Capítulo 7 — El camino sobre los tejados #2
—¿Qué creías que quería hacer con una base que no debía forzarse?
—Analizarla.
—¿Y después? —preguntó Aranda.
—Me pidió el nombre del taller donde se había realizado la restauración.
Nuria palideció.
Clara miró hacia ella.
—¿Ha estado alguien en tu taller hoy?
—No lo sé.
—¿No fuiste esta mañana?
—Pasé por casa de mi padre. Tenía una cita médica.
—¿Y después?
—Vine directamente aquí.
Aranda sacó el teléfono.
—Llame al taller.
Nuria marcó.
Esperó.
Nadie respondió.
—No hay nadie trabajando hoy —dijo—. Pero tengo un contestador.
—Llame otra vez.
Lo hizo.
La llamada volvió a quedar sin respuesta.
Nuria guardó el teléfono.
—La persiana debería estar cerrada.
Aranda ya estaba dando instrucciones a los agentes.
—Vamos al taller.
Berta se adelantó.
—Yo también.
—No.
—El faro es mío.
—En este momento es una prueba sustraída.
—Precisamente por eso.
—No.
—Tengo derecho a saber si lo han dañado.
Clara señaló la puerta.
—Berta, alguien falsificó una orden policial para robar un objeto que contenía la contabilidad de una red de extorsión. La abolladura ya no es el principal problema.
—Para ti no.
Aranda miró a Clara.
—Usted tampoco viene.
—No he dicho nada.
—Lo estaba pensando.
—Eso no es una base jurídica.
—Su café tiene dos ventanas rotas porque alguien cree que esconde pruebas. Quédese aquí.
Clara miró a Migas.
El gato ya estaba junto a la puerta.
—Parece que la decisión no es unánime.
—El gato tampoco viene.
—En eso estamos de acuerdo.
Migas pasó entre las piernas de Aranda y salió al portal.
—Migas.
El gato empezó a subir la escalera.
Clara fue detrás.
—¿Adónde va? —preguntó Aranda.
—A impedir que participe.
—Hágalo rápido.
Migas no subió hacia los apartamentos.
Se detuvo en el primer rellano, frente a la ventana que daba al patio interior. Apoyó las patas sobre el alféizar y olfateó el marco.
Después maulló.
—¿Qué pasa? —preguntó Clara.
El gato introdujo una pata en una grieta de la madera.
Sacó algo pequeño.
Un tornillo de latón.
Nuria lo recogió antes de que cayera.
—Es del faro.
Aranda se acercó.
—¿Está segura?
—Yo los puse. Cabeza plana, ranura irregular. Son antiguos. Tuve que buscar otros iguales.
—¿Cómo llegó aquí?
Todos miraron hacia arriba.
La ventana del rellano daba a un patio estrecho. Sobre ella había un canalón, una tubería y, varios pisos más arriba, la línea de la azotea.
—Alguien abrió el faro en el edificio —dijo Clara.
—O perdió el tornillo mientras lo transportaba —respondió Aranda.
Nuria examinó la pieza.
—Tiene grasa negra.
—¿La utilizó usted?
—No. Usé cera.
Ramiro acercó el rostro.
—Grasa de máquina.
—¿Qué hay encima de este patio? —preguntó Aranda.
—El lavadero —respondió Ramiro—. Y una puerta que da al tejado trasero.
Pilar apareció en el hall.
—¿No iban al taller?
Aranda la miró.
—¿Por qué está aquí?
—Oí la palabra tejado.
—Vuelva al café.
—Clara también está aquí.
—Clara tiene un gato que roba tornillos.
—Yo tengo mejor oído.
Doña Amparo gritó desde dentro:
—Pilar, el café se está quemando.
Pilar volvió corriendo.
Clara cerró los ojos.
—Le dejé la máquina.
—Ese es otro delito —dijo Aranda.
Subieron al lavadero.
La puerta metálica de la azotea estaba cerrada.
Ramiro introdujo su llave.
No giró.
—Han cambiado la cerradura —dijo.
—¿Cuándo? —preguntó Aranda.
—No la han cambiado. Hay algo bloqueando el mecanismo.
