Capítulo 6 — La ciudad de las buenas críticas
La ciudad de las buenas críticas
A las ocho de la mañana, el Café Aurora tenía una ventana de madera, una cafetera intacta y un gato convencido de que había salvado el establecimiento.
Solo una de las tres cosas era discutible.
El carpintero había cubierto el escaparate roto con dos paneles provisionales que dejaban pasar una franja estrecha de luz por el centro. Desde dentro, el local parecía un teatro antes de levantar el telón. Desde fuera, según Pilar, parecía una taberna clandestina con problemas de humedad.
—Podrías escribir el menú en la madera —dijo.
Clara pasó un paño por la barra.
—No pienso convertir un intento de allanamiento en decoración.
—No digo que pongas “aquí entró un asesino”. Solo “café, tostadas y misterio del día”.
—Eso atraería exactamente a las personas que quiero mantener fuera.
Pilar miró las mesas.
Todas estaban ocupadas.
La noticia del cristal roto, el intruso con casco y el ataque de Migas se había extendido por Valleverde antes de que Clara se levantara. A las siete y media, cinco clientes esperaban frente a la persiana. Ninguno admitió haber venido por curiosidad.
Uno pidió un cortado y preguntó casualmente si el gato había arrancado piel además de tela.
Otro solicitó una tostada y quiso saber si Clara había reconocido la voz del atacante.
Una mujer que nunca había entrado en el Café Aurora compró una botella de agua y permaneció cuarenta minutos mirando la puerta lateral.
—Creo que deberíamos cobrar entrada —dijo Pilar.
—Creo que deberías volver a tu mesa.
—Estoy ayudando.
—Estás ocupando el extremo de la barra.
—Es un lugar estratégico.
Migas dormía sobre una caja de servilletas, con una pata extendida y la serenidad de quien había pasado la noche sin responder preguntas.
Aranda había ordenado que nadie tocara el lugar donde el gato guardaba sus hallazgos.
El problema era que nadie sabía dónde estaba aquel lugar.
Clara conocía algunos escondites habituales: detrás de la nevera, debajo del sofá de su habitación, dentro de una cesta de manteles y, durante una semana especialmente extraña, en un zapato de Ramiro.
Pero Migas no trabajaba con un archivo centralizado.
Distribuía sus robos según criterios personales.
—¿Ha vomitado algo? —preguntó Aranda al entrar.
Clara levantó la vista.
—Buenos días también para usted.
El inspector llevaba la misma chaqueta del día anterior, o una idéntica, y una carpeta bajo el brazo. Tenía los ojos de alguien que había dormido menos de lo que estaba dispuesto a admitir.
—¿El gato ha expulsado algún objeto extraño?
—No.
—¿Ha comido?
—Dos veces.
—¿Con normalidad?
—Con ambición.
Migas abrió un ojo al oír que hablaban de él.
—El veterinario dice que una tarjeta de memoria es demasiado pequeña para aparecer en una radiografía sencilla —continuó Aranda—. Si cree que pudo tragarla, habrá que llevarlo a una clínica.
Clara dejó el paño.
—Migas no se come las pruebas.
—¿Cómo lo sabe?
—Prefiere cosas caras.
Pilar se acercó.
—Una vez se tragó el pendiente de Berta.
—No se lo tragó —dijo Clara—. Lo escondió dentro de una maceta.
—Durante tres semanas.
—Tenía sus motivos.
Aranda miró al gato.
—Necesitamos encontrar lo que sacó de la maleta.
—Primero necesitamos saber si sacó algo.
—Marta Cuenca cree que sí.
Clara cruzó los brazos.
—Marta cree muchas cosas.
—Esta la vio.
El inspector dejó la carpeta sobre la barra y sacó una hoja protegida por plástico.
Era una copia de la nota encontrada bajo la tabla suelta.
La copia no está allí. Pregunta por el gato.
—Ha reconocido su letra —dijo.
