La huésped que murió dos veces en el Portal 7 Capítulo 1 — La maleta roja #3
8%

Capítulo 1 — La maleta roja #3

Celia sostuvo la mirada de la huésped.

—Todo el mundo necesita toallas nuevas, tarde o temprano.

—Celia —dijo Berta.

—¿Qué?

—Sube las sábanas.

—Estoy subiendo.

No se movió.

Nuria volvió a cubrir el faro con la manta.

—Llevaré esto con ella. No debería cargarlo sola.

Entre Nuria y Celia levantaron la pieza. Berta tomó el cartel. Alicia sujetó la maleta roja con ambas manos.

Migas volvió a acercarse.

Esta vez clavó una uña en la cinta negra que rodeaba el equipaje.

Alicia tiró de la maleta.

La cinta se desplazó unos centímetros y dejó visible una reparación en la costura lateral. El revestimiento estaba ligeramente levantado, como si alguien lo hubiera abierto y pegado de nuevo.

Migas insistió.

—Fuera —dijo Clara, levantándolo.

El gato protestó.

—Los documentos delicados no se comen.

Migas miró la maleta por encima del brazo de Clara.

Alicia volvió a colocar la cinta sobre la costura.

—¿Muerde? —preguntó.

—Solo cuando tiene razón.

—¿Y suele tenerla?

—Nunca se lo decimos. Se volvería insoportable.

Berta abrió la puerta lateral que comunicaba el Café Aurora con el portal.

—Vamos. Quiero enseñarte la vista antes de que oscurezca.

Alicia no avanzó.

Miró a Clara.

—¿Puedo preguntarle algo?

—Ya lo está haciendo.

—Si alguien viniera preguntando por mí, ¿me avisaría antes de decirle dónde estoy?

Berta soltó una risa nerviosa.

—Nadie vendrá.

—No se lo he preguntado a usted.

Clara observó a la mujer.

El abrigo verde.

La maleta roja.

Las iniciales escondidas en la etiqueta.

El teléfono boca abajo.

La mirada hacia los tejados.

—¿A quién espera? —preguntó.

—A nadie.

—¿Y a quién teme?

Alicia se tomó unos segundos.

—A las personas que creen que una reputación les pertenece.

—Eso sigue siendo bastante amplio.

—Mañana será más concreto.

—¿Qué ocurre mañana?

Alicia miró el reloj.

—Antes del mediodía, alguien va a perder una reputación.

Pilar levantó la voz desde la ventana.

—¿Solo una?

Alicia volvió a sonreír.

—Si el día va bien.

Cruzó la puerta lateral.

Celia y Nuria subieron detrás con el faro. Berta fue la última, cargando el cartel dorado como si encabezara una procesión organizada por la oficina de turismo.

Ramiro esperó a que desaparecieran por la escalera.

—No me gusta —dijo.

—¿La huésped? —preguntó Clara.

—La situación.

—Eso es porque las situaciones no pagan la cuota de administración.

Ramiro la miró.

—No bromees.

—Cuando la gente me pide que no bromee, normalmente significa que las cosas están a punto de ponerse peor.

Pilar terminó su cortado.

—A mí me gusta.

—¿La huésped? —preguntó Clara.

—La maleta.

—Es roja.

—Precisamente. Las maletas negras quieren pasar desapercibidas. Las rojas quieren que recuerdes quién las llevaba.

Doña Amparo dejó unas monedas sobre la mesa.

—O que mires la maleta y no a la persona.

Se levantó con ayuda del bastón.

Migas seguía mirando la puerta lateral.

—No vas a subir —le dijo Clara.

El gato se sentó.

—Ni hoy ni mañana.

Migas parpadeó.

—Eso no significa que hayamos llegado a un acuerdo.

A las ocho y media, el Café Aurora recuperó su ritmo normal.

Entraron dos parejas de turistas, un hombre que pidió un café “no demasiado caliente pero tampoco templado” y una mujer que quiso saber si la tarta de almendra contenía frutos secos.

Pilar se marchó después de intentar explicar a todos quién era Alicia Montoro.

