La huésped que murió dos veces en el Portal 7 Capítulo 1 — La maleta roja #2
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Capítulo 1 — La maleta roja #2

Berta se puso de pie tan rápido que golpeó la mesa con la rodilla.

—Es ella.

—O alguien con dinero para un taxi —dijo Pilar.

La puerta trasera del vehículo se abrió.

Primero apareció una maleta roja.

Era grande, rígida y brillante, con las esquinas reforzadas y una cinta negra alrededor del centro.

Tenía pequeñas marcas de golpes, como si hubiera recorrido más estaciones que su dueña.

La mujer que la sacó del maletero vestía un abrigo verde oscuro, pantalones negros y zapatos planos.

Llevaba gafas de sol, aunque la tarde estaba nublada, y el cabello castaño recogido en un moño bajo.

Tendría unos cuarenta años.

Quizá algunos más.

Las personas que viajaban mucho adquirían una edad difícil: cansancio en los ojos, juventud en los zapatos y la costumbre de mirar las salidas antes que la decoración.

Pagó al taxista con la mano derecha.

Clara lo observó sin saber por qué.

La mujer permaneció unos segundos en la acera, mirando primero el número de cerámica azul sobre el portal, después los balcones, luego la parte superior del edificio.

No parecía admirarlo.

Parecía calcularlo.

Berta salió a recibirla.

—¡Alicia!

La mujer bajó la mirada.

Sonrió, pero antes miró a ambos lados de la calle.

—Señora Luján.

—Berta, por favor. Bienvenida al Portal 7.

Se dieron dos besos que ninguna de las dos parecía haber solicitado.

Berta intentó tomar el asa de la maleta. Alicia no la soltó.

—Pesa mucho —dijo.

—Puedo ayudarte.

—Prefiero llevarla yo.

Su tono fue amable.

La mano, no.

Berta retiró los dedos.

—He preparado un pequeño recibimiento en el café.

Alicia observó el cartel dorado detrás del cristal.

Durante un instante, su expresión dejó de ser cortés.

—Le pedí discreción.

—Es un detalle.

—Mi nombre en letras doradas suele ser lo contrario de la discreción.

Clara tuvo que mirar hacia la cafetera para esconder una sonrisa.

Berta entró primero.

—Alicia Montoro —anunció—. Clara Medina, propietaria del Café Aurora.

—Heredera accidental —corrigió Clara.

Alicia se quitó las gafas.

Tenía ojos oscuros, atentos y más cansados que el resto del rostro.

—¿Accidental?

—Heredé el local de mi tía. El café venía con deudas, una cafetera temperamental y ese gato.

Migas seguía junto a la puerta.

Alicia lo miró.

El gato se levantó y caminó directamente hacia la maleta roja.

—No —dijo ella.

La palabra salió demasiado rápida.

Migas se detuvo.

Clara también.

Alicia pareció notarlo.

—Perdón. Llevo documentos delicados.

—Migas no sabe leer —dijo Clara—. Pero juzga por el peso.

El gato olfateó la esquina inferior de la maleta. Luego pasó una garra por la costura del revestimiento.

Alicia tiró del asa y apartó el equipaje.

La etiqueta atada a uno de los laterales giró durante un segundo.

Clara alcanzó a ver dos letras escritas bajo una tira de papel blanco:

I. V.

Encima, con una caligrafía distinta, aparecía el nombre Alicia Montoro.

—¿Café? —preguntó Clara.

—Solo.

—¿Azúcar?

—No.

—Tengo canela, si le gusta.

Alicia hizo una mueca pequeña.

—La canela estropea el café.

—Finalmente alguien razonable —dijo Clara.

Pilar protestó desde su mesa.

—La canela mejora muchas cosas.

—No el café.

—Ni el carácter —añadió Doña Amparo—. Y a ti te haría falta.

Alicia miró a las dos mujeres.

—¿Son clientas habituales?

—Son parte del mobiliario —dijo Clara.

—Pagamos alquiler en consumiciones —respondió Pilar.

