Capítulo 3 — La habitación sin entradas #2
—¿Registra las entradas? —preguntó Aranda.
Berta sacó el teléfono.
—Los códigos digitales, sí.
—Enséñemelo.
Desbloqueó la pantalla y abrió una aplicación. Tardó tres intentos porque sus manos temblaban.
—Cada huésped recibe un código temporal. Alicia tenía uno válido desde ayer a las seis hasta mañana a mediodía.
—¿Alicia o la mujer que reservó con ese nombre?
Berta tragó saliva.
—La huésped.
—Enséñeme el historial.
Todos se inclinaron ligeramente hacia el teléfono.
Aranda levantó la vista.
Todos recuperaron sus posiciones.
—Ayer —leyó Berta—, apertura a las dieciocho y veintisiete.
—Cuando subió por primera vez —dijo Clara.
—Después, a las diecinueve y cuarenta y uno.
—¿Salió? —preguntó Aranda.
Berta pensó.
—Bajó a comprar agua. Creo.
—¿La vio alguien?
Celia, de pie cerca de la entrada, alzó la mano a medias.
—Yo.
Aranda anotó.
—Continúe.
—Apertura a las veinte y seis. A las veinte y cincuenta y tres. A las veintiuna y diecisiete.
Ramiro frunció el ceño.
—Entró y salió mucho.
—Estaba trabajando —dijo Berta.
—¿Dónde?
—No tengo que saber cada movimiento de mis huéspedes.
—Pero les instalas una aplicación que los registra —murmuró Pilar.
Berta ignoró el comentario.
—La última apertura con el código de Alicia fue a las veintiuna y diecisiete.
—¿Y esta mañana? —preguntó Clara.
Berta deslizó el dedo.
Volvió a revisar.
—No hay ninguna.
—Eso es imposible —dijo Ramiro.
—La aplicación a veces tarda.
—Actualice.
Berta tiró de la pantalla.
El pequeño símbolo giró.
Nada cambió.
Última apertura: 21:17.
—La mujer subió a las siete y veinte, aproximadamente —dijo Clara—. Volvió con la maleta.
—Quizá usó una llave —dijo Berta.
—La llave estaba dentro de la cerradura —recordó Nuria.
—Pudo tener otra.
—¿Y cerrar después desde dentro sin quedarse en el apartamento? —preguntó Clara.
Berta abrió la boca.
No encontró respuesta.
Aranda tomó el teléfono.
—¿La puerta registra cuando se abre desde el interior?
—No. Solo el uso del código.
—¿Y con una llave física desde fuera?
—Tampoco.
Ramiro se cruzó de brazos.
—Entonces el registro no prueba que nadie entrara.
—Prueba que nadie utilizó el código —dijo Aranda.
—No es lo mismo.
—Gracias, señor Gil.
Ramiro pareció aliviado por haber aportado algo técnicamente correcto.
Aranda siguió revisando la aplicación.
—¿Cuántas llaves existen?
Berta contó mentalmente.
—Una para el huésped. Una de emergencia para mí. Otra para Ramiro.
—Y la empresa de limpieza —añadió Celia.
Berta la miró.
—Tú no tienes una llave.
—La tiene la oficina.
—Eso no significa que la tengas tú.
—Cuando me mandan limpiar, me la dan.
—¿La tenías ayer?
—Sí.
Todas las miradas se dirigieron hacia Celia.
Ella apretó los labios.
—Subí las sábanas.
—¿Y después devolvió la llave? —preguntó Aranda.
—A las ocho y media.
—¿A quién?
—A Mauro, en la oficina.
—¿Quién es Mauro?
—El encargado.
Aranda anotó el nombre.
—¿Existe alguna otra copia?
Berta negó.
Ramiro dudó.
Clara lo vio.
—Ramiro.
—¿Qué?
—Has puesto cara de anexo no declarado.
—No existe esa cara.
—La tienes ahora.
Aranda lo miró.
—¿Hay otra llave?
Ramiro se pasó una mano por la frente.
—Cuando cambiaron la cerradura, el instalador entregó cuatro copias mecánicas.
Berta se volvió hacia él.
