La huésped que murió dos veces en el Portal 7 Capítulo 5 — La mujer que salió después de morir
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Capítulo 5 — La mujer que salió después de morir

La mujer que salió después de morir

El cristal roto tenía la desagradable costumbre de seguir cayendo cuando todo el mundo creía que ya había terminado.

Durante varios minutos, pequeños fragmentos se desprendieron del escaparate del Café Aurora y golpearon el suelo con sonidos delicados, casi elegantes, como si la ventana intentara desmoronarse sin perder la educación.

Clara Medina permaneció detrás de la barra, con una escoba en una mano y a Migas sujeto contra el pecho con la otra.

—No puedes bajar —le dijo.

El gato miraba fijamente la piedra que había atravesado el cristal.

—Ni acercarte.

Migas movió una pata.

—No es una negociación.

Aranda se había arrodillado junto a la mesa donde había caído la piedra. La nota permanecía dentro de una bolsa transparente.

ALICIA MONTORO YA ESTÁ MUERTA. NO INTENTÉIS HACERLA HABLAR.

El inspector la leyó por tercera vez.

—¿Reconoce la frase? —preguntó a Marta.

Ella seguía de pie junto a la pared, protegida por dos agentes. Tenía los hombros tensos y el rostro más pálido que cuando había entrado en el café.

—No exactamente.

—¿Qué significa “no exactamente”?

—Que ya recibimos mensajes parecidos.

—¿Quiénes?

—Irene y yo.

—¿Cuándo?

Marta se pasó una mano por el cabello.

—Durante años. Después de algunas publicaciones.

—¿Amenazas?

—A veces. Otras eran advertencias, insultos, promesas de querellas, fotografías de nuestros domicilios… La gente no acepta bien que describan públicamente aquello por lo que cobra en privado.

—¿Y esta frase concreta?

Marta miró la nota.

—“Alicia Montoro está muerta” aparecía con frecuencia. No como amenaza literal. Como deseo. Como anuncio de que iban a destruir la firma, demostrar que mentíamos o conseguir que nadie volviera a publicarnos.

—Pero aquí dice “no intentéis hacerla hablar”.

—Eso es nuevo.

Aranda se incorporó.

—¿Puede ser de Sergio?

Marta no respondió enseguida.

—Puede ser de muchas personas.

—Le he preguntado por Sergio.

—Sergio no suele amenazar por escrito.

—¿Cómo amenaza?

—Con contratos.

Pilar levantó la cabeza desde la mesa donde un agente le había ordenado permanecer.

—Eso es bastante más eficaz.

Aranda la miró.

—Señora Montes.

—No estoy interfiriendo. Estoy apreciando la técnica.

El inspector volvió hacia Marta.

—Vendrá con nosotros.

—Ya dije que iría.

—Ahora no es una invitación.

Marta miró a Clara.

—La maleta.

—Está en comisaría —respondió Aranda—. Y usted también estará allí dentro de unos minutos.

—No la abran sin mí.

—No puede poner condiciones.

—No es una condición. Es una advertencia.

—¿Hay algo peligroso dentro?

—Para algunas personas, sí.

Aranda hizo una señal a los agentes.

Marta no se resistió. Recogió la chaqueta del respaldo de la silla, pero antes de ponérsela se volvió hacia Clara.

—El café de esta mañana estaba bueno.

Clara seguía sosteniendo a Migas.

—Eso es una confesión extraña.

—No sé si volveré a tomar otro aquí.

—En este edificio la gente siempre vuelve. A veces incluso después de morir.

Marta bajó la mirada.

La frase había salido con más dureza de la que Clara pretendía.

—Yo no maté a Irene —dijo.

—Pero la dejó dentro de un armario.

—No la dejé. La encontré.

—Y decidió utilizar su abrigo.

—No había tiempo.

—Siempre hay tiempo para llamar a emergencias.

Marta sostuvo su mirada.

—No cuando cree que la persona que la mató sigue sobre el tejado.

Los agentes la condujeron hacia la puerta.

