Capítulo 29
El jueves a las diez y media de la mañana, mi Mini blanco entra a Lavapiés por la calle Embajadores. Llevo treinta y dos horas sin dormir bien. Llevo trece horas en coche. Llevo en mi cabeza, repetida en bucle, una sola frase de cinco palabras.
"Tú no eres mi familia."
Aparco como puedo. Subo a mi piso. Pessoa, mi gato, está en el sofá. Cuando me oye, levanta la cabeza un segundo, me mira, decide que no es lo suficientemente importante, y vuelve a dormir. Pessoa, ya, tiene quince años. Pessoa, a los quince años, no hace movimientos rápidos por nadie.
Suelto las maletas. Voy al baño. Me echo agua fría en la cara. Me miro al espejo.
La Lola del espejo, hoy, tiene los ojos hinchados. La Lola del espejo lleva un moño bajo deshecho. La Lola del espejo no se ha pintado la raya del ojo. La Lola del espejo no es muy distinta a la Lola del espejo de hace catorce meses, cuando Sandra dejó las llaves en la consola.
— Vale.
Y, sin que la del espejo me conteste, salgo, abro el grupo de WhatsApp.
Lola 10:48: Tías.
Mar 10:49: ¿Sí?
Lola 10:49: Estoy en Lavapiés.
Mar 10:49: ¿EN LAVAPIÉS?
Candela 10:50: ¿Has venido?
Lola 10:50: He venido.
Mar 10:50: ¿Sola?
Lola 10:51: Sola.
Candela 10:51: ¿Iago?
Lola 10:51: En Vigo. Su padre está en el hospital.
Mar 10:52: ¿Estás bien?
Lola 10:52: No.
Candela 10:52: ¿Vienes a casa?
Lola 10:53: Vengo.
Candela 10:53: A las dos. Yo termino el bufete a las dos.
Mar 10:53: Yo me apunto.
Lola 10:53: ¿Las dos?
Candela 10:54: Las dos.
A las dos y veinte estoy en el piso de Candela, en Embajadores, con un café enorme en la mano. Mar, sentada en el sofá, me mira. Candela, sentada enfrente, me mira.
— Cuenta — dice Cande.
Cuento. Les cuento todo. Lo de Beatriz Marín. Lo de la consultoría. Lo de los anillos en Malasaña. Lo del padre. Lo de "tú no eres mi familia".
Cuando termino, las dos se quedan calladas dos segundos.
Mar, primera:
— Tía.
— ¿Qué?
— Una cosa.
— ¿Qué?
— Tienes razón. Y, a la vez, no la tienes.
— ¿Cómo que no la tengo?
— Te explico.
— Mar.
— ¿Qué?
— Explica.
Mar, sentada en el sofá, cierra el café que se acaba de servir.
— Tienes razón en una cosa: que esa frase, en mitad de una urgencia, sin pensar, es exactamente lo que él piensa. No es una frase de calma, ni una frase ensayada. Es automática. Y los automatismos, en relaciones, son los que dicen la verdad real.
— Vale.
— Eso, sí.
— ¿Y dónde no tengo razón?
— No tienes razón en otra cosa.
— ¿En qué?
— En que esa verdad real, en un señor de treinta y ocho años con tres años de divorcio y una hija pequeña, no se puede cambiar en seis meses.
Que la familia genética, en su cabeza, sigue siendo la primera capa.
Que tú, con seis meses, eres una capa nueva.
Pero, las capas, se ponen una encima de otra. No se sustituyen.
— Mar.
— ¿Qué?
— Eso me ha sonado a frase de revista barata.
— Cállate. Tengo razón.
Candela, sentada enfrente:
— Mar tiene razón.
— Cande.
— ¿Qué?
— ¿Y entonces, qué hago?
— Lola.
— ¿Qué?
— Una pregunta a ti.
— ¿Cuál?
— Tú, ¿él es ya tu familia?
Pausa larga.
— Sí.
— ¿En automático?
— Sí.
— ¿En seis meses?
— Sí.
— ¿Por?
— Porque yo, en Madrid, hace año y medio, no tenía familia.
Sandra se fue. Mis padres, en Móstoles, siempre.
Pero, mi familia diaria, era Pessoa y vosotras.
Y, cuando llegué al cabo, me hicisteis un hueco.
Tú con Iago, tú con la niña, tú con Curro, tú con Paco.
Eso, en mi cabeza, en cinco semanas, ya era familia.
— Vale.
— ¿Y?
— Y, en su cabeza, no tan rápido.
— ¿Por?
