La huésped de la cala Capítulo 31
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Capítulo 31

El viernes por la mañana, después de los churros de la calle Maldonadas (Curro tenía razón, son de los mejores de Madrid), volvemos al piso de Lavapiés a las once. Pessoa, en el sofá, nos recibe sin moverse. Iago se sienta. Yo me siento al lado.

— Iago.

— ¿Qué?

— Llevo dos cosas todavía dentro.

— ¿Cuáles?

— Una.

— ¿Sí?

— Lo de ayer en Barajas.

— ¿Lo del beso?

— Lo del beso.

— ¿Y?

— Y, esta noche, hace falta una segunda parte.

— ¿En serio?

— En serio.

Iago, sentado en el sofá, me mira tres segundos.

— ¿La segunda parte de qué?

— De ocho días.

— ¿Ocho días?

— Ocho días.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Esta noche?

— Esta noche.

— ¿Aquí?

— Aquí.

— ¿En tu cama?

— En mi cama.

— ¿Con Pessoa?

— Pessoa, esta noche, duerme en el sofá.

— ¿Y la otra cosa?

— La otra cosa la dejamos para mañana.

— ¿Cuál era?

— Iago.

— ¿Qué?

— Mañana.

— Vale.

A las dos de la tarde, comemos los dos en el piso. Pasta carbonara que ha hecho Iago en mi cocina pequeña con productos del Mercado de Antón Martín que hemos ido a comprar a la una. Comemos en la mesa del salón. Pessoa, en una silla, comiendo croquetas que Iago, sin permiso, le ha dado.

A las cinco, salimos los dos a dar una vuelta por el barrio.

Le enseño la librería de Lavapiés a la que voy desde hace ocho años.

Le enseño la plaza. Le enseño el bar donde Candela y yo nos hemos cenado tortillas mil veces.

Le enseño la calle de Sombrerete donde está el estudio de un fotógrafo amigo de Mar al que hemos contratado para que haga las fotos de PLOMO.

A las siete, en una terraza del Mercado de San Fernando, con dos cañas:

— Lola.

— ¿Qué?

— Lavapiés me gusta.

— ¿Sí?

— Sí.

— ¿Por?

— Porque, en Lavapiés, hay cuatro Marisas, dos Manolitos, tres pakistaníes, un peruano y diez gallegos sueltos por barrio. Eso, en una ciudad grande, es difícil.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Vas a venir a vivir aquí?

— A medias.

— ¿Cuántas noches al mes?

— ¿Quince?

— ¿Quince?

— Quince.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Quince noches al mes en Lavapiés?

— Quince noches al mes en Lavapiés.

— ¿Y, las otras?

— Cala, Cangas, otros hostales.

— ¿Sin Madrid centro?

— Sin Madrid centro. Madrid centro, contigo, Lavapiés.

— Vale.

— ¿Te parece?

— Me parece.

A las nueve cenamos en el sofá. Tortilla con cebolla que ha hecho él en cinco minutos. Una cerveza cada uno. Pessoa, encima de mí, ronroneando.

A las diez y media, le digo:

— Iago.

— ¿Qué?

— Vamos a la cama.

— Vale.

Pessoa, sin que se lo pidamos, baja al suelo y se va al sofá. Pessoa, en quince años de oficio, ha aprendido cuándo no le toca cama.

Iago, en el dormitorio, cierra la puerta. Se quita la camiseta. Los vaqueros. Los calzoncillos. Yo, en el centro del cuarto, lo miro sin moverme.

— Iago.

— ¿Qué?

— Estás muy guapo.

— Tú también.

— No me has visto.

— Te he visto durante toda la cena.

— Vale.

— Lola.

— ¿Qué?

— Quítate.

— Vale.

Me quito la camiseta. El sujetador. Los vaqueros. Las braguitas. En mitad del dormitorio de Lavapiés, los dos, sin ropa, parados.

Iago se acerca. Me coge la cintura. Me besa.

Es un beso largo. Largo-largo. No es un beso de Barajas. No es un beso de pasillo. No es un beso de cala. Es un beso de "llevamos ocho días sin tocarnos y este beso lo necesitábamos los dos para terminar de creernos lo que hemos hablado por la tarde".

A los cinco minutos, sin parar de besarme, me empuja hasta la cama. Caigo de espalda. Iago, encima, sigue besándome el cuello, los hombros, el pecho.

— Iago.

— ¿Qué?

— Lento.

— ¿Lento?

— Lento.

