La huésped que murió dos veces en el Portal 7 Capítulo 4 — Dos cafés para una sola mujer #3
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Capítulo 4 — Dos cafés para una sola mujer #3

—No. Pero convierte la chaqueta de Sergio en algo que merece una pregunta.

El inspector anotó.

—¿Qué más dijo?

—¿Sergio?

—Sí.

—Que no había hablado con Irene desde ayer a las nueve y media. Que ignoraba que estuviera muerta hasta que yo se lo informé. Y que Marta Cuenca era inestable.

Pilar soltó un bufido.

—La palabra favorita de los hombres cuando una mujer sabe algo.

—También puede ser cierto —dijo Aranda.

—Claro. Pero sigue siendo la favorita.

—¿Vendrá a Valleverde? —preguntó Berta.

—Pretendía hacerlo.

—¿Para qué?

—Dice que tenía una reunión con Irene esta tarde.

Clara miró el reloj.

Faltaban veinte minutos para las diez.

—Irene dijo que antes del mediodía alguien perdería una reputación.

—Sí.

—Marta dijo que necesitaba unas horas para decidir qué versión de la verdad podía sobrevivir.

—Sí.

—Sergio llegó a treinta kilómetros de aquí sin que Irene quisiera que supiera dónde estaba.

—No sabemos cuándo salió de Madrid.

—Pero sí sabemos que todos iban a reunirse alrededor de algo que estaba en esa maleta.

Aranda miró hacia la puerta por la que el agente se había llevado el equipaje.

—Probablemente.

—¿La van a abrir?

—Cuando tengamos autorización judicial.

—¿Cuánto tarda?

—Depende.

—Esa palabra está trabajando demasiado hoy.

El inspector cerró la libreta.

—Hasta que localicemos a Marta, no sabremos qué relación tenía con Irene ni por qué retiró la maleta.

—Volverá.

—¿Por qué está tan segura?

—Dijo que volvería antes del mediodía.

—También mintió sobre ser Alicia.

—Mintió sobre su nombre, sobre el cuerpo y sobre haber subido a la azotea. Pero pagó el café correctamente.

—Dejó demasiado dinero.

—Y aceptó el cambio. Tiene límites.

Aranda la observó.

—No confíe en ella.

—No confío.

—Parece estar defendiéndola.

—Estoy intentando entender por qué una asesina fingiría ser la víctima, dejaría la principal prueba en una cafetería y anunciaría la hora de su regreso.

—Quizá porque no es muy buena asesina.

—O porque no mató a Irene.

—También es posible.

—¿Cree que la mató?

Aranda tardó un poco en responder.

—Creo que encontró el cuerpo y manipuló la escena. Se llevó pertenencias de la fallecida, ocultó su identidad e intentó retrasar el descubrimiento. Todo eso necesita explicación.

—Pero tuvo veinticinco minutos.

—Suficientes para cometer algunas cosas.

—No para matar a Irene diez horas antes.

—No sabemos cuándo llegó realmente a Valleverde.

Clara señaló la imagen de la estación.

—La cámara sí.

—Sabemos que bajó de ese tren. No sabemos dónde estuvo anoche.

—Su billete era de Córdoba.

—Pudo conducir hasta Valleverde, volver a Córdoba y coger el tren por la mañana.

Clara lo miró.

—Eso sería una forma muy trabajosa de parecer inocente.

—Los culpables suelen trabajar mucho.

—¿El registro del hotel?

—No hizo el check-in anoche.

—Entonces tampoco demuestra dónde estaba.

—Exacto.

Clara bebió el resto del café, ya frío.

—Pero Irene escribió que Marta llegaría por la mañana.

—Si escribió ella la frase.

—¿Quién más?

—Marta.

—¿Para construirse una coartada?

—O Sergio. O cualquiera que tuviera acceso al billete.

—Usted consigue que hasta un horario de tren parezca sospechoso.

—Es parte del trabajo.

A las diez y cuarenta, Aranda permitió que Clara reabriera la cafetería, con la condición de que no comentara detalles de la investigación.

