Capítulo 4 — Dos cafés para una sola mujer #2
—Entonces también sabía que fingía ser una muerta.
Aranda cerró la libreta.
—Eso es lo que vamos a probar.
La puerta principal recibió tres golpes.
Un hombre situado en la acera señaló su reloj y luego el cartel de CERRADO.
Clara negó con la cabeza.
Él golpeó otra vez.
—Está cerrado —gritó.
—Solo quiero un café —respondió el hombre a través del cristal.
—Eso dicen todos.
El hombre observó a los agentes.
—¿Ha pasado algo?
Pilar se acercó a la puerta.
—No podemos comentarlo.
—¿Quién murió?
Clara miró a Pilar.
—¿Qué?
—No he dicho quién.
El hombre permaneció unos segundos esperando información adicional.
Al no recibirla, se alejó hacia la frutería.
—Dentro de diez minutos lo sabrá —dijo Pilar—. El frutero tiene una prima en la funeraria.
—No sabemos todavía qué podemos hacer público —dijo Aranda.
—No tiene que hacer nada. Valleverde se publica sola.
Un agente entró desde el portal.
Se acercó al inspector y le mostró algo en una tableta.
Aranda leyó en silencio.
—¿Qué han encontrado? —preguntó Clara.
—Todavía no lo sé.
—Lo está mirando.
—Estoy intentando saberlo.
El agente habló en voz baja.
—La estación confirmó que el tren llegó a las seis y treinta y cuatro. Dos minutos tarde. Tenemos imágenes del andén y de la salida.
Aranda recibió la tableta.
Clara dejó la taza.
—¿Marta?
El inspector amplió una imagen.
Una mujer bajaba del tren llevando una mochila negra y una pequeña bolsa de viaje azul. No vestía el abrigo verde. Llevaba una chaqueta beige, zapatillas blancas y el cabello suelto.
El rostro estaba parcialmente girado hacia la cámara.
Pero era ella.
La mujer del cortado con canela.
—Es la misma —dijo Clara.
Aranda no apartó la vista de la pantalla.
—¿Segura?
—Sí.
—Mírela bien.
Clara se acercó.
Sin las gafas, el pañuelo y el abrigo de Irene, el parecido era menor. Seguían teniendo una altura semejante, cabello del mismo color y rasgos compatibles con una confusión rápida. Pero no parecían hermanas.
Parecían dos mujeres elegidas para poder ocupar la misma fotografía desde lejos.
—Es ella —repitió.
El agente deslizó la pantalla.
En otra imagen, la mujer salía de la estación a las seis y treinta y siete. Miraba el teléfono. No llevaba la maleta roja.
A las seis y treinta y nueve subía a un taxi.
—El conductor ya fue localizado —dijo el agente—. La dejó a las seis y cuarenta y cuatro en la calle del Mirador.
Ramiro frunció el ceño.
—Eso está detrás del edificio.
—¿Cuánto se tarda andando? —preguntó Aranda.
—Desde allí hasta el Portal 7, tres minutos —respondió Clara.
—¿Por qué no pidió que la dejaran delante?
—Porque no quería ser vista llegando.
Pilar se inclinó sobre la tableta.
—O porque la calle del Mirador está cortada por obras.
Todos la miraron.
—¿Lo está? —preguntó Aranda.
—Un tramo. No donde la dejó el taxi.
—¿Qué hay en ese punto?
Pilar respondió antes que nadie.
—La Pensión Miramar. El edificio contiguo al Portal 7.
El inspector se volvió hacia Ramiro.
—¿Comparte tejado con el ático?
—Sí.
—¿Se puede acceder a la cubierta desde la pensión?
Ramiro dudó.
—Tienen una terraza de servicio. Está separada por un muro bajo.
—¿Un muro que una persona podría cruzar?
—Una persona imprudente.
Clara miró hacia el techo.
—O una persona con prisa.
Aranda entregó la tableta al agente.
—Vayan a la pensión. Cámaras, registro de huéspedes, personal, acceso a la terraza. Quiero saber si Marta Cuenca estuvo allí y cómo entró.
