La huésped que murió dos veces en el Portal 7 Capítulo 1 — La maleta roja
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La huésped que murió dos veces en el Portal 7

La huésped que murió dos veces en el Portal 7

Por Mateo Cendral

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Capítulo 1 — La maleta roja

La maleta roja

Clara Medina había aprendido que las personas que anunciaban no querer causar molestias solían llegar acompañadas de una maleta, tres exigencias y un problema que todavía no tenía nombre.

Berta Luján llegó sin maleta.

Traía una carpeta de plástico, un cartel laminado y suficientes exigencias para compensarlo.

—Necesito que escondas las magdalenas torcidas —dijo, apenas cruzó la puerta del Café Aurora.

Clara levantó la vista desde la cafetera.

—Buenos días, Berta.

—Y limpia la pizarra.

—La limpié ayer.

—Se nota que la limpiaste tú.

—Eso suele pasar cuando limpio algo.

Berta dejó la carpeta sobre la barra y desplegó el cartel con ambas manos. En letras doradas se leía:

BIENVENIDA, ALICIA MONTORO

Debajo había dibujado una rama de olivo, una taza humeante y algo que podía ser una gaviota o una mancha de humedad con aspiraciones artísticas.

Migas, tumbado sobre el periódico local, abrió un ojo.

Lo cerró.

El gato naranja había desarrollado una política clara respecto a Berta: fingir que no existía hasta que apareciera comida o una oportunidad de perjudicarla.

—¿Quién es Alicia Montoro? —preguntó Clara.

Berta la miró con una mezcla de escándalo y compasión.

—No puedes dirigir una cafetería turística y no saber quién es Alicia Montoro.

—Hasta hace un minuto lo estaba haciendo bastante bien.

—Es crítica de viajes.

—Entonces no quiero conocerla.

—Clara.

—Las personas que cobran por opinar sobre el café me ponen nerviosa. Las que lo hacen gratis ya ocupan todas las mesas.

Pilar Montes, sentada junto a la ventana, levantó su cortado.

—Yo no opino gratis. Pago uno con sesenta por el derecho.

—Uno con setenta desde el lunes —dijo Clara.

Pilar bajó lentamente la taza.

—Retiro todo lo bueno que he dicho de este establecimiento.

Doña Amparo, en la mesa contigua, untaba mantequilla en una tostada con la concentración de una cirujana.

—No ha dicho nada bueno desde que llegó.

—Porque intento mantenerla humilde.

—Lo que mantienes es el asiento ocupado —respondió Clara.

Berta golpeó el cartel con un dedo.

—¿Podemos centrarnos? Alicia Montoro tiene una columna leída por miles de personas. Hoteles, restaurantes, pueblos enteros esperan meses para que los visite.

—Los pueblos no esperan —dijo Doña Amparo—. Los alcaldes sí. Es distinto.

—Su recomendación podría poner a Valleverde en todos los mapas.

Clara miró por la ventana.

Al otro lado de la calle, un camión de reparto bloqueaba la salida de un garaje.

El frutero discutía con el conductor. Una mujer perseguía a un perro pequeño que acababa de robar una barra de pan.

Sobre el paseo marítimo, dos gaviotas peleaban por algo que ninguna de las dos parecía querer realmente.

—Valleverde ya aparece en los mapas —dijo Clara—. Por eso siguen llegando turistas.

—No esta clase de turistas.

—¿Existe una clase que no pregunte si el mar cierra por la noche?

Berta recogió el cartel, molesta.

Era propietaria del ático del Portal 7, de otro apartamento cuyo estatus legal variaba según quién hiciera la pregunta y de una confianza en sí misma que probablemente también necesitaba licencia municipal.

Desde la muerte de Don Ernesto, seis semanas atrás, Berta había asumido como misión personal demostrar que el edificio no estaba maldito.

Nadie había sugerido oficialmente que lo estuviera.

Eso no la había detenido.

Había mandado pintar la entrada, sustituir dos bombillas y colocar una maceta de lavanda junto a los buzones. La maceta murió en cuatro días. Berta afirmó que había sido sabotaje.

—Alicia se alojará en mi ático —dijo—. Dos noches. Quizá tres, si queda satisfecha.

—¿El ático legal o el otro?

—Solo tengo un ático.

—No era esa la parte de la frase que estaba cuestionando.

Pilar sonrió por encima de la taza.

—¿Y por qué una crítica tan importante se aloja aquí?

—Porque busca experiencias auténticas.

—Eso significa que no quiere pagar hotel —dijo Doña Amparo.

—Ha hecho una reserva perfectamente normal.

—¿Cuánto le has cobrado? —preguntó Clara.

Berta se alisó la bufanda roja.

—Los asuntos comerciales son confidenciales.

—No le has cobrado.

—Estamos realizando un intercambio de visibilidad.

Pilar dejó escapar una risita.

—Le regalas dos noches y ella finge que el baño tiene encanto.

—El baño tiene encanto.

—El inodoro está tan cerca del lavabo que puedes lavarte los dientes sin levantarte.

—Eso es aprovechamiento del espacio.

La campanilla de la puerta sonó.

Ramiro Gil entró con una carpeta bajo el brazo y la expresión de un hombre que ya lamentaba una conversación antes de conocerla.

Desde el caso de Don Ernesto, el administrador de fincas se había vuelto más delgado, más prudente y mucho menos aficionado a la frase “todo se regulariza”. Había descubierto que algunas cosas, al regularizarse, acababan incorporadas a una investigación penal.

—Berta —dijo—. Necesito hablar contigo.

—Estoy ocupada.

—Es sobre el apartamento turístico.

—Entonces estás más ocupado que yo.

Ramiro vio el cartel.

Cerró los ojos.

—Dime que no lo vas a colgar en el portal.