Migas dejó escapar un maullido grave cuando pasó cerca.

Marta se detuvo.

—Ese gato me vio entrar esta mañana.

—Migas ve muchas cosas —dijo Clara.

—Entonces pregúntele si parecía que acababa de matar a alguien.

—Migas no distingue entre homicidio y retrasar su desayuno.

Marta salió.

Aranda permaneció junto a la puerta observando cómo la introducían en un vehículo policial.

Después se volvió hacia Clara.

—No cierre todavía.

Clara miró el agujero en el escaparate.

—No estaba entre mis planes abrir.

—Necesitamos terminar de revisar el local.

—Ya han revisado la maleta, la taza, el pañuelo, la piedra, el suelo y casi al gato.

—No hemos revisado el local.

—¿Qué buscan?

—Algo que Marta pueda haber dejado.

Pilar se levantó.

—¿Además de una identidad falsa, una maleta y una mañana arruinada?

—Siéntese.

—Tengo cristales debajo de la silla.

—Cambie de silla.

—Eso altera mi perspectiva.

—Pilar —dijo Clara.

—Ya voy.

Doña Amparo seguía en su mesa, con una serenidad que hacía parecer exagerados a todos los demás.

—Yo avisé que tenía otra cara —murmuró.

—Lo recordaremos en su lápida —respondió Pilar.

—En la tuya. Yo pienso durar más.

Dos agentes inspeccionaron las mesas, el baño, la cocina y el pequeño almacén. Abrieron armarios, fotografiaron la zona donde había estado la maleta y comprobaron la puerta lateral que comunicaba el café con el portal.

Migas acompañó la operación desde la barra.

Cada vez que un agente abría un armario, el gato se acercaba para verificar que lo hiciera correctamente.

—¿Puede retirarlo? —preguntó uno de ellos.

—Está supervisando —dijo Clara.

—Está metiendo la cabeza entre las pruebas.

—Eso también.

El agente encontró, debajo de la mesa donde Marta había estado sentada, una moneda de cincuenta céntimos, una servilleta arrugada y un pequeño envoltorio de caramelo.

—La moneda es mía —dijo Clara.

—¿Está segura?

—Se la devolví esta mañana.

Aranda se acercó.

—¿Marta la cogió?

—Sí.

—Entonces puede ser suya.

—Legalmente quizá. Emocionalmente sigue siendo de la cafetería.

El agente guardó la moneda en una bolsa.

Clara observó cómo desaparecía.

—Era una moneda perfectamente útil.

—Se la devolveremos —dijo Aranda.

—Eso dicen siempre las instituciones.

Berta entró por la puerta lateral.

Tenía el teléfono otra vez en la mano y la expresión de quien acababa de descubrir que la realidad no respetaba sus planes de promoción.

—La policía ha cerrado el ático.

—Sí —respondió Clara.

—Han colocado un sello.

—También.

—Uno muy grande.

—¿Preferías uno discreto?

—Preferiría que no pareciera que ocurrió un asesinato.

Aranda se volvió hacia ella.

—Ocurrió un asesinato.

Berta apretó los labios.

—Todavía no sabemos si fue un asesinato.

—El médico ha encontrado una lesión grave en la parte posterior de la cabeza.

Nuria levantó la vista.

—¿El faro?

—Es una posibilidad.

Berta se apoyó en la barra.

—No.

—La pieza será analizada —continuó Aranda—. La base presenta señales de haber sido limpiada recientemente.

—Nuria la restauró.

—No limpié esa zona después de entregarla —dijo Nuria—. Y no usé ningún producto que dejara el metal así.

Berta miró hacia la puerta, como si el faro pudiera bajar para defenderse.

—Era un objeto decorativo.

—Los objetos no eligen su uso —dijo Doña Amparo.

—Gracias, Doña Amparo —murmuró Clara.

—De nada.

Aranda indicó a Berta que se sentara.

—Necesito hacerle una pregunta sobre Sergio Beltrán.

