La huésped que murió dos veces en el Portal 7 Capítulo 5 — La mujer que salió después de morir #4
47%

Capítulo 5 — La mujer que salió después de morir #4

—La grabación comenzó a las diez y cincuenta y seis de anoche —dijo el agente—. Dura seis minutos y dieciocho segundos.

—¿Por qué empezó? —preguntó Aranda.

—La aplicación puede activarse con un acceso directo. Quizá la fallecida la inició voluntariamente.

Marta asintió.

—Irene grababa conversaciones difíciles.

El agente pulsó el archivo.

Al principio solo se oyó un ruido de tela.

Después, la voz de Irene.

Lejana.

—No voy a seguir haciéndolo.

Una voz masculina respondió.

Las palabras no se distinguían.

—No me importa lo que diga el contrato —continuó Irene—. Alicia no es una empresa.

La voz del hombre se acercó.

—Alicia no existiría sin mí.

La frase era clara.

Marta cerró los ojos.

—Sergio —susurró.

Aranda levantó una mano.

—Escuchemos.

Irene volvió a hablar.

—Existía antes de que aprendieras a venderla.

—Existía en una revista que nadie leía.

—Y ahora la utilizas para cobrar a gente que nunca hemos investigado.

—Les vendo preparación.

—Les vendes miedo.

Hubo un golpe suave. Quizá una taza dejada sobre una mesa.

—Tú también cobras.

—Por escribir.

—Cobras gracias a lo que yo construí.

—Construiste una jaula y registraste la marca.

El hombre dijo algo que el micrófono no captó.

Irene respondió:

—Marta tiene copias.

La respiración de Marta se hizo más rápida.

En la grabación, la voz masculina cambió.

—¿Dónde está?

—Lejos de ti.

—¿Viene aquí?

Silencio.

—Te he preguntado si viene aquí.

—No tienes derecho a saberlo.

Se oyó un movimiento.

Pasos.

El roce de una silla.

—Dame el teléfono.

—Vete.

—Dame el teléfono, Irene.

—Mañana todo esto será público.

—Mañana Alicia Montoro seguirá publicando.

—Sin nosotras no.

—Siempre habrá alguien capaz de escribir con esa voz.

Marta abrió los ojos.

La grabación continuó.

Irene respiraba con fuerza.

—Eso es lo que nunca entendiste. Alicia no tiene voz. Tiene nuestras cicatrices.

Después llegó un ruido metálico.

El mismo sonido profundo que Clara había escuchado desde el café.

El golpe del faro.

Alguien exhaló.

La grabación se volvió confusa. Hubo un segundo golpe, más leve. Un objeto arrastrado por el suelo.

Clara apretó las manos contra la barra.

La voz masculina dijo:

—Mierda.

Pasos.

Una puerta o ventana.

Luego viento.

La grabación permaneció activa durante más de tres minutos.

En el fondo se oyó el campanario de Valleverde dando las once.

Después, silencio.

El archivo terminó.

Nadie habló.

Marta tenía lágrimas en los ojos, pero no lloraba.

Aranda fue el primero en moverse.

—¿Está segura de que la voz es de Sergio Beltrán?

—Sí.

—¿Podría confundirla con otra?

—Trabajé con él nueve años.

—Necesitaremos una comparación técnica.

—Es él.

—Eso tendrá que demostrarlo el análisis.

—Lo acaba de oír.

—He oído una voz masculina en una grabación donde Irene no pronuncia ningún nombre.

Marta se levantó.

—Ha dicho que Alicia no existiría sin él. Ha hablado del contrato. Ha preguntado por mí.

—Sergio no era la única persona relacionada con la marca.

—Era el único que hablaba así.

—Para usted.

Marta golpeó la mesa con la palma.

—¿Qué más necesita?

Aranda no elevó la voz.

—Una grabación completa. La identificación técnica. La ubicación de Sergio. Huellas. El arma. La ruta de entrada y salida. Pruebas que sobrevivan a alguien diciendo que la voz se parece a la suya.

Marta permaneció de pie.

—Mientras ustedes reúnen todo eso, él sabe que estoy aquí.

—Por eso está bajo protección.

