La huésped que murió dos veces en el Portal 7 Capítulo 3 — La habitación sin entradas #3
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Capítulo 3 — La habitación sin entradas #3

Por primera vez desde que encontraron el cuerpo, Clara vio algo más que preocupación comercial en su rostro.

Miedo.

Berta se sentó.

—Yo solo quería que escribiera sobre el apartamento.

Nuria ocupó la silla contigua.

—Lo sabemos.

—No sabía que se llamaba Irene.

—Nadie lo sabía —dijo Clara.

Pilar se aclaró la garganta.

—Quizá alguien sí.

Todos miraron hacia ella.

—El editor —añadió—. Sergio.

Aranda abrió la libreta.

—Necesitaré todos los mensajes que intercambió con él.

Berta miró hacia el agente que tenía su teléfono.

—Están ahí.

—¿Tiene su número?

—Sí.

—¿Dirección?

—La de la editorial.

—¿Nombre de la empresa?

—Horizonte Abierto.

Pilar hizo una mueca.

—Suena a residencia con actividades de verano.

—Publican guías, revistas y libros de viajes —dijo Berta.

—¿Y Alicia trabajaba para ellos?

—Desde hace años.

Aranda hizo una anotación.

—¿La mujer que vino esta mañana dijo llamarse Alicia?

Clara repasó la conversación.

—No exactamente.

—¿Cómo que no exactamente?

—Entró y yo la traté como Alicia. Ella no me corrigió.

—Berta la llamó Alicia —añadió Pilar—. Y respondió.

—También dijo que Sergio era su editor —recordó Clara—. O al menos no corrigió cuando lo llamamos así.

Aranda levantó la vista.

—¿Pidió que no informaran a Sergio de que estaba aquí?

—Sí.

—¿Por qué?

—Dijo que temía a las personas que creían que una reputación les pertenecía.

—¿Eso fue esta mañana?

—Anoche dijo algo parecido. Esta mañana dijo que necesitaba unas horas para decidir qué versión de la verdad podía sobrevivir.

Pilar hizo una mueca.

—La gente debería dejar de hablar en frases memorables cuando está ocultando un cadáver.

—No sabemos que lo ocultara ella —dijo Nuria.

—Encontró a Irene —respondió Clara.

Todos la miraron.

Clara continuó:

—La mujer de esta mañana llevaba el abrigo de Irene. Subió al apartamento. Bajó con su maleta. Tenía polvo del tejado en los zapatos y no quería que Celia entrara. Sabía que el cuerpo estaba ahí.

—Eso no significa que la matara —dijo Nuria.

—No.

—Pero huyó —añadió Ramiro.

—Tampoco sabemos si huyó —dijo Clara—. Caminó hacia la estación.

Aranda cerró la libreta.

—¿Está segura de la dirección?

—Sí.

El inspector hizo una señal a uno de los agentes.

—Avise a la estación. Revisen cámaras, andenes, taxis y autobuses. Mujer de unos cuarenta años, cabello castaño, abrigo verde oscuro, gafas de sol. Puede utilizar el nombre Alicia Montoro.

—O Marta —dijo Clara.

Aranda se detuvo.

—¿Por qué Marta?

—No sé.

—Entonces no invente nombres.

—No estoy inventando. Pensaba en una posibilidad.

—Guárdela hasta tener algo más que una sensación.

Clara miró la maleta.

La etiqueta.

Irene Valdés.

Alicia Montoro.

Dos cafés.

Dos manos.

Dos mujeres.

—Ella sabía que Irene estaba muerta —dijo—. Pero necesitaba que nosotros creyéramos que seguía viva.

—Eso parece.

—¿Para sacar la maleta?

—Es una posibilidad.

—¿Y por qué dejarla aquí?

—Quizá pensaba volver.

—Dijo que volvería antes del mediodía.

Pilar consultó su reloj.

—Son las nueve y diez.

—Gracias —dijo Aranda.

—Solo informo.

—No necesito actualizaciones cada minuto.

