Capítulo 2 — Una muerta que pidió el desayuno
Una muerta que pidió el desayuno
A las siete y doce de la mañana, Clara Medina sirvió un cortado con canela a una mujer muerta.
En aquel momento, naturalmente, no lo sabía.
Si lo hubiera sabido, habría elegido una taza menos bonita.
La mañana había empezado con una mentira pequeña.
Clara se despertó convencida de que había dormido bien.
Tardó aproximadamente nueve segundos en descubrir que no era cierto.
Tenía la mandíbula tensa, una marca de almohada en la mejilla y la sensación de haber pasado la noche discutiendo con alguien dentro de un sueño que se negaba a presentar acta. Durante unos segundos permaneció boca arriba, mirando el techo de su habitación sobre el Café Aurora.
No oyó nada.
Ni pasos.
Ni muebles arrastrándose.
Ni golpes metálicos.
El Portal 7 parecía inocente.
Clara ya sabía que aquello no significaba demasiado.
Se levantó, se puso un jersey gris y bajó al café con el pelo todavía húmedo de la ducha. Migas la esperaba sentado en el último escalón.
—¿Cómo has subido?
El gato bostezó.
Clara estaba segura de haberlo dejado en la cocina. También estaba segura de haber cerrado la puerta. Con Migas, ambas certezas podían coexistir sin producir ninguna conclusión útil.
—¿Dormiste aquí?
Migas descendió delante de ella.
—Eso no responde.
El gato siguió caminando.
A las seis y cuarenta y cinco, Clara levantó la persiana.
Valleverde despertaba bajo una neblina ligera que borraba la línea del mar y dejaba los edificios flotando en una claridad gris.
La calle estaba casi vacía. El panadero descargaba cajas.
Un barrendero empujaba hojas húmedas hacia una alcantarilla.
Desde la frutería de enfrente llegaba el ruido de una radio demasiado alegre para aquella hora.
Clara encendió las luces, puso en marcha la cafetera y abrió la puerta lateral que comunicaba el local con el portal.
Se detuvo antes de cruzarla.
El hall estaba vacío.
El espejo antiguo devolvía la imagen de la cinta que ya no estaba, de las baldosas limpias y de una maceta nueva junto a los buzones. Berta había sustituido la lavanda muerta por un ficus pequeño que, según Pilar, tenía aspecto de haber firmado algo bajo presión.
Clara miró hacia la escalera.
Recordó el golpe de la noche anterior.
La sombra sobre el tejado.
La motocicleta alejándose.
Había considerado llamar a Aranda. Después había considerado que telefonear a un inspector de policía a las once y media de la noche para decirle que quizá había visto una chaqueta cruzar una azotea no era exactamente una emergencia.
También había pensado en llamar a Berta.
Eso le había parecido aún más peligroso.
—No ha pasado nada —murmuró.
Migas apareció entre sus piernas y entró en el portal.
—Tú no.
El gato se detuvo junto a la escalera.
Levantó la cabeza.
Olfateó el aire.
—No vas a investigar el ático antes del desayuno.
Migas puso una pata en el primer escalón.
Clara lo cogió.
—La última vez que te dejé participar en un asunto de la comunidad acabaste dentro de una investigación por homicidio.
El gato se acomodó contra su pecho.
—Y no parecías arrepentido.
Lo llevó de vuelta al café y cerró la puerta lateral.
A las siete menos diez, preparó la primera bandeja de bollería.
A las siete, comprobó el teléfono.
No había mensajes de Berta.
Ni de Nuria.
Ni de Ramiro.
Ni de ningún vecino anunciando que un faro de bronce había atravesado el suelo del ático.
Clara decidió que el ruido podía haber sido exactamente lo que parecía: una pieza decorativa cayéndose.
La sombra quizá había sido un gato.
Un gato mucho más alto que Migas, vestido con chaqueta, pero un gato al fin.