A las diez y cuarenta y dos, el primer cliente entró preguntando si era cierto que una famosa crítica gastronómica había sido asesinada con una cafetera.

—No —respondió Clara.

—¿Entonces no murió?

—No con una cafetera.

—¿Con qué?

—No puedo comentarlo.

El hombre pidió un café solo y se instaló junto al escaparate para observar a los agentes.

A las diez y cincuenta, llegaron tres personas que nunca frecuentaban el Café Aurora.

A las once, todas las mesas estaban ocupadas.

—La muerte mejora el movimiento comercial —dijo Pilar.

—No pienso ponerlo en la pizarra.

—“Café Aurora: una experiencia por la que algunos matarían”.

—Pilar.

—Estoy pensando en la temporada baja.

Berta había subido a su apartamento para responder mensajes y cancelar reservas. Ramiro fue con un agente a buscar la cuarta llave del ático. Celia se marchó después de declarar durante casi una hora. Nuria volvió al taller, pero prometió regresar si la policía necesitaba información sobre el faro.

Doña Amparo permaneció en su mesa.

—¿No va a casa? —preguntó Clara.

—Aquí pasan más cosas.

—Eso no siempre es una ventaja.

—A mi edad, sí.

El teléfono del café sonó a las once y siete.

Clara respondió.

—Café Aurora.

Silencio.

—¿Diga?

Una respiración.

Después, una voz femenina:

—¿La maleta sigue ahí?

Clara miró inmediatamente a Aranda.

El inspector se encontraba junto a la puerta, hablando con un agente. Al verla, se acercó.

Clara puso el teléfono en altavoz sin anunciarlo.

—¿Quién llama?

—La mujer que la dejó.

La voz era la misma de aquella mañana.

Más tensa.

Sin el esfuerzo de parecerse a otra.

—Marta —dijo Clara.

Hubo una pausa.

—¿Cómo sabe mi nombre?

—Lo dejó escrito en un billete.

—No era mío.

—Había otro que sí.

Silencio.

Aranda sacó el teléfono y escribió una instrucción para que rastrearan la llamada.

—¿Dónde está? —preguntó Clara.

—¿La policía sigue ahí?

—Sí.

La llamada casi terminó.

Clara oyó el movimiento del aparato.

—Espere.

—No puedo hablar con ellos todavía.

—Encontramos a Irene.

La respiración se interrumpió.

—Lo sé.

—¿La encontró usted primero?

Marta no respondió.

—Entró por el tejado —continuó Clara—. Salió por la puerta. Escondió la maleta en el lavadero. Bajó con el abrigo de Irene y fingió ser Alicia.

—No fingí ser Irene.

—Fingió que Alicia seguía viva.

—No es lo mismo.

Aranda le indicó con un gesto que prolongara la llamada.

—¿Dónde está la maleta? —preguntó Marta.

—La policía se la llevó.

Del otro lado llegó una palabra pronunciada demasiado bajo para entenderse.

No pareció amable.

—No debían abrirla —dijo Marta.

—Todavía no lo han hecho.

—¿Está segura?

Clara miró a Aranda.

Él asintió.

—Sí.

—Dígales que no la abran delante de Sergio.

—¿Por qué?

—Porque no sé cuánto sabe.

—Sabe que usted está en Valleverde.

El silencio cambió.

Se volvió más profundo.

—¿Quién se lo dijo?

—Él afirmó que Irene.

—Irene no le habría dicho eso.

—Entonces quizá la estaba vigilando.

—No quizá.

Aranda se acercó al teléfono.

—Señora Cuenca, soy el inspector Aranda. Necesitamos que venga a comisaría.

Marta guardó silencio.

—No está detenida —continuó—, pero ha retirado objetos de una escena donde se produjo una muerte violenta y se hizo pasar por otra persona. Si coopera, podremos escuchar su explicación.

—Si voy a comisaría, Sergio sabrá dónde estoy.

—Podemos protegerla.

