La huésped que murió dos veces en el Portal 7 Capítulo 3 — La habitación sin entradas
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Capítulo 3 — La habitación sin entradas

La habitación sin entradas

Sostener un gato de seis kilos en el aire mientras un inspector de policía examinaba un hilo atrapado entre sus uñas no figuraba entre las habilidades que Clara Medina había imaginado necesitar para dirigir una cafetería.

Tampoco figuraban servir café a personas muertas, reconocer tazas utilizadas en homicidios ni distinguir una falsificación documental antes del desayuno.

El Café Aurora estaba ampliando sus servicios sin consultarla.

—Migas está perdiendo la paciencia —dijo Clara.

El gato colgaba bajo sus brazos con una expresión de humillación profunda. Sus patas traseras se movían en el aire, buscando una superficie, una víctima o un abogado.

Aranda se agachó frente a él.

—Solo un segundo.

—Lleva diciendo eso cuatro segundos. Para Migas ya es detención ilegal.

El inspector acercó una pequeña bolsa transparente a la pata del gato. El hilo azul seguía enganchado entre dos uñas, fino como una hebra arrancada de una costura.

—¿Puede sujetarlo sin que se mueva?

—Puedo pedirle que reflexione sobre su conducta.

—Me basta con que no me arañe.

—Entonces está pidiendo demasiado.

Aranda utilizó unas pinzas para retirar el hilo. Migas emitió un gruñido grave.

—Ya está.

Clara lo apoyó en el suelo.

El gato se alejó con la cola levantada, pasó junto al inspector y le golpeó el tobillo deliberadamente.

—Eso ha sido una advertencia —dijo Clara.

—¿Qué hace cuando ataca?

—Lo sabrá.

Migas volvió a la ventana abierta. Un agente se interpuso antes de que pudiera saltar al alféizar.

—El gato tiene que salir del apartamento —dijo Aranda.

—El gato no considera que “tener que” sea una construcción válida.

—Clara.

—Lo intento.

Lo cogió de nuevo.

Esta vez Migas no protestó. Miraba hacia el exterior, atento al tejado inclinado, las chimeneas y el muro bajo que separaba el Portal 7 del edificio contiguo.

Clara siguió su mirada.

A plena luz de la mañana, la ruta parecía menos misteriosa y más absurda.

La ventana del salón daba a un balcón tan estrecho que apenas cabían dos macetas y una silla plegable. Desde allí, una persona podía apoyar un pie sobre el borde del tejado vecino y avanzar por las tejas hasta una terraza situada unos metros más allá.

Podía.

Otra cuestión era por qué alguien en pleno uso de sus facultades querría hacerlo.

Las tejas estaban húmedas. La pendiente era incómoda. Dos pisos más abajo, el patio interior esperaba con la paciencia de las cosas que no necesitaban perseguir a nadie para resultar mortales.

—Alguien pasó por ahí —dijo Clara.

Aranda se acercó a la ventana.

—Eso parece.

—¿La huella?

—La huella, la suciedad desplazada y el hilo que llevaba su gato.

—No es mi gato cuando participa en investigaciones oficiales.

Aranda observó el tejado.

—¿La mujer que estuvo esta mañana en el café tenía las suelas manchadas?

Clara recordó el polvo rojizo alrededor del zapato.

—Sí.

—¿Se lo preguntó?

—Sí.

—¿Qué respondió?

—Que habría pisado algo en la calle.

—¿Y usted la creyó?

—No completamente.

—Pero la dejó marcharse.

Clara apretó un poco más a Migas contra el pecho.

—En aquel momento, ser mentirosa no era un delito.

—Sigue sin serlo.

—Entonces no cometí ningún error.

—No he dicho que lo cometiera.

—Lo ha pensado con mucha intensidad.

El inspector no respondió.

Dos agentes fotografiaban el salón. Uno se arrodilló junto al faro de bronce. La pieza descansaba sobre la alfombra, tumbada de lado. A unos centímetros de la base había una pequeña marca oscura en el tejido.