Berta tomó el control de las presentaciones.

—Pilar Montes, segunda izquierda. Doña Amparo, tercero derecha. Nuria Salvatierra, nuestra restauradora. Ramiro Gil, administrador de la comunidad.

—Administrador de fincas —precisó Ramiro.

—La diferencia es que él cobra por preocuparse —dijo Clara.

Alicia extendió la mano.

Ramiro la estrechó.

Nuria hizo lo mismo.

Alicia firmó después el formulario de alojamiento que Berta colocó delante de ella. Sujetó el bolígrafo con la derecha y escribió el nombre lentamente:

Alicia Montoro.

La firma era segura, pero la última letra quedó ligeramente separada, como si perteneciera a otra palabra.

Clara dejó el café sobre la barra.

Alicia bebió un sorbo.

No elogió la bebida.

Tampoco hizo una mueca.

Para Clara, aquello era casi una ovación.

—¿Qué la trae a Valleverde? —preguntó Pilar.

Berta abrió la boca.

Alicia respondió antes.

—Trabajo.

—Eso ya lo sabemos. Nadie viene con una maleta así para descansar.

—¿Por qué?

—Porque quien descansa trae ropa. Quien trabaja trae papeles. Y quien huye trae ambas cosas sin doblar.

—Pilar —advirtió Clara.

Alicia sostuvo la mirada de la mujer.

—¿Y usted cuál cree que soy?

Pilar se encogió de hombros.

—Todavía no ha abierto la maleta.

Durante un instante, el café quedó en silencio.

Luego Alicia sonrió.

Esta vez pareció sincero.

—Me habían dicho que el Portal 7 tenía personalidad.

—Es una forma educada de decir problemas —comentó Ramiro.

—¿Y ha venido a escribir sobre el edificio? —preguntó Clara.

—Sobre Valleverde. El crecimiento turístico. Los alojamientos pequeños. Los negocios que intentan parecer auténticos.

Berta acomodó el pañuelo.

—Mi apartamento no intenta parecer auténtico.

—Entonces tiene ventaja —dijo Pilar.

Alicia bebió otro sorbo.

Sus ojos fueron hacia el faro de bronce, que seguía envuelto a medias sobre la mesa.

—¿Qué es eso?

Berta retiró la manta con orgullo.

—Una pieza local.

Nuria negó con la cabeza.

—La compró en un mercadillo de Segovia.

—Representa el espíritu local.

Alicia pasó los dedos por el metal.

—Parece pesado.

—Mucho —dijo Clara.

—Es macizo —explicó Nuria—. Cuidado con la base. Está restaurada, pero un golpe fuerte podría dañarla.

Alicia golpeó suavemente el bronce con una uña.

El sonido fue breve y profundo.

Migas levantó la cabeza.

—Lo pondremos en el salón —dijo Berta—. Da personalidad.

—El apartamento ya tiene personalidad —murmuró Ramiro—. Lo que necesita es certificado eléctrico.

Berta fingió no oírlo.

Alicia volvió a mirar hacia la parte superior del edificio.

—¿El ático tiene acceso a la azotea?

Berta tardó medio segundo más de lo normal en contestar.

—No directamente.

—¿Indirectamente?

Ramiro dejó la taza.

—Hay una puerta desde el lavadero comunitario. Permanece cerrada.

—¿Quién tiene la llave?

—La administración, la presidenta de la comunidad y la empresa de mantenimiento.

Berta se volvió hacia él.

—¿Por qué le explicas eso?

—Porque ha preguntado.

—También podría preguntar dónde guardamos el dinero.

—No guardamos dinero en el edificio —dijo Ramiro.

Pilar levantó una ceja.

—Eso habría que comprobarlo.

Alicia se dirigió a Clara.

—¿Desde el café se puede subir?

—Por la puerta lateral entro al portal. Después, escalera. Pero no tengo llave de la azotea.

—¿Y los edificios contiguos?

—Están pegados.

—¿Se puede pasar de un tejado a otro?

Berta soltó una risa.

