Capítulo 4 — Dos cafés para una sola mujer
Dos cafés para una sola mujer
A las nueve y cuarenta y siete, Clara Medina colgó por primera vez el cartel de CERRADO mientras permanecía dentro del Café Aurora.
Le pareció una traición.
La cafetería estaba llena de personas, tazas, policías y preguntas, pero oficialmente no podía servir a nadie. Afuera, varios curiosos observaban el escaparate con la decepción de quienes habían encontrado una escena policial sin acceso a café ni declaraciones exclusivas.
Clara giró el cartel para que quedara bien visible.
Un hombre pegó la cara al cristal.
—No abre —le dijo Pilar desde una mesa.
El hombre señaló el interior, donde había nueve personas.
—Estamos cerrados de una forma compleja —explicó Clara.
Él no pareció satisfecho.
—Hay gente tomando café.
—Son sospechosos.
El hombre se apartó inmediatamente.
Pilar levantó su taza.
—Técnicamente, yo todavía no soy sospechosa.
—Dale tiempo.
Aranda había distribuido a los presentes por el local con una precisión que no lograba evitar que todos escucharan las declaraciones de los demás.
Berta ocupaba una mesa junto a la pared, acompañada por un agente y por su teléfono confiscado temporalmente.
Ramiro esperaba cerca de la vitrina, hojeando una revista sin pasar de página.
Celia permanecía junto a la puerta, con los brazos cruzados y el cubo de limpieza todavía a sus pies.
Nuria se había sentado al lado de Doña Amparo, que comía una tostada como si una investigación por homicidio fuera una interrupción molesta pero no extraordinaria.
Migas vigilaba desde encima de la nevera.
Aranda había pedido que lo encerraran en la cocina.
Clara había obedecido.
Migas había tardado tres minutos en reaparecer por un lugar que nadie consiguió identificar.
El inspector decidió que había delitos más urgentes.
—Empecemos otra vez —dijo Aranda.
Estaba sentado frente a Clara, con la libreta abierta y una taza vacía entre ambos. No había pedido café. Clara había colocado la taza allí para que la mesa no pareciera tan desnuda.
—¿Desde qué parte?
—Desde la llegada de la mujer anoche.
—Llegó a las seis y doce.
—¿Está segura de la hora?
—El taxi se detuvo dos minutos después de que Berta dijera que llegaría a las seis y siete. Miré el reloj porque pensé que una crítica de viajes llegaba tarde con demasiada precisión.
Berta levantó la voz desde la otra mesa.
—El tren se retrasó.
Aranda no se volvió.
—Señora Luján, está prestando declaración con el agente Méndez.
—Solo aclaraba.
—No aclare desde otra mesa.
Pilar bebió un sorbo.
—Tiene razón. Las aclaraciones cruzadas son el principio de todas las reuniones de vecinos.
Aranda miró hacia ella.
Pilar bajó la taza.
—Estoy recordando en silencio.
El inspector regresó a Clara.
—La mujer que llegó anoche era la fallecida.
—Sí.
—¿Puede afirmarlo con seguridad?
Clara pensó en el rostro dentro del armario.
El cabello suelto.
La línea fina junto a la ceja.
—Sí. La vi durante casi una hora. Sin gafas. Hablé con ella. Firmó delante de mí.
—¿Cómo era?
—Cuarenta y pocos años. Cabello castaño. Más o menos mi altura. Delgada. Ojos oscuros. Una pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda.
Aranda levantó la vista.
—No mencionó la cicatriz antes.
—No sabía que iba a necesitar describirla.
—¿La mujer de esta mañana tenía esa cicatriz?
Clara se quedó callada.
Intentó reconstruir el rostro.
El pañuelo oscuro.
Las gafas al entrar.
La luz gris del amanecer.
La mujer se las había quitado, sí, pero Clara había mirado más el cambio de café, la mano izquierda y la forma en que respondía.
