La huésped que murió dos veces en el Portal 7 Capítulo 7 — El camino sobre los tejados
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Capítulo 7 — El camino sobre los tejados

El camino sobre los tejados

Ramiro Gil tenía la clase de rostro que empeoraba cuando intentaba parecer inocente.

No porque fuera culpable necesariamente.

Porque cada esfuerzo por tranquilizarse le añadía una capa nueva de preocupación: apretaba los labios, corregía la postura, colocaba las manos sobre las rodillas y miraba alrededor como si buscara el formulario adecuado para negar un delito.

Sentado junto a la vitrina del Café Aurora, bajo el reflejo congelado de su propia cara en la pantalla del ordenador, parecía un hombre que acababa de descubrir que también podía comparecer como prueba documental.

—Yo puedo explicarlo —repitió.

Pilar se apoyó en la barra.

—La primera vez no funcionó. Pero admiro la insistencia.

Aranda cerró la puerta del café.

—Señor Gil, levántese.

Ramiro obedeció.

—¿Estoy detenido?

—Todavía no.

—¿Qué significa “todavía”?

—Que esta conversación puede mejorar o empeorar según lo que diga a continuación.

—Eso suena a presión.

—Es una descripción.

Clara amplió otra vez la fotografía en la pantalla.

El cuaderno negro permanecía sobre la mesa del taller de Nuria. Junto a él, una mano masculina sostenía las llaves de una motocicleta. El faro de bronce aparecía en primer plano, con una flecha blanca dibujada sobre la base.

En el reflejo del metal se distinguían una mejilla, una oreja y el borde de unas gafas.

Las gafas de Ramiro.

—Estuvo en el taller —dijo Clara.

—Sí.

—Cuando Irene fotografió el cuaderno.

—Sí.

—Y no consideró necesario mencionarlo después de que Irene apareciera muerta junto al faro.

Ramiro se quitó las gafas.

Aquello no mejoró su aspecto. Solo lo volvió culpable con menos definición.

—No sabía que la fotografía existía.

—La fotografía no es el problema —dijo Aranda—. El problema es que ocultó una reunión con la víctima dos días antes de su muerte.

—No fue una reunión.

—¿Qué fue?

—Una coincidencia.

Pilar dejó escapar una risa.

—Las coincidencias son reuniones que no quieren pagar alquiler.

Aranda no apartó la vista de Ramiro.

—Empiece por el principio.

Ramiro miró a Berta.

—Ella me pidió que fuera.

Berta se llevó una mano al pecho.

—No me metas.

—Me pediste que revisara el faro.

—Te pedí que comprobaras si podía colocarse en el apartamento sin infringir ninguna norma comunitaria.

Clara miró el objeto ausente en la fotografía.

—¿Existe una norma sobre faros?

—Sobre cargas, responsabilidad civil y objetos que puedan provocar daños —dijo Ramiro.

—Era decoración —protestó Berta.

—Pesaba ocho kilos.

—Eso no lo sabía.

—Nuria te lo dijo cuatro veces.

Aranda levantó una mano.

—Continúe.

Ramiro volvió a ponerse las gafas.

—Fui al taller de Nuria el lunes por la tarde. Berta quería saber si el objeto podía transportarse por la escalera sin dañar las paredes y si la mesa del ático soportaría el peso.

—La mesa cojeaba —recordó Clara.

—Eso lo descubrí después.

—La arregló con un papel doblado —dijo Pilar.

—No era una reparación estructural.

Berta cruzó los brazos.

—Funcionaba.

Aranda miró a Ramiro.

—¿Irene estaba en el taller cuando llegó?

—No. Llegó unos veinte minutos después.

—¿La conocía?

—No personalmente. Se presentó como Alicia Montoro.

—¿Y Tomás Rueda?

Ramiro tragó saliva.

—Llegó con ella.

El café quedó en silencio.

Aranda abrió la libreta.

—Tomás afirma que no salió de casa de su hermana después de la operación.

—El lunes todavía podía caminar con bastón. Lo operaron el martes.

