Capítulo 2 — Una muerta que pidió el desayuno #2
—Eso no significa nada. La gente decepciona muy deprisa cuando se organiza.
Clara llevó el cortado a la anciana.
—¿Qué contiene la maleta?
—Ropa —dijo Alicia.
—Ayer dijo que llevaba documentos delicados.
La mujer se quedó callada.
—Ropa y documentos.
—¿Algo ilegal?
—No.
—¿Algo vivo?
—No.
—¿Algo que Migas pueda comer?
—Espero que no.
Clara miró al gato.
Migas estaba sentado junto a la puerta, observando a la huésped.
No se había acercado.
Eso era extraño.
La noche anterior había intentado abrir la maleta con una insistencia casi profesional. Aquella mañana ni siquiera se levantaba.
—Puede dejarla detrás de la barra —dijo Clara—. Pero no me hago responsable si el gato aprende a leer.
—Volveré antes del mediodía.
—Eso dijo alguien en una película justo antes de desaparecer.
—No voy a desaparecer.
—Me alegro. Berta me pediría que le cobrara la noche pendiente.
Alicia terminó el café.
Dejó dinero sobre la barra.
Demasiado.
Clara apartó una moneda.
—Esto es más de lo que cuesta.
—Quédese el cambio.
—No acepto sobornos antes de las ocho.
—No es un soborno.
—Entonces espere a que abra oficialmente.
La mujer recogió la moneda sin discutir.
—Subiré a por la maleta.
Fue hacia la puerta lateral.
Clara la llamó.
—Alicia.
La mujer se volvió.
—¿Sí?
—Ayer me preguntó si la avisaría si alguien venía buscándola.
—Lo recuerdo.
Clara no estaba segura.
—¿Sigue queriendo que lo haga?
—Sí.
—¿A quién no debo decirle que está aquí?
Alicia sostuvo la mirada.
—A Sergio Beltrán.
—Su editor.
—Sobre todo a él.
Abrió la puerta lateral.
Migas se levantó de repente.
La siguió con la mirada mientras cruzaba el portal.
Cuando la puerta se cerró, el gato caminó hasta el taburete donde había estado sentada y olfateó el pañuelo oscuro.
Clara lo cogió.
—Lo ha olvidado.
El tejido olía a jabón neutro y a un perfume muy suave, algo cítrico.
Clara recordó el perfume de Alicia la noche anterior.
Más intenso.
Amaderado.
Podía haberse duchado.
Podía usar perfumes diferentes.
Podía cambiar de café, de mano y de olor en menos de doce horas.
Las personas tenían derecho a ser inconsistentes.
Clara dependía profesionalmente de ello.
—Es ella —dijo en voz baja.
Migas olfateó el pañuelo otra vez.
Después estornudó.
—No te he pedido opinión.
A las siete y veintiséis, Pilar llegó.
No abrió la puerta.
Irrumpió.
—¿Ha bajado?
—Buenos días.
—La crítica.
—Ha desayunado.
Pilar miró la taza vacía sobre la barra.
—¿Qué ha pedido?
—Un cortado.
—¿Con canela?
Clara la miró.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo vi desde la esquina.
—¿Vigilas a la gente antes del desayuno?
—Después también.
Doña Amparo untó mantequilla en una tostada.
—Dijo que parecía distinta.
—Lo estaba —respondió Pilar.
Clara recogió la taza.
—Se había recogido el pelo.
—No era el pelo.
—Eso mismo ha dicho ella.
Pilar se sentó.
—Ayer parecía más alta.
—Llevaba zapatos diferentes.
—No le vi los zapatos.
—Entonces no sabes si eran diferentes.
—Lo siento en la columna.
—Eso puede ser la humedad.
Pilar señaló la taza.
—Alicia Montoro odia la canela.
—Ayer la odiaba. Hoy ha cambiado de opinión.
—Las personas cambian de marido, de partido político y de compañía telefónica. De opinión sobre la canela, no.
—Qué teoría tan sólida.
—¿Ha dicho algo sobre la reseña?
—Que volverá antes del mediodía.
—¿Dónde ha ido?
