La huésped que murió dos veces en el Portal 7 Capítulo 5 — La mujer que salió después de morir #3
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Capítulo 5 — La mujer que salió después de morir #3

Aranda esperó.

—Porque vi el teléfono —respondió finalmente.

—¿El de Irene?

—Estaba dentro del armario, debajo de su mano. La pantalla se encendió. Había una grabación activa.

—¿Activa en ese momento?

—No. Era una notificación de almacenamiento. Irene había programado el móvil para subir archivos automáticamente.

—¿Escuchó la grabación?

—Solo unos segundos. Oí una voz masculina. Después escuché pasos sobre el tejado.

—¿A qué hora?

—Cerca de las seis y cincuenta.

—La persona que oyó podía ser un empleado de la pensión.

—Podía. Pero no pensé eso.

—¿Qué pensó?

—Que el asesino había vuelto.

El viento golpeó la puerta metálica.

Marta se estremeció.

—Cogí el teléfono. La maleta estaba junto al sofá. Irene me había dicho que guardaba dentro copias de pagos, contratos y grabaciones. La saqué al pasillo y la escondí aquí.

—¿Cómo salió del apartamento?

—Por la puerta principal. No estaba cerrada con llave. Solo tuve que girar la manilla.

—¿Y después?

—Bajé al lavadero, dejé la maleta y regresé a la azotea. Crucé a la pensión.

—Llevando el abrigo de Irene.

—Sí.

—¿Por qué?

Marta miró el muro que separaba los dos edificios.

—Porque desde la calle podían ver las ventanas. Y porque quien hubiera matado a Irene quizá no sabía si el golpe había sido suficiente.

Aranda frunció el ceño.

—La escondió dentro de un armario.

—Quizá para ganar tiempo. Quizá pensaba volver. No lo sabía. Solo sabía que alguien podía estar esperando que apareciera una ambulancia o que Irene dejara de moverse.

—Así que decidió hacer que pareciera viva.

—Sí.

—Se vistió como ella, entró en una cafetería llena de testigos y permitió que todos la llamaran Alicia.

—Sí.

—¿Para engañar al asesino?

—Y para sacar la maleta del edificio sin provocar alarma.

—Podía haberla sacado directamente por la puerta.

—Si salía del Portal 7 con una maleta que no había traído, quien vigilara sabría que había entrado desde otro lugar. Si primero me veían como Alicia en el café, después podía subir y bajar con su equipaje como una huésped normal.

Clara reconstruyó la secuencia.

Marta cruzó desde la pensión, encontró el cuerpo, escondió la maleta en el lavadero, volvió al hotel por la azotea, salió a la calle vestida como Irene y entró en el Café Aurora. Después utilizó la puerta lateral para regresar al lavadero y recuperar el equipaje.

Una representación de menos de veinte minutos.

No elegante.

Pero posible.

—¿Por qué dejó la maleta en el café? —preguntó Clara.

—Porque no podía caminar por Valleverde con ella sin llamar la atención.

—Ya llamaba la atención.

—Más todavía.

—Podía volver a la pensión.

—No sabía si alguien me esperaba allí.

—¿Y aquí sí se sentía segura?

Marta miró hacia abajo, hacia el lugar donde estaba el Café Aurora.

—Había gente. Usted recordaba detalles. Y el gato había intentado abrirla delante de todos.

—No entiendo cómo eso aumenta la seguridad.

—Me pareció que nada podía desaparecer discretamente en ese café.

Clara pensó en Pilar.

—En eso tenía razón.

Aranda seguía tomando notas.

—Después de dejar la maleta, ¿adónde fue?

—A una tienda de informática en la plaza del Mercado. Copié los archivos del teléfono en dos memorias y los subí a una cuenta nueva.

—¿Dónde están las memorias?

Marta sacó las manos de los bolsillos lentamente.

—Una está en la consigna de la estación. La otra se la envié por mensajería a una periodista de Madrid.

