo en apariciones públicas.

Gafas: montura negra, cristales oscuros.

Café: solo, sin azúcar.

Canela: nunca.

Firma: mano derecha.

Perfume: cedro.

Padre: cocinero. Madre: administraba una pensión.

Lugar de nacimiento declarado: Salamanca.

Año de nacimiento público: 1982.

Clara miró a Marta.

—Usted es zurda.

—Sí.

—Y toma cortado con canela.

—Sí.

—Entonces esta mañana no solo fingió mal. Rompió casi todo el manual.

Marta se frotó las manos.

—Llevaba tres años sin interpretar a Alicia en persona.

—¿Interpretar?

—Eso era.

—Ayer dijo que Alicia ocurría cuando trabajaban juntas.

—También era eso.

Aranda pasó la página.

Había instrucciones sobre entrevistas, fotografías, respuestas a preguntas personales y anécdotas que ninguna de las dos había vivido.

Primer viaje sola: Lisboa, a los diecinueve años.

Peor hotel: uno sin nombre en Nápoles.

Mayor miedo: ascensores antiguos.

Clara miró la maleta que acababa de pasar diecinueve minutos detenida dentro de un ascensor.

—Ni siquiera el miedo era suyo.

—Algunos sí —respondió Marta—. Ese era de Irene.

—¿Quién escribió el manual?

—Al principio, las dos. Después Sergio lo convirtió en un documento de marca.

Aranda levantó la vista.

—¿Sergio decidía qué café bebían?

—Decidía qué café bebía Alicia.

—¿Y ustedes obedecían?

Marta soltó una risa pequeña.

—Durante un tiempo nos pareció divertido.

—¿En qué momento dejó de serlo?

—Cuando empezó a corregirme delante de otras personas porque sujetaba la taza con la mano equivocada.

Clara pensó en Marta, sentada en el Café Aurora, sosteniendo el cortado con la izquierda.

El error que había permitido empezar a separar dos rostros.

—No era una identidad compartida —dijo—. Era un uniforme.

Marta la miró.

—Los uniformes también pueden dar trabajo.

—Y borrar a quien los lleva.

Lucía, la abogada, intervino:

—Mi clienta está colaborando. No es necesario convertir cada objeto en un juicio moral.

—No es moral —respondió Clara—. Es curiosidad.

—En usted se parecen mucho.

Aranda siguió revisando la libreta.

En las últimas páginas, las anotaciones cambiaban de letra.

Una caligrafía más angulosa.

Probablemente la de Sergio.

Evitar declaraciones políticas.

No confirmar relación sentimental.

No fotografiar ambas manos.

No aparecer junto a Irene o Marta en el mismo evento.

—¿Nadie sospechó? —preguntó Aranda.

—La gente ve lo que espera ver —dijo Marta—. Había pocas fotografías frontales. Irene hacía la mayoría de los viajes. Yo asistía a actos pequeños, presentaciones, reuniones con editores. Nunca estábamos en el mismo lugar como Alicia.

—¿Y cuando alguien las conocía por separado?

—Éramos colaboradoras.

—¿Sergio nunca apareció como Alicia? —preguntó Clara.

Marta la miró, sorprendida.

—No.

—Dijo que siempre habría alguien capaz de escribir con esa voz.

—Escribir. No convertirse en ella.

—¿Está segura?

—Sergio no soportaría que una persona imaginaria recibiera más atención que él si además tuviera que ponerse peluca.

Aranda cerró la libreta.

—No descartaremos que otras personas tuvieran acceso a las cuentas.

El técnico continuó vaciando la maleta.

Debajo de la ropa encontró dos billetes antiguos, facturas, una caja de pastillas para el mareo y una fotografía doblada.

Irene y Marta aparecían sentadas en una estación de tren.

Eran más jóvenes.

No llevaban gafas oscuras ni ropa semejante. Marta reía con la cabeza apoyada en el hombro de Irene. Entre ambas había una maleta roja más pequeña, cubierta de pegatinas.

En el reverso, alguien había escrito:

Antes de Alicia.

Marta cerró los ojos.

Lucía colocó una mano sobre su brazo.

Aranda devolvió la fotografía a la mesa.

—¿Eran pareja?

Marta tardó en responder.

—Durante cuatro años.

Clara recordó la frase de Irene en la grabación:

Alicia tiene nuestras cicatrices.

—¿Sergio lo sabía?

—Sí.

—¿Podía utilizarlo contra ustedes?

—No era un secreto. Pero tampoco era público.

—No le he preguntado eso.

Marta apretó los labios.

—Sergio sabía que separar a Alicia significaba separarnos a nosotras. Lo utilizó muchas veces.

—¿Cómo?

—Si Irene quería rechazar un viaje, decía que yo perdería ingresos. Si yo quería publicar algo bajo mi nombre, decía que perjudicaría la confianza de Irene. Siempre había una forma de convertir una decisión profesional en una traición personal.

—Y usted aceptó doce mil euros para abandonar la marca —dijo Aranda.

Lucía levantó una mano.

—Mi clienta ya declaró sobre ese pago.

—No he formulado una pregunta.

—Ha formulado una acusación con entonación interrogativa.

Marta habló antes de que Aranda respondiera.

—Sí. Acepté el dinero.

—¿Por qué?

—Porque estaba cansada.

—Eso no explica firmar una renuncia que dejaba a Irene sola.

—No.

—Entonces explíquelo mejor.

Marta miró la fotografía.