—¿Cuándo habló con ella?
—Esta mañana.
—Pensé que estaba protegida en un lugar secreto.
—Lo está.
—Entonces espero que no la haya llamado al teléfono público de la plaza.
Aranda ignoró el comentario.
—Marta escondió el recibo de la consigna bajo la barra cuando dejó la maleta.
Clara miró hacia el suelo.
—¿Cómo sabía que había una tabla suelta?
—La vio moverse cuando apoyó el equipaje.
—Llevo tres meses detrás de esta barra y no la había visto.
—Usted no estaba intentando ocultar una prueba.
—Eso mejora la capacidad de observación.
—Marta escribió la frase porque vio a Migas sacar algo pequeño de la costura lateral de la maleta.
Clara miró al gato.
Migas cerró el ojo.
—¿Qué cosa?
—Una cápsula roja, del tamaño de una moneda. Irene utilizaba pequeños estuches de plástico para guardar tarjetas de memoria.
—¿Y Marta dejó que el gato se la llevara?
—Estaba fingiendo ser una mujer muerta, intentando ocultar una maleta y evitando que Berta organizara su mañana. Dice que no podía ponerse a perseguirlo por el café.
Pilar asintió.
—Eso habría llamado la atención.
Clara la miró.
—Más que fingir ser una muerta.
—Cada cosa tiene su momento.
Aranda guardó la hoja.
—Marta esperaba recuperar la cápsula cuando volviera. Después encontraron el cuerpo, la policía se llevó la maleta y todo se complicó.
—Todo ya estaba bastante complicado.
—La tarjeta puede contener una copia de los archivos de Irene.
—¿La grabación?
—La grabación estaba en el teléfono. La tarjeta podría contener documentos sobre los pagos de Horizonte Abierto.
Clara apoyó ambas manos en la barra.
—¿Por qué no nos lo dijo ayer?
—Dice que no estaba segura de que Migas hubiera conseguido sacarla.
—Pero estaba suficientemente segura para escribir una nota.
—Marta no parece considerar que las contradicciones deban reducirse antes de hablar.
—En eso encajaría bien en la comunidad.
Pilar volvió a acercarse.
—¿Cómo era la cápsula?
—Roja. Redonda. Con una tapa transparente.
—La he visto.
Clara y Aranda la miraron al mismo tiempo.
—¿Dónde? —preguntó el inspector.
Pilar pensó.
—No sé.
—Eso no es haberla visto.
—Sé que la he visto. Otra cosa es que mi memoria haya decidido archivar el lugar en una sección poco accesible.
—¿Cuándo?
—Ayer.
—¿En el café?
—Probablemente.
Clara dejó escapar el aire.
—Pilar.
—No puedo recordar bajo presión.
Doña Amparo, sentada junto a la ventana de madera, levantó la voz.
—Estaba debajo de la máquina de hielo.
Todos se volvieron.
—¿Qué estaba debajo de la máquina de hielo? —preguntó Clara.
—Una cosa roja. Migas jugaba con ella.
—¿Y no dijo nada?
—Pensé que era un tapón.
—¿Cuándo?
—Después de que la mujer de la canela dejara la maleta.
Aranda se dirigió hacia la cocina.
Clara lo siguió.
—La máquina de hielo está pegada a la pared.
—Por eso el gato pudo esconderlo.
—Por eso nosotros no podemos moverla sin vaciarla.
Pilar apareció detrás.
—Puedo llamar al sobrino de Doña Amparo.
—¿Por qué?
—Tiene una furgoneta.
—No vamos a transportar la máquina de hielo.
—La furgoneta también tiene cuerdas.
Clara abrió el compartimento inferior. Sacó una caja de botellas, dos paquetes de servilletas y una bandeja que no recordaba haber comprado.
Aranda se agachó.
—Necesito una linterna.
Pilar encendió la de su teléfono.
—Yo ilumino.
—Desde más lejos.
