La huésped que murió dos veces en el Portal 7 Capítulo 7 — El camino sobre los tejados #3
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Capítulo 7 — El camino sobre los tejados #3

Y, enganchado en una antena, un pequeño trozo de plástico rojo.

La misma tonalidad de la cápsula que contenía la tarjeta.

—Aranda.

El inspector se acercó lo suficiente para verlo.

—No avance.

—No pensaba hacerlo.

Un maullido llegó desde la claraboya.

Migas había entrado en la lavandería.

—Voy a matarlo —dijo Clara.

—Primero tendremos que sacarlo.

Bajaron por la pensión y rodearon la manzana.

La entrada de la antigua lavandería estaba oculta en un callejón estrecho. Una persiana oxidada cubría la fachada. Al lado había una puerta metálica con una cerradura reciente.

Celia señaló.

—Esa no estaba la última vez.

Aranda ordenó acordonar el callejón.

Un agente probó las llaves entregadas por Tomás.

Ninguna funcionó.

—La han cambiado —dijo.

—Otra cerradura nueva —murmuró Ramiro—. Hoy es un día excelente para los cerrajeros.

Aranda pidió autorización para forzarla.

Mientras esperaban, Clara oyó un golpe dentro.

Después otro.

—Migas.

El gato maulló.

—Está ahí.

—Lo sabemos —dijo Aranda.

—Podría estar encerrado.

—Entró por una claraboya.

—Eso no significa que sepa salir.

El gato volvió a maullar.

Esta vez más cerca.

Algo arañó el otro lado de la puerta.

—Abra —dijo Clara.

—Estamos esperando la orden.

—Es un animal.

—Y una escena potencial.

—Si muere dentro, usted se lo explica a Pilar.

Aranda miró hacia la esquina, donde Pilar aparecía caminando deprisa acompañada por Doña Amparo.

—No va a ser necesario —dijo.

—¡He traído el transportín! —gritó Pilar.

—¿Por qué?

—Por el gato.

—¿Y por qué ha traído a Doña Amparo?

—No quería quedarse sola.

—Ella te trajo a ti —corrigió la anciana.

Aranda recibió finalmente la autorización.

Un agente utilizó una barra para forzar la cerradura.

La puerta se abrió con un gemido metálico.

El aire del interior olía a humedad, detergente antiguo y aceite de motor.

Las máquinas industriales seguían alineadas junto a las paredes. Grandes tambores, planchas, mesas plegables y carros de ropa cubiertos por sábanas grises.

La luz entraba por la claraboya abierta.

Migas esperaba sobre una lavadora.

—Ven aquí —dijo Clara.

El gato no se movió.

Miraba hacia el fondo.

Aranda levantó una mano.

Los agentes avanzaron primero.

Encontraron la motocicleta de Tomás detrás de unas cajas.

La misma que había sido abandonada y retirada después por alguien antes de que la policía pudiera custodiarla.

La matrícula estaba cubierta con barro.

Sobre el asiento descansaba un casco negro.

—La moto desapareció del depósito municipal esta madrugada —dijo un agente.

—¿Cómo? —preguntó Clara.

—Utilizaron una orden de retirada falsa.

Ramiro cerró los ojos.

—No fui yo.

—Nadie ha dicho que fuera —respondió Aranda.

—Hoy conviene anticiparse.

Junto a la motocicleta había una bolsa deportiva abierta.

Dentro encontraron una chaqueta azul de Horizonte Abierto.

La manga derecha estaba rasgada.

Faltaba un fragmento del mismo tamaño que Migas había arrancado durante el allanamiento del Café Aurora.

Clara miró al gato.

—Eso sí fue una declaración.

Aranda pidió que nadie tocara la prenda.

—Esto parece demasiado fácil —dijo.

Clara lo miró.

—¿Se queja de encontrar pruebas?

—Me preocupo cuando alguien las coloca todas en la misma habitación.

Motocicleta de Tomás.

Chaqueta de Horizonte Abierto.

Casco.

Acceso a los tejados.

Todo señalaba hacia Sergio.

Demasiado limpio.

Demasiado preparado.

Migas bajó de la lavadora.

Caminó hacia una puerta al fondo.

Arañó.

Un agente la abrió.

Era una pequeña sala donde antiguamente se almacenaban detergentes.

En el centro, sobre una mesa metálica, estaba el faro de bronce.

La base había sido arrancada.

Dos tornillos permanecían en el suelo. Otros faltaban. El metal estaba rayado y una parte de la reparación de Nuria había sido destruida.

Berta entró detrás de todos.

—Mi faro.

Nadie supo qué responder.

Se acercó.

—Lo han destrozado.

—No lo toque —dijo Aranda.

—Costó doscientos euros.

—Contenía una prueba de una red de extorsión.

—Eso no reduce su valor.

—Probablemente lo aumenta —murmuró Pilar.

Nuria se quedó frente a la pieza.

—El cuaderno ya no está.