—No lo sé.
—¿No la vio?
—La vi. Pero esperaba ver a Alicia, así que vi a Alicia.
Aranda dejó el bolígrafo sobre la libreta.
—Explíquelo.
—Llevaba el mismo abrigo. Las mismas gafas. El cabello recogido de forma parecida. Tenía una altura y una complexión semejantes. Entró como si ya conociera el lugar y yo le hablé como si fuera la mujer de anoche.
—¿Y ella permitió que lo creyera?
—Sí.
—¿Se presentó?
—No.
—¿Dijo en algún momento “soy Alicia Montoro”?
—No.
—¿Respondió cuando la llamaron Alicia?
—Sí.
—Eso no demuestra que fuera ella.
—Ahora lo sé.
—¿Por qué no lo supo entonces?
Clara miró la taza vacía.
—Porque las personas no comprobamos una identidad cada vez que alguien entra por una puerta. Reconocemos un abrigo, una voz parecida, una forma de caminar. Completamos lo que falta.
Doña Amparo habló desde la mesa contigua.
—Yo dije que tenía otra cara.
Aranda cerró los ojos.
—Doña Amparo.
—No estoy comentando. Estoy confirmando.
—Lo confirmará cuando le pregunte.
—A mi edad, conviene no depender demasiado del futuro.
Clara escondió una sonrisa.
Aranda retomó el bolígrafo.
—¿La voz era parecida?
—Lo suficiente.
—¿Igual?
—No. Esta mañana era algo más grave.
—¿Y el rostro?
—Parecido, pero no idéntico. Ahora que sé que eran dos mujeres, puedo recordar diferencias. La nariz de Marta era más estrecha. La mandíbula menos marcada. Irene tenía los ojos más hundidos.
—La mujer de esta mañana todavía no ha sido identificada formalmente como Marta.
Clara señaló la bolsa transparente sobre la barra.
Dentro estaban los dos billetes de tren.
—El papel parece tener una opinión.
—El papel demuestra que una persona llamada Marta Cuenca compró un billete. No que fuera la mujer que estuvo aquí.
—¿Cuántas Martas necesitaremos antes de llamarla Marta?
—Una que podamos encontrar.
Clara se reclinó en la silla.
—De acuerdo. La mujer posiblemente llamada Marta tenía la nariz más estrecha.
Aranda continuó escribiendo.
—¿Por qué cree que todos la confundieron?
—Berta nunca había visto a Alicia en persona. Pilar solo había observado a Irene desde otra mesa. Doña Amparo no las confundió del todo. Y esta mañana todavía era temprano.
—Eso no cambia un rostro.
—Cambia la atención. Nadie espera encontrar a una segunda mujer vestida como la primera antes del desayuno.
Aranda asintió lentamente.
La explicación no eliminaba lo extraño.
Pero lo volvía humano.
Clara conocía ese mecanismo por su trabajo anterior. En el registro civil, muchas personas entregaban un documento y adquirían inmediatamente el rostro de la fotografía, aunque la imagen tuviera quince años, veinte kilos menos y un peinado cometido durante una crisis personal.
Las identidades no se verificaban solo con ojos.
También con expectativas.
—Quiero que comparemos las dos visitas —dijo Aranda—. Sin interpretaciones. Solo hechos.
Clara señaló la cafetera.
—Necesito preparar algo.
—Estamos cerrados.
—La cafetera no entiende procedimientos policiales.
—Clara.
—Pensar sin café también puede alterar una declaración.
El inspector la observó durante unos segundos.
—Uno.
—¿Para usted?
—Para usted. Yo sigo trabajando.
—Eso explica su carácter.
Clara se levantó.
Aranda la siguió hasta la barra con la libreta.
La taza utilizada por la mujer de la mañana seguía junto al fregadero, aislada por un agente antes de que Clara pudiera lavarla. Cerámica blanca, borde azul, una pequeña línea parecida a una ola junto al asa.
