Capítulo 2 — Una muerta que pidió el desayuno #4
—Ha estado en el café —insistió Berta.
—Lo sé.
—La hemos visto.
—Lo sé.
Celia miraba el cuerpo.
—Esa es ella.
Clara sintió un ruido en el pecho.
No el corazón.
Una pieza intentando encajar.
Abrigo verde.
Café con canela.
Mano izquierda.
Perfume cítrico.
El pañuelo olvidado.
La maleta roja.
I. V.
—No toquen nada —repitió.
—¿Está muerta? —preguntó Berta.
Clara observó el cuerpo.
La rigidez del brazo.
El color de la piel.
La forma en que el cabello permanecía pegado a la mejilla.
—No lo sé.
Pero sí sabía.
Lo supo antes de que llegaran los sanitarios.
Antes de que Aranda subiera por la escalera con la chaqueta mal abrochada y la paciencia todavía sin desayunar.
Antes de que el médico examinara el cuerpo.
Lo supo porque la mujer del armario no parecía haber muerto cuarenta minutos atrás.
Parecía llevar allí toda la noche.
Los sanitarios apartaron a todos del dormitorio.
Aranda llegó a las ocho y veintinueve.
Entró en el apartamento, miró el faro en el suelo, la silla caída, la ventana abierta y las seis personas reunidas en el pasillo.
Después miró a Clara.
—Usted otra vez.
—Yo vivo aquí.
—Eso empieza a parecer una amenaza estadística.
—No he encontrado el cuerpo.
Celia levantó una mano pequeña.
—Yo abrí el armario.
Aranda suspiró.
—Bien. Nadie habla hasta que pueda escuchar una versión que no incluya a cinco personas corrigiéndose.
Berta dio un paso adelante.
—Inspector, esto es imposible.
—Normalmente lo imposible mejora cuando dejamos de gritarlo.
—Alicia estaba abajo.
—¿Cuándo?
—Hace una hora.
Aranda miró a Clara.
—¿La vio?
Clara asintió.
—Entró en el café a las siete y nueve. Tomó un cortado. Subió a por la maleta. Bajó otra vez y se marchó.
—¿Está segura de que era la fallecida?
Clara miró hacia el dormitorio.
Un sanitario salió.
No hizo falta preguntar.
La forma en que bajó los ojos respondió por él.
—Tenía su abrigo —dijo Clara—. Sus gafas. Su pelo. Se presentó como Alicia.
—Eso no responde.
—En aquel momento creí que era ella.
Aranda sacó la libreta.
—¿Y ahora?
Clara pensó en el café solo de la noche anterior.
En el cortado con canela.
En la mano derecha.
En la izquierda.
En el perfume.
En la forma en que no había reconocido a Pilar.
—Ahora creo que vi a una mujer que quería que pensáramos que era ella.
El médico salió del dormitorio.
Era un hombre delgado, de cabello gris y gafas pequeñas. Se quitó los guantes.
Aranda se acercó.
—¿Puede decir algo?
—Solo una estimación inicial.
—Es suficiente.
El médico miró el reloj.
—La muerte no es reciente.
Berta dejó escapar un gemido.
—¿Qué significa reciente?
—No ha ocurrido esta mañana.
Clara sintió que el aire del pasillo se volvía más frío.
—¿Cuándo? —preguntó Aranda.
—Probablemente entre las diez y las doce de anoche. Necesitaremos la autopsia para precisar.
Nadie habló.
Desde el salón llegó el sonido de la cortina golpeando contra la pared.
Una vez.
Dos.
Tres.
Clara miró a Aranda.
—A las siete y doce —dijo—, esa mujer estaba sentada en mi cafetería.
El inspector guardó silencio.
Clara continuó:
—Tomó un cortado con canela. Dejó su maleta detrás de la barra. Habló con Berta. Salió por la puerta principal.
Aranda miró al médico.
Después volvió a mirar el dormitorio.
—Entonces —dijo lentamente—, o la estimación está equivocada…
—No lo está —respondió el médico.
—…o la mujer del café no era la mujer del armario.
Berta negó con la cabeza.
—Era Alicia.
—¿Conocía personalmente a Alicia Montoro antes de ayer? —preguntó Aranda.
—No, pero—
—¿Había hablado con ella por videollamada?
—No.
—¿Había visto documentos?
—El formulario de alojamiento.
Clara recordó la firma.
Alicia Montoro.
Escrita con la mano derecha.
—La maleta —dijo.
Aranda se volvió hacia ella.
—¿Qué maleta?
—La roja. La mujer que estuvo en el café la dejó detrás de la barra.
El inspector cerró la libreta.
—Nadie la toque.
Desde la escalera llegó un maullido.
Clara cerró los ojos.
Migas apareció en la puerta del apartamento.
Pilar subía detrás de él, sin aliento.
—Lo siento —dijo—. Se me escapó.
El gato entró en el salón.
—Migas —advirtió Clara.
Demasiado tarde.
Olfateó la alfombra.
Se acercó al faro de bronce.
Luego caminó hasta la ventana abierta.
Apoyó las patas delanteras en el marco.
El viento agitó su pelo naranja.
Migas miró hacia los tejados.
Emitió un maullido grave.
Aranda miró al gato.
Después a Clara.
—No me diga que también vio a la mujer desayunando.
—No.
Migas saltó al alféizar.
Clara lo agarró antes de que pudiera salir.
Las patas traseras del gato rozaron el suelo junto a la ventana.
Cuando Clara lo levantó, vio algo atrapado entre sus uñas.
Un hilo azul.
Muy fino.
Del mismo azul oscuro que la chaqueta del hombre junto a la motocicleta.
Aranda también lo vio.
—No lo quite —dijo.
Clara sostuvo al gato en el aire.
—¿Pretende interrogarlo?
—Por ahora, es el único aquí que no ha cambiado su versión.
Migas movió la cola.
Abajo, detrás de la barra del Café Aurora, la maleta roja esperaba cerrada.
Y dentro del armario del ático, una mujer que había muerto durante la noche acababa de perder su nombre por segunda vez.