El interior del faro estaba vacío.

Aranda iluminó la cavidad con una linterna.

Había arañazos recientes, fibras negras y una mancha rojiza sobre un borde afilado.

—Sangre —dijo Pilar desde la puerta.

—Todavía no lo sabemos —respondió Aranda.

—Esta vez sí parece sangre.

—Fuera de la sala.

—La cafetería está cerrada.

—Vaya a abrirla.

—Clara no me deja.

—Hoy sí —dijo Clara.

Pilar pareció herida.

—Eso no ha sonado como confianza.

—No lo era.

Aranda señaló las fibras.

—¿Son del cuaderno?

Nuria se acercó sin tocar.

—Sí. La cubierta se rasgó al sacarlo.

—¿Podrían coincidir con el fragmento encontrado en el tejado?

—Probablemente.

—Entonces quien robó el faro lo abrió aquí, sacó el cuaderno y huyó por las cubiertas.

Migas saltó sobre un carro de metal.

Algo crujió bajo una sábana.

Clara se acercó.

—¿Qué has encontrado ahora?

Levantó el tejido.

Debajo había un maletín de herramientas, guantes, varias hojas de formularios oficiales y una impresora portátil.

En la parte superior descansaba una copia de la orden falsa con la firma de Aranda.

Ramiro la miró.

—Ese es el formulario que envié.

—Ya lo había supuesto —dijo el inspector.

Había también una lista escrita a mano.

Horarios de la comisaría.

Nombre del agente de guardia.

Número del depósito.

Dirección del taller de Nuria.

Y una anotación:

M. Cuenca — protección / ubicación por confirmar.

Marta seguía en peligro.

Aranda llamó inmediatamente al equipo encargado de custodiarla.

La conversación fue breve.

—Está bien —informó al colgar—. Trasladarán su ubicación.

Clara miró el maletín.

—Quien preparó todo esto sabía cómo funciona una investigación.

—O investigó lo suficiente —dijo Aranda.

—Sergio llevaba años obteniendo datos, contratos y documentos.

—No es difícil conseguir modelos administrativos si alguien los envía por correo.

Ramiro bajó la cabeza.

—Ya lo sé.

Uno de los agentes encontró un teléfono barato dentro de la bolsa deportiva.

Sin tarjeta.

Sin historial.

Solo una fotografía guardada en la memoria interna.

La imagen mostraba la maleta roja sobre la barra del Café Aurora.

Había sido tomada desde el exterior, a través del escaparate, la mañana anterior.

Antes de que la policía se llevara el equipaje.

—Nos estaba vigilando —dijo Clara.

—Sí.

—Sabía que Marta dejó la maleta aquí.

—Sí.

—Y sabía que Migas había sacado algo.

—La nota decía que preguntaran por el gato.

—La nota la escribió Marta.

—Pero quien entró en el café la encontró bajo la tabla.

Clara miró a Migas.

—Entonces no buscaba solo el cuaderno.

Aranda volvió hacia el faro.

—Buscaba la tarjeta.

—Y algo dentro de la maleta.

—Probablemente.

Nuria se agachó cerca de la base arrancada.

—Hay papel aquí.

Señaló una rendija entre el borde de bronce y la placa destruida.

Aranda utilizó unas pinzas.

Extrajo un fragmento doblado y manchado de grasa.

Era una hoja arrancada del cuaderno negro.

El número 42 aparecía en la esquina.

La misma página cuya cubierta había encontrado Migas en el tejado.

Parte del texto se había perdido, pero aún podían leerse varias líneas:

Copia de seguridad entregada a M. C.

No conservar junto al original.

Forro inferior, maleta roja. Costura marcada con hilo negro.

Clara sintió que todas las miradas se dirigían hacia ella.

—La maleta está en comisaría —dijo.

Aranda ya tenía el teléfono en la mano.

Marcó.

Esperó.

Nadie respondió.

Volvió a intentarlo.

—¿Qué pasa? —preguntó Clara.

El inspector llamó a otro número.

Su expresión cambió.

—La maleta salió del depósito hace veinte minutos.

—¿Cómo que salió?

—Una agente recibió una orden para trasladarla al laboratorio de informática.

—¿Firmada por usted?

Aranda no respondió.

No era necesario.

—Otra orden falsa —dijo Ramiro.

—La maleta sigue en el edificio —informó el inspector después de escuchar unos segundos—. La dejaron en el ascensor de servicio porque el supuesto técnico no apareció.

Clara soltó el aire.

—Entonces está segura.

Aranda no parecía tranquilizado.

—El ascensor se ha detenido entre dos pisos.

—¿Con la maleta dentro?

—Sí.

—¿Y nadie puede abrirlo?

—El sistema está bloqueado.

Ramiro levantó una mano.

—Puedo llamar a mantenimiento.

—No llame a nadie —dijo Aranda.

—Era una sugerencia.

—Hoy sus sugerencias han hecho suficiente.