—La protección que no tuvo Irene.

—Marta —dijo Clara.

La mujer la miró.

—Aranda tiene razón.

—No esperaba eso de usted.

—Yo tampoco. Es desagradable para ambas.

Marta volvió a sentarse.

El agente guardó el archivo.

Aranda hizo varias llamadas. Ordenó localizar a Sergio, inmovilizar su vehículo, obtener las cámaras del hotel donde afirmaba alojarse y comparar su voz con entrevistas públicas.

A las cuatro y diez, llegó la primera respuesta sobre la motocicleta.

El agente entró en el Café Aurora con una tableta.

—La matrícula aparece parcialmente en una cámara de la joyería. Coincide con una motocicleta registrada a nombre de Tomás Rueda Ferrer.

Pilar dejó la taza.

—El Hotel Mirador.

—¿Están seguros? —preguntó Aranda.

—Modelo, color y cuatro caracteres de la matrícula. Hay una probabilidad alta.

Marta miró la nota dentro de la bolsa.

—Tomás.

—¿Reconoce la motocicleta? —preguntó el inspector.

—No.

—¿Podía saber que había vuelto a Valleverde?

—Si vio el cartel.

Berta miró hacia otro lado.

—¿Tenía motivos para amenazarlas? —continuó Aranda.

—Muchos.

—¿Para matar a Irene?

Marta tardó en responder.

—Tomás culpaba a Alicia de haber destruido su hotel.

—¿Lo destruyó?

—El Mirador sigue abierto.

—Eso no responde.

—Perdió reservas, empleados y acuerdos con agencias. Después de la columna, recibió inspecciones.

Celia apareció en la puerta lateral.

Había regresado sin que nadie la oyera.

—Y pagó multas —dijo.

Aranda se volvió.

—Señora Márquez.

—Tomás conserva la motocicleta en el garaje del hotel.

—¿Tiene acceso otra persona?

—Su hijo. Dos empleados. Yo, cuando limpio la oficina.

—¿La vio esta mañana?

Celia se quedó quieta.

—No.

—¿Estuvo en el hotel?

—Fui a buscar productos de limpieza.

—¿A qué hora?

—A las siete.

—Antes dijo que llegó aquí a las ocho y cinco.

—Sí.

—¿Vio a Tomás?

—No.

—¿La motocicleta estaba en el garaje?

Celia miró hacia la calle.

—No lo sé.

—Señora Márquez.

—No miré.

Aranda se acercó.

—Esta mañana afirmó que había oído un ruido en el ático anoche, pero que ya se había marchado del edificio. Ahora sabemos que su hermana fue una de las personas afectadas por una investigación de Alicia. Y usted tiene acceso al lugar donde se guarda la motocicleta utilizada para lanzar esta piedra.

—No lancé nada.

—¿Quién lo hizo?

—No sé.

—¿Tomás?

Celia apretó la mandíbula.

—Pregúnteselo.

—Lo haré.

—Entonces no necesita preguntarme.

—Necesito saber por qué mintió sobre ayer.

El café quedó en silencio.

Celia miró a Marta.

—Porque vi a un hombre entrar en el Portal 7.

—¿A qué hora? —preguntó Aranda.

—Cerca de las diez y media.

—¿Por la puerta principal?

—Sí.

—¿Quién?

Celia no respondió.

—¿Tomás Rueda?

Ella bajó la voz.

—No le vi bien la cara.

—¿Qué vio?

—Una chaqueta azul. Un casco de motocicleta. Subió por la escalera.

Clara recordó al hombre frente al café.

—¿Y no dijo nada cuando encontraron el cuerpo?

—Pensé que era una visita de la huésped.

—Después vio el hilo azul, la ventana abierta y a la policía buscando a un hombre.

—No quería meterme.

Pilar soltó un bufido.

—Eso ya no era una opción.

Aranda abrió la libreta.

—¿Lo vio salir?

Celia negó.

—No por la puerta.

—Entonces pudo salir por el tejado.

—Sí.

—¿Reconocería la chaqueta?

—Quizá.

—¿Y la forma de caminar?

Celia pensó.

—Cojeaba un poco.