— ¿Por?

— Porque, esta noche, lo único que quiero es lento.

— Vale.

Y, ahí, durante las siguientes tres horas, Iago Castelo y yo redescubrimos lo que llevamos seis meses haciendo, pero con un matiz nuevo.

El matiz nuevo es este: no estamos descubriendo. Estamos reconociéndonos. Estamos repitiendo lo que sabemos. Estamos confirmando que el cuerpo, el de los dos, no se ha olvidado de nada en ocho días. Estamos diciéndonos, sin palabras, "vale, esto sigue ahí, esto no se ha roto, esto está intacto".

Iago me besa cada parte del cuerpo. Cada una.

Hombros. Pecho. Costado. El compás del costado izquierdo lo besa durante un minuto entero.

Ombligo. Cadera. Muslo. Y, después, despacio, hace lo que hizo el catorce de abril.

Esta vez, sin urgencia. Esta vez, sin nerviosismo.

Esta vez, sabiendo exactamente qué le gusta a cada centímetro mío.

A los veinte minutos, lo termino. Larga. Profunda. Sin grito. Esta vez, con la mano metida en su pelo y los ojos cerrados y la cabeza echada hacia atrás contra la almohada.

Iago, sin moverse, sin parar, sigue. Cinco minutos. Diez. Lo termino otra vez. Esta vez, más pequeña. Esta vez, sin querer.

— Iago.

— ¿Qué?

— Para.

— ¿Mal?

— No puedo más.

— Vale.

Sube. Se tumba a mi lado. Me coge la cintura. Me pega contra él.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Has estado pensando en mí en estos ocho días?

— Cada minuto.

— ¿En serio?

— En serio.

— ¿Y, en lo de esto?

— También.

— ¿En qué exactamente?

— En todo.

— Lola.

— ¿Qué?

— Sé más concreta.

— Iago.

— ¿Qué?

— He pensado en el catorce de abril. He pensado en el Domingo de Pascua.

He pensado en la encimera del piso de Malasaña.

He pensado en el martes de Ainhoa cuando me sujetaste las muñecas.

He pensado en lo de la cala de junio cuando Noa estaba con Ainhoa en Bilbao.

He pensado en lo del baño de la habitación grande aquella tarde de julio cuando llegó Mar.

— ¿Lo del baño?

— ¿No te acuerdas?

— Sí.

— ¿Y entonces?

— Vale, te toca.

— ¿Yo?

— Tú.

— ¿Te toca yo?

— Me toca yo.

— Vale.

Me siento sobre él. Las dos piernas a cada lado. Le miro a los ojos.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿En el catorce de abril, me dijiste algo en gallego?

— Quérote.

— ¿Y hoy?

— Quérote.

— ¿Lo mismo?

— Lo mismo.

— ¿Y se traduce igual?

— Se traduce igual.

— Iago.

— ¿Qué?

— Otra cosa en gallego.

— ¿Qué?

— Algo nuevo.

Iago, debajo de mí, sonríe.

— Cariño.

— ¿Qué?

— "Quérote como nunca."

— ¿Eso qué quiere decir?

— "Te quiero como nunca."

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿En el avión de vuelta de Vigo, lo pensaste?

— Lo pensé.

— ¿Y en la cala?

— Y en la cala.

— ¿Y en Cangas con tu madre?

— Mi madre me lo dijo el lunes.

— ¿Qué?

— Me dijo: "niño, esta sí es la mujer".

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Tu madre te dijo eso el lunes?

— El lunes por la noche, después de salir mi padre del hospital, en la cocina.

— Iago.

— ¿Qué?

— Eso es muy.

— Muy.

Y, ahí, encima de Iago, me bajo despacio. Lo cojo. Lo coloco. Y, despacio, lo dejo entrar.

Esta vez, ya, conocemos cada hueco.

Esta vez, ya, no necesitamos preámbulos.

Esta vez, ya, somos.

A los diez minutos, le digo:

— Iago.

— ¿Qué?

— Te toca arriba.

— ¿Como aquella noche?

— Como aquella noche.

Me gira. Se sube. Me coge la pierna izquierda y me la sube hasta su hombro. Y, entra, despacio.

— Iago.

— ¿Qué?

— Más.

— ¿Más rápido?

— Más rápido.

— ¿Cuánto?

— Lo que tú quieras.

Y, ahí, durante los siguientes quince minutos, los dos perdemos el tiempo y el espacio.