Nuria se arrodilló.
Observó el hueco.
—Un trozo de metal.
Sacó una herramienta fina del bolso.
Aranda la miró.
—¿Lleva eso siempre?
—Las cerraduras y los muebles tienen la misma costumbre de fallar cuando una no está preparada.
Empujó el objeto.
Algo cayó del otro lado.
Ramiro volvió a girar la llave.
La puerta se abrió.
En el suelo exterior había una segunda pieza de latón.
Otro tornillo del faro.
El viento entró cargado de olor a sal, humedad y aceite.
Migas apareció detrás de Clara.
—¿Cómo has subido?
El gato cruzó la puerta.
—No.
Clara intentó atraparlo.
Migas se deslizó entre unas cajas y salió a la azotea.
—Perfecto —murmuró—. El único sospechoso que nunca obedece una orden de alejamiento.
Aranda hizo una señal a dos agentes.
—Nadie pisa fuera de la franja marcada hasta que fotografíen el suelo.
Las tejas cercanas al muro mostraban manchas oscuras.
No eran huellas completas.
Eran marcas de una sustancia aceitosa que formaba una ruta irregular desde la puerta del lavadero hasta el límite con la Pensión Miramar.
—Grasa —dijo Nuria.
Aranda se agachó.
—La misma del tornillo, probablemente.
—Quien abrió el faro se manchó las manos o la ropa —dijo Clara.
—Y después cruzó por aquí —añadió Ramiro.
—¿Hacia la pensión o desde la pensión?
—No se puede saber.
Migas caminó junto al muro, olfateando el suelo.
—No lo pise —dijo Aranda.
—Se lo está diciendo a la persona equivocada —respondió Clara.
El gato saltó sobre una caja, después sobre el muro bajo que separaba los edificios.
Un agente intentó cogerlo.
Migas cruzó al otro lado.
—Migas.
El gato siguió caminando por la terraza de servicio de la Pensión Miramar.
Clara apoyó una mano en el muro.
—Voy a buscarlo.
—No va a cruzar —dijo Aranda.
—No puede quedarse allí.
—La pensión tiene una escalera.
—Que está al otro lado.
—Bajaremos y entraremos por la puerta principal.
Migas desapareció detrás de unos depósitos.
Un ruido metálico llegó desde la terraza vecina.
Después un maullido.
—Eso no ha sonado bien —dijo Clara.
Aranda dio instrucciones a un agente para que bajara a la pensión.
Clara permaneció junto al muro.
—Migas.
El gato no respondió.
—Tengo comida.
Silencio.
—Jamón.
Una cabeza naranja apareció detrás de un depósito.
—Traidor —murmuró Clara.
Migas llevaba algo negro entre los dientes.
Saltó de nuevo sobre el muro.
El objeto golpeó la superficie y cayó del lado del Portal 7.
Era un trozo de cartón húmedo.
No.
Una esquina de una cubierta negra.
Nuria lo reconoció.
—El cuaderno.
Aranda se puso guantes.
Recogió el fragmento.
En el borde aparecían restos de papel rasgado y un número escrito con tinta blanca:
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—Han abierto el faro allí —dijo Clara.
—O han llevado el cuaderno hasta allí —respondió Aranda.
Migas volvió a mirar hacia los depósitos de la pensión.
Luego caminó por el muro en dirección opuesta.
No hacia la puerta del hotel.
Hacia una cornisa estrecha que continuaba sobre tres edificios contiguos.
—¿Adónde lleva eso? —preguntó Aranda.
Ramiro observó las azoteas.
—A la antigua lavandería.
—¿Qué lavandería?
—Un local cerrado detrás de la calle del Mirador. Antes lavaban la ropa de varios hoteles. Tiene acceso por una escalera exterior y una terraza conectada con estos tejados.
—¿Está abandonada?
—Desde hace cinco años.
—¿Quién tiene las llaves?
Ramiro lo pensó.
—Tomás era uno de los propietarios.
Celia, que había subido con ellos, negó.
—Vendió su parte.
—¿A quién?
—A Horizonte Abierto.
Todos la miraron.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Aranda.