Ramiro subió al portal para comprobar unos documentos.

Nuria volvió a su taller. Berta permaneció en el ático más de una hora y bajó asegurando que la huésped estaba encantada.

—¿Lo dijo ella? —preguntó Clara.

—No tuvo que decirlo.

—Entonces lo dijiste tú.

—La gente demuestra la satisfacción de muchas maneras.

—¿Cómo la demostró Alicia?

—Pidió la contraseña del wifi.

A las diez, Berta se marchó.

A las diez y media, Clara cerró la cocina.

A las once menos cuarto, la calle quedó casi vacía.

Valleverde cambiaba de personalidad por la noche. El olor a protector solar desaparecía. Las tiendas bajaban las persianas. El mar, invisible desde el Café Aurora, se hacía más presente en el silencio que quedaba entre los edificios.

Clara limpió la última mesa.

Migas dormía sobre una silla, con la cabeza apoyada en el respaldo y una pata colgando.

—Hoy has trabajado mucho —dijo ella—. Has intentado destruir un cartel y abrir una maleta.

El gato no respondió.

—Mañana tendrás que descansar.

Migas abrió los ojos.

Las orejas se le levantaron.

Clara dejó el paño.

—¿Qué pasa?

El gato miraba hacia el techo.

Sobre el Café Aurora estaban los apartamentos del Portal 7. Más arriba, el ático de Berta.

Durante unos segundos no se oyó nada.

Después llegó el golpe.

Metálico.

Pesado.

No fue el sonido de un vaso cayendo ni de una puerta cerrándose. Fue un ruido breve y profundo, como si algo de bronce hubiera golpeado una superficie dura.

Migas saltó de la silla.

—Será el faro —murmuró Clara.

El gato caminó hacia la puerta lateral.

—No.

Migas se detuvo.

Arriba, algo arrastró por el suelo.

Luego silencio.

Clara miró el teléfono.

Pensó en llamar a Berta.

Pensó en subir.

Pensó en la forma en que Alicia había preguntado por los tejados.

Antes de decidirse, una luz se encendió en el patio interior.

Clara se acercó a la ventana lateral.

Desde allí podía ver una parte de la azotea: antenas, tendederos vacíos, depósitos de agua y las chimeneas recortadas contra el cielo.

Una sombra cruzó detrás del muro bajo.

Apareció durante apenas un segundo.

Una persona.

Quizá un hombre.

Quizá una chaqueta movida por el viento.

La figura pasó desde la azotea del Portal 7 hacia el edificio contiguo y desapareció.

Clara abrió la puerta del café.

Salió a la calle.

Miró hacia arriba.

En el ático, una ventana permanecía iluminada.

No había nadie en el balcón.

Nadie en la acera.

Nadie junto al portal.

Solo una motocicleta doblando la esquina al final de la calle, demasiado lejos para distinguir el color.

Clara permaneció unos segundos bajo el número azul del edificio.

Podía subir.

Podía llamar.

Podía decidir que una huésped adulta tenía derecho a tirar su propia decoración, mover sus propios muebles y recibir a quien quisiera sin que la dueña de la cafetería iniciara una investigación.

La experiencia reciente le había enseñado que respetar la intimidad de los vecinos era una virtud.

También le había enseñado que las virtudes podían volverse muy incómodas durante un interrogatorio.

Sacó el teléfono.

Antes de marcar, la luz del ático se apagó.

Migas maulló desde el interior del café.

Clara volvió a entrar.

Cerró la puerta lateral con llave.

Comprobó dos veces que estaba cerrada.

A las once y diecisiete, bajó la persiana.

A las once y veintidós, subió a su habitación sobre la cafetería.

A las once y treinta y uno, el Portal 7 parecía dormir.

A la mañana siguiente, una mujer con el abrigo verde de Alicia Montoro entraría en el Café Aurora, pediría un cortado con canela y dejaría la maleta roja detrás de la barra.

Clara tardaría cuarenta minutos en descubrir que acababa de servir café a una mujer muerta.