La huésped que murió dos veces en el Portal 7 Capítulo 6 — La ciudad de las buenas críticas #2
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Capítulo 6 — La ciudad de las buenas críticas #2

—La tarjeta no estaba cifrada completamente. Hay una carpeta protegida que tardaremos en abrir, pero algunos archivos eran accesibles.

—¿La lista de pagos? —preguntó Clara.

—Entre otras cosas.

—¿Por qué ha traído todo aquí?

—Porque aparecen nombres de negocios de Valleverde. Y porque Marta afirma que usted y la señora Montes pueden identificar a varias personas.

Pilar se sentó de nuevo.

—Siempre he defendido la colaboración ciudadana.

—Usted no participa.

—Ha dicho mi nombre.

—He dicho lo que Marta afirma.

—Marta tiene buen criterio.

Aranda miró hacia Clara.

—Necesito que identifique establecimientos, no que investigue.

—Eso dice siempre justo antes de contarme algo interesante.

El agente abrió una hoja de cálculo.

La primera columna mostraba nombres de empresas.

La segunda, cantidades.

La tercera, fechas.

La cuarta contenía palabras breves: pagado, rechazado, renovado, pendiente.

Clara reconoció algunos nombres.

Hotel Mirador.

Restaurante La Dársena.

Posada del Olivo.

Casa Marina Apartamentos.

Portal 7 Experiencias.

Berta se acercó.

—Portal 7 Experiencias no es mi nombre comercial.

Ramiro apareció detrás de ella.

—Porque no tienes nombre comercial inscrito.

—Es como Sergio lo puso en la factura.

—Entonces también inventó tu empresa.

—No la inventó. La interpretó.

Pilar señaló la pantalla.

—Mil ochocientos euros. Ahí está.

Berta cruzó los brazos.

—Ya lo confesé.

—No fue una confesión. Fue una asesoría.

—Pilar.

Aranda amplió la hoja.

—Hay doce establecimientos de Valleverde. Siete pagaron alguna cantidad a Horizonte Abierto. Tres rechazaron el servicio. Dos aparecen como pendientes.

Clara leyó los nombres.

Uno de los pendientes era Café Aurora.

—¿Qué?

Se acercó a la pantalla.

Café Aurora — 3.000 € — pendiente — contacto tras visita.

—Yo no he contratado nada.

—El pago no figura realizado —dijo Aranda.

—Tampoco he pedido una asesoría.

Berta miró a Clara.

—Quizá Alicia pensaba escribir sobre ti.

—Tomó un café.

—Las críticas empiezan así.

—También los desayunos.

Aranda abrió un documento asociado a la línea.

Era un borrador de correo.

Estimada señora Medina: durante su estancia en Valleverde, Alicia Montoro ha detectado determinados elementos susceptibles de afectar a la percepción pública de su establecimiento. Horizonte Abierto ofrece un servicio confidencial de evaluación y acompañamiento reputacional…

Clara terminó de leer.

—Ni siquiera había terminado la visita.

—El documento fue creado tres días antes de la llegada de Irene —dijo el agente.

—Entonces Sergio ya había decidido intentar cobrarme.

—Probablemente.

—¿Qué elementos había detectado desde Madrid?

Pilar miró a Migas.

—El gato.

—Migas mejora la percepción pública.

—Depende de la ropa que lleves.

Clara volvió a leer el importe.

Tres mil euros.

Más que a Berta.

—¿Por qué a mí me cobraban más?

—Quizá porque tienes escaparate —dijo Berta.

—Tenía.

Aranda abrió otra carpeta.

—No todos los pagos parecen responder al mismo patrón.

Aparecieron facturas con conceptos vagos:

Consultoría de posicionamiento.

Auditoría narrativa.

Estrategia de reputación territorial.

Acompañamiento de experiencia.

—“Auditoría narrativa” —leyó Clara—. Eso no significa nada.

—Significa que cuesta mil doscientos euros —dijo Pilar.

