Capítulo 6 — La ciudad de las buenas críticas #3
En el pecho aparecía bordado:
HORIZONTE ABIERTO — RUTAS CON FUTURO
—La etiqueta —dijo Clara.
Aranda se acercó a la fotografía.
La chaqueta que Migas había rasgado durante el allanamiento podía ser una de aquellas.
Álvaro los observó.
—Se regalaron en unas jornadas de turismo.
—¿A quiénes? —preguntó Aranda.
—Ponentes, hoteles, restaurantes, periodistas. A mucha gente.
—¿Su padre conserva la suya?
—Creo que está en el almacén.
—¿Y Sergio?
—No sé.
Clara contó las personas de la fotografía.
Había al menos veinte.
Entre ellas, Berta.
Simón, el dueño de La Dársena.
Marisa, de la Posada del Olivo.
Celia, más joven, junto a su hermana Laura.
Y una mujer con gafas oscuras situada al fondo.
Marta.
—¿Cuándo fue tomada? —preguntó Clara.
Álvaro leyó la placa.
—Hace tres años.
—¿Marta estuvo aquí?
—Si esa mujer se llama así, sí.
—¿Se presentó como Alicia?
Álvaro miró la imagen.
—Creo que sí.
—¿Y la otra? ¿Irene?
—No lo sé. Nunca las vi juntas.
Aranda fotografió la imagen.
—¿Dónde se guardan las chaquetas sobrantes?
—En el almacén del sótano.
—Quiero verlo.
Álvaro tomó unas llaves.
El almacén estaba lleno de cajas de folletos, mantas, muebles rotos y pequeños electrodomésticos que el hotel ya no utilizaba pero tampoco se atrevía a tirar.
En una estantería encontraron una caja abierta.
Dentro había siete chaquetas azules dobladas.
—Debería haber más —dijo Álvaro.
—¿Cuántas? —preguntó Aranda.
—No sé. Quizá diez o doce.
—¿Quién tiene acceso?
—El personal.
—¿Celia?
—Sí.
—¿Sergio?
—Estuvo aquí hace dos días.
—¿Bajó al almacén?
Álvaro dudó.
—Fue al despacho de mi padre.
—No le he preguntado eso.
—Pudo bajar. Conoce el hotel.
Aranda examinó las chaquetas sin tocarlas.
Todas llevaban etiquetas interiores comenzadas por las mismas letras:
HOR.
El fragmento arrancado por Migas no identificaba al atacante.
Solo demostraba que vestía una prenda a la que podían acceder demasiadas personas.
—¿Dónde estaban las llaves de la motocicleta de su padre? —preguntó Aranda.
—En el despacho.
—¿Cerrado?
—Normalmente.
—¿Y hace dos días?
Álvaro se quedó callado.
—Sergio y mi padre discutieron. Mi padre salió al pasillo. Sergio se quedó dentro unos minutos.
—¿Solo?
—Sí.
—¿Podía abrir el cajón?
—No tenía llave.
—¿Dónde guarda su padre la llave?
Álvaro miró hacia el techo.
—En una taza.
Clara no pudo evitarlo.
—¿Una taza sobre la mesa?
—Sí.
—Eso no es guardar una llave. Es presentarla con asa.
Álvaro se defendió:
—La oficina suele estar cerrada.
—Excepto cuando deja solo dentro al hombre con quien discute —dijo Aranda.
El inspector pidió revisar las cámaras de dos días antes.
La grabación mostraba a Sergio entrando en la oficina con Tomás.
Once minutos después, Tomás salía enfadado.
Sergio permanecía dentro durante cuatro minutos.
Cuando salió, llevaba una carpeta bajo el brazo.
La chaqueta era gris.
No azul.
—¿Qué había en la carpeta? —preguntó Aranda.
Álvaro negó.
—Papeles de mi padre, supongo.
—¿La llevó al entrar?
Revisaron la imagen anterior.
Sergio había llegado sin carpeta.
—La sacó del despacho —dijo Clara.
—Eso parece.
—¿Su padre guarda documentación sobre los pagos a Horizonte Abierto?
—Sí.
—¿Dónde?
Álvaro señaló la pantalla.
—En una carpeta azul.