Nuria permanecía cerca de la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho.

—La base no estaba así —dijo.

Aranda la miró.

—¿Cómo estaba?

—La restauré ayer. Había una grieta en el borde, pero estaba limpia.

—¿Y ahora?

—Hay una abolladura.

El agente giró cuidadosamente el faro sin levantarlo.

Nuria dio un paso adelante.

—No lo apoye sobre la parte reparada.

El agente se detuvo.

—Señora, necesito que salga.

—No soy señora.

—Necesito que salga igualmente.

Nuria miró la pieza con una mezcla de preocupación profesional y miedo.

—El bronce conserva marcas —dijo—. Aunque alguien lo limpie.

Aranda dirigió la atención hacia ella.

—¿Cree que lo limpiaron?

—La parte superior tiene polvo. La base no.

El inspector se agachó.

No tocó el objeto.

La superficie del faro estaba cubierta por una película fina de suciedad antigua, excepto en una zona de la base, donde el metal parecía más oscuro y brillante.

—¿Podría causar una herida grave? —preguntó.

Nuria soltó una risa sin humor.

—Podría derribar una pared pequeña.

Berta, apoyada junto al pasillo, palideció aún más.

—Era decoración.

—Muchas cosas son decoración hasta que alguien las levanta —dijo Clara.

—No lo compré para matar a nadie.

Aranda se volvió hacia ella.

—Nadie ha dicho que lo hiciera.

—Pero todos lo están pensando.

—En este momento estoy pensando que necesito despejar el apartamento.

Berta señaló el faro.

—Quiero que conste que esa pieza pertenecía al alojamiento, no a mí personalmente.

Ramiro la miró.

—El alojamiento es tuyo.

—Fiscalmente, las cosas pueden tener naturalezas distintas.

—Ahora no es el momento de descubrirlas —dijo Aranda.

Berta se alisó el cabello.

—No quiero que se interprete que proporciono armas a los huéspedes.

—Era un faro —dijo Nuria.

—Exacto.

—Un faro de ocho kilos.

—No sabía que pesaba tanto.

—Te ayudé a elegirlo porque dijiste que querías algo “con presencia”.

—La tenía.

—La sigue teniendo —dijo Clara—. Demasiada.

Aranda cerró los ojos durante un segundo.

—Todos fuera.

Berta abrió la boca.

—Fuera —repitió él.

Clara salió del ático con Migas en brazos. Nuria la siguió. Ramiro y Berta bajaron detrás. Celia permaneció unos segundos mirando el dormitorio antes de obedecer.

En el rellano, Berta se volvió hacia la puerta.

—¿Van a cerrar el apartamento?

—Sí —dijo Aranda.

—Tengo reservas para el viernes.

El inspector la observó.

—Tiene una persona muerta dentro.

—Por eso pregunto.

—Cancele las reservas.

—Eso afectará mi posición en la plataforma.

—Berta —murmuró Clara.

—No digo que sea lo más importante. Digo que también existe.

—La muerte suele perjudicar las valoraciones —comentó Ramiro.

Berta lo miró con indignación.

—No ayudas.

—Llevo años intentándolo.

Uno de los agentes colocó cinta en la puerta.

Berta contempló el plástico amarillo como si fuera una crítica personal.

—¿Cuánto tiempo tardarán?

—El necesario —respondió Aranda.

—Eso no es una unidad administrativa.

—Hoy sí.

El inspector señaló la escalera.

—Bajen al café. Necesitaré hablar con cada uno por separado.

Pilar esperaba en el segundo piso, sentada en un escalón con Doña Amparo a su lado. Entre ambas sostenían una conversación en voz baja que cesó en cuanto vieron descender al grupo.

—¿Está muerta? —preguntó Pilar.

Berta se llevó una mano al pecho.

—¿Es necesario decirlo así?

