Capítulo 30
Salimos del aparcamiento de Barajas en mi Mini blanco. Iago, en el copiloto, con la mochila en las rodillas, mira por la ventana. Yo, al volante, conduzco.
No hablamos durante diez minutos.
— Lola.
— ¿Qué?
— ¿A dónde vamos?
— A Lavapiés.
— ¿A tu piso?
— A mi piso.
— ¿No al de Malasaña?
— Iago.
— ¿Qué?
— Quiero que veas mi casa.
— ¿Pessoa?
— Pessoa.
— Vale.
A la una y media aparco en la calle del Tribulete. Subo al piso. Cuarto piso sin ascensor. Iago, detrás, sube las escaleras con la mochila. Cuando entramos, Pessoa, sentado en el sofá, levanta la cabeza. Mira a Iago. Tres segundos. Decide que no es lo suficientemente importante, y vuelve a dormir.
Iago se ríe.
— ¿Cómo se llama?
— Pessoa.
— ¿En homenaje a?
— Al portugués.
— ¿Pessoa el escritor?
— Pessoa el escritor.
— ¿Cuánto tiene?
— Quince.
— ¿Es bueno?
— Conmigo, sí. Con extraños, depende del día.
Iago se acerca a Pessoa. Le tiende la mano. Pessoa, con un esfuerzo que no le he visto en seis meses, le huele los dedos. Tres segundos. Iago, sin tocarle, le retira la mano. Pessoa, sin más, mete la cabeza debajo de la mano de Iago.
— Te ha aceptado — digo.
— ¿En tres segundos?
— En tres segundos.
— ¿Es habitual?
— En este gato, nunca. Pessoa, normalmente, tarda dos semanas en aceptar a alguien.
— Iago.
— Lola.
— ¿Qué?
— Pessoa es buen juez.
— Vale.
Yo, en mitad del salón, suelto las llaves en el platillo de la consola. Las llaves, en el platillo de la consola, hacen un sonido pequeño.
Iago suelta la mochila al lado del sofá. Pessoa, sin moverse, ya se ha dormido encima de la mano de Iago.
— Lola.
— ¿Qué?
— Hablamos.
— Hablamos.
Nos sentamos en el sofá. Iago, con cuidado, saca la mano de debajo de Pessoa. Pessoa, sin protestar, se enrosca.
— Iago.
— ¿Qué?
— Cuéntame tu padre.
— Mi padre está bien. Le dieron el alta el lunes. La resonancia salió limpia. Le diagnosticaron una arritmia leve. Le dieron pastillas. Le mandaron caminar treinta minutos al día. Eva, mi madre y yo, lloramos los tres con el alta. Mi padre, sin moverse, dijo "ya os dije que estaba bien".
— Vale.
— ¿Tu madre?
— Mi madre te manda recuerdos. Y te manda una caja de galletas de mantequilla que tengo en la mochila.
Me río.
— Lola.
— ¿Qué?
— Una cosa.
— ¿Qué?
— He hablado con Eva tres horas el martes. En el coche, los dos solos.
— ¿De qué?
— De ti.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Y?
— Y, Eva, me ha dicho una cosa.
— ¿Qué?
— Que, en mi cabeza, durante muchos años, "familia" ha sido un concepto rígido.
Que mi padre, mi madre, ella, son una capa que llevo treinta y ocho años defendiendo.
Que Ainhoa, durante siete años, fue una capa pegada a esa.
Que, cuando Ainhoa se fue, esa capa se rompió.
Y que, durante tres años, yo no he querido ponerle a nadie otra capa.
Que, contigo, en seis meses, le he ido poniendo una.
Que, en mi cabeza, esa nueva capa, sigue siendo más fina que la anterior. Pero, en el corazón, no.
— ¿En el corazón?
— En el corazón, tú estás dentro.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Eva te ha dicho todo eso?
— Eva me ha dicho todo eso.
— ¿En tres horas?
— En tres horas. Y, además, me ha hecho llorar dos veces.
— ¿Tu hermana te ha hecho llorar dos veces?
— En el coche, sí.
— ¿Eva tiene poderes?
— Eva tiene veinte años de oficio en medicina familiar. Cuando una persona habla con Eva tres horas en un coche, Eva, normalmente, te abre la cabeza.
— Vale.
— Y, una cosa más.
— ¿Qué?
— Eva me ha dicho que, lo que dije ayer, "tú no eres mi familia", era automatismo y, a la vez, era miedo.
— ¿Miedo?
