La huésped que murió dos veces en el Portal 7 Capítulo 6 — La ciudad de las buenas críticas #4
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Capítulo 6 — La ciudad de las buenas críticas #4

—Después.

—¿Cómo reaccionó?

—Dejó de hablarme durante once días.

—Y luego la llamó para venir a Valleverde.

—Porque descubrió las extorsiones.

—¿Usted no lo sabía cuando aceptó el dinero?

—Sabía que Sergio utilizaba el nombre de Alicia sin consultarnos. No sabía que cobraba a los negocios.

—Pero recibió parte de los ingresos de las asesorías —dijo Aranda.

—Los balances mezclaban todo. Artículos, publicidad, eventos, servicios. Yo no veía cada factura.

—¿Nunca preguntó por qué ganaban tanto?

—No ganábamos tanto.

—Doce mil euros no es poco.

—Era el precio por desaparecer.

Clara pensó en la frase.

La mujer que sobrevivió había cobrado para dejar morir a Alicia.

Y después había regresado cuando Irene decidió matarla de verdad.

—¿Irene la perdonó? —preguntó.

—No.

—Entonces ¿por qué confió en usted?

—Porque no tenía a nadie más.

El agente abrió otro archivo.

Era una nota de Irene.

No un correo.

Un documento escrito dos días antes del viaje.

Marta traerá las copias. Tomás entregará el original. Si Sergio aparece antes, no abrir la maleta.

—¿Qué original? —preguntó Aranda.

—No sé —respondió Marta.

—Tomás Rueda iba a darle algo a Irene.

—Me dijo que tenía una contabilidad paralela de Horizonte Abierto. Pagos que no aparecían en las facturas oficiales.

—¿Por qué la tenía Tomás?

—Porque guardó copias después de pagar. Quería recuperar su dinero o denunciar a Sergio.

—¿La entregó?

—No lo sé.

—Tomás está operado y afirma que no salió de casa de su hermana.

—Podía enviarla con otra persona.

—¿Quién?

Marta permaneció en silencio.

El agente abrió el último archivo accesible.

Era una fotografía borrosa.

Un cuaderno negro sobre una mesa.

Al lado, una mano masculina sujetaba las llaves de una motocicleta.

En la esquina aparecía una parte de la base del faro de bronce.

—¿Dónde fue tomada? —preguntó Aranda.

—No lo sé —respondió Marta.

Clara amplió la imagen.

En la superficie metálica del faro había una marca blanca.

Una pequeña flecha dibujada con tiza.

Nuria había dicho que la base estaba agrietada y que la había reforzado.

—El faro todavía no estaba en el apartamento —dijo Clara.

—¿Cómo lo sabe?

—Nuria lo llevó al Café Aurora la tarde en que llegó Irene. Esta fotografía tuvo que tomarse antes, en el taller.

Aranda llamó a Nuria.

No respondió.

Clara volvió a mirar la imagen.

La mano masculina.

Las llaves.

El cuaderno.

El faro.

Debajo de la fotografía había una frase escrita por Irene:

La prueba no viajará dentro de la maleta. Estará donde Berta quiera que todos miren.

Clara levantó la vista.

—El faro.

Pilar parpadeó.

—Berta quería que todos miraran el faro.

—Lo compró para decorar el apartamento. Lo enseñó a todos. Nuria reparó la base.

Aranda cerró el portátil.

—El faro está bajo custodia policial.

—¿Lo han abierto?

—Es una pieza de bronce, no una caja.

—La base estaba agrietada.

—Y reparada.

—Puede tener un hueco.

Berta se acercó.

—¿Un hueco dentro de mi faro?

—Ya no sé cómo responder a esa frase —dijo Clara.

Aranda llamó al depósito de pruebas.

Esperó.

Su rostro cambió antes de hablar.

—Repítalo.

Pausa.

—¿Quién autorizó el traslado?

Otra pausa.

—No autoricen nada. Voy para allá.

Colgó.

—¿Qué ocurre? —preguntó Clara.

—El faro no está en el depósito.

Nadie habló.

—¿Dónde está? —preguntó Berta.

—Un técnico lo retiró esta mañana para realizar una prueba metalúrgica.

—¿Qué técnico?

—La orden llevaba mi firma.

—¿La firmó?

—No.

Clara miró hacia el lugar vacío donde había estado la maleta roja.

La firma de Alicia había pertenecido a dos mujeres.

La firma de Aranda acababa de pertenecer a otra persona.

—¿Quién se llevó el faro? —preguntó.

El inspector guardó el teléfono.

—Un hombre con documentación del laboratorio provincial.

—¿Descripción?

—Casco de motocicleta. Chaqueta azul.

Migas levantó la cabeza.

Aranda se dirigió a la salida.

—Cierren el café.

—Otra vez no —dijo Clara.

—Ahora.

—¿Cree que el cuaderno estaba dentro?

—Creo que alguien lo cree.

—¿Y si lo encuentra?

El inspector abrió la puerta.

—Entonces ya no necesitará volver a buscar en el Café Aurora.

Clara miró el escaparate cubierto por madera, la ventana rota de la cocina y el gato naranja que seguía sentado sobre la caja registradora.

Aquello no le pareció tranquilizador.

En la pantalla del portátil, la fotografía del cuaderno negro permanecía abierta.

Una mano masculina.

Las llaves de una motocicleta.

La flecha blanca sobre el faro.

Clara amplió una vez más la imagen.

En el metal pulido de la base había un reflejo.

Un rostro incompleto.

Solo una parte de la mejilla, una oreja y el borde de unas gafas.

No era Sergio.

Tampoco Tomás.

Clara conocía aquellas gafas.

Las había visto cada mañana, inclinadas sobre el libro de cuentas de la comunidad.

—Aranda —llamó.

El inspector se volvió.

Clara señaló el reflejo.

—Ramiro estuvo en el taller cuando fotografiaron el cuaderno.

Todos miraron al administrador.

Ramiro seguía sentado junto a la vitrina.

Muy quieto.

Demasiado quieto.

—Yo puedo explicarlo —dijo.

Pilar suspiró.

—En este edificio, esa frase debería imprimirse en los buzones.