—¿Por qué se reunieron en el taller de Nuria?

—No lo sé.

—Estaba allí.

—Estar no significa entender.

—En este momento significa que debe intentarlo.

Ramiro miró la fotografía.

—Alicia preguntó quién era yo. Cuando le dije que administraba el Portal 7, quiso hablar conmigo sobre una transferencia realizada por Berta.

Berta golpeó la barra con una mano.

—Era privada.

—Eso le dije.

—¿Qué transferencia? —preguntó Aranda.

—Los mil ochocientos euros a Horizonte Abierto —respondió Ramiro—. Irene quería saber si el dinero había salido de la cuenta de la comunidad.

—Por supuesto que no —dijo Berta—. No soy una delincuente.

Pilar alzó las cejas.

—La frase no demuestra lo que crees.

Ramiro continuó:

—Comprobé el justificante. Era una transferencia desde la cuenta personal de Berta.

—¿Por qué tenía usted el justificante? —preguntó Aranda.

—Berta me lo había enviado porque quería deducir el gasto como promoción del inmueble.

—No puedes deducir una extorsión —dijo Clara.

—En aquel momento no sabíamos que lo fuera.

—Yo sigo sosteniendo que contraté una asesoría —dijo Berta.

Doña Amparo levantó la taza.

—Y yo contrato al médico para que me diga que estoy joven.

—No es lo mismo.

—También pago por una mentira cómoda.

Aranda volvió hacia Ramiro.

—¿Qué ocurrió después de comprobar la transferencia?

—Tomás sacó el cuaderno negro.

—¿De dónde?

—De una carpeta.

—¿La misma carpeta que Sergio retiró de la oficina del hotel?

—No lo sé. Era oscura.

—¿Qué contenía el cuaderno?

Ramiro se pasó una mano por la boca.

—Cuentas.

—¿Las leyó?

—Solo algunas páginas.

—¿Qué clase de cuentas?

—Nombres de hoteles, restaurantes, ayuntamientos. Cantidades. Fechas. Iniciales. Había pagos en efectivo que no aparecían en las facturas de Horizonte Abierto.

—La contabilidad paralela —dijo Clara.

Ramiro asintió.

—Tomás dijo que llevaba años guardándola. Sergio utilizaba intermediarios para recibir parte del dinero. Cuando Tomás se negó a pagar una segunda vez, Sergio lo amenazó con hacer pública información sobre el hotel.

—Información verdadera —dijo Celia desde la puerta lateral.

Nadie la había visto entrar.

Llevaba el cubo de limpieza en una mano y una bolsa de tela en la otra.

—Lo de Laura era verdad.

Ramiro bajó la mirada.

—Sí.

—¿Y Tomás guardó el cuaderno para protegerse? —preguntó Aranda.

—Para chantajear a Sergio si era necesario.

—Un hombre de principios —murmuró Pilar.

—No dijo que fuera bueno —respondió Ramiro—. Dijo que no pensaba hundirse solo.

Aranda anotó.

—¿Por qué entregárselo a Irene?

—Porque ella iba a denunciarlo todo.

—¿Y por qué esconderlo dentro del faro?

Ramiro miró a Nuria.

La restauradora permanecía junto a una mesa, con los brazos cruzados. Había dejado de fingir sorpresa.

Aranda siguió la mirada.

—Señora Salvatierra.

Nuria respiró hondo.

—La idea fue de Irene.

—¿Por qué no lo mencionó?

—Porque prometí no hacerlo.

—La mujer a la que se lo prometió está muerta.

—Eso no vuelve la promesa menos importante.

—Vuelve el cuaderno parte de una investigación por homicidio.

Nuria miró hacia la fotografía.

—El faro era hueco.

Berta parpadeó.

—¿Cómo que hueco?

—Como casi todas las piezas decorativas grandes de bronce. No era macizo. La base tenía una placa circular fijada con seis tornillos.

—Dijiste que pesaba ocho kilos.

—Hueco no significa ligero.

—¿Y abriste mi faro?