Marta levantó la cabeza.

—Sergio no cojea.

—Tomás sí —dijo Pilar—. Rodilla derecha. Accidente de moto hace años.

Aranda miró a Celia.

—¿Por qué ha decidido hablar ahora?

—Porque la moto es suya.

—Eso no significa que él la condujera.

—No.

—¿Y qué significa?

Celia observó la nota amenazadora.

—Que alguien quiere que parezca que fue él.

La frase cambió el aire del café.

Clara miró a Aranda.

—¿Por qué piensa eso?

Celia apretó los dedos alrededor del asa del cubo.

—Porque Tomás no puede conducir.

—Pilar acaba de decir que tiene una motocicleta.

—La tiene. Pero se operó de la rodilla la semana pasada. Está en casa de su hermana, con una férula y calmantes. No puede apoyar la pierna.

Pilar frunció el ceño.

—Eso no lo sabía.

Doña Amparo levantó la taza.

—Yo sí.

Todos se volvieron hacia ella.

—¿Y por qué no lo dijo? —preguntó Pilar.

—Nadie me preguntó por la rodilla de Tomás.

Aranda cerró la libreta con más fuerza de la necesaria.

—Quiero confirmar la operación. Y que nadie salga del café hasta que termine de tomar estas declaraciones.

Berta miró el reloj.

—Tengo una llamada a las cinco.

—Cancélela.

—Es sobre las reservas.

—No tiene reservas.

—Precisamente.

Aranda salió hacia el portal para hablar por teléfono.

Clara miró la motocicleta congelada en la pantalla de la tableta.

Propiedad de Tomás.

Conducida por alguien que llevaba una chaqueta azul.

El mismo tipo de hombre que Celia había visto entrar en el Portal 7 antes de la muerte de Irene.

El mismo que quizá había cruzado la azotea.

Pero Tomás no podía conducir.

—¿Quién tiene las llaves de la moto? —preguntó Clara.

Celia respondió sin mirarla.

—Normalmente, Tomás.

—¿Y ahora?

—Las dejó en la oficina del hotel.

—¿Dónde cualquiera de los empleados podía cogerlas?

—En un cajón cerrado.

—¿Quién tiene la llave del cajón?

Celia tardó un segundo.

—Yo.

Marta la observó.

—¿Y Tomás?

—También.

—¿Alguien más?

—Sergio estuvo en el Mirador hace dos días —dijo Celia.

Clara sintió que todas las piezas volvían a moverse.

—¿Sergio?

—Se reunió con Tomás. Discutieron en la oficina.

—¿Por qué no lo dijo antes? —preguntó Marta.

—Porque no sabía que era importante.

Pilar dejó caer la cabeza hacia atrás.

—Todo el mundo en esta ciudad debería llevar una lista de cosas que no dijo porque no sabía que eran importantes.

—¿Sobre qué discutieron? —preguntó Clara.

—Dinero.

—¿Lo oyó?

—Oí a Tomás decir que no pagaría dos veces.

Clara recordó la grabación.

Alicia no existiría sin mí.

Siempre habrá alguien capaz de escribir con esa voz.

Sergio tenía un motivo para matar a Irene.

Tomás tenía un motivo para odiar a Alicia.

Y alguien había utilizado la motocicleta de Tomás para amenazar a Marta después de que ella regresara.

No era una prueba.

Era una puesta en escena.

Una que utilizaba verdades ajenas para construir una mentira convincente.

Migas saltó a la mesa donde estaba la bolsa con la nota.

—Fuera —dijo Clara.

El gato olfateó el plástico.

Después giró la cabeza hacia Celia.

Celia retrocedió.

—No me mire así.

—No te mira a ti —dijo Clara.

Migas bajó de la mesa y caminó hasta el cubo de limpieza.

Metió la cabeza dentro.

—Migas.

El gato sacó algo entre los dientes.

Una pequeña tarjeta rectangular.

Celia intentó cogerla.

Clara fue más rápida.

—Espera.

Tomó la tarjeta por una esquina.

Era una llave electrónica de hotel.

En el frente aparecía el logotipo de la Pensión Miramar, el edificio contiguo al Portal 7.