El inspector señaló varias fechas.

—Algunos establecimientos pagaron antes de recibir una crítica positiva. Otros pagaron después de que apareciera una crítica negativa.

—Protección —dijo Clara.

—O servicios reales.

—¿Qué servicio real se llama acompañamiento de experiencia?

Ramiro alzó la mano.

—Podría ser una consultoría de calidad.

Todos lo miraron.

—Solo digo que el término existe.

—También existe “derrame comunitario” —respondió Pilar—. Y nunca trae nada bueno.

Aranda cerró la hoja de cálculo.

—Vamos a hablar con algunos propietarios.

—¿Vamos? —preguntó Clara.

—Usted viene para identificar la forma en que se presentaron los servicios. La señora Montes se queda.

Pilar abrió la boca.

—Es una decisión operativa —añadió él.

—Es censura territorial.

—Pilar —dijo Clara—. Cuida el café.

—¿Me estás dejando a cargo?

—Estoy cometiendo un error controlado.

Doña Amparo levantó su bastón.

—Yo vigilo.

—Eso lo convierte en un error un poco menos grave.

El primer establecimiento fue La Dársena, un restaurante de pescado situado frente al puerto.

A aquella hora estaba cerrado, pero el propietario, Simón Alcázar, los recibió en una mesa del comedor mientras dos camareros colocaban cubiertos.

Simón era un hombre ancho, de barba blanca y manos de pescador, aunque llevaba veinte años sin acercarse a una red.

—No fui extorsionado —dijo antes de que Aranda terminara la primera pregunta.

Clara miró al inspector.

—Eso responde a algo que todavía no preguntó.

Simón señaló una factura.

—Contraté un servicio.

—¿Cuál? —preguntó Aranda.

—Revisión de carta, presencia digital, atención al cliente.

—¿Le revisaron la carta?

—Me enviaron tres correos.

—¿Cambió algo?

—Quité la palabra “fresco” de dos platos.

—¿Por qué?

—Dijeron que podía generar expectativas jurídicas.

Clara levantó una ceja.

—¿El pescado no era fresco?

—Era congelado de calidad.

—Entonces quizá la expectativa era gastronómica.

Simón se acomodó en la silla.

—Después vino Alicia, comió, escribió una reseña excelente y todos quedamos satisfechos.

—¿Cuánto pagó?

—Dos mil quinientos.

—¿Habría pagado si no le hubieran dicho que Alicia iba a visitarlo?

El hombre miró hacia la cocina.

—Probablemente no.

—¿Le sugirieron que la crítica podía ser negativa?

—No con esas palabras.

—¿Con cuáles?

Simón suspiró.

—Sergio dijo que Alicia era imprevisible. Que odiaba sentirse engañada. Que cuando detectaba un problema, investigaba todo.

—¿Lo interpretó como una amenaza?

—Lo interpreté como una inversión.

—¿Y ahora?

Simón miró la factura.

—Ahora lo interpreto como una inversión que no me gustaría explicar a mi mujer.

—¿La reseña la escribió Irene o Marta? —preguntó Clara.

—¿No eran la misma?

—No.

Simón se quedó callado.

—La mujer que vino llevaba el cabello corto —dijo finalmente—. No se parecía mucho a la fotografía que enseñaron esta mañana.

Aranda sacó dos imágenes.

Una de Irene.

Otra de Marta.

Simón señaló a Marta.

—Ella.

Clara miró al inspector.

—Marta visitó La Dársena.

—Eso solo demuestra que participaba en el trabajo.

Simón frunció el ceño.

—¿La otra está muerta?

—Sí.

—Entonces la que escribió la reseña sigue viva.

—No sabemos quién la escribió —dijo Aranda.

—Pero sabe quién comió.

—Eso sí.

Antes de marcharse, Simón los detuvo.

—Hubo algo raro.

—¿Qué? —preguntó el inspector.

—Después de la reseña, Sergio me pidió otro pago.

—¿Por qué?