A las siete y cinco, colocó una jarra de leche junto a la cafetera.
A las siete y siete, Migas empezó a mirar hacia la puerta.
—Todavía no hemos abierto.
Migas no apartó los ojos.
A las siete y nueve, una figura apareció frente al escaparate.
Abrigo verde oscuro.
Pantalones negros.
Gafas de sol.
Clara dejó la jarra sobre la barra.
La mujer de la noche anterior empujó la puerta.
La campanilla sonó.
—Buenos días —dijo.
Su voz era más baja de lo que Clara recordaba.
Quizá por el sueño.
Quizá por el frío.
—Buenos días —respondió Clara—. Ha madrugado.
La mujer se quitó las gafas.
Tenía el cabello recogido bajo un pañuelo oscuro. El rostro parecía más pálido, pero no era extraño después de una noche en el apartamento de Berta. Dormir allí exigía adaptarse a un colchón que ella describía como firme y todos los demás como una tabla con sábana.
Alicia Montoro miró hacia las mesas vacías.
—¿Está abierto?
—Oficialmente, dentro de quince minutos.
—Puedo esperar.
—No hace falta. La cafetera ya está trabajando. Es la empleada más responsable del local.
La máquina resopló.
—Aunque se queja de todo.
Alicia se acercó a la barra.
No llevaba la maleta roja.
—¿Durmió bien? —preguntó Clara.
La mujer vaciló apenas.
—Sí.
—Entonces el apartamento ha mejorado.
—¿Por qué?
—Berta no ha recibido todavía una denuncia por el colchón.
Alicia sonrió.
La sonrisa era distinta.
No peor.
Solo menos contenida.
Clara lo atribuyó a que algunas personas se volvían más humanas antes del primer café.
—¿Lo de ayer? —preguntó.
—¿Qué cosa?
—Dijo que alguien perdería una reputación antes del mediodía.
La mujer dejó el bolso sobre un taburete.
—Ah.
Fue un sonido pequeño.
No parecía el de alguien que recordaba haber pronunciado una amenaza cuidadosamente construida.
—¿Sigue en pie? —preguntó Clara.
—Sí. Claro.
Clara esperó algo más.
No llegó.
—¿Café solo? —preguntó.
Alicia frunció ligeramente el ceño.
—Un cortado.
—¿Cortado?
—Sí.
—Ayer tomó café solo.
—Hoy necesito leche.
Clara cogió una taza.
—Sin azúcar.
—Con uno.
La mano de Clara se quedó un segundo sobre el azucarero.
—¿Canela?
—Sí, por favor.
Clara levantó la vista.
—Ayer dijo que la canela estropeaba el café.
La mujer se quedó inmóvil.
Solo un instante.
Después se quitó el pañuelo del cuello y lo dobló sobre la barra.
—Ayer estaba de mal humor.
—Una opinión gastronómica muy firme para ser solo mal humor.
—Cambio de opinión con facilidad.
—Eso debe de ser complicado para una crítica.
La sonrisa volvió.
Esta vez demasiado rápido.
—Solo fuera del trabajo.
Clara empezó a preparar el cortado.
La cafetera llenó el silencio con vapor.
La mujer miró detrás de la barra, hacia la puerta lateral.
—¿Esa puerta da al edificio?
—Sí.
—¿Se puede salir por ahí sin pasar por la entrada principal?
—Se puede entrar en el portal. Después hay que usar la puerta de la calle como una persona civilizada.
—Claro.
—¿Ha pasado algo?
—No.
La respuesta fue inmediata.
Clara espolvoreó canela sobre la espuma.
—En este edificio, “no” suele significar “sí, pero todavía no quiero que Pilar se entere”.
—¿Quién es Pilar?
Clara dejó de mover la cucharilla.
La mujer bajó la mirada hacia el café.
—La señora de ayer —añadió enseguida—. La del periódico.
—La del interrogatorio gratuito.