—¿Nombre?

—Elena Casado.

—¿Qué medio?

—Investigación Abierta.

—Necesito el comprobante.

—Está en mi correo.

—¿Por qué no entregó los archivos a la policía?

—Porque no sabía en quién podía confiar.

Aranda dejó de escribir.

—Está hablando con la policía.

—Ahora.

—Encontró un cadáver, manipuló la escena, retiró pruebas, se hizo pasar por la víctima y ocultó copias de una posible grabación de homicidio.

—Y si hubiera llamado inmediatamente, ustedes habrían precintado la maleta, avisado a Sergio como representante de la editorial y quizá le habrían devuelto documentos que demostraban sus delitos.

—No entregamos pruebas a representantes editoriales.

—No sabía eso.

—Podía haberlo preguntado.

—No confiaba en la respuesta.

Aranda se acercó un paso.

—Su desconfianza no le permite dirigir una investigación paralela.

—No dirigí nada. Intenté impedir que Irene muriera también en los archivos.

La frase quedó suspendida sobre la azotea.

Clara pensó en firmas falsas, documentos desaparecidos y personas borradas por entregas.

No justificaba lo que Marta había hecho.

Pero lo hacía comprensible.

—¿Irene sabía que Sergio iba a venir? —preguntó.

—Sabía que la seguía. No sabía cuándo aparecería.

—Anoche habló con él por teléfono —dijo Clara—. Le dijo que no seguiría firmando algo que no había escrito.

Marta cerró los ojos.

—Entonces ya había descubierto las columnas falsas.

—¿Qué columnas?

—Sergio empezó a publicar textos menores con el nombre de Alicia sin consultarnos. Guías patrocinadas, listas de hoteles, recomendaciones. Nosotros escribíamos las investigaciones. Él llenaba el resto con publicidad disfrazada.

—¿Irene se enfrentó a él?

—Varias veces. Esta era la última.

—¿Por qué en Valleverde?

—Porque aquí estaba Tomás Rueda.

Aranda levantó la vista.

—El dueño del Hotel Mirador.

—Sí.

—¿Qué relación tenía con Irene?

—Tomás fue uno de los primeros en pagar.

—¿La extorsión?

—Una asesoría. Ocho mil euros, hace dos años.

Clara silbó.

—Berta consiguió una tarifa económica.

—No compares —dijo Berta desde la puerta de la azotea.

Nadie la había oído subir.

Ramiro estaba detrás de ella.

—Les dije que esperaran abajo —dijo Aranda.

—Esta es mi propiedad.

—La azotea es comunitaria —corrigió Ramiro.

Berta lo miró.

—No es el momento.

—Llevas años diciendo lo contrario.

Aranda señaló la escalera.

—Abajo.

—Solo quiero saber por qué Marta dijo que pagué.

Marta se volvió hacia ella.

—Porque su nombre aparece en los movimientos de Horizonte Abierto.

—¿Cómo obtuvo esos movimientos?

—Irene tenía acceso a una cuenta compartida de la editorial.

—¿Y qué recibió Tomás a cambio de ocho mil euros? —preguntó Aranda.

Marta apoyó las manos sobre el muro.

—La promesa de que una investigación sobre las condiciones laborales del hotel no se publicaría.

—Pero Alicia publicó una crítica muy negativa.

—Dos años después.

—Entonces pagó inútilmente.

—Pagó una vez. Sergio volvió a pedirle dinero. Tomás se negó. Poco después apareció la columna.

—¿La escribieron ustedes?

—La investigación era de Irene. Yo escribí el texto.

—¿Era cierto lo que decía?

—Sí.

—¿Todo?

Marta dudó.

—Lo que publicamos, sí.

—Eso no responde.

—Quitamos lo más grave porque no teníamos documentos suficientes.

—¿Qué era lo más grave?

—Pagos en negro. Jornadas falsas. Una caída de una trabajadora que nunca se comunicó como accidente laboral.