—No lo sé.
—¿No se lo has preguntado?
—Sí.
—¿Y?
—No ha respondido.
Pilar suspiró.
—Eres muy mala interrogando.
—No estaba interrogando.
—Ese es el problema.
La puerta lateral se abrió.
Alicia apareció tirando de la maleta roja.
Bajaba deprisa.
Demasiado deprisa para alguien que había declarado no querer cargarla.
La maleta golpeó el marco.
El ruido hizo que Migas arqueara el lomo.
—Cuidado —dijo Clara.
—Perdón.
La mujer cerró la puerta detrás de sí.
Tenía las mejillas rojas y respiraba con rapidez.
La cinta negra seguía rodeando el equipaje. La etiqueta con el nombre de Alicia Montoro colgaba de un lateral. Una esquina del papel blanco se había levantado, dejando ver otra vez las iniciales antiguas:
I. V.
—¿Todo bien? —preguntó Clara.
—Sí.
—Parece que ha bajado corriendo.
—El ascensor no funciona.
—Nunca ha funcionado.
—Entonces debería haberlo recordado.
Pilar se volvió en el taburete.
—Buenos días otra vez.
Alicia la miró.
—Buenos días.
—Pilar Montes.
—Lo sé.
Pilar levantó las cejas.
Clara también.
La mujer añadió:
—Me lo dijeron ayer.
—Ayer no parecía interesada.
—Ayer estaba cansada.
Pilar observó la maleta.
—¿Se marcha?
—No.
—Entonces ¿por qué lleva el equipaje?
—Voy a dejarlo aquí.
—¿Por qué?
—Pilar —dijo Clara.
—Estoy creando conversación.
—Estás intentando abrir la maleta sin tocarla.
Alicia arrastró el equipaje hasta el espacio detrás de la barra.
—¿Puede guardarla aquí?
Clara levantó la pequeña puerta abatible.
—Déjela junto a las cajas.
La mujer intentó pasar.
La maleta era demasiado ancha.
Tuvo que girarla.
Al hacerlo, la cinta negra se desplazó un poco más. La reparación lateral quedó expuesta. La tela parecía cortada y pegada desde dentro.
Migas se aproximó.
—No —dijeron Clara y Alicia al mismo tiempo.
El gato se detuvo.
Pilar sonrió.
—Ya tenéis algo en común.
Alicia empujó la cinta de vuelta a su lugar.
—Nadie debe abrirla.
—Aquí nadie abre equipajes ajenos —dijo Clara.
Migas apoyó una pata sobre la rueda.
—Nadie humano.
La mujer se agachó.
Sujetó la cremallera con una pequeña pieza metálica y comprobó el candado de combinación.
Lo hizo con la mano izquierda.
Cuando se incorporó, tenía algo oscuro bajo una uña.
¿Polvo?
¿Tierra?
Clara miró hacia sus zapatos.
Había una mancha rojiza en el borde de la suela.
Como polvo de teja húmeda.
—¿Ha subido a la azotea? —preguntó.
Alicia bajó la mirada.
—No.
—Tiene las suelas manchadas.
—El suelo del portal está sucio.
—Ramiro mandó limpiarlo ayer. Presentó la factura como si hubiera restaurado la Alhambra.
La mujer frotó un zapato contra la parte posterior de la pierna.
—Habrá sido en la calle.
Clara recordó la sombra cruzando el tejado.
El golpe.
La motocicleta.
Alicia se colocó las gafas de sol.
—Volveré antes del mediodía.
—¿Adónde va?
—A reunirme con alguien.
—¿Sergio?
La mujer se quedó quieta.
—No.
—Ha dicho que no le dijera que estaba aquí.
—Y se lo agradezco.
—¿Sabe que ha venido a Valleverde?
—Sí.
—Entonces ocultarle el edificio parece complicado.
Alicia miró la puerta.
—Solo necesito unas horas.
—¿Para qué?
—Para decidir qué versión de la verdad puede sobrevivir.
Clara sintió un escalofrío leve.
No por la frase.
Por la forma en que la mujer la dijo: sin el cansancio de la noche anterior, sin amenaza, casi con miedo.