—Me diste tres.
—La cuarta quedó en el sobre técnico.
—¿Dónde está?
—En el archivo de la comunidad.
Pilar soltó un bufido.
—Otra vez el archivo.
—El archivo es donde se guardan las cosas —protestó Ramiro.
—También donde desaparecen.
—Después de lo ocurrido con Don Ernesto, se revisó todo.
—Eso dijiste antes de que aparecieran tres facturas en una caja de adornos de Navidad.
Aranda alzó una mano.
—¿Dónde está esa cuarta llave ahora?
—En mi despacho.
—¿Lo sabe con seguridad?
Ramiro no respondió enseguida.
—Debería estar.
—Eso no es seguridad.
—Es administración.
—Hoy tampoco es una unidad válida.
Aranda devolvió el teléfono a Berta.
—Necesitaré una copia del historial completo y acceso a la aplicación.
Berta apretó el aparato contra el pecho.
—¿Va a quedarse con mi teléfono?
—Solo hasta descargar los datos.
—Tengo información privada.
—Puede desbloquearlo y acompañar al agente.
—También tengo fotografías.
—No las revisaremos.
—Algunas están en la misma carpeta.
—Berta —dijo Clara—, deja que vea las entradas.
—No quiero que aparezcan cosas fuera de contexto.
Pilar levantó una ceja.
—La frase oficial de las personas con cosas interesantes en el teléfono.
Berta entregó finalmente el aparato.
—Quiero que conste que colaboro voluntariamente.
Aranda se lo dio a un agente.
—Constará.
—¿En qué documento?
—En el que redactaré cuando termine de escuchar preguntas.
Migas se tumbó junto a la maleta.
La punta de su cola golpeaba una de las ruedas.
Aranda se acercó al equipaje.
—Clara, describa exactamente cómo llegó aquí.
—La mujer bajó con ella. La arrastró por la puerta lateral, intentó pasar detrás de la barra y tuvo que girarla porque era demasiado ancha.
—¿La ayudó?
—No.
—¿Tocó el asa?
—No.
—¿La cinta?
—Tampoco.
—¿Y el gato?
—La rueda. Quizá la costura ayer.
—¿Qué costura?
Clara señaló sin acercarse.
—Esa parte lateral. Parece reparada. Migas intentó levantarla anoche, cuando la mujer llegó.
Aranda se agachó.
La cinta negra ocultaba parte de la zona. Sin moverla, podía verse una línea irregular en el revestimiento rojo.
—¿La mujer reaccionó?
—Muy rápido.
—Dijo que llevaba documentos delicados —añadió Pilar.
Aranda la miró.
—Le había pedido que no comentara.
—No estoy comentando. Estoy declarando.
—Todavía no le he tomado declaración.
—Entonces estoy adelantando trabajo.
El inspector respiró hondo.
—Una persona cada vez.
Doña Amparo levantó un dedo.
—Eso no funciona aquí.
—Ya me he dado cuenta.
Un agente entró por la puerta principal con una bolsa para pruebas y varias etiquetas. Aranda le indicó que fotografiara la maleta antes de moverla.
El flash hizo que Migas se levantara.
—Retire al gato —dijo el agente.
—Está en su cafetería —respondió Clara.
—Está junto a una posible prueba.
—Eso le gusta.
Clara lo cogió y lo colocó sobre una silla.
Migas bajó inmediatamente.
Lo volvió a colocar.
Migas bajó otra vez.
Pilar tomó una servilleta, envolvió un trozo de magdalena y lo puso sobre la mesa más alejada.
Migas cruzó el café.
—Corrupción de testigos —dijo Clara.
—Gestión de recursos —respondió Pilar.
El agente levantó la maleta utilizando guantes.
Algo de polvo rojizo cayó de una rueda sobre el suelo.
Aranda se agachó.
—No limpien eso.
Clara miró la marca.
—Polvo de teja.
—Probablemente.
—La mujer tenía lo mismo en los zapatos.
—Lo recuerdo.
—Entonces estuvo en el tejado.
—O la maleta estuvo.
—No había maleta en el apartamento cuando encontramos el cuerpo.