Marta soltó una risa pequeña.

No sonó divertida.

—No protegieron a Irene.

—No sabíamos que estaba en peligro.

—Todo el mundo sabía que estaba en peligro. Solo que resultaba más cómodo llamarlo conflicto profesional.

La llamada se cortó.

Aranda miró al agente.

—¿Localización?

—Teléfono público. Plaza del Mercado.

—A cuatro calles —dijo Clara.

El inspector dio instrucciones rápidas. Dos agentes salieron por la puerta.

Clara colgó.

—Va a volver.

—Acaba de llamar desde un lugar cercano —dijo Aranda—. Eso no significa que venga aquí.

—Preguntó por la maleta.

—Podría estar comprobando si es seguro huir.

—No parecía querer huir.

—¿Qué parecía querer?

Clara observó el reloj.

Las once y doce.

—Tiempo.

A las once y treinta, la policía no había encontrado a Marta en la plaza.

A las once y cuarenta y cinco, Aranda recibió confirmación de la Pensión Miramar.

Marta había reservado una habitación cinco días antes. El código de acceso se utilizó por primera vez a las seis y cuarenta y seis de aquella mañana. Una cámara del pasillo la mostraba subiendo hacia la terraza de servicio dos minutos después.

A las seis y cincuenta y ocho, otra cámara la registró regresando desde la terraza.

Ya no llevaba la chaqueta beige.

Llevaba el abrigo verde de Irene.

No aparecía la maleta porque la cámara no cubría la salida hacia el edificio contiguo.

A las siete y dos, Marta abandonó la pensión por la puerta principal.

A las siete y nueve entró en el Café Aurora.

La cronología encajaba.

No perfectamente.

Pero lo suficiente.

—Encontró el cuerpo y estuvo con él menos de diez minutos —dijo Clara.

Aranda observó las imágenes.

—O ya sabía lo que encontraría.

—Aun así, no tuvo tiempo de limpiar una escena, mover el faro, registrar el apartamento y planear todo lo demás.

—Puede haber actuado deprisa.

—El faro cayó anoche. Yo lo oí.

—Sí.

—Y Marta estaba en un tren esta mañana.

—Si podemos probar que subió en Córdoba y no solo que bajó aquí.

—¿No hay cámaras?

—Las están revisando.

Pilar se inclinó desde el otro lado de la barra.

—¿Puedo hacer una pregunta?

—Preferiría que no —dijo Aranda.

—¿Por qué ponerse el abrigo de una muerta?

Clara miró la imagen.

Marta salía de la pensión con las gafas oscuras, el cabello recogido y el abrigo verde.

—Porque temía que alguien estuviera vigilando el Portal 7 —dijo—. Si la veían salir vestida como Irene, pensarían que Irene seguía viva.

—¿Quién?

—Sergio.

—O el asesino —dijo Pilar.

—Podían ser la misma persona.

Aranda guardó la tableta.

—No conviertan una posibilidad en una condena.

—¿Qué otra razón tendría para mantener viva a Irene durante una hora? —preguntó Clara.

—Sacar la maleta sin que nadie supiera que la propietaria estaba muerta.

—Eso también implica que temía a alguien.

—O que quería robarla.

—Entonces no la habría dejado aquí.

—Quizá no podía llevársela a la reunión que tenía.

—¿Con quién?

—Eso tendremos que preguntarle.

El reloj llegó a las once y cincuenta y siete.

Clara miró hacia la puerta.

Nada.

A las once y cincuenta y ocho, Migas bajó de la nevera.

Caminó hasta el escaparate.

Se sentó.

A las once y cincuenta y nueve, una mujer apareció al otro lado de la calle.

No llevaba el abrigo verde.

Vestía la chaqueta beige de la estación. El cabello estaba suelto. No llevaba gafas. A plena luz, el parecido con Irene se reducía a una combinación de altura, color y gestos aprendidos.

Marta Cuenca permaneció frente al paso de peatones.

Miró hacia el Café Aurora.

Vio a Aranda.