—¿Cómo quieres que lo diga? ¿Ha dejado de participar en la experiencia turística?

—Pilar —dijo Nuria.

—Lo siento.

Doña Amparo observó a Clara.

—No es la mujer que tomó café.

No era una pregunta.

Clara bajó a Migas al suelo.

—Se parecía.

—Parecerse no es ser.

—Eso parece evidente ahora.

La anciana apoyó ambas manos sobre el bastón.

—Ayer tenían ojos diferentes.

Pilar la miró.

—Ayer dijiste que parecía distinta esta mañana.

—Eso he dicho.

—Dijiste “otra cara”.

—Porque tenía otra cara.

—Doña Amparo —intervino Aranda desde arriba—, necesito que no comenten lo ocurrido entre ustedes.

La anciana levantó la cabeza.

—No estamos comentando. Estamos recordando.

—Recuerden en silencio.

—A mi edad, si hago eso, luego nadie sabe que recordé.

Aranda descendió.

—En el café. Todos.

Migas bajó las escaleras delante del grupo, como si hubiera recibido autorización para dirigir la evacuación.

Cuando llegaron al hall, la puerta principal estaba abierta. Dos vecinos que Clara apenas conocía observaban desde la acera. Un repartidor había detenido la bicicleta. El frutero de enfrente limpiaba una caja de tomates sin apartar los ojos del portal.

Valleverde tenía un sistema de información pública más rápido que cualquier institución y menos preocupado por la protección de datos.

Pilar miró hacia la calle.

—Dentro de media hora habrán decidido que la mató Berta por una mala reseña.

Berta se detuvo.

—¿Por qué yo?

—Porque eres la propietaria.

—También podrían pensar que fue Clara. Le sirvió café.

—No esta vez —dijo Clara—. Estoy mejorando.

—No bromees con eso.

—No estaba bromeando.

Entraron en el Café Aurora.

La maleta roja seguía detrás de la barra.

Exactamente donde la mujer de aquella mañana la había dejado.

Cerrada.

La cinta negra alrededor del centro.

La etiqueta blanca con el nombre Alicia Montoro.

Las iniciales ocultas bajo el papel levantado.

I. V.

Migas caminó directamente hacia ella.

—Ni lo pienses —dijo Clara.

El gato se sentó junto a una rueda.

Aranda entró y cerró la puerta lateral.

Al ver la maleta, pidió a todos que se apartaran.

—¿Quién la ha tocado desde que la dejaron?

—Yo no —dijo Berta.

—Nadie le ha preguntado todavía.

—Quería dejarlo claro.

Pilar levantó una mano.

—El gato.

Aranda miró a Migas.

—¿Qué hizo?

—La olfateó —respondió Clara—. Y puso una pata sobre una rueda.

—¿La abrió?

—No.

—Lo intentó ayer —dijo Berta.

—Ayer la maleta todavía pertenecía a una persona viva —dijo Pilar.

El silencio apareció de golpe.

Clara miró hacia la puerta.

La frase era incorrecta de varias maneras.

La maleta quizá nunca había pertenecido a Alicia Montoro.

Y Alicia Montoro quizá nunca había estado viva.

—¿La mujer que vino esta mañana entregó alguna llave? —preguntó Aranda.

—No —dijo Clara.

—¿Usó la puerta lateral?

—La primera vez, para subir a buscar la maleta.

—¿Cuánto tardó?

Clara reconstruyó la mañana.

—Cinco minutos. Quizá seis.

—¿La vio salir del apartamento?

—No. Solo la vi entrar en el portal y volver con el equipaje.

Aranda se volvió hacia Berta.

—¿El apartamento tiene cerradura electrónica?

—Sí. La instalé hace dos meses.

Ramiro carraspeó.

—La comunidad no autorizó la modificación exterior.

—No se ve desde el exterior.

—Se ve una pantalla negra en la puerta.

—Es discreta.

—Parece un pequeño cajero automático.

—Funciona perfectamente.