—Cuando llegue el mediodía agradecerá haber empezado pronto.

El inspector se dirigió al agente junto a la maleta.

—Trasládenla a comisaría. Sin abrir hasta que tengamos autorización o consentimiento de la propietaria.

—La propietaria está muerta —dijo Berta.

—Precisamente.

—Pero la dejó aquí otra mujer —señaló Clara.

—Y no sabemos quién es.

—Eso complica el consentimiento.

—Mucho.

Migas abandonó la mesa donde había terminado la magdalena.

Volvió hacia el equipaje.

Antes de que nadie pudiera impedirlo, metió una pata bajo la cinta negra y tiró.

La cinta se desplazó.

—¡Migas! —gritó Clara.

El agente sujetó la maleta.

El gato retrocedió.

Algo cayó al suelo.

No era un trozo de tela.

Era un papel doblado, atrapado entre la cinta y el revestimiento lateral.

Aranda levantó una mano.

—Nadie lo toque.

Migas se sentó.

Parecía satisfecho.

El inspector se puso guantes, recogió el papel con unas pinzas y lo abrió sobre la mesa.

Era un billete de tren impreso.

Madrid-Chamartín a Valleverde.

Fecha del día anterior.

Llegada prevista a las dieciocho y siete.

Nombre del pasajero:

Irene Valdés Soto.

—Coincide con el taxi —dijo Clara.

—Y con la hora de llegada —añadió Berta.

Aranda examinó el reverso.

Había algo escrito a mano.

Una dirección.

Un número de teléfono.

Y una frase breve:

Marta llegará por la mañana. No confíes en Sergio.

Nadie habló.

Clara miró al inspector.

—Marta.

Aranda leyó la frase otra vez.

—Parece que no lo inventó.

—Mis sensaciones suelen llegar con retraso documental.

—No se acostumbre.

El agente fotografió el billete.

Pilar se inclinó desde una distancia que consideraba prudente y Aranda consideraba insuficiente.

—¿Quién es Marta?

—Eso vamos a averiguar —dijo él.

—La mujer del café —respondió Clara.

Aranda guardó el papel en una bolsa.

—Todavía no lo sabemos.

—Llegó por la mañana. Irene la esperaba. Conocía a Sergio. Se puso su abrigo, sacó su maleta y fingió ser ella.

—Es una hipótesis.

—Una hipótesis con billete.

—El billete es de Irene.

—Y el nombre escrito es Marta.

—Clara.

—De acuerdo.

Aranda señaló el equipaje.

—Llévenselo.

Cuando el agente levantó la maleta, uno de los bolsillos exteriores se abrió unos centímetros. La cremallera no estaba cerrada del todo.

Un segundo papel asomó entre una guía turística y una bolsa de plástico.

El agente lo vio.

Aranda también.

—Espere.

Extrajo el documento con guantes.

Otro billete de tren.

Esta vez, Córdoba a Valleverde.

Fecha de aquella misma mañana.

Llegada prevista a las seis y treinta y dos.

Nombre de la pasajera:

Marta Cuenca Ruiz.

El café quedó completamente en silencio.

Hasta la cafetera pareció contener el vapor.

Clara recordó a la mujer entrando a las siete y nueve.

El cortado con canela.

La mano izquierda.

El perfume cítrico.

La pregunta sobre Pilar.

La suciedad roja en las suelas.

—Treinta y siete minutos —dijo.

Aranda levantó los ojos.

—¿Qué?

—El tren de Marta llegó a las seis y treinta y dos. Entró aquí a las siete y nueve. Tuvo treinta y siete minutos para llegar desde la estación, entrar en el apartamento sin usar la puerta, encontrar el cuerpo, cambiarse, sacar la maleta y bajar al café fingiendo ser Irene.

—Alicia —corrigió Berta débilmente.

Clara miró la tarjeta de identidad dentro de la bolsa.

—Ninguna de las dos era Alicia.

Aranda guardó el segundo billete.

—Eso todavía está por comprobar.