—¿Quién querría hacer eso?

Alicia la miró.

—Una persona que no quisiera usar la puerta.

El teléfono de la mujer vibró sobre la barra.

La pantalla se iluminó.

Clara no quiso leer el nombre.

Lo leyó.

SERGIO BELTRÁN

Alicia rechazó la llamada.

El teléfono vibró de nuevo.

Lo giró boca abajo.

—¿Algún problema? —preguntó Berta.

—Trabajo.

—Su editor, ¿verdad?

Alicia levantó los ojos.

—¿Cómo lo sabe?

—Me escribió para confirmar la reserva.

—No tenía que hacerlo.

—Fue muy amable.

—Sergio es amable cuando quiere que algo ocurra sin parecer responsable.

La frase no sonó como un cumplido.

Alicia recogió la taza con la mano derecha. La izquierda permanecía apoyada sobre la maleta.

El teléfono vibró por tercera vez.

Esta vez se levantó.

—Disculpen.

Salió a la acera.

A través del cristal, Clara la vio contestar.

No podía oír todas las palabras, pero Alicia hablaba lo bastante alto como para que algunas atravesaran la puerta.

—No… He dicho que no.

Pausa.

—Eso no formaba parte del acuerdo.

Otra pausa.

Alicia miró hacia el interior del café. Al descubrir que Clara la observaba, se apartó unos pasos.

—No pienso seguir firmando algo que no he escrito.

La última frase llegó con claridad.

Después bajó la voz.

Clara fingió limpiar la máquina.

Pilar fingió leer el periódico.

Berta no fingió nada. Se acercó al cristal.

Alicia terminó la llamada y permaneció inmóvil en la acera. Frente al café, al otro lado de la calle, un hombre de chaqueta azul esperaba junto a una motocicleta. Llevaba casco en la mano.

No parecía mirar a Alicia.

Alicia lo miraba a él.

El hombre se colocó el casco, arrancó la motocicleta y se alejó hacia el paseo marítimo.

Cuando Alicia volvió a entrar, había perdido parte del color del rostro.

—¿Está bien? —preguntó Clara.

—Perfectamente.

Clara había trabajado quince años en un registro civil. Había oído “perfectamente” pronunciado por personas que acababan de divorciarse, perder una herencia, descubrir una segunda familia o firmar la defunción de alguien amado.

Era una palabra de escasa fiabilidad.

—Su café se está enfriando —dijo.

Alicia bebió el resto de un trago.

—Mañana desayunaré aquí.

—Abrimos a las siete y media.

—Vendré temprano.

—Café solo, sin azúcar y sin canela.

—Tiene buena memoria.

—Es más barato que anotar.

Celia Márquez entró con un juego de sábanas dobladas entre los brazos.

Era una mujer baja, de pelo negro y movimientos rápidos, responsable de limpiar los apartamentos de Berta y de declarar que pensaba dejar el trabajo al menos dos veces por semana.

—Esto va arriba —dijo—. Y la lavadora otra vez pierde agua.

Entonces vio a Alicia.

Se detuvo.

Alicia también.

Fue una pausa pequeña.

Demasiado pequeña para que Berta la percibiera.

Suficientemente larga para que Clara lo hiciera.

—Celia, nuestra huésped —dijo Berta—. Alicia Montoro.

Celia ajustó las sábanas contra el pecho.

—Ya sé quién es.

—¿Nos conocemos? —preguntó Alicia.

—No.

La respuesta salió inmediatamente.

—Leo sus artículos.

—Espero que no todos.

—El del Hotel Mirador lo leí tres veces.

Alicia dejó la taza sobre el plato.

—¿Trabajaba allí?

—Mi hermana.

—Lo siento.

—Ella también.

Berta intervino:

—Celia irá mañana a las ocho para hacer una limpieza rápida.

—No será necesario —dijo Alicia.

—Forma parte del servicio.

—Prefiero que nadie entre en mi habitación.

—Solo cambiará las toallas.

—No necesito toallas nuevas.