—Sergio quería convertirlo en un espacio de eventos. Vinieron arquitectos, hicieron fotografías y después no hicieron nada.
—¿Tiene acceso?
—Tenía.
—¿Cuándo fue la última vez que estuvo allí?
—Hace dos días.
El silencio regresó.
—¿Por qué? —preguntó Aranda.
—Sergio me pidió que abriera.
—¿Y no pensó en mencionarlo?
—No sabía que buscaban una lavandería.
Pilar gritó desde la ventana del Portal 7:
—¡Todo lo que no sabéis que es importante termina siendo importante!
Aranda miró hacia el edificio.
—¿Cómo ha subido?
—Por la escalera —respondió Pilar—. Como una persona civilizada.
Doña Amparo asomó detrás.
—El café sabe a quemado.
Clara señaló hacia dentro.
—Bajen las dos.
—Solo veníamos a avisar.
—Ya lo habéis hecho.
Pilar observó el trozo del cuaderno.
—¿Eso es sangre?
Clara miró.
En una esquina del cartón negro había una mancha oscura.
Aranda la examinó.
—Puede ser óxido.
—O sangre —dijo Pilar.
—Baje.
—Ya bajo.
No se movió.
Doña Amparo le golpeó la pierna con el bastón.
—Haz caso. Quiero otra tostada.
Pilar desapareció.
Aranda volvió hacia Celia.
—¿Por qué Sergio necesitaba entrar en la lavandería hace dos días?
—Dijo que buscaba material antiguo para una exposición sobre la historia del turismo local.
—¿Fue solo?
—Sí.
—¿Cuánto tiempo permaneció dentro?
—Una hora. Quizá más.
—¿Llevaba una chaqueta azul?
Celia pensó.
—Llevaba una bolsa deportiva. No recuerdo la chaqueta.
—¿Tenía una motocicleta?
—No. Llegó en el coche gris.
—¿La misma bolsa donde podía guardar un casco?
—Podía.
Clara miró el camino de tejas que conectaba el Portal 7 con la lavandería.
Sergio conocía la ruta.
Conocía el edificio vecino.
Tenía acceso a chaquetas, a la motocicleta de Tomás y a un espacio abandonado a pocos metros del ático.
No necesitaba aparecer por ninguna puerta registrada.
—Vamos a la lavandería —dijo Aranda.
—Ahora sí vengo —dijo Clara.
—No.
—Migas ya ha elegido la ruta.
—El gato tampoco viene.
Migas saltó sobre la cornisa.
—Parece que vuelve a disentir.
Clara lo llamó.
El gato avanzó dos metros sobre las tejas.
Se detuvo.
Miró hacia atrás.
—Está esperando —dijo.
—Está siendo un gato.
—En Migas es más grave.
Aranda observó la cornisa.
Después miró la escalera interior.
—Entraremos por la calle. Dos agentes revisarán los tejados.
Clara señaló a Migas.
—¿Y él?
—Responsabilidad de su propietaria.
—Volvemos a la discusión filosófica.
Migas siguió caminando.
Clara cruzó el muro antes de que Aranda pudiera impedirlo.
—¡Clara!
—Solo voy a cogerlo.
La terraza de la pensión estaba húmeda. Avanzó entre los depósitos, evitando las manchas oscuras.
Migas ya se encontraba en la cornisa.
—Ven.
El gato no se movió.
—No pienso caminar sobre un tejado por ti.
Migas dio otro paso.
—Eso era una amenaza, no una negociación.
Detrás, Aranda cruzó el muro.
—Regrese.
—Estoy intentando hacerlo.
—Sin el gato.
—No puedo dejarlo.
—Puede. Lo hacemos todos los días con personas más importantes.
Migas desapareció por detrás de una chimenea.
Clara avanzó hasta el comienzo de la cornisa.
Desde allí veía la sucesión de cubiertas.
Las tejas formaban una ruta irregular hasta un edificio bajo de ladrillo, con un antiguo rótulo casi borrado:
LAVANDERÍA MAR AZUL
Una claraboya permanecía abierta.
Junto a ella había una marca de grasa.