—Ya llamamos —dijo el agente—. Hay una reserva a su nombre para anoche y hoy.
—¿Anoche?
—La habitación estaba pagada desde ayer, pero no hizo el registro hasta esta mañana. La reserva se realizó hace cinco días.
Clara sintió que una pieza se acomodaba.
—Lo había planeado.
—Planeó alojarse al lado —dijo Aranda—. No sabemos para qué.
—Para llegar al ático sin usar el portal.
—Probablemente.
Ramiro alzó una mano con timidez.
—Hay algo sobre la puerta.
Todos lo miraron.
—¿Qué?
—No estaba cerrada desde dentro.
Berta abrió mucho los ojos.
—La llave estaba puesta.
—La llave estaba puesta en la cerradura interior, pero el cerrojo no estaba echado. Solo estaba cerrado el resbalón automático.
Clara frunció el ceño.
—¿Eso significa?
—Que alguien dentro podía abrir con la manilla, salir y dejar que la puerta se cerrara sola. No necesitaba retirar la llave.
—Entonces Marta pudo entrar por la ventana y salir por la puerta —dijo Clara.
—Sí.
—¿Y esconder la maleta en algún lugar del edificio?
Ramiro pensó.
—El lavadero comunitario está un piso por debajo. La puerta de la azotea desemboca allí.
—¿Estaba abierto esta mañana?
—Debería estar cerrado.
Pilar soltó una risa breve.
—En este edificio, “debería” ya debería pagar cuota.
Aranda miró a Ramiro.
—¿Quién tiene llave del lavadero?
—Todos los propietarios.
—¿Y la puerta desde la terraza de la pensión?
—No pertenece al Portal 7.
—No he preguntado eso.
—La puerta de nuestra azotea tiene cerradura, pero ayer Berta pidió que la dejaran abierta para que un técnico revisara una antena.
Berta se levantó.
—No fui yo.
—Me enviaste un mensaje.
—Pedí acceso durante la tarde.
—El técnico no vino.
—¿Y nadie volvió a cerrar?
Ramiro miró el suelo.
—Eso parece.
Aranda respiró lentamente.
—Entonces, desde la Pensión Miramar, Marta pudo subir a la terraza, cruzar el muro, entrar en la azotea del Portal 7, acceder por la ventana abierta del ático y después salir por la puerta principal del apartamento.
—Sí —dijo Ramiro—. Técnicamente.
—¿Cuánto tardaría?
—Si conoce el camino, cinco minutos desde la pensión hasta la ventana.
—Llegó a la calle del Mirador a las seis y cuarenta y cuatro —calculó Clara—. Entró en el café a las siete y nueve.
—Veinticinco minutos —dijo Aranda.
—Suficientes para entrar, encontrar el cuerpo, coger el abrigo, sacar la maleta y esconderla en el lavadero.
—Es posible.
—Después salió por la puerta del apartamento, bajó a la calle, entró en el café y fingió no saber nada.
—Posible no significa probado.
—Pero ya no necesita volar sobre los tejados cargando una maleta.
—Eso mejora mucho la hipótesis —dijo Ramiro.
Clara lo miró.
—Me alegra que el homicidio resulte administrativamente más cómodo.
—No quería decir eso.
—Nunca quieres.
Berta seguía de pie.
—¿Por qué reservaría una habitación al lado?
—Para encontrarse con Irene sin que Sergio lo supiera —dijo Clara.
Aranda la miró.
—¿De dónde saca eso?
Clara señaló el billete encontrado bajo la cinta.
—“Marta llegará por la mañana. No confíes en Sergio.”
—Puede haber otras razones.
—¿Como cuáles?
—Eso averiguaremos.
—No parece tener muchas.
—Las personas siempre tienen más razones de las que cuentan.
Pilar asintió.
—Por eso existen las novelas y las comunidades de propietarios.
El teléfono de Aranda vibró.
Contestó.
—Aranda.
Escuchó durante unos segundos.
—Sí. Páselo.
Se alejó hacia la puerta.