—Dijo que habían detectado comentarios negativos sobre el restaurante y que podían gestionar la conversación.

—¿Pagó?

—No.

—¿Qué ocurrió?

—Nada. Los comentarios desaparecieron.

—¿Quién los había publicado?

Simón se encogió de hombros.

—Perfiles nuevos. Sin fotografías. Pensé que era competencia.

Clara entendió antes de que Aranda lo dijera.

—Sergio creaba el problema y luego cobraba por resolverlo.

—Eso parece —respondió el inspector.

El segundo negocio fue la Posada del Olivo.

La propietaria, Marisa Ferrer, no los invitó a sentarse.

—No pagué —dijo—. Y volvería a no pagar.

La posada ocupaba una casa antigua de paredes blancas, patio interior y habitaciones con nombres de árboles. Sobre el mostrador había una copia enmarcada de la crítica de Alicia Montoro.

No era favorable.

Una casa con historia administrada como si el presente fuera una molestia.

—La frase es buena —admitió Clara.

Marisa la miró.

—La enmarqué para no olvidar que el odio también puede decorar.

—¿La crítica era injusta?

—La habitación tenía humedad.

—Entonces…

—Pero Sergio me ofreció una asesoría dos semanas antes. Le dije que no. Alicia llegó, fotografió una mancha detrás de un armario y escribió como si hubiera descubierto una fosa común.

Aranda mostró las fotografías.

Marisa señaló a Irene.

—Ella vino.

—¿Habló con Sergio después?

—Me llamó el mismo día de la publicación. Dijo que podía ayudarme a recuperar la reputación.

—¿A cambio de cuánto?

—Cuatro mil euros.

—¿Pagó?

—Le envié una fotografía de la humedad con su nombre escrito encima.

Clara sonrió.

—Eso no suele funcionar como transferencia.

—Funcionó para terminar la conversación.

Marisa abrió un cajón.

Sacó una carpeta de correos impresos.

—Guardé todo porque mi abogado dijo que quizá era extorsión.

—¿Lo denunció?

—Mi abogado también dijo que demostrarlo costaría más que arreglar la pared.

Aranda revisó los documentos.

Uno de los correos estaba firmado por Sergio Beltrán.

Otro por Alicia Montoro.

La fecha del segundo coincidía con un día en que, según la hoja de cálculo, Irene estaba en Portugal.

—¿Quién escribió este mensaje? —preguntó el inspector.

Marisa se encogió de hombros.

—Alicia.

—¿La vio escribirlo?

—No.

—Entonces pudo ser Sergio.

—O cualquiera con la contraseña —dijo Clara.

La frase volvió a poner a Marta en el centro.

Una firma compartida.

Una cuenta compartida.

Una amenaza que podía escribir más de una persona.

Antes de salir, Marisa tocó el brazo de Clara.

—Tenga cuidado con la mujer que sobrevivió.

—¿Por qué?

—Las personas que construyen una identidad falsa durante años no empiezan a decir la verdad solo porque alguien muere.

Clara pensó en Marta llegando puntual al mediodía.

En el abrigo de Irene.

En la tarjeta escondida dentro de la maleta.

—No creo que haya empezado todavía —dijo.

El tercer lugar fue el Hotel Mirador.

Tomás Rueda seguía recuperándose en casa de su hermana, pero su hijo, Álvaro, aceptó recibirlos en la oficina.

El hotel olía a cera, ambientador de pino y desayuno servido demasiadas horas antes.

En la pared había fotografías antiguas del edificio. Bodas. Excursiones. Equipos de empleados. Entregas de premios.

En una de ellas aparecía Sergio Beltrán.

Clara lo reconoció por una entrevista que Aranda le mostró en el teléfono.

Un hombre de cuarenta y tantos años, rostro estrecho, cabello oscuro peinado hacia atrás y una sonrisa que parecía ensayada para fotografías corporativas.

Estaba junto a Tomás.

Ambos llevaban chaquetas azules.