—Eso.
Clara colocó la taza delante de ella.
Una nueva, de cerámica blanca y borde azul. Tenía una pequeña marca junto al asa, una línea torcida que parecía una ola.
Alicia la cogió con la mano izquierda.
Clara lo notó.
No porque usar la izquierda tuviera nada de particular, sino porque la noche anterior había visto a la mujer pagar al taxista, firmar el formulario y sostener la taza con la derecha.
Muchas personas usaban ambas manos.
Clara misma podía sujetar una taza con cualquiera de las dos.
Aquello no significaba nada.
Probablemente.
Alicia bebió un sorbo.
—Está bueno.
—Ayer no dijo nada.
—¿Tenía que decirlo?
—No. El silencio fue casi un elogio.
La mujer miró la taza con atención.
—Tiene un sabor diferente.
—Es la leche.
—No. Otra cosa.
—Canela.
—Quizá.
Clara apoyó los codos en la barra.
—¿Escribe las reseñas mientras viaja o después?
Alicia levantó los ojos.
—Después.
—Pilar dijo que sus columnas pueden cerrar negocios.
—Pilar exagera.
—Pilar recuerda con detalles cosas que no ocurrieron, pero rara vez exagera las que sí.
La mujer pasó el pulgar por el borde de la taza.
—Una reseña no cierra un negocio. Solo cuenta lo que encuentra.
—Contar también puede romper cosas.
—A veces las cosas ya están rotas.
La frase salió con una firmeza que no había aparecido antes.
Clara reconoció algo en ella.
No exactamente la voz de la noche anterior.
Pero sí una convicción parecida.
—¿Y Valleverde está rota? —preguntó.
—Todas las ciudades que viven del turismo están un poco rotas. Quieren que llegue gente y, al mismo tiempo, que nadie cambie nada. Quieren parecer auténticas sin dejar que la autenticidad resulte incómoda.
—Eso parece una frase de artículo.
—Puede quedársela.
—No sabría dónde guardarla. Ya tengo demasiadas frases y muy poco almacén.
La puerta se abrió.
Doña Amparo entró apoyada en el bastón.
Se detuvo al ver a la huésped.
—Buenos días.
—Buenos días —respondió Alicia.
Doña Amparo la observó durante unos segundos.
—Usted parece distinta.
Clara cerró los ojos.
No por sorpresa.
Por resignación.
—Doña Amparo, son las siete y cuarto.
—A mi edad, no hay horario para decir la verdad.
Alicia se tocó el cabello.
—Me he recogido el pelo.
—No es eso.
—¿El abrigo?
—Tampoco.
—Doña Amparo —intervino Clara—, ¿su cortado de siempre?
La anciana siguió mirando a la mujer.
—Tiene otra cara.
Alicia soltó una risa breve.
—Ojalá. Esta no me ha dado grandes alegrías.
Doña Amparo pareció aceptar la respuesta.
Se sentó en su mesa habitual.
—Poco azúcar —dijo.
—Siempre.
—Ayer pusiste demasiado.
—Ayer dijo que estaba bien.
—Ayer no quería discutir.
Clara empezó a preparar el segundo café.
Alicia volvió a mirar la puerta.
—Necesito pedirle un favor.
—Depende.
—Tengo que dejar una maleta aquí durante unas horas.
—¿La roja?
La mujer apretó un poco los dedos alrededor de la taza.
—Sí.
—¿Por qué no puede dejarla en el apartamento?
—Tengo que hacer una visita y no quiero cargar con ella.
—¿No puede dejarla cerrada arriba?
—Prefiero tenerla cerca.
—Cerca de usted sería llevarla.
—Cerca de alguien en quien pueda confiar.
Clara soltó vapor de la máquina.
—Nos conocemos desde ayer.
—Precisamente. Todavía no ha tenido tiempo de decepcionarme.
Doña Amparo levantó la voz desde la mesa.