—¿Está en peligro? —preguntó.
—Todo el mundo está en peligro cuando otra persona necesita demasiado que permanezca callado.
—Eso no responde.
—Es lo máximo que puedo responder ahora.
La campanilla sonó.
Berta entró con el teléfono en la mano.
—¡Alicia! Te he estado llamando.
La mujer se volvió demasiado deprisa.
—Tenía el móvil en silencio.
—Celia está esperando para subir.
—¿Celia?
—La limpieza.
Alicia miró hacia la puerta lateral.
—No puede entrar todavía.
—Solo va a cambiar las toallas.
—Le dije que no quería que nadie entrara.
—Forma parte del servicio.
—No entre.
El tono fue tan firme que incluso Berta dejó de moverse.
—¿Hay algún problema en el apartamento? —preguntó.
—No.
—¿Se ha roto algo?
La mujer miró fugazmente hacia el techo.
—No.
—Entonces ¿por qué no puede entrar Celia?
—Porque he dejado cosas personales.
Berta señaló la maleta.
—Pero las cosas están aquí.
Alicia apretó los labios.
Clara vio cómo buscaba una respuesta.
—Documentos —dijo—. Otros documentos.
—Celia no lee documentos —dijo Berta.
—Celia lee todo lo que encuentra —comentó Pilar.
—No es verdad —protestó Berta.
—Una vez me explicó una receta médica que yo había tirado sin abrir.
Doña Amparo levantó una mano.
—Era mía.
Pilar se volvió hacia ella.
—Entonces peor.
Berta suspiró.
—Alicia, estamos intentando ofrecerte un servicio profesional.
—Quiero privacidad.
—Por supuesto.
—Entonces no deje entrar a nadie hasta que vuelva.
—¿Cuándo vuelve?
—Antes del mediodía.
—¿Adónde va?
—Trabajo.
—Podría acompañarte. Conozco todos los lugares importantes de Valleverde.
—Por eso prefiero ir sola.
Pilar tosió para esconder una risa.
Berta no pareció oír la ofensa.
O decidió archivarla para más tarde.
—Como quieras. Le diré a Celia que espere.
La mujer asintió.
Luego miró a Clara.
—La maleta.
—No se moverá.
—Y si viene Sergio…
—No sabe nada.
—Gracias.
Salió por la puerta principal.
Clara la observó alejarse.
No llamó un taxi.
No miró el teléfono.
Caminó hacia la estación con pasos rápidos, manteniendo una mano en el bolsillo del abrigo.
Berta se volvió.
—¿Por qué has guardado su maleta?
—Me lo pidió.
—¿Y por qué te pidió que no hablaras con Sergio?
—Eso es confidencial.
Pilar hizo un ruido de admiración.
—Aprende rápido.
Berta frunció el ceño.
—Sergio es su editor. Fue él quien organizó la visita.
—Entonces quizá no están de acuerdo sobre la visita.
—Los escritores nunca están de acuerdo con los editores. Es parte del proceso creativo.
—¿Desde cuándo sabes de procesos creativos? —preguntó Pilar.
—He gestionado tres reformas.
—Eso explica la tragedia.
Berta señaló la puerta lateral.
—Voy a hablar con Celia.
—Alicia dijo que no entrara —recordó Clara.
—No entrará. Solo quiero comprobar que todo esté bien desde fuera.
—¿Desde fuera de qué?
—Del apartamento.
—Eso se llama pasillo.
—Exacto.
Berta cruzó al portal.
Pilar esperó a que se cerrara la puerta.
—Está mintiendo.
—¿Berta?
—Siempre. Me refería a Alicia.
Clara miró la maleta detrás de la barra.
—Quizá está asustada.
—No son cosas incompatibles.
—Dice que volverá antes del mediodía.
—También lo dicen los fontaneros.
Migas caminó hasta la maleta.
Esta vez no intentó rasgar la costura.
Olfateó una rueda.
Después se dirigió hacia la puerta lateral.
Se sentó delante.
Esperando.
A las siete y cuarenta y cinco, el Café Aurora empezó a llenarse.