La huésped que murió dos veces en el Portal 7 Capítulo 2 — Una muerta que pidió el desayuno #3
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Capítulo 2 — Una muerta que pidió el desayuno #3

Entraron los trabajadores de la oficina de correos, un conductor de autobús, dos turistas franceses y el hombre que todos los miércoles pedía una tostada sin pan porque estaba reduciendo hidratos. Clara preparó cafés, calentó leche, cobró cuentas y escuchó tres versiones distintas sobre el tiempo.

No dejó de mirar la puerta.

A las ocho y cinco, Celia Márquez entró.

No llevaba las sábanas.

Llevaba un cubo, guantes amarillos y el mal humor habitual de quien trabajaba para Berta.

—Me ha dicho que espere —anunció.

—¿Quién?

—Berta. Está arriba dando vueltas por el pasillo como si fuera la dueña del edificio.

—Berta cree que ser propietaria de un apartamento la convierte en dueña moral de la escalera.

Celia dejó el cubo junto a la puerta.

—La huésped no quiere que entre.

—Eso parece.

—Pues que limpie ella.

—No creo que sea una amenaza eficaz.

Celia vio la maleta roja.

Su expresión cambió.

—¿Se marcha?

—No. La ha dejado aquí.

Celia se acercó.

—¿Por qué?

—¿Todo el mundo pregunta lo mismo?

—Porque no tiene sentido.

—Las cosas que tienen sentido no suelen acabar en esta cafetería.

Celia miró la etiqueta.

No la tocó.

Pero la leyó.

—Alicia Montoro.

—Sí.

—¿Ha bajado?

—Hace un rato.

—¿Estaba bien?

Clara observó su rostro.

—¿Por qué no iba a estarlo?

Celia se frotó las manos contra el pantalón.

—Anoche oí ruidos.

—¿Qué ruidos?

—Algo cayendo.

Clara dejó una taza sobre la barra.

—Yo también.

Celia la miró.

—¿A qué hora?

—Cerca de las once.

—Yo ya me había ido.

—¿Estuvo en el apartamento ayer por la noche?

—Subí las sábanas.

—Con Nuria.

—Sí.

—¿Y después?

—Después me fui.

—¿Vio a alguien?

Celia apartó la mirada.

—No.

—Ha respondido como una persona que vio a alguien.

—He respondido como una persona que tiene trabajo.

Pilar, desde su mesa, levantó una mano.

—Yo también creo que vio a alguien.

—Nadie te ha preguntado —dijo Celia.

—Eso nunca ha sido un requisito.

Celia cogió el cubo.

—Voy a esperar en el portal.

—Alicia dijo que no entrara.

—No voy a entrar.

—¿Y Berta?

—Berta dice muchas cosas.

—En eso estamos de acuerdo.

Celia cruzó la puerta lateral.

Migas se levantó.

Intentó seguirla.

Clara cerró antes de que pudiera pasar.

—Tú tampoco.

El gato miró hacia arriba.

Desde el portal llegó el sonido de voces.

Primero Berta.

Después Celia.

No se distinguían las palabras.

A las ocho y doce, alguien golpeó la puerta lateral.

Tres veces.

Rápido.

Clara abrió.

Berta estaba en el umbral.

Había perdido el color.

—Ven.

Clara sostuvo la puerta.

—¿Qué pasa?

—No lo sé.

—Esa frase no suele mejorar cuando se dice así.

—La puerta del apartamento está cerrada.

—Alicia se llevó la llave.

—No.

—¿Cómo que no?

—La llave está puesta por dentro.

Clara miró hacia la escalera.

Celia esperaba en el primer rellano.

—¿La han llamado? —preguntó.

—No responde —dijo Berta.

—Se ha marchado.

—La puerta estaba cerrada cuando llegué.

—Pudo salir y cerrar.

—La llave está por dentro.

Clara sintió que algo frío le recorría la espalda.

—¿Cómo sabes que la llave está por dentro?

—Se ve desde fuera. Está colocada en la cerradura.

—¿Tiene otra entrada?

—No.

Clara recordó los tejados.

