Capítulo 5 — La mujer que salió después de morir #2
—Tomás Rueda —respondió Pilar—. Y antes de que lo pregunte, sí, tiene una motocicleta.
El café quedó en silencio.
Aranda miró hacia ella.
—¿Qué tipo de motocicleta?
—Negra. Grande. Ruidosa. Cree que llevar casco le da una segunda personalidad.
—¿Y una chaqueta azul?
—Tiene varias. No llevo inventario.
—¿Cómo sabe que conduce esa motocicleta?
—Valleverde tiene seis mil habitantes. Sabemos qué vehículo conduce cada persona, con quién se casa y qué enfermedad cree tener antes de que la diagnostiquen.
Doña Amparo asintió.
—Tomás tuvo gastritis durante dos años antes de aceptar que era su mujer.
—Eso no es información médica fiable —dijo Aranda.
—Pero era verdad.
El inspector se dirigió al agente más cercano.
—Comprueben a nombre de quién está registrada la motocicleta que aparece en las cámaras de la plaza y busquen imágenes desde el paseo marítimo hasta aquí.
El agente salió.
Berta se abrazó a sí misma.
—Tomás odiaba a Alicia.
—¿La amenazó? —preguntó Clara.
—Públicamente. Dijo que iba a demostrar que era una estafadora.
—¿Cuándo?
—Después de la columna sobre el hotel. Hace unos ocho meses.
Pilar añadió:
—También dijo que si Alicia volvía a Valleverde, la recibiría con la misma hospitalidad que ella había mostrado con su negocio.
—¿Eso fue una amenaza literal? —preguntó Aranda.
—Fue durante una entrevista en la radio local. Tomás habla como si siempre hubiera un micrófono cerca.
—¿Y sabía que Alicia había regresado?
—Berta colocó su nombre en letras doradas frente a la calle —dijo Clara.
Todos miraron el cartel de bienvenida.
Seguía apoyado junto a la vitrina, atravesado por una grieta del cristal roto.
Berta pareció ofendida.
—No puede culparse al cartel.
—El cartel informó a todo el barrio —dijo Ramiro.
—Era hospitalidad.
—Era publicidad —respondió Pilar.
Aranda tomó el cartel con guantes y lo examinó.
—¿Cuánto tiempo estuvo visible?
—Desde ayer por la tarde —dijo Clara.
—Hasta que se rompió la ventana —añadió Pilar.
—No se rompió solo —corrigió Berta.
—El cartel tampoco se colgó solo.
El inspector entregó el cartel a un agente.
—También quiero las grabaciones de las cámaras de los comercios de la calle.
—La frutería tiene una —dijo Clara—. Pero apunta a sus cajas.
—El estanco tiene dos —añadió Pilar—. Una apunta a la calle y otra a la caja porque desconfían más de los clientes que del tráfico.
—¿Alguna otra?
—La joyería de la esquina.
—Está cerrada por vacaciones —dijo Ramiro.
—La cámara sigue funcionando —respondió Pilar—. La dueña la mira desde Benidorm.
Aranda la observó.
—¿Cómo sabe eso?
—Me envió una captura de Berta colocando el cartel.
Berta se volvió.
—¿Por qué?
—Porque pensó que estaba anunciando una reunión.
El inspector respiró lentamente.
—Quiero hablar con la dueña de la joyería.
—Le paso el número.
Pilar sacó el teléfono con una rapidez que sugería que llevaba toda la mañana esperando ser útil de forma oficial.
A las doce y cuarenta, la policía permitió que Clara barriera los fragmentos más pequeños, pero prohibió retirar la mesa golpeada por la piedra.
El escaparate fue cubierto provisionalmente con una lámina de plástico transparente que producía un ruido triste cada vez que soplaba el viento.
—Parece un invernadero después de una tormenta —dijo Clara.
—Podría ser peor —respondió Ramiro.
—No digas eso dentro del Portal 7.
