La huésped que murió dos veces en el Portal 7 Capítulo 5 — La mujer que salió después de morir #5
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Capítulo 5 — La mujer que salió después de morir #5

En el reverso, escrito con bolígrafo, había un número:

—¿Es suya? —preguntó Clara.

Celia palideció.

—No.

—Estaba en su cubo.

—No sé cómo llegó ahí.

—¿Limpia en la pensión?

—A veces.

—¿La habitación 307?

—No recuerdo.

Marta se levantó.

—La 307 era mi habitación.

Aranda regresó justo a tiempo para escucharla.

Miró la tarjeta en la mano de Clara.

Después a Celia.

—¿Cómo ha conseguido la llave de la habitación de Marta Cuenca?

—No la conseguí.

—Estaba entre sus productos.

—Alguien la puso ahí.

—¿Quién?

Celia negó con la cabeza.

—No sé.

—¿Entró en la habitación 307 esta mañana?

—No.

—¿Utilizó la terraza de la pensión?

—No.

—¿Prestó su cubo o lo dejó sin vigilancia?

Celia miró hacia la puerta lateral.

—Lo dejé en el portal cuando subimos al ático.

—¿Cuánto tiempo?

—No sé. Veinte minutos. Media hora.

—Entonces cualquiera dentro del edificio pudo colocar la tarjeta.

—Sí.

—O usted pudo traerla.

—También —dijo Celia, cansada—. Pero no lo hice.

Aranda tomó la tarjeta con guantes.

—Comprobaremos el registro electrónico.

Marta miró hacia la calle.

—Quien entró en mi habitación buscaba la copia de la grabación.

—¿Falta algo? —preguntó Aranda.

—No lo sé. No he vuelto a entrar.

—La policía está revisándola.

—Las memorias no estaban allí.

—¿Qué había?

—Mi ordenador. Ropa. Notas.

—¿Alguna información sobre la consigna de la estación?

Marta se quedó callada.

La respuesta era suficiente.

Aranda habló por radio.

Ordenó enviar agentes inmediatamente a la consigna y revisar todos los accesos a la habitación 307.

Después miró a Marta.

—A partir de ahora no dará un paso sin informar.

—Ya me lo dijo.

—Ahora sé que alguien ha estado buscando lo mismo que usted ocultó.

El inspector se volvió hacia Clara.

—Y usted cierra el café al anochecer.

—Eso hago todos los días.

—Hoy cerrará antes.

—No puede ordenar mis horarios.

—Puedo recomendarlo con suficiente insistencia.

—Eso suena a amenaza administrativa.

—Tómelo como experiencia acumulada.

A las seis y cuarto, los agentes confirmaron que la llave de la habitación 307 se había utilizado a las ocho y cuarenta y tres de aquella mañana.

Marta ya había salido de la pensión.

La cámara del pasillo no mostraba a quien entró porque, según el encargado, había dejado de funcionar a las ocho y treinta y nueve.

Cuatro minutos antes.

La motocicleta de Tomás apareció estacionada en una calle lateral de Valleverde a las seis de la tarde.

La habían abandonado con las llaves puestas.

No había huellas útiles en el manillar.

Tomás Rueda estaba realmente convaleciente en casa de su hermana. Una enfermera había cambiado su vendaje a las diez de aquella mañana.

No podía ser el hombre que lanzó la piedra.

Pero alguien había utilizado su motocicleta, su enemistad con Alicia y quizá incluso sus palabras para orientar la investigación hacia él.

Sergio Beltrán ya no estaba en el hotel de carretera.

Su coche seguía en el aparcamiento.

La habitación estaba vacía.

A las siete, Aranda pidió a todos que se marcharan excepto Clara.

—¿Por qué yo?

—Porque vive aquí.

—Eso no suele ser una ventaja.

—Cierre la puerta, suba a su habitación y no abra a nadie.

—¿Y Migas?

—También.

Clara miró al gato.

—Él no firma acuerdos de confinamiento.

—Improvisen.

Marta fue trasladada a un lugar protegido cuya ubicación ni siquiera ella conocería hasta llegar. Berta regresó a su apartamento indignada por la cancelación de reservas. Ramiro se llevó tres carpetas y la certeza de que tendría que redactar una circular imposible. Celia salió sin despedirse.

Pilar fue la última.

—Puedo dormir aquí.

—No.

—Tienes un escaparate roto y un asesino suelto.

—Precisamente por eso.

—Tengo un paraguas pesado.

—El asesino tiene un faro de bronce.

Pilar consideró la comparación.

—Puedo traer una sartén.

—Vete a casa.

Doña Amparo ya esperaba en la puerta.

—Vamos, Pilar. Si la matan, nos enteraremos por la mañana.

—Gracias —dijo Clara.

—Era para tranquilizarte.

—No ha funcionado.

Clara cerró el Café Aurora a las siete y veinte.

Colocó una silla bajo la manilla de la puerta lateral.

Bajó la persiana principal hasta cubrir el plástico del escaparate.

Comprobó las ventanas de la cocina.

Después preparó un café.

Descafeinado.

No porque tuviera miedo de no dormir.

Porque ya sabía que no lo haría.

Migas se instaló en la silla frente a ella.

—No me mires así.

El gato parpadeó.

—No vamos a investigar nada.

Migas miró hacia la puerta lateral.

—Aranda tiene agentes buscando a Sergio.

El gato siguió mirando.

—Y la grabación.

La cola se movió.

—Y la motocicleta.

Migas se levantó.

Caminó hasta la puerta.

Olfateó la parte inferior.

El pelo de su lomo se levantó lentamente.