La pregunta de Alicia.

Una persona que no quisiera usar la puerta.

—¿Y la ventana?

Berta apretó el teléfono.

—No lo sé.

Celia subió otro escalón.

—Ayer dejó abierta la ventana del salón.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Clara.

—Porque cuando llevamos las sábanas entraba frío.

Berta miró a Celia.

—Dijiste que la habías cerrado.

—Dije que iba a cerrarla.

—¿Y no la cerraste?

—La huésped dijo que la dejara.

Clara se volvió hacia el café.

Pilar y Doña Amparo las observaban.

Los demás clientes fingían no hacerlo.

—Quédate aquí —dijo Clara a Migas.

El gato salió entre sus piernas.

—Migas.

Subió dos escalones antes de que Clara pudiera cogerlo.

—Perfecto. Una inspección oficial.

Lo levantó y se lo entregó a Pilar.

—No lo sueltes.

Pilar lo recibió con solemnidad.

—Puedes confiar en mí.

—Eso es lo que más me preocupa.

Clara cruzó al portal.

Berta cerró la puerta del café detrás de ella.

Subieron.

En el primer piso, Ramiro asomó la cabeza desde su apartamento.

—¿Qué pasa?

—Nada —dijo Berta.

—Estáis subiendo tres personas con cara de desahucio.

—La huésped no responde.

Ramiro salió al rellano.

—¿Habéis intentado llamarla?

Berta levantó el teléfono.

—Siete veces.

—Quizá está durmiendo.

—Ha bajado hace una hora —dijo Clara.

Ramiro la miró.

—¿Alicia?

—Desayunó en el café.

—Entonces no puede estar dentro.

—Eso intentamos averiguar.

Subieron juntos.

En el segundo piso, Nuria abrió la puerta de su apartamento.

—¿Qué ocurre?

—Nada —repitió Berta.

—Cada vez que dices “nada” sube más gente por la escalera.

Nuria se unió.

Cuando llegaron al ático, Celia estaba frente a la puerta.

La llave se veía dentro de la cerradura, torcida hacia la izquierda.

Berta golpeó.

—¡Alicia!

Nadie respondió.

Volvió a llamar.

—¡Alicia, soy Berta!

Silencio.

Ramiro acercó la oreja.

—No se oye nada.

—Gracias por el informe —dijo Clara.

Celia señaló la parte inferior de la puerta.

—Hay luz.

Una línea amarilla se filtraba por debajo.

—Quizá dejó la lámpara encendida —dijo Berta.

—Quizá está dentro —respondió Nuria.

Clara recordó a la mujer alejándose hacia la estación.

—No puede estar dentro.

Berta la miró.

—La viste salir del café, no del edificio.

—Salió por la puerta de la calle.

—Pudo volver.

—Entonces habría tenido que pasar delante del escaparate.

—Estabas trabajando.

—Estaba mirando.

Ramiro se agachó frente a la cerradura.

—Puedo empujar la llave desde fuera.

—¿Tienes autorización? —preguntó Berta.

Todos la miraron.

—¿Qué? —dijo ella—. Es un apartamento turístico.

—Hay una persona que quizá necesita ayuda —dijo Clara.

—O no hay nadie.

—Entonces la puerta no se ofenderá.

Ramiro sacó una tarjeta de plástico de la cartera.

—No es tan sencillo.

—¿No eres administrador de fincas? —preguntó Pilar desde abajo.

Su voz ascendió por el hueco de la escalera.

—¿Cómo has oído? —gritó Clara.

—El edificio tiene una acústica excelente para la desgracia.

Ramiro introdujo la tarjeta junto al marco.

—La cerradura está echada.

—¿Puedes abrirla? —preguntó Nuria.

—Tengo una copia de emergencia.

Berta se volvió.

—¿Por qué tienes una copia?

—Porque me la diste.

—Para emergencias administrativas.

—No sé qué significa eso.

—Una inspección. Una fuga. Una avería.

Celia cruzó los brazos.

—Una muerta también sería una emergencia.

El silencio cayó.

—No diga eso —murmuró Berta.