—Lo estabas pagando para que lo restaurara.

—No para convertirlo en archivo.

Clara se apoyó en la barra.

—Berta, durante unas horas fue el objeto más útil que has comprado.

—Ahora lo ha robado un asesino.

—Eso también supera el uso decorativo.

Aranda se acercó a Nuria.

—¿Metió el cuaderno dentro?

—Sí.

—¿Quién estaba presente?

—Irene. Tomás. Ramiro y yo.

—¿Alguien más?

Nuria negó.

—Cerré la placa y sustituí dos tornillos que estaban dañados.

—¿Marcó el lugar?

—Con tiza. Para recordar qué parte había reforzado antes de limpiar la pieza.

Clara señaló la flecha blanca de la fotografía.

—La marca.

—Sí.

—¿Quién tomó la fotografía?

—Irene.

—¿Con qué teléfono?

—El suyo.

Aranda miró la pantalla.

—La imagen apareció en la tarjeta que Migas extrajo de la maleta.

—Entonces Irene hizo una copia —dijo Nuria.

—¿Dijo qué haría con el cuaderno después de llegar al Portal 7?

—Tomás quería que permaneciera allí hasta que llegara Marta. Irene dijo que la maleta sería demasiado obvia. Que si alguien la vigilaba, buscaría primero dentro del equipaje.

—Por eso escribió que la prueba estaría donde Berta quisiera que todos miraran —dijo Clara.

Pilar observó a Berta.

—Tu necesidad de atención ha servido a la justicia.

—No era necesidad. Era decoración temática.

Aranda cerró la libreta.

—¿Por qué ninguno de ustedes informó sobre esto después de la muerte?

—Yo iba a hacerlo —dijo Ramiro.

—¿Cuándo?

—Cuando pudiera hablar con Nuria.

—¿Para acordar una versión?

—Para saber si el cuaderno seguía dentro.

—El faro estaba bajo custodia policial.

—Precisamente.

Aranda entrecerró los ojos.

—Explíquese.

Ramiro se quitó otra vez las gafas.

—Esta mañana recibí una llamada en el despacho. Un hombre dijo trabajar para el laboratorio provincial. Preguntó por la pieza de bronce retirada del ático.

El silencio cambió.

—¿A qué hora? —preguntó Aranda.

—A las nueve y veinte.

—¿Antes de que el faro desapareciera?

—Sí.

—¿Qué le dijo?

—Que necesitaban completar la orden de traslado. Tenían el número del expediente, la dirección del Portal 7 y su nombre.

—¿Cómo podían tener esos datos?

—No lo sé.

—El expediente no era público.

—Quizá vieron la documentación cuando se retiró el cuerpo.

—O alguien se la dio.

Ramiro apretó las gafas entre los dedos.

—Me pidió una copia del formulario utilizado para contratar peritajes externos.

Aranda permaneció inmóvil.

—¿Se la envió?

Ramiro no respondió.

Pilar cerró los ojos.

—Ay, Ramiro.

—Era un formulario en blanco.

—Con membrete policial —dijo Aranda.

—Y una firma escaneada de un expediente anterior.

—Mi firma.

—Era solo una referencia administrativa.

—Le entregó a un desconocido un modelo de documento oficial con mi firma.

—La llamada parecía auténtica.

Clara miró al administrador.

—¿Le pidió también las llaves de la comisaría?

—No.

—Porque no habría sabido dónde archivarlas —añadió Pilar.

Ramiro se puso de pie.

—Cometí un error.

—Cometió varios —dijo Aranda—. ¿Mencionó el cuaderno?

—No.

—¿El hueco en la base?

—No.

—¿Que el faro era relevante?

Ramiro dudó.

Aranda cerró la distancia entre ambos.

—Señor Gil.

—Preguntó si la pieza necesitaba manipulación especial. Le dije que la base había sido restaurada y que no debía forzarse.

Nuria se llevó una mano a la frente.

—Le dijiste exactamente dónde abrirla.

—No sabía que quería abrirla.