Capítulo 4 — Dos cafés para una sola mujer #4
Estuvo a punto de retroceder.
Clara abrió la puerta.
—Dijo antes del mediodía.
Marta miró el reloj del campanario.
Sonaron las doce.
—He llegado —respondió.
—Técnicamente, tarde.
—La puntualidad era cosa de Irene.
Cruzó la calle.
Los agentes se aproximaron, pero Aranda levantó una mano para que esperaran.
Marta entró.
La campanilla sonó sobre su cabeza.
Doña Amparo la observó durante dos segundos.
—Ahora sí tiene su propia cara —dijo.
Marta no pareció comprender.
Clara señaló una mesa vacía.
—Siéntese.
—¿Dónde está la maleta?
—En comisaría.
Marta cerró los ojos.
—Les pedí que no la tocaran.
—No la han abierto.
—Todavía.
Aranda se colocó frente a ella.
—Marta Cuenca Ruiz.
No fue una pregunta.
Ella asintió.
—Necesito que me acompañe para prestar declaración.
—Iré.
—Antes debe entregar cualquier objeto que haya retirado del apartamento.
Marta metió lentamente la mano en el bolsillo de la chaqueta.
Dos agentes se tensaron.
Sacó un teléfono móvil.
Lo colocó sobre la mesa.
—Era de Irene.
—¿Por qué se lo llevó?
—Porque contiene la razón por la que murió.
Aranda no tocó el aparato.
—¿Y la maleta?
Marta miró a Clara.
—También.
—Entonces empiece por explicar quién era Alicia Montoro —dijo el inspector.
Marta se sentó.
Durante un momento pareció agotada. No como una persona que había dormido mal, sino como alguien que llevaba años sosteniendo un peso que acababa de quedarse sin lugar donde apoyarse.
—Alicia Montoro no era Irene —dijo.
Clara esperó.
—Tampoco era yo.
Marta miró el teléfono sobre la mesa.
—Alicia era lo que ocurría cuando trabajábamos juntas.
Migas saltó a la silla frente a ella.
Marta lo observó.
—Ese gato intentó abrir la maleta.
—Tiene curiosidad profesional —dijo Clara.
—Más le vale no conseguirlo.
—¿Por qué?
Marta levantó los ojos.
—Porque dentro hay pruebas contra Sergio Beltrán.
Aranda permaneció inmóvil.
—¿Pruebas de qué?
Marta respiró hondo.
—De que durante años vendió el miedo a las críticas que nosotras escribíamos.
—Sea más clara.
—Hoteles, restaurantes, agencias, ayuntamientos. Pagaban por asesorías que no necesitaban, campañas que nunca existían y servicios que solo significaban una cosa: si entregaban el dinero, Alicia Montoro no publicaba lo que sabía.
El café se quedó en silencio.
Berta apareció en la puerta lateral.
Había escuchado la última frase.
Su rostro cambió.
Marta la vio.
—Usted también pagó, ¿verdad?
Berta no respondió.
Pilar murmuró:
—Intercambio de visibilidad.
Marta miró a Aranda.
—Irene iba a denunciarlo hoy. Por eso vino a Valleverde. Por eso yo debía llegar esta mañana. Y por eso Sergio apareció antes de que pudiéramos hablar.
—¿Vio a Sergio en el apartamento? —preguntó Aranda.
—No.
—¿Cómo sabe que estuvo allí?
Marta señaló el teléfono.
—Porque Irene consiguió grabarlo.
—¿Grabó el asesinato?
—No lo sé. No pude escuchar todo.
—¿Por qué?
—Oí a alguien en el tejado.
Clara recordó los pasos de aquella mañana.
—El hombre de la chaqueta azul.
Marta la miró.
—¿Lo vio?
—Dos veces.
Marta palideció.
—Entonces sabe que la maleta sigue aquí.
—Ya no está aquí —dijo Aranda.
—Eso no va a detenerlo.
—¿Qué hay exactamente dentro?
Marta miró hacia la puerta, como si esperara ver a alguien al otro lado del cristal.
—Recibos. Grabaciones. Nombres. Y un cuaderno que Sergio lleva años buscando.
—¿Un cuaderno escrito por Irene?
—Por las dos.
—¿Dónde está?
Marta guardó silencio.
—Señora Cuenca —dijo Aranda—, una mujer ha sido asesinada. Necesito respuestas completas.
—El cuaderno no está en la maleta.
Clara sintió que el misterio volvía a desplazarse.
—¿Dónde está?
Marta miró a Migas.
El gato seguía sentado frente a ella, con la cola alrededor de las patas.
—Eso era lo que Irene debía decirme esta mañana.
Afuera, una motocicleta pasó lentamente frente al Café Aurora.
Marta giró la cabeza.
El conductor llevaba una chaqueta azul.
No miró hacia el interior.
No tuvo que hacerlo.
Marta se levantó de golpe.
—Agáchense.
El sonido llegó un segundo después.
No fue un disparo.
Fue el cristal del escaparate rompiéndose.
Una piedra atravesó la ventana, golpeó una mesa vacía y cayó al suelo entre fragmentos brillantes.
Atado alrededor de la piedra había un trozo de papel.
Aranda corrió hacia la puerta.
Los agentes salieron detrás de la motocicleta, que ya doblaba la esquina.
Clara permaneció inmóvil.
Migas se acercó a la piedra.
—No la toques.
El gato obedeció por primera vez en toda la mañana.
Quizá porque el papel olía a gasolina.
Quizá porque incluso él entendía que algunas pistas no eran un juego.
Aranda regresó.
Se puso guantes y desató la nota.
Había una sola frase impresa en mayúsculas:
ALICIA MONTORO YA ESTÁ MUERTA. NO INTENTÉIS HACERLA HABLAR.
Marta leyó por encima de su hombro.
—Sergio sabe que he vuelto.
Aranda introdujo la nota en una bolsa.
—A partir de ahora, vendrá con nosotros.
—¿Detenida?
—Protegida.
Marta soltó una risa amarga.
—A veces se parecen.
Clara miró el cristal roto, la piedra, el teléfono de Irene y el lugar vacío donde había estado la maleta roja.
Había servido dos cafés a una sola mujer.
O un café a cada mitad de una persona que nunca había existido.
Una de ellas estaba muerta.
La otra acababa de regresar para explicar por qué.
Y alguien, desde una motocicleta, parecía decidido a que Alicia Montoro no sobreviviera por tercera vez.