— Miedo a perderte si esto, lo nuestro, era más rápido de lo que yo podía digerir.
Miedo a que esto no fuera lo suficientemente real.
Miedo a que, cuando viniera una urgencia médica, yo no pudiera apoyarme en ti porque tú, en el fondo, no estabas todavía.
Miedo, en suma, a que tú no fueras todavía. Por eso lo dije.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Era miedo a que yo no fuera, o miedo a que tú no pudieras dejarme entrar?
Pausa larga.
— Era miedo a no dejarte entrar.
— Iago.
— ¿Qué?
— Eso ha sido lo más honesto que me has dicho jamás.
— Lo sé.
— ¿Lo sabes?
— Lo he ensayado en el avión.
— ¿Lo has ensayado?
— Lo he ensayado.
— ¿En el vuelo?
— En el vuelo.
— Iago.
— ¿Qué?
— Eres muy.
— ¿Muy qué?
— Muy.
Y, en el sofá del piso de Lavapiés, con Pessoa enroscado entre los dos, con la mochila en el suelo, con el sol de las dos y media de la tarde de un jueves de octubre entrando por la ventana, Iago Castelo me coge la cara con las dos manos y me dice:
— Lola.
— ¿Qué?
— Una cosa, ahora, en serio.
— ¿Qué?
— Tú, eres mi familia.
— Iago.
— No me interrumpas.
— Vale.
— Tú, eres mi familia. No como una capa nueva. Como capa principal. Como la primera capa. Como la capa que sostiene a las otras.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Y tu hija?
— Mi hija, mi familia genética. Y, tú, mi familia elegida. Las dos cosas son la primera capa. No hay una segunda.
— ¿En serio?
— En serio.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Has tardado ocho días en saber esto?
— He tardado ocho días, sí.
— Vale.
— ¿Vale?
— Vale.
— ¿Sin más?
— Iago.
— ¿Qué?
— Eso es lo que estaba esperando.
— ¿Eso?
— Eso.
— ¿Y ahora?
— Y ahora, hostelero gallego, vámonos a comer.
— ¿A dónde?
— Casa Salvador.
— ¿Sigues con el plan original?
— Iago.
— ¿Qué?
— Llevo seis meses esperando llevarte a Casa Salvador.
— Vale.
A las tres y media estamos en Casa Salvador. Mesa pequeña al fondo. Iago, sentado enfrente, pide rabo de toro. Yo, callos. Llevamos cinco minutos sin parar de mirarnos.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Te ha gustado lo de Pessoa?
— Mucho.
— ¿Por?
— Porque, hasta hoy, en mi cabeza, Pessoa era un gato abstracto. Hoy es uno concreto. Y, además, uno que me ha aceptado en tres segundos.
— ¿Y eso qué te dice?
— Que esta casa, también, ya es mía.
— ¿En serio?
— En serio.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Cuántas noches al mes vas a venir a Lavapiés?
— Lola.
— ¿Qué?
— ¿Cuántas?
— Diez. Doce. Las que pueda.
— ¿Y yo a la cala?
— ¿Cuántas?
— Las que pueda.
— ¿Y Cangas?
— Cangas, los dos juntos, las que podamos.
— ¿Cómo lo dividimos?
— Iago.
— ¿Qué?
— Esto, ya, no es una negociación.
— ¿No?
— No. Esto es un calendario que vamos rellenando con la vida.
— Vale.
— Vale.
Llega el rabo de toro. Llegan los callos. Comemos.
A los postres, Iago, con la cucharilla en el flan:
— Lola.
— ¿Qué?
— Una cosa.
— ¿Qué?
— Quiero decirle algo a Noa.
— ¿A Noa?
— A Noa. Esta tarde. Por videollamada.
— ¿Qué?
— Quiero decirle que tú y yo nos hemos prometido.
— ¿Sin más espera?
— Sin más espera. Ya lo saben mis padres. Ya lo saben los tuyos. Ya lo saben Mar y Cande y Eva. Hoy, le toca a Noa.
— ¿Y Ainhoa?
— Ainhoa lo sabe desde el viernes pasado. Le dije por mensaje el sábado por la noche, después de la inauguración. Me contestó "te lo merecíais".
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Cuándo llamamos a Noa?
— A las siete, cuando salga del colegio.
— Vale.
A las siete de la tarde, en el sofá de Lavapiés, los dos con un café cada uno, con Pessoa en mis rodillas, conectamos con Noa por videollamada.
Noa, con el uniforme del colegio, con dos coletas mal hechas:
— ¡PAPÁS!