Y la cama del piso de Lavapiés, en el centro de Madrid, en una calle del barrio del Tribulete, se convierte exactamente en el sitio donde estábamos hace catorce horas en Barajas, sin nada en común, y donde estamos ahora.

A los quince minutos, los dos terminamos otra vez. Esta vez, juntos. Casi en el mismo segundo. Sin trampas, sin contar, sin organización. Solo, ocurrió así.

Iago, encima de mí, contra mi cuello, susurra:

— Lola.

— ¿Qué?

— Eres mi familia.

— Lo sé.

— ¿Lo sabes?

— Lo sé.

— ¿Desde cuándo?

— Desde ayer.

— ¿Solo desde ayer?

— En esa frase concreta, desde ayer. En la sensación, desde mayo.

— Iago.

— ¿Qué?

— Yo, también, tengo una frase.

— ¿Cuál?

— "Iago, eres mi familia."

— ¿Sí?

— Sí.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Cuánto llevas sintiéndola?

— Desde que vi a Noa pidiéndome darle las buenas noches en mayo.

— ¿Desde mayo?

— Desde mayo.

— ¿Tan pronto?

— Tan pronto.

— ¿Y por qué no me lo habías dicho?

— Porque, las grandes cosas, en mi cabeza, tampoco se dicen rápido. Pero, las grandes cosas, se sienten antes de decirse. Y, sí, llevaba meses sintiéndolo.

— Iago.

— ¿Qué?

— Vamos a ducharnos.

— ¿Juntos?

— Juntos.

Nos duchamos juntos en la ducha minúscula de mi piso de Lavapiés. Mientras me lavo el pelo, Iago, detrás, me lo masajea. Le pongo la mejilla contra el pecho. Iago, detrás, susurra contra mi pelo:

— Lola.

— ¿Qué?

— Una cosa más.

— ¿Qué?

— La otra cosa.

— ¿Cuál?

— La que dejabas para mañana.

— ¿Quieres ahora?

— Quiero ahora.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Estás impaciente?

— Estoy impaciente.

— Vale.

Salimos de la ducha. Nos secamos. Iago se enrolla la toalla a la cintura. Yo me pongo la camisa azul marino que me robé en abril (sí, sigue conmigo, en este piso, colgada del armario; sí, se la robé técnicamente cuando volví a Madrid en mayo a recoger papeles; sí, no le dije nada hasta hoy).

Iago, al ver la camisa, se queda quieto.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Es mía?

— Es mía.

— ¿Cuándo te la llevaste?

— En mayo.

— ¿Sin decirme?

— Sin decirte.

— Cabronaza.

— Lo sé.

Y los dos nos descojonamos.

— Iago.

— ¿Qué?

— La otra cosa.

— Dispara.

— Iago.

— ¿Qué?

— Cuando estemos viviendo juntos en serio, los dos, los tres con Noa cuando le toque, en Madrid o en la cala o en Cangas...

— ¿Sí?

— Quiero empezar a intentar el tema en febrero. Y, si en febrero no me animo del todo, en marzo. Pero, antes de junio.

— Lola.

— ¿Qué?

— ¿Y, antes, qué?

— Antes, dejo el blíster.

— ¿Cuándo?

— En enero. Al principio.

— ¿En serio?

— En serio.

— Iago.

— ¿Qué?

— ¿Tú estás de acuerdo?

— Sí.

— ¿Mucho?

— Mucho.

— ¿Sin condiciones?

— Sin condiciones. Una sola.

— ¿Cuál?

— Que yo también sea familia.

— Lola.

— ¿Qué?

— Lo eres.

— Vale.

— Vale.

Y, ahí, en el pasillo del piso de Lavapiés, con la toalla en la cintura de él y la camisa azul marino en mí y los dos descalzos, decidimos sin solemnidad, sin teatro, sin convites, sin testigos, que febrero, sí, será nuestro mes para empezar a intentar tener un hijo juntos.

Y, esa noche, dormimos abrazados.

Y, antes de quedarme dormida, Iago, contra mi pelo, susurra:

— Lola.

— ¿Qué?

— Quérote como nunca.

— Iago.

— ¿Qué?

— Quérote como nunca.

Y, mientras nos quedamos dormidos, Pessoa, en el sofá del salón, ronronea para sí mismo, sabiendo que esta noche, en este piso, han pasado dos cosas grandes que él, gato sabio de quince años, ya había intuido cuando entró Iago Castelo por la puerta a las dos menos cuarto de la tarde.