—La mujer pudo sacarla por la puerta.
—Sin registrar el código y dejando la llave dentro.
—También pudo sacarla por la ventana.
Clara imaginó la escena.
Una mujer cruzando las tejas al amanecer, arrastrando una maleta roja de gran tamaño.
—Eso sería muy discreto.
—A veces la gente confunde discreción con desesperación.
El agente colocó el equipaje sobre una mesa despejada.
—Está cerrado con combinación.
—No lo fuercen todavía —dijo Aranda—. Primero quiero identificar a la fallecida y saber a quién pertenece.
Berta se aferró al respaldo de una silla.
—Pertenece a Alicia.
—¿Cómo lo sabe?
—Tiene su nombre.
—Una etiqueta no es una escritura pública —dijo Clara.
Aranda miró las iniciales visibles bajo el papel blanco.
—¿Vio esto ayer?
—Sí. I y V.
—¿Se lo preguntó?
—No.
—¿Por qué?
—Las personas suelen tener iniciales.
—No son las de Alicia Montoro.
—Por eso las recordé.
Pilar se aproximó un poco.
—Podría haber comprado la maleta usada.
—Podría —dijo Aranda.
—O robado.
—También.
—O pertenecer a otra persona.
—Pilar —advirtió Clara.
—Estoy ampliando hipótesis.
—Las hipótesis no necesitan tanta ayuda.
Desde el portal llegó el sonido de pasos rápidos.
Un agente apareció en la puerta lateral.
—Inspector.
Aranda salió al hall con él.
Hablaron en voz baja.
Clara intentó no escuchar.
Pilar no hizo ningún esfuerzo semejante.
—Han encontrado documentos —susurró.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Nuria.
—Ha dicho “documentación”.
—Ha dicho “identificación”.
—Eso es una documentación.
Aranda regresó.
Llevaba una bolsa transparente. Dentro había una cartera marrón y una tarjeta de identidad.
—Se encontró en el bolso del dormitorio —dijo.
Berta se adelantó.
—¿Es de Alicia?
El inspector no respondió enseguida.
Sacó una fotografía de la tarjeta y la colocó sobre la mesa, sin soltarla.
El rostro era el de la mujer encontrada en el armario.
Cabello castaño.
Ojos oscuros.
La misma mandíbula.
La misma pequeña línea junto a la ceja izquierda.
Pero el nombre no era Alicia Montoro.
Irene Valdés Soto.
—No —dijo Berta.
Fue apenas un susurro.
—La fallecida se llamaba Irene Valdés —explicó Aranda—. Cuarenta y tres años. Domicilio en Madrid.
Clara miró la maleta.
I. V.
—Las iniciales —dijo.
—Exacto.
—Entonces la maleta era de Irene.
—Probablemente.
Berta negó con la cabeza.
—Debe de haber un error.
—El documento parece auténtico.
—Alicia utilizaba un pseudónimo.
—¿Lo sabía?
—No, pero los escritores hacen eso.
—Las críticas también —dijo Pilar—. Algunas para que no las encuentren los cocineros.
Aranda guardó la fotografía.
—En el formulario del alojamiento figura el nombre Alicia Montoro.
—Lo firmó ella —dijo Berta.
—¿Vio un documento con ese nombre?
—Sergio envió los datos.
—¿Y usted no comprobó la identidad de la huésped personalmente?
Berta se irguió.
—La plataforma verifica a los usuarios.
—¿La reserva se hizo por la plataforma?
Silencio.
Ramiro miró al suelo.
Pilar dejó de disimular una sonrisa.
—Berta —dijo Clara.
—Fue una colaboración directa.
—¿Fuera de la plataforma?
—Para evitar comisiones innecesarias.
—¿Y controles innecesarios? —preguntó Aranda.
—Sergio Beltrán es un editor reconocido.
—¿Lo conoce?
—Hablamos por correo y teléfono.
—¿Lo ha visto personalmente?
—No.
—¿Y había visto antes a Alicia Montoro?
—Había leído sus artículos.
—Eso no es lo mismo.
—Sé perfectamente que no es lo mismo.
La voz de Berta se quebró en la última palabra.