Celia bajó la mirada.

—Solo digo.

Ramiro sacó un llavero.

Probó una llave.

No entró.

Probó otra.

Giró a medias.

La llave del interior bloqueó el mecanismo.

—Habrá que empujarla —dijo.

Nuria buscó en su bolso.

Sacó una horquilla larga de metal, de las que utilizaba en el taller.

—Déjame.

—¿Sabes abrir cerraduras? —preguntó Clara.

—Sé sacar tornillos imposibles. Las cerraduras son tornillos con autoestima.

Nuria introdujo la varilla por el hueco.

Empujó.

La llave interior cayó al suelo.

El sonido fue pequeño.

Todos dejaron de respirar.

Ramiro introdujo la copia.

Giró.

La puerta se abrió unos centímetros.

Un olor frío salió del apartamento.

No era un olor específico.

No todavía.

Era aire de habitación cerrada, perfume, humedad y algo metálico escondido bajo todo lo demás.

—Alicia —llamó Berta.

Nadie respondió.

Celia empujó la puerta.

—Espere —dijo Clara.

Celia la miró.

—¿Qué?

—No toquen nada.

Ramiro soltó un suspiro.

—Clara, no sabemos que haya pasado nada.

—La última vez que dijiste eso había un hombre muerto en el portal.

—No fui yo.

—Eso no mejora la frase.

Berta entró.

—¡Alicia!

Clara fue detrás.

El salón estaba encendido.

La mesa junto a la ventana tenía una taza, un vaso de agua y varios papeles desordenados. Una silla estaba caída de lado. El faro de bronce descansaba sobre la alfombra, lejos de la mesa donde debía haber estado.

La base tenía una mancha oscura.

Nuria la vio.

Se detuvo.

—No toquéis el faro.

Berta caminó hacia el pasillo.

—Alicia.

La puerta del dormitorio estaba abierta.

La cama parecía intacta.

Una manta doblada.

Dos almohadas.

Ninguna señal de que alguien hubiera dormido allí.

—No está —dijo Ramiro.

Celia miró hacia el baño.

—Alicia.

Abrió la puerta.

Vacío.

Clara entró de nuevo en el salón.

La ventana estaba abierta.

La cortina se movía con el viento.

Más allá, un pequeño balcón daba al tejado inclinado del edificio contiguo.

El polvo rojo de las tejas se acumulaba junto al marco.

Había marcas.

Una huella parcial.

Una línea arrastrada.

Clara se acercó sin tocar.

—Alguien pasó por aquí.

Ramiro apareció detrás.

—Puede ser suciedad.

—La suciedad también cuenta historias.

—No todas son crímenes.

—No he dicho que lo sea.

Berta entró al dormitorio otra vez.

—¡Aquí!

Su voz salió aguda.

Clara corrió.

Berta estaba junto al armario.

Una puerta permanecía entreabierta.

Al principio, Clara no vio nada.

Solo ropa colgada.

Un abrigo.

Una bata blanca.

Una maleta pequeña abierta en el suelo.

Después vio un zapato detrás de la puerta.

Negro.

Plano.

El mismo tipo de zapato que Alicia llevaba la noche anterior.

Clara empujó la puerta del armario con cuidado.

La mujer estaba caída en el pequeño espacio entre el mueble y la pared.

Tenía el cuerpo torcido de lado, una mano bajo el pecho y la otra extendida hacia fuera. El cabello castaño se había soltado del moño. Llevaba una blusa blanca y pantalones negros.

No llevaba el abrigo verde.

Su rostro estaba vuelto hacia la pared.

Berta emitió un sonido ahogado.

Celia dio un paso atrás.

Nuria se llevó una mano a la boca.

Ramiro dijo:

—No puede ser.

Clara se agachó.

No la tocó.

No todavía.

La piel visible junto al cuello tenía un tono extraño.

Demasiado pálido.

Demasiado quieto.

—Llame a emergencias —dijo.

Nadie se movió.

—¡Ahora!

Nuria sacó el teléfono.

Berta se apoyó en la pared.

—Pero ha bajado.

Clara no respondió.