Clara intentó no prestar atención.
No lo consiguió.
—Señor Beltrán —dijo el inspector—. Soy el inspector León Aranda, de la policía de Valleverde.
Todos en el café dejaron de fingir que no escuchaban.
Aranda los miró.
Nadie se movió.
—Necesito confirmar su relación profesional con Alicia Montoro.
Pausa.
—Entiendo. ¿Y su nombre legal?
Otra pausa.
El inspector frunció el ceño.
—¿Irene Valdés era la única persona que utilizaba ese pseudónimo?
Clara miró a Pilar.
Pilar levantó las cejas.
—¿Está seguro? —continuó Aranda—. Hemos encontrado referencias a una mujer llamada Marta Cuenca.
Silencio al otro lado.
La expresión del inspector cambió apenas.
—No le he dicho que haya estado en Valleverde.
Clara dejó de respirar un instante.
Aranda caminó hacia el fondo del café.
—Señor Beltrán, necesito que responda con cuidado. ¿Cómo sabe que Marta ha venido?
Pausa.
—No, no es suficiente.
Otra pausa.
—¿Dónde está usted ahora?
El inspector miró el reloj.
—No se mueva de ese lugar. Un equipo se pondrá en contacto con usted.
Colgó.
Berta se acercó.
—¿Era Sergio?
—Sí.
—¿Qué ha dicho?
—Que Alicia Montoro era un pseudónimo utilizado exclusivamente por Irene Valdés.
—Eso es mentira —dijo Clara.
—¿Por qué?
—Porque Marta fingió ser Alicia con demasiada facilidad.
—Puede haberlo hecho sin formar parte del trabajo.
—Sabía cómo hablaba. Tenía sus gafas y su abrigo. Sabía de Sergio. Irene la esperaba.
—Todo eso demuestra que se conocían.
—Y Sergio sabía que Marta estaba aquí antes de que usted se lo dijera.
Aranda guardó el teléfono.
—Afirmó que Irene le había comentado que Marta viajaría a Valleverde.
—Entonces la conoce.
—Dice que es una antigua colaboradora de la editorial.
—Hace un minuto dijo que Irene era la única Alicia.
—Una cosa no excluye la otra.
—Pero parece esforzarse mucho.
Aranda no respondió.
—¿Dónde está Sergio? —preguntó Berta.
—En un hotel de carretera a treinta kilómetros de Valleverde.
Clara miró hacia la ventana.
—¿Vino anoche?
—Dice que llegó esta mañana.
—¿En motocicleta?
—Dice que en coche.
—¿Chaqueta azul?
—No le pregunté por su ropa.
—Debería.
—¿Por qué?
Clara recordó al hombre junto a la motocicleta mientras Irene hablaba por teléfono. La figura alejándose aquella mañana. El hilo azul entre las uñas de Migas.
—Porque vi a un hombre con chaqueta azul frente al café anoche. Irene lo miraba mientras hablaba con Sergio. Y hoy vi a otro —o al mismo— alejándose cuando oímos pasos en el tejado.
—¿Le vio el rostro?
—No.
—¿La motocicleta?
—Oscura. No distinguí la matrícula.
—¿Está segura de que hablaba con Sergio cuando vio al hombre?
—Su nombre apareció en la pantalla.
Aranda volvió a abrir la libreta.
—Eso debería haberlo mencionado antes.
—Lo mencioné.
—Dijo que había un hombre junto a una motocicleta.
—Y que el teléfono mostraba el nombre de Sergio.
—No relacionó ambas cosas.
—Porque no sabía si estaban relacionadas.
—Ahora tampoco lo sabe.
—Pero usted puede preguntarle si conduce una motocicleta.
—Ya lo haremos.
—Y si su chaqueta está rota.
Aranda levantó la vista.
—¿Rota?
—El hilo azul. Nuria dijo que parecía arrancado de una costura.
Nuria asintió desde su mesa.
—Es tejido sintético. De una prenda exterior, probablemente.
—Eso no lo convierte en la chaqueta de Sergio —dijo Aranda.