Migas caminaba junto a la escoba, intentando atrapar cada reflejo.
—Te vas a cortar.
El gato golpeó un fragmento con la pata.
Clara lo recogió.
—No todo lo que brilla es una pista.
Migas la miró.
—Ni comida.
El gato perdió el interés.
Aranda regresó al café poco antes de la una.
—Necesito que venga conmigo.
Clara apoyó la escoba.
—¿Estoy detenida?
—No.
—¿Protegida?
—Tampoco.
—Entonces esa frase podría mejorar.
—Marta va a reconstruir lo que hizo esta mañana. Usted fue la última persona que la vio antes de que encontraran el cuerpo y puede confirmar sus movimientos dentro del café.
Clara miró la vitrina, las mesas ocupadas por agentes y el plástico del escaparate.
—¿Y el local?
Pilar levantó una mano.
—Puedo quedarme.
—No.
—Llevo años observando cómo preparas café.
—Eso no te enseña a prepararlo.
—La teoría está.
—Falta toda la práctica.
Doña Amparo golpeó el suelo con el bastón.
—Yo vigilo a Pilar.
Clara consideró la propuesta.
—Eso la hace un poco menos mala.
Aranda consultó el reloj.
—Cinco minutos.
—Diez.
—Siete.
—Hecho.
Marta esperaba dentro de un vehículo policial estacionado frente al portal.
No llevaba esposas. Tampoco parecía libre.
Cuando vio a Clara, apartó la mirada.
—¿Ha confesado? —preguntó Pilar desde la puerta.
Aranda se volvió.
—Dentro.
—Solo era una pregunta comunitaria.
—Dentro.
Pilar obedeció con la dignidad ofendida de una periodista censurada.
Marta descendió del vehículo acompañada por una agente.
—No pienso hacer una representación —dijo.
—No se lo he pedido —respondió Aranda—. Quiero que muestre el recorrido y explique sus decisiones.
—Ya expliqué todo en comisaría.
—Explicó una versión. Ahora veremos si cabe en el edificio.
Entraron por el portal.
La cinta policial seguía bloqueando el acceso al ático. La lámpara antigua del hall estaba encendida, aunque era pleno día, y el espejo devolvía una imagen torcida del pequeño grupo.
Marta se detuvo ante él.
Por un segundo, Clara vio reflejadas dos mujeres.
Marta en primer plano.
Y, detrás, la fotografía de Irene que Aranda llevaba dentro de una carpeta transparente.
El parecido existía.
Pero ya no bastaba para confundirlas.
—¿Cuándo empezó Alicia Montoro? —preguntó Clara mientras subían.
Aranda le lanzó una mirada.
—No está aquí para interrogar.
—Solo intento entender cómo una persona puede pertenecer a dos cuerpos.
Marta subió un escalón más.
—No pertenecía a ninguno.
—Eso no responde.
—La inventamos hace nueve años. Irene viajaba. Yo escribía. Al principio publicábamos pequeñas reseñas en una revista que no podía pagar desplazamientos ni colaboradores.
—¿Por qué un solo nombre?
—Porque pagaban un artículo, no dos trabajos. Y porque el director decía que una firma reconocible generaba confianza.
—¿Sergio era el director?
—Era editor junior. Nos ayudó a construir el personaje.
—¿Personaje?
—Alicia tenía una biografía, una forma de escribir, gustos constantes, recuerdos inventados. Decía que había crecido en una pensión familiar. Que su padre cocinaba. Que odiaba los hoteles donde doblaban el papel higiénico en triángulo.
—¿Lo odiaban ustedes?
—Yo sí. Irene pensaba que daba igual.
—¿Y el café?
Marta miró hacia abajo.
—Yo tomo cortado con canela. Irene lo consideraba una agresión.
—Eso ya lo descubrí.
—Por eso no debí pedirlo esta mañana.
—No pareció pensarlo hasta que lo mencioné.
—Tenía otras cosas en la cabeza.