—¿Puede comprobarlo?

—Ya lo están haciendo.

Su teléfono vibró.

El inspector atendió.

Escuchó durante casi un minuto sin hablar.

Después se alejó unos pasos.

—Sí. Variantes, domicilios anteriores, registros profesionales, sociedades, todo.

Pausa.

—¿Nada?

Otra pausa.

—Revísenlo de nuevo.

Colgó.

Clara observó su expresión.

—¿Qué ocurre?

Aranda guardó el teléfono.

—No existe ninguna Alicia Montoro con actividad profesional, domicilio fiscal o documentación coincidente con la mujer de la reserva.

—Puede ser un pseudónimo —dijo Berta.

—Lo es.

—Entonces sí existe.

—Existe como firma. No como persona.

Pilar se apoyó en la barra.

—Muchas personas existen menos que sus firmas.

Nadie se rio.

Aranda miró la maleta roja, la tarjeta de Irene y los dos billetes.

—La fallecida es Irene Valdés. Una segunda mujer, Marta Cuenca, llegó esta mañana. Y ambas utilizaban, de algún modo que aún desconocemos, el nombre de Alicia Montoro.

—Una murió anoche —dijo Clara—. La otra la hizo desayunar esta mañana.

—Eso parece.

—¿Y cómo entró Marta en una habitación cerrada desde dentro?

Aranda miró hacia el techo.

Encima de ellos, el ático permanecía acordonado.

La llave seguía en el suelo.

La aplicación no registraba entradas desde las nueve y diecisiete de la noche anterior.

La ventana daba a un tejado que nadie razonable utilizaría.

—Por el mismo lugar por el que entró quien mató a Irene —dijo Clara.

—No sabemos que el asesino entrara por allí.

—Había una sombra en la azotea. Un hilo azul en las uñas de Migas. Polvo de teja en los zapatos de Marta y en la maleta.

Aranda sostuvo su mirada.

—Y ninguna entrada registrada.

—Una habitación sin entradas.

—Todas las habitaciones tienen entradas.

—Entonces esta tiene una que alguien se esforzó mucho en no llamar puerta.

El agente salió con la maleta.

Migas lo siguió hasta el umbral y se detuvo cuando Clara pronunció su nombre.

—Déjala.

El gato observó cómo el equipaje desaparecía en el portal.

Después caminó hacia la puerta lateral y alzó la cabeza.

Muy por encima, en el tejado, algo produjo un sonido breve.

Una teja moviéndose.

Un roce.

Clara miró a Aranda.

El inspector ya estaba mirando hacia arriba.

—¿Hay alguien todavía en el apartamento? —preguntó ella.

—Dos agentes.

—¿En la azotea?

Aranda no respondió.

Salió al portal y dio instrucciones rápidas.

Un policía subió por las escaleras. Otro salió a la calle.

Migas arañó la puerta lateral.

—Quieto —dijo Clara.

El gato insistió.

Desde el techo llegó otro golpe.

Más leve que el de la noche anterior.

Luego un ruido de pasos corriendo sobre las tejas.

Aranda regresó al café.

—Cierren la puerta principal.

Clara giró la llave.

Pilar se levantó.

—¿Hay alguien arriba?

—No lo sabemos.

—Eso significa que sí —dijo Doña Amparo.

El inspector llamó por radio.

Clara miró a través del escaparate.

En la acera de enfrente, un hombre con chaqueta azul se alejaba caminando hacia el paseo marítimo.

No corría.

No miraba hacia el edificio.

Llevaba un casco de motocicleta en la mano.

—Aranda.

El inspector se volvió.

Clara señaló la calle.

El hombre dobló la esquina antes de que pudieran verle el rostro.

Cuando un agente salió detrás, ya había desaparecido.

Migas emitió un maullido largo.

Clara apoyó una mano sobre la puerta cerrada.

La habitación del ático no carecía de entradas.

Tenía demasiadas.

Solo que ninguna estaba hecha para que una persona inocente la utilizara.