— ¡MONSTRUO!
— ¡LOLA LA GUAPA!
— ¿Cómo estás, Noa?
— Bien. ¿Y vosotros?
Iago, sentado al lado mío:
— Monstruo.
— ¿Qué, papá?
— Una cosa.
— ¿Qué?
— Lola y yo tenemos una noticia.
— ¿Una noticia?
— Una noticia.
— ¿Buena o mala?
— Buena.
— Vale.
— ¿Quieres saber?
— Sí.
Iago me mira. Yo, asiento. Iago, con la cámara delante:
— Monstruo. Lola la guapa y yo nos hemos comprometido.
Pausa.
— ¿Qué quiere decir comprometido?
— Quiere decir que vamos a vivir juntos para siempre. Sin boda. Pero juntos. Con anillos.
— ¿Anillos?
Iago levanta la mano. Le enseña el anillo de plata. Yo, también, levanto la mano.
— ¿Anillos los dos?
— Anillos los dos.
Noa, en la pantalla, asiente despacio.
— Papá.
— ¿Qué?
— ¿Eso es como casarse?
— Es como casarse.
— ¿Sin boda?
— Sin boda.
— ¿Por?
— Porque hemos decidido los dos que no.
— Vale.
— ¿Te parece bien?
— Sí.
— ¿Por?
— Porque, en el cole, hay dos amigos cuyos papás están casados pero pelean mucho. Y yo prefiero que vosotros no estéis casados y os queráis bien.
Pausa.
Iago se ríe contra mi hombro. Yo le doy un beso en el pelo.
— Noa.
— ¿Qué, Lola la guapa?
— ¿Estás bien?
— Sí.
— ¿En serio?
— En serio.
— ¿Quieres preguntar algo?
— Sí.
— ¿Qué?
— ¿Voy a tener una habitación en tu piso de Madrid?
Yo, en este momento, no había pensado todavía en esta pregunta. Yo, en este momento, miro a Iago. Iago, sin pestañear, me asiente.
— Sí, Noa.
— ¿En serio?
— En serio. Mi piso de Lavapiés tiene dos habitaciones. La pequeña, ahora, es mi despacho. Pero, te juro, esta semana, lo dejo despacho a medias y te hacemos una habitación pequeña con tu cama.
— ¿Amarilla?
— ¿La quieres amarilla?
— Sí.
— Pues amarilla.
— ¿Cuándo voy?
— Iago.
— ¿Cuándo viene Noa a Madrid, papá?
— En noviembre.
— Vale.
— Noa.
— ¿Qué, papá?
— ¿Algo más?
— Sí.
— ¿Qué?
— Una cosa.
— ¿Qué?
— Felicidades.
Y nos descojonamos los tres. Noa, en la pantalla, hace un gesto formal con la mano. Felicidades. Como si la noticia se la hubieran dado en una reunión de cole.
A las once de la noche, Iago y yo nos vamos a la cama del piso de Lavapiés. Pessoa, encima del edredón, se acomoda al lado de Iago. Iago, sin protestar, le pone la mano encima.
— Lola.
— ¿Qué?
— Una cosa.
— ¿Qué?
— Mañana.
— ¿Mañana qué?
— Mañana, te llevo a desayunar churros a un sitio que me ha dicho Curro.
— ¿Curro te ha dicho un sitio?
— Sí.
— ¿Cuál?
— Una churrería de la calle Maldonadas.
— ¿Maldonadas?
— Eso me ha dicho. Maldonadas, en La Latina.
— ¿Curro la ha probado?
— Una vez, hace ocho años. Cuando vino a Madrid por una boda.
— Iago.
— ¿Qué?
— Te quiero.
— Yo más.
— Imposible.
— Apuesta.
— Las apuestas las pierdes.
— En azulejos.
— Y en esto.
— En esto, también.
— Cállate, Carrasco.
— Cállate tú, Castelo.
— Buenas noches.
— Buenas noches.
Y nos quedamos dormidos. Pessoa, entre los dos, ronroneando.
Y, esta noche, en mi cama de Lavapiés, sin la cala, sin la cuadrilla, sin Curro, sin Paco, sin Iago el de "tú no eres mi familia", sin Lola la del despacho, sin nada más que dos cuerpos cansados de ocho días sin verse, dormimos profundamente.
Y, mañana, por la mañana, después de los churros de la calle Maldonadas, los dos vamos a tener que decidir, sin urgencia esta vez, sin susto, sin frase mal dicha, cuándo es exactamente que empezamos a vivir esto del todo.