Clara dejó la taza.

—¿Qué pasa?

Del otro lado llegó un roce.

Muy leve.

Metal contra metal.

Alguien manipulaba la cerradura.

Clara no respiró.

Buscó el teléfono sobre la barra.

La pantalla estaba a dos metros.

El ruido cesó.

Durante unos segundos no ocurrió nada.

Después, la manilla bajó.

La silla vibró contra el suelo.

Migas emitió un gruñido.

La manilla volvió a subir.

Clara dio un paso hacia el teléfono.

La puerta recibió un golpe.

La silla se desplazó unos centímetros.

Otro golpe.

Más fuerte.

—Policía —gritó Clara.

No era cierto.

Pero la mentira tenía una larga tradición defensiva.

El golpe se detuvo.

Clara alcanzó el teléfono.

Marcó a Aranda.

Antes de que pudiera completar la llamada, oyó pasos alejándose por el portal.

Abrió la comunicación.

—Clara —respondió el inspector.

—Hay alguien en la puerta lateral.

—No abra.

—No pensaba ofrecerle café.

—¿Sigue ahí?

Clara miró a Migas.

El gato mantenía los ojos fijos en la puerta.

—No lo sé.

—Aléjese. Los agentes están cerca.

El silencio regresó.

Después llegó un sonido desde la cocina.

Cristal.

Clara se volvió.

La pequeña ventana del patio interior acababa de romperse.

Una mano apareció por el hueco.

Buscó el pestillo.

—Está entrando por la cocina —susurró.

—Suba ahora.

—La escalera está junto a la cocina.

—Clara.

La ventana se abrió.

Una figura pasó al interior.

Chaqueta azul.

Casco negro.

Clara retrocedió.

Migas corrió.

—¡No!

El gato saltó sobre la mesa, después sobre una estantería y desde allí directamente hacia el intruso.

El hombre levantó un brazo para protegerse.

Migas se aferró a la manga.

El intruso maldijo.

La voz quedó amortiguada por el casco.

Clara cogió la primera cosa pesada que encontró.

La jarra metálica de leche.

La lanzó.

Falló al hombre.

Acertó en la pared.

—¡Policía! —gritó otra vez.

Esta vez se oyeron sirenas en la calle.

El intruso arrancó a Migas de la manga y lo arrojó sobre una caja de servilletas. El gato cayó de pie, ofendido pero ileso.

El hombre corrió hacia la puerta lateral.

Apartó la silla de una patada.

Abrió.

Desapareció en el portal.

Clara no lo siguió.

La experiencia reciente le había enseñado que perseguir personas armadas con objetos decorativos no formaba parte de una gestión responsable.

Dos agentes entraron por la puerta principal menos de un minuto después.

Aranda apareció detrás.

—¿Está herida?

—No.

—¿El gato?

Migas salió de la cocina con algo azul entre los dientes.

Un trozo de tela arrancado de la manga del intruso.

—Tampoco —dijo Clara—. Pero creo que ha vuelto a tomar declaración por la fuerza.

Aranda se puso guantes y recogió el fragmento.

Era mayor que el hilo encontrado en la azotea.

Tejido azul oscuro.

En una de las esquinas había parte de una etiqueta interior, rasgada durante el salto de Migas.

Solo se leían tres letras impresas en blanco:

HOR.

Marta había dicho que la empresa de Sergio se llamaba Horizonte Abierto.

Aranda miró el fragmento.

Después miró la cocina.

Los cajones estaban abiertos.

Las cajas removidas.

El intruso no había entrado para atacar a Clara.

Había entrado para buscar algo.

—¿Qué falta? —preguntó el inspector.

Clara recorrió el local con la mirada.

Tazas.

Dinero.

Botellas.

El teléfono seguía sobre la barra.

—No lo sé.

Migas caminó hasta el lugar donde la maleta roja había permanecido aquella mañana.

Olfateó el suelo.

Después arañó dos veces una tabla de madera bajo el mostrador.

Clara se agachó.

Una de las tablas estaba suelta.

Nunca lo había notado.

La retiró.

Detrás había un hueco estrecho.

Vacío.

Excepto por un papel doblado.

Aranda lo recogió con guantes.

Era un recibo de consigna de la estación.

El número del compartimento coincidía con el que Marta había mencionado.

Pero el código escrito en la parte inferior había sido tachado.

Debajo, con otra letra, alguien había escrito:

La copia no está allí. Pregunta por el gato.

Clara miró a Migas.

El gato se sentó frente al hueco, satisfecho.

—Yo no sé nada —dijo ella.

Aranda volvió a leer la frase.

—Alguien cree que su gato encontró algo.

—Migas encuentra muchas cosas.

—¿Encontró algo dentro de la maleta antes de que la policía se la llevara?

—No que yo viera.

El gato se lamió una pata.

Clara recordó la mañana.

Migas junto a la maleta.

La cinta desplazada.

El primer billete cayendo al suelo.

La costura lateral reparada.

Y el modo en que el gato había insistido en meter la pata bajo el revestimiento.

—Todavía no —dijo.

Aranda la miró.

—¿Qué significa?

Clara observó el trozo de tela azul, la etiqueta rasgada y el hueco bajo el mostrador.

—Significa que quien entró esta noche piensa que había algo escondido en esa maleta que la policía no encontró.

Migas levantó la cabeza al oír la palabra.

—Y él sabe dónde buscarlo —añadió Clara.

El gato cerró los ojos.

El silencio de Migas, Clara había aprendido, nunca significaba inocencia.

Significaba que la prueba seguía en algún lugar donde los humanos todavía no habían sabido mirar.