Llegaron al segundo piso.
Marta se detuvo frente a la puerta del lavadero comunitario.
—Aquí dejé la maleta.
Aranda pidió a Ramiro que abriera.
El lavadero era una habitación estrecha con dos pilas antiguas, una lavadora comunitaria que nadie admitía utilizar y estanterías llenas de productos de limpieza etiquetados con nombres de vecinos.
Una puerta metálica daba a la azotea.
—Estaba abierta —dijo Marta.
Ramiro comprobó la cerradura.
—Ayer se dejó así para el técnico.
—¿Cómo sabía que estaría abierta? —preguntó Aranda.
—No lo sabía. Irene me dijo que intentara entrar por la pensión y cruzar el tejado. Si la puerta estaba cerrada, debía llamarla.
—¿Por qué no entrar por el portal?
—Porque sospechaba que vigilaban el edificio.
—¿Quién?
—Sergio. O alguien contratado por él.
—No tiene pruebas.
—Irene lo vio siguiéndola en Madrid. Después apareció en la estación cuando tomó el tren.
—¿Lo vio subir al mismo tren?
—No.
—Entonces podía estar despidiéndose.
Marta miró al inspector.
—Sergio nunca despedía a nadie.
Aranda abrió la puerta de la azotea.
El viento entró con fuerza, levantando el cabello de Marta y haciendo oscilar una camiseta olvidada en el tendedero.
La terraza del Portal 7 estaba separada de la Pensión Miramar por un muro de apenas un metro y veinte. Al otro lado se veía una zona de servicio con depósitos, cajas de bebidas vacías y una puerta que descendía hacia el interior de la pensión.
Un agente fotografiaba las tejas.
—Entré por ahí —dijo Marta.
Señaló el muro.
—¿Conocía el camino?
—Irene me envió fotografías.
—¿Cuándo?
—Hace tres días.
—¿Por qué reservar una habitación desde la noche anterior si solo llegaría esta mañana?
—Para que el código de entrada estuviera activo cuando llegara. No quería pasar por recepción.
—Pero hizo el registro al llegar.
—La puerta exterior no aceptó el código hasta que confirmé los datos en la aplicación. Perdí dos minutos.
—Lo suficiente para que las cámaras la grabaran.
—No soy una criminal profesional.
—Eso no está decidido.
Marta miró hacia Clara.
—Crucé el muro. La ventana estaba abierta. Entré al salón.
—¿Llevaba guantes? —preguntó Aranda.
—No.
—Entonces encontraremos sus huellas.
—En la ventana, en la mesa, en la puerta del armario y en Irene.
—¿La tocó?
Marta cerró los ojos.
—Sí.
—En comisaría dijo que solo comprobó el pulso.
—Le toqué el cuello. Después intenté moverla.
—¿Por qué?
—Estaba doblada entre el armario y la pared. Pensé que quizá todavía respiraba.
—El médico estima que llevaba muerta varias horas.
—Yo no soy médico.
La voz se quebró por primera vez.
Marta miró el suelo de la azotea.
—Le hablé. Le dije que llegaba tarde. Le pedí que se levantara. Como si estuviera enfadada conmigo y aquello fuera otra de sus formas de demostrarlo.
Clara no dijo nada.
La mujer que había engañado a todo el Café Aurora durante casi una hora parecía, por fin, alguien que había encontrado muerta a la persona con quien había compartido una vida que no podía reconocer públicamente.
—¿Por qué estaba dentro del armario? —preguntó Aranda.
—No lo sé.
—¿Cree que intentó esconderse?
—El armario era demasiado pequeño.
—¿La ocultó el asesino?
—Probablemente.
—¿Encontró el faro en el suelo?
—Sí. Junto a la alfombra.
—¿Lo tocó?
—No.
—¿Vio sangre?
—Una mancha en la base. Muy poca. Y otra en el cabello de Irene.
—¿Por qué no llamó a emergencias?
Marta se quedó en silencio.