Capítulo 7 — El camino sobre los tejados #4
El inspector ordenó custodiar todas las salidas de la comisaría, cerrar el suministro del ascensor y no permitir la entrada de ningún técnico sin identificación confirmada.
Después miró la página arrancada.
—Quien robó el faro encontró el cuaderno.
—Pero perdió esta hoja —dijo Clara.
—Y todavía no sabe exactamente dónde está la copia.
—Ahora nosotros sí.
Aranda guardó el fragmento en una bolsa.
—Vamos a recuperar la maleta.
Migas saltó de la mesa.
—Él no —dijo Clara.
El gato caminó hacia la salida de la lavandería.
—Definitivamente él no.
Migas se detuvo junto a la motocicleta.
Olfateó el asiento.
Después estornudó.
Clara observó la chaqueta azul.
Había algo blanco adherido al tejido rasgado de la manga.
No era polvo.
Era una fibra pequeña, gruesa, con brillo.
—Nuria.
La restauradora se acercó.
—¿Qué es eso?
Nuria miró sin tocar.
—Algodón encerado.
—¿Se utiliza en chaquetas?
—No normalmente.
—¿Dónde sí?
—En encuadernación. Para coser cuadernos.
Aranda enfocó la linterna.
La fibra blanca estaba atrapada en la manga, junto al rasgado causado por Migas.
Quien había entrado en el Café Aurora llevaba la chaqueta.
Y esa misma persona había manipulado el cuaderno negro.
No era una prueba definitiva.
Pero ya no parecía una colección de objetos plantados por cualquiera.
—El intruso robó el faro —dijo Clara.
—O utilizó la misma chaqueta después —respondió Aranda.
—¿Cuántas personas sabía que el cuaderno estaba dentro?
—Cinco —dijo Nuria—. Irene, Tomás, Ramiro, yo y…
Se detuvo.
—¿Y quién? —preguntó Aranda.
Nuria miró a Ramiro.
—Berta.
Berta abrió mucho los ojos.
—Yo no sabía nada.
—Entraste en el taller antes de que llegaran Irene y Tomás —dijo Nuria—. Te fuiste diciendo que tenías una cita.
—Exacto.
—Volviste diez minutos después porque habías olvidado el bolso.
—¿Y?
—El cuaderno estaba sobre la mesa.
—No sabía qué era.
—Preguntaste por qué estábamos abriendo la base del faro.
—Y tú dijiste que era parte de la restauración.
—Porque Irene me hizo una señal para que no dijera nada.
Berta miró a todos.
—Vi un cuaderno. No vi que lo metieran dentro.
—¿Se lo contó a alguien? —preguntó Aranda.
—No.
—¿A Sergio?
—No.
—¿Hablaron después?
Berta dudó.
Clara cerró los ojos.
—Berta.
—Me llamó el lunes por la noche.
—¿Y qué le dijo?
—Preguntó si todo estaba listo para la llegada de Alicia.
—¿Mencionó el faro?
—Dijo que esperaba que no exagerara con la decoración.
Pilar soltó un ruido de indignación.
—Hasta el extorsionador tenía criterio.
—¿Usted le dijo que Nuria había abierto la base? —preguntó Aranda.
—No exactamente.
—¿Qué significa “no exactamente”?
—Le dije que la pieza había dado más trabajo del esperado y que Nuria había tenido que desmontarla.
Nuria dejó caer los brazos.
—Le dijiste que la base se abría.
—No sabía que era secreto.
—¿Mencionó el cuaderno?
—No.
—¿La reunión con Tomás?
Berta guardó silencio.
—Berta —dijo Clara.
—Dije que había encontrado a Tomás en el taller.
—Sergio sabía que Tomás tenía la contabilidad —dijo Aranda.
—Yo no sabía eso.
—Pero le informó de que Tomás estuvo junto al faro desmontado.
Berta se sentó en una caja.
Por primera vez parecía no encontrar ninguna defensa comercial.
—Yo solo hablaba.
Doña Amparo, desde la puerta, asintió lentamente.
—Esa es la causa de muchas desgracias.
Aranda volvió a mirar el camino de tejas visible por la claraboya.
La información había circulado sin que nadie entendiera su valor.
Berta contó que el faro se había desmontado.
Ramiro entregó el formulario y la firma.
Celia abrió la lavandería.
Tomás dejó accesibles la motocicleta y sus documentos.
Cada uno había ofrecido una pieza.
Sergio solo había necesitado recogerlas.
—Hay algo que no entiendo —dijo Clara.
—Solo una cosa —murmuró Pilar.
—¿Por qué volver al café después de conseguir el cuaderno?
Aranda miró la fotografía de la maleta.
—Porque sabía que había una copia.
—¿Cómo?
Nuria señaló la página 42.
—El cuaderno lo decía.
—Pero el allanamiento ocurrió antes de que robara el faro.
—Entonces ya lo sabía por otro lugar —dijo Aranda.
Clara recordó la grabación.
Irene había dicho:
Marta tiene copias.
Sergio la había oído.
No sabía dónde.
Pero sabía que Marta existía, que llegaría y que llevaba algo capaz de destruirlo.
La maleta roja era la respuesta más evidente.
—Entró en el café buscando la copia —dijo Clara—. Después robó el faro para conseguir el original.
—Y ahora intenta retirar la maleta de la comisaría —añadió Aranda.
—Tiene ambos caminos abiertos.
—Hasta ahora.
El inspector guardó las bolsas con las pruebas.
—Nos vamos.
Cuando salieron al callejón, Migas caminaba delante del grupo con la cola levantada.
Clara lo cogió.
—Se terminó.
El gato no protestó.
Miraba hacia los tejados.
—No vamos a volver por ahí.
Migas cerró los ojos.
Clara conocía aquel silencio.
No era obediencia.
Era la seguridad de quien ya había encontrado el camino y sabía que, tarde o temprano, los humanos tendrían que recorrerlo otra vez.
En la comisaría, la maleta roja esperaba detenida entre dos pisos.
Y dentro de su forro inferior, cosida bajo una línea de hilo negro, estaba la única copia que Sergio Beltrán todavía no había conseguido hacer desaparecer.