—Esa fue la taza —dijo Clara.
—¿Está segura?
—Sí.
—¿Cómo la sostuvo?
—Con la izquierda.
—¿Todo el tiempo?
—Al menos cuando bebió.
Aranda hizo una anotación.
Clara colocó otra taza semejante junto a ella.
—Anoche Irene tomó café solo.
—¿En cuál?
—No lo recuerdo. Una de las nuevas, pero después la lavé.
—¿Con qué mano?
—La derecha.
—Firmó también con la derecha.
—Sí.
—¿Pagó?
—No. Berta dijo que el café formaba parte del recibimiento.
—Entonces no sabemos con qué mano habría pagado.
—No, pero sacó el teléfono, tocó la pantalla y sostuvo la maleta con la derecha varias veces.
—¿Podía ser ambidiestra?
—Podía. Pero también podía ser otra persona.
Clara llenó una taza para sí misma.
—Anoche: café solo, sin azúcar, sin canela. Dijo que la canela estropeaba el café.
—Esta mañana.
—Cortado, un sobre de azúcar y canela.
—¿Las personas no cambian de pedido?
—Sí.
—Entonces tampoco demuestra nada.
—Una cosa no. Cinco juntas, quizá.
—Continúe.
—El perfume. Irene llevaba uno amaderado, bastante intenso. La mujer de esta mañana olía a jabón y a algo cítrico.
—Podría haberse duchado.
—Eso pensé.
—¿Ropa?
—El mismo abrigo verde. Pantalones negros. Zapatos parecidos. Gafas iguales o muy parecidas. Pero llevaba un pañuelo que Irene no tenía anoche.
Clara tomó el pañuelo oscuro olvidado sobre la barra y lo señaló sin tocarlo.
Un agente ya lo había introducido en una bolsa.
—Ese.
—¿Algo más?
—No reconoció a Pilar.
—¿Está segura?
—Preguntó quién era.
—Después corrigió.
—Después de que yo reaccionara.
Pilar levantó una mano desde su mesa.
—Es difícil olvidarme.
Aranda ni siquiera la miró.
—Lo anotaremos como impresión de la testigo.
—No es una impresión —protestó Pilar—. Tengo fotografías.
—No necesito fotografías suyas.
—Todo el mundo dice eso hasta que necesita una.
Clara bebió el primer sorbo.
—También olvidó la conversación sobre la reputación.
—¿Qué dijo?
—Cuando le pregunté qué iba a pasar antes del mediodía, respondió “ah”, como si no supiera de qué hablaba. Luego dijo que seguía en pie.
—Eso puede ser cansancio.
—Todo puede ser cansancio si se insiste lo suficiente.
—¿Caligrafía?
—La mujer de esta mañana no escribió nada.
—¿Teléfono?
—No lo vi.
—¿Llevaba bolso?
—Uno pequeño, negro. Irene llevaba uno marrón.
Aranda pasó varias páginas hacia atrás.
—El bolso marrón fue encontrado en el dormitorio con la identificación de Irene.
—Entonces la mujer de esta mañana utilizó otra ropa y otro bolso, pero el abrigo de Irene.
—Eso parece.
—¿Por qué ponerse el abrigo?
—Para que la confundiéramos.
—O porque tenía frío.
—Inspector.
—Necesito separar lo que sabemos de lo que queremos que encaje.
Clara apoyó la taza.
—Sabemos que una mujer llegó anoche usando el nombre Alicia Montoro.
Sabemos que murió antes de medianoche y que su verdadero nombre era Irene Valdés.
Sabemos que una segunda mujer llegó esta mañana, se vistió de forma parecida, aceptó que la llamáramos Alicia, sacó la maleta de Irene del edificio y trató de impedir que Celia entrara en el apartamento.
—Correcto.
—Sabía que el cuerpo estaba allí.
—Muy probablemente.