—Ya les enseñé los mensajes.

—No le pregunto por los mensajes. Le pregunto por el dinero.

Berta parpadeó.

—¿Qué dinero?

Pilar soltó un ruido parecido a una tos y demasiado satisfecho para serlo.

—El que pagó para que Alicia escribiera sobre el apartamento —dijo Aranda.

—No pagué por una reseña.

—¿Qué pagó?

—Una asesoría.

—¿De cuánto?

Berta se acomodó el pañuelo.

—Los acuerdos comerciales son privados.

—Una mujer ha muerto en su apartamento.

—Eso no vuelve públicos todos mis asuntos.

—Para mí, en este momento, sí.

Berta miró a Ramiro, buscando apoyo.

El administrador se concentró en una grieta del suelo.

—Mil ochocientos euros —dijo ella finalmente.

Pilar abrió mucho los ojos.

—¿Mil ochocientos euros por dos noches gratis y una opinión?

—No era por una opinión.

—¿Qué incluía la asesoría? —preguntó Aranda.

—Posicionamiento digital, revisión de la experiencia, análisis del alojamiento, recomendaciones de mejora…

—¿Recibió algún documento?

—Todavía no.

—¿Algún informe?

—Estaba previsto después de la visita.

—¿Una factura?

Berta guardó silencio.

Ramiro cerró los ojos.

—Berta —dijo.

—Me la iban a enviar.

—¿Pagaste sin factura?

—Fue una transferencia.

—Eso no es una factura.

—Lo sé.

—¿A quién hizo la transferencia? —preguntó Aranda.

—A Horizonte Abierto Servicios Editoriales.

Marta había mencionado aquel nombre minutos antes.

La empresa de Sergio.

—¿Qué le prometieron a cambio? —preguntó el inspector.

—Nada.

—Mil ochocientos euros por nada.

—Por la asesoría.

—¿Mencionaron la posibilidad de una reseña negativa si no contrataba el servicio?

Berta miró la mesa.

La respuesta apareció antes de que hablara.

—No directamente.

—¿Cómo fue indirectamente?

—Sergio dijo que Alicia era muy rigurosa. Que el apartamento tenía potencial, pero también algunos problemas.

Pilar cruzó los brazos.

—¿Como no tener licencia?

—Tengo licencia.

—¿La adecuada?

—Tengo una licencia.

—Continúe —dijo Aranda.

Berta respiró hondo.

—Dijo que una evaluación sin preparación podía ser imprevisible. Que quizá era mejor conocer antes los criterios de Alicia y corregir ciertas cosas.

—Le ofreció pagar para evitar una mala crítica.

—No lo dijo así.

—Pero usted lo entendió así.

Berta no respondió.

—¿Irene sabía que había pagado? —preguntó Clara.

Berta levantó la vista.

—Supongo.

—¿Se lo mencionó anoche?

—No.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Y Marta esta mañana?

—No sabía que era Marta.

—Pero cuando dijo que usted también había pagado, no pareció sorprendida.

—Porque seguramente Irene se lo había contado.

Aranda anotó algo.

—¿Quién más en Valleverde contrató estas asesorías?

—No lo sé.

Pilar soltó una risa.

—Sabes hasta quién reutiliza bolsas de basura en este edificio.

—No controlo los pagos de toda la ciudad.

—Pero conoces a las personas que quieren aparecer en una guía.

—Eso no significa nada.

—Significa que sabes sus nombres.

Berta miró a Aranda.

—El Hotel Mirador.

El inspector dejó de escribir.

—¿Qué ocurre con el Hotel Mirador?

—Sergio lo mencionó.

—¿En qué contexto?

—Dijo que sus propietarios habían cometido el error de rechazar una asesoría.

Pilar inclinó la cabeza.

—¿Y después Alicia publicó aquella columna?

—Sí.

Clara recordaba el comentario de Pilar sobre el desayuno preparado por alguien que odiaba la mañana y a la humanidad.

—¿Quién es el propietario? —preguntó Aranda.