—Pensaba colocarlo junto al espejo.

—La comunidad no ha autorizado cartelería comercial en las zonas comunes.

—No es comercial. Es hospitalidad.

—Tiene el nombre de una huésped.

—Las personas tienen nombres, Ramiro. No puedes prohibirlo.

—No prohíbo el nombre. Prohíbo el cartel.

—Eso es discriminación indirecta.

Clara llenó una taza de café.

—¿Descafeinado?

Ramiro miró la cafetera como si fuera a solicitarle un informe.

—Doble.

—Eso sí que es una emergencia.

Berta abrió su carpeta y sacó varias hojas.

—Todo está en regla.

Ramiro no las tocó.

—La última vez que dijiste eso tuvimos que discutir durante tres horas qué significaba “habitación con autonomía”.

—Y no llegamos a ninguna conclusión.

—Llegamos a cinco.

—Contradictorias.

—Por eso no eran conclusiones —dijo Clara.

Migas saltó del periódico a la barra y olfateó el cartel de bienvenida.

Berta lo retiró.

—Y necesito que el gato no suba al ático.

—Migas no sube al ático.

—La semana pasada apareció dentro de mi armario.

—Eso no demuestra que subiera. Migas tiene una relación poco transparente con el espacio.

—Dejó pelo en un albornoz.

—Es su forma de firmar.

Berta miró al gato.

Migas le devolvió la mirada con la serenidad de quien no poseía bienes embargables.

La campanilla sonó otra vez.

Nuria Salvatierra entró de espaldas, empujando la puerta con el hombro. Llevaba entre las manos un objeto envuelto en una manta gris.

—¿Alguien puede ayudarme? —preguntó.

Clara salió de detrás de la barra.

—¿Qué es eso?

—El capricho de Berta.

—Es decoración —corrigió Berta.

Clara sujetó un extremo de la manta. El objeto pesaba más de lo esperado.

—¿Has restaurado un ancla?

—Casi.

Entre ambas colocaron el bulto sobre una mesa. Nuria retiró la manta.

Era un faro de bronce de unos cuarenta centímetros de altura, con una base circular gruesa y pequeñas ventanas talladas alrededor de la torre.

El metal oscuro conservaba manchas verdosas en las hendiduras.

En la parte superior, una cúpula rodeada por una barandilla diminuta parecía esperar una luz que nunca se encendería.

—Bonito —dijo Clara.

Nuria la miró.

—No tienes que mentir.

—Entonces es pesado.

—Eso sí.

Berta acarició la parte superior del faro.

—Es una pieza antigua.

—Es un arma con temática marítima —dijo Pilar.

Ramiro dejó el café sobre el plato.

—¿Dónde piensas colocar eso?

—En el apartamento.

—Espero que no sobre una balda.

—En la mesa del salón.

—La mesa cojea.

—Ya no.

—¿La has arreglado?

—He doblado un papel y lo he puesto debajo de una pata.

Ramiro se llevó una mano a la frente.

Nuria giró el faro para mostrar una marca en la base.

—He reforzado esta parte. Estaba agrietada. Ahora no debería soltarse, pero conviene no moverlo demasiado.

—No pienso moverlo —dijo Berta—. Es el símbolo de Valleverde.

—Valleverde tiene un faro de verdad —observó Clara.

—Pero no cabe en el apartamento.

—Eso le da cierta ventaja.

Berta volvió a envolver la pieza.

—Nuria, súbelo cuando terminemos. Quiero que esté colocado antes de que llegue Alicia.

—¿A qué hora llega? —preguntó Pilar.

Berta consultó el teléfono.

—Su tren entra a las seis y siete.

—¿Y cómo sabes que será ella?

—Me enviará un mensaje.

—No hay muchas fotos suyas —dijo Pilar.

Berta levantó los ojos.

—¿La conoces?

—He leído algunas columnas. La del hotel de Benavente fue casi un homicidio.

—El hotel tenía moho.

—Todos los hoteles antiguos tienen moho. Algunos lo llaman historia.

—Alicia es exigente.

—Alicia escribió que el desayuno parecía “preparado por alguien que odiaba la mañana y a la humanidad”.

Clara se quedó inmóvil con una taza en la mano.

—Eso es bueno.

—Fue cruel —dijo Berta.

—Las dos cosas no se excluyen.

Pilar se volvió hacia Clara.

—También cerró un restaurante de Toledo.

—Una reseña no cierra un restaurante.

—Dijo que el pescado tenía la textura emocional de un divorcio.

Clara apoyó la taza.

—Ahora quiero conocerla.

Berta señaló la vitrina.

—Por eso tienes que esconder las magdalenas torcidas.

—Las magdalenas no están torcidas.

—Una se inclina.

—Tiene personalidad.

—Tiene una grieta.

—Como el edificio, y sigues alquilándolo.

Ramiro tosió dentro de su café.

A las cinco y media, Berta había conseguido colocar el cartel en la puerta de la cafetería, quitarlo después de una discusión, volver a colocarlo dentro del escaparate y desplazarlo tres veces porque la luz no favorecía las letras doradas.

A las cinco y cuarenta, Clara dejó de fingir que no le importaba la visita.

Revisó la vitrina, limpió la máquina, cambió un azucarero pegajoso y colocó las tazas nuevas en la balda.

No escondió las magdalenas torcidas, en parte porque no existían y en parte porque no aceptaba instrucciones estéticas de una mujer que había comprado un faro de bronce para un apartamento de cuarenta metros cuadrados.

Migas se instaló junto a la puerta.

—No vas a recibirla —dijo Clara.

El gato no se movió.

—Y no vas a subir al ático.

Migas se lamió una pata.

—Eso no es un contrato.

A las seis y doce, un taxi se detuvo frente al Portal 7.