La que Sergio había sacado parecía negra.
Pero las cámaras no mostraban bien el color.
Aranda pidió localizar a Tomás y confirmar qué documentos faltaban.
Antes de abandonar el hotel, Clara volvió a mirar la fotografía de las jornadas.
Marta aparecía junto a Celia.
No parecía una crítica famosa entrevistando a una trabajadora.
Parecían conocerse.
Celia tenía una mano apoyada en el brazo de Marta.
Y Marta sonreía de una forma que Clara todavía no le había visto.
—¿Puedo fotografiar esto? —preguntó.
—Ya lo hice —dijo Aranda.
—No le he preguntado.
—No.
—Entonces no puedo.
—Correcto.
—Pero usted después podría enseñármela.
—No.
—Eso ha sido innecesariamente coherente.
Regresaron al Café Aurora poco después de las dos.
Pilar había vendido todos los croissants, preparado siete cafés aceptables y uno que Ramiro describió como una violación de las proporciones.
—Las personas repitieron —dijo ella.
—Porque no había otro sitio abierto cerca.
—Eso también es estrategia comercial.
Migas dormía sobre la caja registradora.
Berta seguía esperando la devolución del pendiente.
Doña Amparo había comido dos tostadas y se negaba a pagar la segunda porque, según ella, la había pedido durante una actuación policial.
—¿Qué descubrieron? —preguntó Pilar.
—Nada que pueda contarte.
—Entonces descubrieron mucho.
Aranda recibió una llamada antes de llegar a la mesa.
Escuchó en silencio.
Su expresión se endureció.
—¿Cuándo? —preguntó.
Pausa.
—¿Y la cámara?
Otra pausa.
—Envíemelo.
Colgó.
—Han abierto la consigna de la estación —dijo.
Marta había entregado el código correcto a la policía.
El compartimento estaba vacío.
No había sido forzado.
Alguien lo había abierto con la combinación menos de una hora después de que Marta dejara allí la primera copia.
—¿Quién conocía el código? —preguntó Clara.
—Marta.
—¿Solo ella?
—Dice que sí.
—Entonces alguien lo vio.
—O ella lo compartió.
—¿Sigue confiando en que diga toda la verdad?
—No confío en nadie que haya empezado una declaración fingiendo ser otra persona.
El agente encendió el portátil.
—También logramos abrir parte de la carpeta protegida de la tarjeta.
Aparecieron varios archivos.
Fotografías de contratos.
Grabaciones.
Copias de transferencias.
Un documento titulado:
REPARTO INTERNO — ALICIA MONTORO
El agente lo abrió.
Había tres nombres.
Irene Valdés.
Marta Cuenca.
Sergio Beltrán.
Junto a cada uno, porcentajes.
Ingresos por artículos.
Derechos de reproducción.
Conferencias.
Asesorías.
Clara se acercó.
En la última columna aparecía una transferencia reciente:
Marta Cuenca — 12.000 € — compensación extraordinaria.
Fecha: tres semanas antes.
—Marta recibió dinero —dijo Pilar.
—No significa que supiera de dónde salía —respondió Clara.
Aranda la miró.
—Hace unas horas dijo que no confiaba en ella.
—No confío. Pero doce mil euros tampoco son una confesión.
—Es una pregunta.
—Una cara.
—¿Una qué?
—Una cara de anexo no declarado.
Ramiro, sentado cerca, levantó la vista.
—Esa expresión sigue sin existir.
—Ahora tiene competencia.
Aranda llamó al lugar donde mantenían protegida a Marta.
Puso el teléfono en altavoz.
—¿Qué eran los doce mil euros?
Del otro lado, Marta guardó silencio.
—Señora Cuenca.
—Mi salida.
—Explíquelo.
—Le dije a Sergio que abandonaba Alicia. Me pagó doce mil euros para firmar una renuncia.
—¿A qué renunciaba?
—A la marca, los derechos futuros y cualquier reclamación contra Horizonte Abierto.
—¿Firmó?
—Sí.
Clara miró la pantalla.
—Entonces dejó a Irene sola con Sergio.
Marta tardó en responder.
—Sí.
—¿Cuándo se lo dijo a Irene?