Celia apareció detrás de Ramiro.

Su rostro se tensó.

—¿Qué trabajadora?

Marta la miró.

—No recuerdo el nombre.

—¿Era Laura Márquez?

Marta guardó silencio.

Celia avanzó.

—Mi hermana trabajaba en el Mirador.

—Celia —dijo Clara.

—Se cayó por una escalera de servicio. Se rompió dos vértebras. Tomás dijo que no estaba trabajando. Que había ido a buscar unas cosas.

Marta bajó la mirada.

—Sí. Era Laura.

—Alicia escribió que el hotel tenía un desayuno malo y habitaciones húmedas. No escribió nada de Laura.

—No podíamos demostrarlo.

—Ella tenía informes médicos.

—No demostraban que estuviera trabajando.

—Porque Tomás no la había dado de alta ese día.

—Lo sé.

Celia dio un paso más.

—Entonces sabían todo.

—Sabíamos una parte.

—Y eligieron publicar la parte divertida.

—No era divertida.

—La gente se rio de la frase sobre el desayuno. El hotel perdió reservas. Tomás despidió a seis personas. Y Laura siguió sin indemnización.

Marta sostuvo la mirada de Celia.

—Lo siento.

—Siempre lo sienten cuando ya publicaron.

Aranda se interpuso.

—Señora Márquez, necesito hablar con usted después.

—Ya hablé.

—Ahora tiene información nueva.

—No es nueva para mí.

Celia dio media vuelta y bajó las escaleras.

Clara observó cómo desaparecía.

Un motivo podía nacer de una injusticia incluso cuando la víctima no era responsable completa de ella.

Marta respiró hondo.

—Por eso Irene quería acabar con Alicia.

—¿Por culpa del hotel? —preguntó Clara.

—Por todo. Alicia había dejado de ser una firma.

Era una máquina que trituraba personas en direcciones distintas.

A veces exponíamos abusos. A veces Sergio utilizaba el miedo a nuestras publicaciones para cobrar.

Y a veces una columna verdadera destruía también a quienes no habían causado el problema.

—¿Por qué no se marcharon antes?

Marta sonrió sin alegría.

—Porque Alicia pagaba nuestras facturas. Porque creíamos que todavía podíamos recuperarla. Porque cuando una mentira funciona durante mucho tiempo empieza a parecer una responsabilidad.

Aranda señaló hacia el interior.

—Quiero escuchar la grabación.

—Está en el teléfono.

—Ya está siendo extraída.

—Hay una carpeta oculta. Se llama “Mapas”.

—¿Contraseña?

Marta dudó.

—El primer hotel que reseñamos.

—¿Cuál?

—La Estrella Torcida.

Clara levantó una ceja.

—¿Existía?

—Por desgracia.

Bajaron al Café Aurora cerca de las tres.

Pilar había conseguido preparar cuatro cafés durante la ausencia de Clara. Dos estaban demasiado claros, uno demasiado fuerte y el cuarto seguía esperando que alguien admitiera haberlo pedido.

—No toqué la máquina grande —dijo.

—Eso es evidente.

—Las personas bebieron.

—Las personas también beben agua de fuentes públicas.

—No se quejaron.

—Estaban hablando de un asesinato.

Doña Amparo levantó la taza.

—El mío estaba malo.

—Gracias —dijo Clara.

—Pero caliente.

—No lo mejora.

Aranda recibió una llamada antes de sentarse.

Escuchó, respondió con monosílabos y pidió que enviaran un archivo al ordenador de uno de los agentes.

Pocos minutos después, colocaron un portátil sobre una mesa.

Marta se sentó frente a la pantalla.

Clara permaneció detrás de la barra. Oficialmente, no debía participar. En la práctica, nadie había encontrado una forma de retirar a la dueña del local sin retirar también el café, y Aranda parecía haber aceptado la derrota.