— Porque tu cabeza, Lola, tenía un hueco vacío. Y, sí, lo llenas con rapidez cuando aparece alguien. Su cabeza no tenía un hueco vacío. Tenía a Eva, a sus padres, a Noa. Su cabeza, contigo, ha estado abriendo un hueco nuevo. Y abrir un hueco nuevo es más lento que llenar uno vacío.
Pausa.
— Cande.
— ¿Qué?
— Eso ha sido lo más lúcido que has dicho en seis años.
— Lo sé.
— ¿Y qué hago?
— Le das tiempo.
— ¿Cuánto?
— Una semana.
— ¿Una semana?
— Una semana. Tú, aquí, con nosotras. Pessoa. Trabajo de PLOMO. Comer en familia. Salir. Dormir.
— ¿Y él?
— Él, en Vigo con su padre y luego dos semanas en la cala. Pero, durante esa semana, te llama.
— ¿Y, si no me llama?
— Te llamará.
— ¿Y, si no llama?
— Lola.
— ¿Qué?
— Te va a llamar.
— ¿Por?
— Porque ese hombre, en lo de septiembre con Beatriz, te demostró que sabe corregir errores rápido. Esto, lo de la frase, lo va a corregir también. Pero, en este caso, no es una corrección de unas horas. Es una corrección de varios días.
— Vale.
— ¿Vale?
— Vale.
Mar, en el sofá, levanta la taza.
— Brindo.
— ¿Por?
— Por la mejor amiga que ha entrado por mi puerta con la cara llorada en seis años y, sin embargo, sigue con el anillo en el dedo.
— Mar.
— ¿Qué?
— Eres una romántica.
— Lo sé.
A las cinco salgo de Candela. Voy a mi piso. Me ducho. Me meto en pijama. Y, sentada en el sofá con Pessoa encima, abro el portátil. PLOMO me espera. La web, las propuestas, los contratos, las primeras facturas.
Trabajo durante cinco horas seguidas. Como una tortilla francesa con queso a las diez. Me meto en la cama a las once.
Pessoa, encima de mi pecho, ronronea como un motor viejo. Pessoa, en quince años, ha sido el único ser vivo que ha estado conmigo a todas las horas. Pessoa, sin saber qué le pasa a mi vida, sin entenderlo, hoy me hace lo que siempre me ha hecho: ponerse encima.
A las once y cuarto, suena el móvil.
Iago.
Cojo.
— Iago.
— Lola.
— ¿Qué?
— ¿Has llegado bien?
— Sí.
— ¿Estás en tu piso?
— Estoy en mi piso.
— ¿Pessoa?
— Pessoa.
— Lola.
— ¿Qué?
— ¿Cómo estás?
— Mejor.
— ¿Mejor?
— Mejor que esta mañana, sí.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Tu padre?
— Estable. Mañana le hacen una resonancia. Le van a dar el alta el sábado, según Manolo, mi cuñado.
— Vale.
— Lola.
— ¿Qué?
— Una cosa.
— ¿Qué?
— Llevo todo el día pensándolo.
— ¿En qué?
— En lo que te dije esta mañana.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Y?
— Y, sé que me he equivocado.
— Vale.
— ¿Vale?
— Vale, Iago. Pero, sigo necesitando la semana.
— Vale.
— ¿Sin discutir?
— Sin discutir.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Estás cabreado?
— No.
— ¿No?
— No. Lo estoy entendiendo.
— Iago.
— ¿Qué?
— Mar y Candela me han dicho una cosa.
— ¿Qué?
— Que, lo que tú dijiste por la mañana, era automático. Y que los automatismos no se cambian en una semana. Que las capas se ponen una encima de otra, no se sustituyen.
— Sí.
— ¿Tú estás de acuerdo?
— Sí.
— ¿Lo sabías?
— No. Pero, cuando lo escucho, lo entiendo.
— Vale.
— Lola.
— ¿Qué?
— ¿Y entonces?
— Y entonces, te doy una semana. Tú me das una semana. Los dos nos damos una semana. Y, después, hablamos.
— ¿Aquí o allí?
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Tú quieres venir a Madrid?
— Sí.
— ¿En una semana?
— En una semana.
— ¿Cuando se haya recuperado tu padre?
— Sí. Después de Cangas. Antes de la cala.
— Vale.
— ¿Sigue Malasaña?
— ¿Sigue Malasaña?
— El piso de Malasaña. La calle Pez. Lo tengo todavía dos noches más en el contrato.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Cuándo vienes?
— Próximo jueves.
— Vale.
— ¿En Malasaña?
— En Malasaña.
— Lola.
— ¿Qué?
— ¿Te llevo a cenar a algún sitio?
— A donde quieras.