—La luz no funciona desde lejos.
—Usted sí.
Pilar retrocedió medio paso.
Aranda introdujo la mano entre la máquina y la pared.
Sacó una chapa de cerveza, una pelota de papel, una cucharilla, tres granos de café y un pequeño pendiente dorado.
—Ese es de Berta —dijo Pilar.
—¿El que desapareció hace semanas? —preguntó Clara.
—El mismo.
—No digas nada todavía.
—¿Por qué?
—Necesito una mañana tranquila.
Aranda volvió a buscar.
—Aquí hay algo.
Sacó una cápsula circular de plástico rojo.
Migas apareció en la puerta de la cocina.
Se sentó.
—¿Es eso? —preguntó Clara.
Aranda no respondió. Se puso guantes, abrió la tapa y dejó caer sobre una bolsa transparente una tarjeta de memoria diminuta.
Migas se lavó una pata.
—Quiero que conste —dijo Clara— que no la había ingerido.
—Constará que estaba junto a un pendiente robado.
—Eso pertenece a otra investigación.
—Una menos urgente.
Aranda cerró la bolsa.
—Me la llevo.
—¿Cuánto tardarán en leerla?
—Depende de cómo esté protegida.
—Otra vez esa palabra.
—Es una palabra útil.
—Para quien no espera respuestas.
El inspector se dirigió a la salida.
Migas caminó detrás de él.
—Tú te quedas —dijo Clara.
El gato se detuvo.
Aranda miró a Clara.
—No comente la existencia de la tarjeta.
Pilar fingió no estar escuchando.
—Especialmente con ella —añadió él.
—No necesita señalarme —protestó Pilar.
—No la he señalado.
—Me ha mirado de forma señaladora.
Aranda salió.
Durante veinte minutos, Clara intentó recuperar el ritmo normal del café.
Sirvió tres cortados, dos tostadas, una infusión que olía a césped mojado y un descafeinado que Ramiro pidió como si confesara una debilidad moral.
A las nueve menos cuarto, Berta entró por la puerta lateral.
—Han encontrado mi pendiente.
Clara miró a Pilar.
Pilar se encogió de hombros.
—La información circula.
Berta caminó directamente hacia Migas.
—Ladrón.
El gato la observó desde la caja de servilletas.
—No puedes acusarlo sin pruebas —dijo Clara.
—Estaba en su escondite.
—No sabemos si el escondite era suyo.
—Había pelo naranja.
—Hay pelo naranja en todo el edificio.
—Porque él vive aquí.
—Exacto. Es contaminación ambiental.
Berta extendió la mano.
—Quiero mi pendiente.
—Lo tiene la policía.
—¿Por qué?
—Estaba junto a otra cosa.
—¿Qué cosa?
—No puedo comentarlo.
Berta abrió mucho los ojos.
—¿Mi pendiente está relacionado con el asesinato?
—No.
—¿Estás segura?
—A menos que lo utilizaran para matar a Irene de una manera extraordinariamente lenta.
Berta se llevó una mano a la oreja.
—Era de mi madre.
Clara se ablandó un poco.
—Aranda te lo devolverá.
—¿Cuándo?
—Depende.
Berta cerró los ojos.
—Odio esa palabra.
—Bienvenida.
A las diez y veinte, Aranda regresó.
No venía solo.
Un agente cargaba un ordenador portátil y otro llevaba dos cajas de documentos que parecían haber sido rescatadas de una gestoría después de una inundación.
—Necesito una mesa —dijo el inspector.
Clara señaló el local lleno.
—Yo necesito un escaparate.
—Utilizaremos la del fondo.
—Está ocupada.
Pilar se levantó.
—Yo me traslado.
—No le he pedido ayuda —dijo Aranda.
—Por eso resulta más valiosa.
Doña Amparo tomó su taza y siguió a Pilar a otra mesa.
Aranda colocó el portátil en el fondo.