— ¿Yo elijo?
— Tú eliges.
— Vale.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Cuídate?
— Cuídate tú.
— Te quiero.
— Yo más.
Y cuelgo.
Durante los siguientes seis días, mi vida sin Iago en Madrid es exactamente lo que tiene que ser.
Trabajo en PLOMO con Cande y Mar. Voy al estudio en Embajadores tres veces.
Conocemos al primer cliente real: un señor de Cabo de Palos con un hostal pequeño que quiere reformar.
Reunión de tres horas. Salimos con un encargo firmado.
Mar lleva el branding del proyecto. Yo, la dirección de obra. Cande, el contrato.
Voy a Móstoles a comer con mis padres. Mi padre, sentado a la mesa, me pregunta sin pestañear:
— Hija.
— ¿Qué, papá?
— ¿Te ha pasado algo con el gallego?
— Algo.
— ¿Grave?
— No grave.
— ¿De pelea?
— De pelea.
— Vale.
— ¿No me preguntas más, papá?
— No.
— ¿Por?
— Porque, las peleas, son cosa de los dos. Y yo solo soy una parte de uno.
Mi padre, en estas cosas, es Manuel Castelo.
Veo a Pessoa más horas que en cinco años. Pessoa, en el sofá, encima de mí, ronronea horas. Yo, debajo, trabajo. O lloro. O río. Pessoa, paciente, no se inmuta.
Voy con Mar a la presentación de un libro en la Cuesta de Moyano. La autora habla durante cuarenta minutos sobre una novela ambientada en una librería de Lisboa. Yo, sentada en una silla, pienso que la vida es exactamente igual en todas partes y, a la vez, exactamente diferente.
El miércoles por la noche, suena el móvil.
Iago.
— Iago.
— Lola.
— ¿Qué?
— Mañana.
— Mañana.
— ¿A qué hora vienes?
— Vuelo de las once. Aterrizo a las doce y media.
— ¿Quieres que te recoja?
— Lola.
— ¿Qué?
— Sí.
— ¿En Barajas?
— En Barajas.
— ¿En llegadas?
— En llegadas.
— ¿Llegadas T4?
— T4.
— Vale.
— Iago.
— ¿Qué?
— Te quiero.
— Yo más.
— Iago.
— ¿Qué?
— Mañana.
— Mañana.
A la mañana siguiente, jueves, me visto.
No me pongo nada concreto. Vaqueros, camiseta blanca, jersey gris, deportivas.
Me recojo el pelo. Me pinto la raya del ojo (esta vez, sí).
Cojo el Mini blanco. Salgo a las once y media.
Madrid, jueves a las once y media, es un infierno de tráfico.
Llego a Barajas a las doce y cuarenta y cinco.
Aparco en el aparcamiento del aeropuerto. Subo a llegadas T4.
Y, ahí, en la cola de personas esperando a un vuelo que ha aterrizado cinco minutos antes, espero.
Iago, en mi cabeza, sale por la puerta a las trece y dieciséis con la mochila al hombro, con una camiseta blanca, con los vaqueros oscuros y con la cara cansada.
Iago, en realidad, sale por la puerta a las trece y diecinueve con la mochila al hombro, con una camiseta blanca, con los vaqueros oscuros y con la cara cansada.
Y, cuando me ve, en mitad de llegadas T4 de Madrid Barajas, suelta la mochila. La suelta literalmente. Da tres pasos. Me coge la cara con las dos manos.
— Lola.
— Iago.
— ¿Qué?
— ¿Qué?
— Tú.
— Tú.
— Eres mi familia.
Y, ahí, en mitad de llegadas T4 del aeropuerto Adolfo Suárez Madrid Barajas, con doscientos pasajeros mirando un teléfono móvil mientras esperan maletas, con dos azafatas pasando con una niña perdida, con un señor de Galicia gritando a su mujer por una conexión, con Iago Castelo Trasmonte de Cangas do Morrazo plantado delante de mí con las dos manos en mi cara, sin más, le sostengo la mirada y le contesto:
— Iago.
— ¿Qué?
— Lo sé.
— ¿Lo sabes?
— Lo sé.
— ¿Sin más?
— Sin más. Pero, dilo otra vez.
— Eres mi familia.
— Otra vez.
— Eres mi familia.
— Iago.
— ¿Qué?
— Vale.
— ¿Vale?
— Vale.
Y, ahí, sin más teatro, sin más palabras, Iago Castelo me besa en la frente. Y, después, en la boca. Y, después, recoge la mochila del suelo, me coge la mano, y, en mitad de la T4, salimos al aparcamiento sin que ninguno de los dos diga una palabra más.